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Fortuna de “colombianólogo”

Escrito por Mauricio Puello

Mauricio puello bedoyaUna reflexión entre jocosa y penosa acerca de los investigadores extranjeros que se dedican a escribir sobre nosotros.

Mauricio Puello Bedoya*

Una rara especialidad

Lo que en cualquier sociedad contemporánea mínimamente decente, se entendería como la habitual, indispensable, y muy digna labor de historizar, aquí hemos convenido en bautizarle con el humanitario apelativo de "colombianología". Una variante relativamente nueva de las ciencias humanas, fraguada con el propósito de agradecer a quienes desde algunos centros de estudios o medios de comunicación internacionales, nos hacen el favor de interesarse por nuestro aún inédito devenir nacional.

Quijotada que quizá hacemos bien en recompensar, pues, mientras Francia o Inglaterra han logrado convertir su insaciable apetencia colonizadora en patrimonio cultural de la humanidad, dándose el lujo de discriminar hoy entre los millones de personas que ambicionan acceder a sus territorios, el interés por lo colombiano, en cambio, resulta una afición francamente temeraria, además de una atracción intelectualmente ociosa, que acaso alcanza para aportar alguna anécdota biográfica al prontuario de Sangre Negra, Pablito Escobar, o cualquiera de los integrantes de nuestras inquebrantables y ya milenarias bandas "migrantes" o "emergentes".

Labor que con seguridad seguirá obteniendo el infinito agradecimiento del presidente de turno, quien, jubiloso, concederá a estos intrépidos pensadores alguna Cruz de Boyacá, esa medallita venida a menos, que hoy podría colgar perfectamente de la solapa de cualquier José Obdulio.

Tan insensata resulta la devoción, que quien la cultiva sólo podría tener dos razones: el vestigio de una personalidad erudito-exhibicionista, o definitivamente un subrepticio interés político. Razón por la que desde estos inseguros refugios me atrevo a sugerir al DAS, muy respetuosamente, que a cambio de la mafio-manía de ‘chuzar' a nuestra inofensiva fauna de magistrados y periodistas, focalice mejor su atención en esa indiscutible anomalía que son los llamados "colombianólogos".

Les garantizo que no habrá "falso positivo" que pueda superar los ascensos y condecoraciones, obtenidos como gratificación por los éxitos en el peliagudo terreno de la "colombianología".

Ilusiones seniles

Mediten ustedes, por ejemplo, en las enigmáticas ambiciones que podrían tener, desde Lauchin Currie y Albert Hirschman, "colombianólogos" mil veces alabados como Daniel Pecaut, del Instituto de Altos Estudios de Ciencias Sociales de París, Marc Chernick de Georgetown University, Malcolm Deas de Oxford, David Bushnell de Harvard (+), sumados a Jean-Michel Blanquer, Jacques Gilard, Bruce M. Bagley, Adam Isacson, Alain Lipietz y John Green, sin olvidar a Miguel Ángel Bastenier y, cómo no, el impar y colombianísimo Miguel Bose…

¿No desconfían de las conjeturas hilvanadas previamente por estas eminencias, antes de dar el salto al vacío de especializarse en la insular y repelida Colombia, cuando bien podrían haberse declarado fanáticos de China o Brasil, países definitivamente mucho más prometedores en la era global?… ¿Sólo por la comezón de posar de excéntricos o filántropos?…

Yo me huelo algo turbio en aquello de la "colombianología", al margen del natural  atractivo que tienen para un científico social nuestras interminables masacres y fosas comunes (entre otras cosas uno de nuestros recursos naturales más promisorios, junto a la palmicultura, donde reside una muy provechosa e inadvertida contribución al PIB).

Me huelo algo turbio, incluso más allá del frecuente impulso de lascivia senil que asalta a los académicos, especialmente europeos, tardíamente apasionados por la idea insensata de atesorar alguna joven y ardiente colombiana, famosas por su reputada capacidad de desorientar a galos, íberos o sajones, hasta persuadirlos de inaugurar un emporio de Caverne Sauvignon en Villa de Leyva, una pujante y pionera empresa de champiñones en Arauca, inclusive de poseer la técnica oracular que desentrañará la ecuación definitiva de nuestra prehistórica violencia.

El Dorado vive.

País-espejo

Frente a estos confusos hechos, y resistiendo la tentación de confirmar aquí la profunda perturbación necrofílica (más que científica o intelectual), que podría estar movilizando el interés de estos individuos por un país de treinta mil muertes violentas al año; antes que desgastarme, decía, en descifrar las para mí ininteligibles inclinaciones de los "colombianólogos", me preocupan más en este momento las razones del país que perversamente no sólo les condecora, sino que les facilita sus doncellas, arrojadas con vítores por parte de familiares y amigos, a los flácidos y lechosos brazos de las literales ‘ranas plataneras' que son estos prohombres, tropicalmente instalados en la antipática labor de esculcar en nuestras memorias.

País tan primoroso, que también es capaz de aplaudir con un ochenta por ciento de popularidad a un mandatario aficionado a proclamar guerras, darles en la cara a los maricas, y multiplicar el desempleo y la pobreza, todo al mismo tiempo. Para inmediatamente aclamar (ese mismo país) con otro ochenta por ciento de admiración al sucesor que le lleva la contraria al energúmeno patriota.

(Y nótese que no digo ‘un país que les facilita sus caballeros', porque, que se sepa, la "colombianología" es una especialidad exclusivamente masculina. Lo que sin duda habla bien de las colombianas, acostumbradísimas a nuestros inocuos y testiculares jueguitos de pacificación nacional. Ellas, siempre más aterrizadas y eficientes, no abandonarán jamás la alternativa de habitar definitivamente en París o Londres, sin  importar las batracias caricias. Cuestión de acostumbrarse al pigmento, dirán, y no las culpo).

Pero dejémoslas a ellas tranquilas con sus disimuladas codicias (siempre que sean moderadas), para centrarnos en aquel país.

Y para iniciar este módulo de la conversación, les propongo la siguiente hipótesis de trabajo: la fuente de la "colombianología" anida en el llamado Síndrome del Espejo, según el cual la persona (el país) se aprecia como una penosa intrusa de sí misma, paralizada frente a un cristal que nunca logra reflejarle.

Extranjería de sí que logra superar a través de un mecanismo miserable: desplazarse hacía un caritativo otro que desde su exterioridad pueda suministrarle un nombre, o  dibujarle un rostro, que aunque adúltero, le garantizará la narcótica y fugaz impresión de anular la despersonalización, la tomentosa autonegación.

El Síndrome del Espejo, es un intento de huida y mimesis, un clamor de ‘no me soporto' o ‘dime quien soy', mientras el sentido de la propia identidad se reduce a interpelar a los espejos.

Así legitimamos la irresponsabilidad del asesinato o el robo, total, no somos nadie, y no hay pacto ético posible entre los ‘sin rostro'. Cuando no sea la ley del mutuo exterminio.

Y claro que esto no es culpa de los "colombianólogos", ni más faltaba; indulgentes profesores a quienes reconocemos sus invaluables aportes a la comprensión de las motivaciones de nuestra cultura, amén de la dedicación que en nuestra ausencia profesan a las colombianas. Aunque es seguro, y deseable, que fracasen en una de esa dos misiones.

* Arquitecto con estudios doctorales en urbanismo, énfasis en simbólica del habitar. Blog:  www.mauronarval.blogspot.com

 

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