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Mi voto por Adriana

Escrito por Mauricio Puello

mauricio puelloNo sólo el loable propósito de convertir a la clase política colombiana en usuaria de la materia gris, debe inclinar al electorado a votar por Antanas Mockus. También las sugestivas camisetas de la futura primera dama.

Mauricio Puello Bedoya *

Me bastan dos promesas de Mockus para votar por él en las próximas elecciones presidenciales, posturas con las que estoy seguro se renovaría definitivamente la política colombiana.

En primer lugar, su categórico compromiso de no pactar con nuestra rastrera y estíptica clase política, a la que ha jurado conducir de su destreza en la manguala a los argumentos. No me imagino a los integrantes del PIN y los herederos de Vicente Blel en ese plan, pero algo me dice que el sólo esfuerzo de nuestros próceres por ejercitarse en el inexplorado campo de la materia gris, nos traería múltiples beneficios, al margen del espectáculo inolvidable que nos ofrecerían. Pago por ver.

En segundo lugar, votaré por él por la seguridad con que asevera -muy creíblemente- que se esmerará por un manejo eficiente y transparente de los recursos públicos. Aunque entiendo que siempre habrá márgenes de tolerancia en el tema, me ofrece confianza que en su Alcaldía de Bogotá haya dejado a su sucesor, Enrique Peñalosa, la suficiente herencia financiera para completar las inversiones en infraestructuras y bibliotecas que hoy tanto nos orgullecen.

Y aunque los administradores públicos observen en ese inmenso saldo una prueba de mala gestión, la prefiero mil veces a la vocación narcisista, trapera y mercantil con la que nuestro Presidente Uribe ha decidido disponer, en los últimos días de su gobierno, de los recursos del Estado por los próximos 20 años, cualquiera sea su sucesor. Lo dicho: tendremos Uribe para rato, a las buenas o a las malas…

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Cumplidas esas dos promesas, histórica sería la transformación de la gestión pública en Colombia; mucho más si sumamos el renovado ambiente físico y humano que reinará en las oficinas de gobierno, con la segura presencia de funcionarios de cola de caballo y camisetas de U2, envueltos en incienso de palosanto, muy distintos de los ásperos hacendados y caballistas que abarrotaron los aposentos estatales por ocho años. Dura de raspar será la costra en las paredes, pero no imposible.

Y en este punto debo admitir que, aunque no dudo del agropecuario encanto de los establos, siempre preferiré el aroma de las bibliotecas; aparte de que, al menos en un primer golpe de vista, no observo compatibilidad entre esos bucólicos lugares y los palacios presidenciales, una exótica idea que siempre admiraré en Bush y Uribe.

No obstante, mi verdadera y rabiosa razón para votar por Mockus es su esposa Adriana Córdoba, la fragancia de florecita rockera que emanan sus palabras, y que me encantaría degustar en la Casa de Nariño, domicilio que, de llamarse "Nari", albergue de tenebrosos y solapados visitantes, pasaría a convertirse en refugio de noches de chimenea, cantata y canelazo. Veladas a las que, con seguridad, jamás asistirían monseñor Rubiano o alguno de los hoy mimadísimos numerarios del Opus Dei, espantados por el bochornoso desfile de camisetas ombligueras de la Primera Dama.

Inofensivas peticiones

De Mockus esperaríamos, entre otros muchos frutos, que nos confirme permanentemente su prometido respeto por la ley; que dignifique y fortalezca la capacidad crítica del ciudadano; que superando su propia propensión al personalismo, promueva una reforma política donde las congregaciones y acuerdos colectivos constituyan el fundamento del próximo ejercicio de la política colombiana…

Sin embargo, cualquiera de esas promesas cumplidas resultaría ineficaz e insípida, si nos privara del libre vuelo de su dulce compañera de ruta. Jamás se lo perdonaríamos.

 * Arquitecto, con estudios doctorales en urbanismo. 

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