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Lecciones de póquer

Escrito por Mauricio Puello

Mauricio Puello BedoyaSantos comienza a mostrar una cara distinta. A todos nos toca (nos toca) admitir que esa es una de las pocas salidas que tenemos.

Mauricio Puello Bedoya *

Renunciar a los personalismos a favor de los ideales, las convicciones y la historia, es nuestra prueba diaria, en todos los roles y escalas en que se desarrolla nuestra vida. Una grandeza que no sólo compete ensayar a los políticos, sino a cada uno de nosotros, en lo que de individuos públicos tenemos. Es allí donde los contradictores se hacen respetables y las enemistades admisibles, inclusive necesarias, gratas.

Debo confesar que el perfil de estadista mostrado por Juan Manuel Santos me ilusiona, no sin preocupación, igual que a todos quienes no avalaron su llegada a la Presidencia, y que ahora también optan por saludar los visos de institucionalidad y respeto con los que el nuevo Presidente ha iniciado su gestión de gobierno.

Sin embargo, eso que para nosotros resulta gratificante, es igualmente sorpresivo, por razones inversas, para las fuerzas políticas y sociales que apoyaron la llegada de Santos a la primera magistratura. Fuerzas para las que el posible éxito de un proyecto incluyente como el que ha exhibido el nuevo mandatario, no sólo no les interpreta, sino que constituye una afrenta política y personal, una franca tentativa de ridiculización.

El Presidente Santos ha logrado intercambiar los papeles de sus partidarios y adversarios. Y eso –que en apariencia es muy positivo para nosotros– puede resultar más malo que bueno para el propósito nacional de reconciliar a la sociedad y conducirla por una ruta definitiva de paz y prosperidad; considerando que la figura presidencial ha quedado definitivamente identificada con el signo de la felonía (para el caso no importa contra quien), compromisos previos cuyos fiadores le exigirán cumplir, por las buenas o por las malas. Y siempre bastará una que otra bombita para que recapacite, como en efecto lo ha hecho.

Aunque preferiríamos un Presidente consecuente, que mantuviera el mismo talante que mostró como candidato, hoy nos toca (nos toca) respaldar la infidelidad de Santos. No sin antes propinarle su respectiva moraleja: la estrategia del tahúr es coyuntural, carece de horizonte, astucia que al final se volverá en su contra, y en contra de todos cuando picaronamente pretenda trasladarla al esplendor de un estadista, pretendiendo ignorar su antagonismo con el aura empresarial.

Y no tardarán en asomar las consecuencias; por ejemplo: la llamada Unidad Nacional, precisamente alimentada con la invicta “picardía” de J.J Rendón, ya da muestra de inconsistencia, y es muy probable que termine sus días lánguidamente, corroída por sus propias contradicciones internas. Escenario en el que ahora se sienten extraños quienes acompañaron la candidatura del hoy Presidente, y nosotros, quién lo creyera, hemos resultado ser los invitados de última hora (para que la fiesta no se acabe, por lo menos no tan pronto).

Y eso no es bueno para nadie, pues, en general, inclusive en la política, es mejor la autenticidad.

Pero aquí estamos, y tal como están las cosas nos toca (nos toca) creer que sólo un hombre como Santos, venido de las entrañas de un régimen empeñado en la militarización exponencial de la sociedad, es capaz de proyectar desde el corazón del Estado, el proyecto integrativo que en boca de un gobernante de izquierda aquí siempre resultaría sospechoso.

Nos toca (nos toca) ayudarle a resistir el permanente emplazamiento a la genuflexión que a punta de bombas, llenas de pólvora o de inconfesables secretos ministeriales, unos y otros le enviarán sin remitente.

Nuestros mejores deseos, señor Presidente, en los próximos cuatro años en que tendrá que admitir la paternidad de los crecidos demonios que usted mismo alentó, con la ilusión de repudiarlos un día. Pero no se preocupe, su tarea no es distinta a la de todos los mortales: admitir a diario nuestras paternidades.

Y no se equivoque usted: este es el juego, el verdadero. Hasta que en un momento no podamos seguir cambiando, y acaso nuestro mejor y tardío privilegio, resulte ser convertirnos en unos apacibles imbéciles.

*Arquitecto con estudios doctorales en urbanismo, énfasis en simbólica del habitar. Blog: www.mauronarval.blogspot.com

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