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¡Va la madre!

Escrito por Mauricio Puello

mauricio puelloColombia necesita un proyecto político de largo plazo, edificado desde la maternidad. En el presente análisis de la psiquis de los dos candidatos presidenciales, podremos apreciar lo que el país pudo ser y no fue, y lo que ya no será.

Mauricio Puello Bedoya *

Sí pero no

La política es sucia, más que el sexo, que cuando es bueno conviene que sea súper sucio (y debo aclararte que no lo propongo yo, estimada Bibiana -Dios me libre-, lo afirma el afamado Woody Allen, vaya usted a saber las razones que tenga).

Y si posicionar una idea en la opinión pública -de eso se trata la política- requiere dotes de vendedor y seductor (léase falsario), uno podría asumir que en términos de ‘suciedad' Juan Manuel Santos es mucho mejor político y amante que Antanas Mockus. Y sí pero no, tomando en cuenta que el éxito de un político y un vendedor reside, precisamente, en presumir de lo que no tienen.

Pero todo se sabe en este mundo, a través de quejas a la Superintendencia de Industria y Comercio, o denuncias por incumplimiento de los ‘deberes' matrimoniales. Y peor que un consumidor engañado, una amante defraudada.

¿Supondríamos, por contra, que Mockus, como político y amante, es el auténtico, dulce, contradictorio y culposo ser humano que nos presentaron en televisión, tan necesitado de aceptación como el propio rabínico Woody Allen, ambos abrumados por infantiles lapsus edípicos?

Y de nuevo sí pero no. Lamentando que sea yo quien te lo diga, adorada Adriana.

Gozar es la consigna

Nuestros candidatos mintieron, ni más ni menos que cada uno de nosotros, porque a sus respectivas psiquis las gobierna (tanto como a cada uno de nosotros) el mismo ‘principio de placer' que impera en todos los actos de nuestras insuficientes y hedónicas vidas. Nos mueve EL GOCE.

Goza tanto ‘Jack el destripador', como la madre Teresa de Calcuta, o la ‘tiniebla' que para sentirse querida nos demanda crueldad. Porque así somos, dobles, contradictorios, como Mockus y Santos, que en su intento de sobrevivir a sus propias historias personales, escenifican, justifican, calculan, sobreactúan, huyen (como cada uno de nosotros).

Y todo esto con una pequeña diferencia: nosotros hemos resistido (sólo por ahora) el insoportable deseo de ejercer el deporte nacional por excelencia, cuyas reglas sólo conocen en detalle algunos egresados rosaristas: ser Presidente de la República de Colombia.

Ensayos edípicos

Pero atrevámonos a ensayar irresponsables hipótesis, en principio en torno al goce mockusiano, que no se podría entender sin el evidente autoritarismo y aspereza de su madre, madame Nijole Sivickas.

Si Mockus aceptó jugar al poder sin farsas, es decir, prescindiendo de la asesoría de algún J.J. Rendón, no es porque haya sido un ‘buen hombre', sino porque intuyó en la atmósfera pública una oportunidad para resolver el enigma materno, autoproclamándose desde el centro del Estado (muy parecido al circo de su casamiento) como el niño terrible que nos emplaza, de esa singular manera, a conocer su aciaga reclusión en el útero de origen.

Pero Mockus, que siempre se halla preparando el proyecto interminable de abatir a su madre, tampoco quiere obtener definitivamente ese propósito, pues perdería el sentido de su goce y de su personalidad idealizante (por lo demás, y aquí entre nos, habría que decir que satisfacer totalmente nuestros propósitos vitales más profundos, no es que nos interese mucho, aunque lo pregonemos).

Idealizar es para Mockus un recurso para sublimar su confrontación materna, un remedio para mitigar la coacción. De esta forma, el candidato verde ha construido su proyecto personal y político sobre realidades imaginarias, las mismas que nos prometió construir (prueba irrebatible de su inexistencia).

Por ejemplo, el llamado de Mockus a una hipotética ciudadanía, categoría social inconcebible en Colombia, con la que él contó para ganar en la segunda vuelta, mientras nuestro país político se movilizaba con maquinarias, caciques, mercenarios asesores, y alianzas con sindicatos de la Registraduría.

La diferencia es sustancial: allí donde Antanas convocaba inteligencias y almas, Juan Manuel amarraba y chantajeaba.

Cuando quiero llorar, no lloro

A cambio de una madre impositiva y una familia inmigrante y periférica, Santos pertenece a un rancio núcleo bogotano que le ha instruido en el dominio, en el protagonismo social.

Servidumbre burguesa a la que su hermano Enrique ha sabido contestar con insubordinación y afirmándose en un proyecto propio (aunque flaco por momentos), y que a Juan Manuel le ha pesado, hasta el tartamudeo.

Santos se apropió del cometido presidencial como una rendición de cuentas: la gran demostración con la que espera saldar su también interminable deuda paterna. Mientras Mockus lucha por lograr ser compasivo y considerado con una figura materna que también repele, Santos anhela ser un campeón para su padre y su abuelo Calibán, que al estimularlo persistentemente al triunfo, lograron arraigarlo en un modo de satisfacción (goce) personal que, por lo menos para los códigos sociales que legitiman el ejercicio de la masculinidad, resulta más digno de escenificar públicamente que aquel que deriva del poderío matriarcal.

No obstante, es más fuerte en su ternura un hombre que lucha y sobrevive a una madre-araña, que aquellos adiestrados en la picardía y los trofeos: imposibilitados para experimentar la femenil y vergonzante misericordia, jamás lograrán estimar en los otros a sus semejantes, sino potenciales botines de guerra.

A personas como Juan Manuel no se les permite llorar, tal como lo demostró recientemente en el programa de José Gabriel: en el preciso instante en que su amigo de club le ofreció todas las condiciones para gimotear en un primerísimo plano, escondiendo la cara a la cámara él sólo logró secarse una lágrima que nunca concurrió al glorioso momento del mercadeo político. ¿Se imaginan la reprimenda de J.J. después de ese infortunio?

Y si la severa vigilancia del padre no admite en Juan Manuel la emocionalidad (mucho menos el llanto), Antanas tiene permiso para llorar a cántaros y fácilmente, porque llorar es de mujeres y él requiere, con urgencia, acceder a lo femenino, desplazarse a sus razones para, desde adentro, entender el indescifrable poder que aún le tutela.

Vano intento Antanas, pero no tienes opción.

La maternidad como política

Y claro que Juan Manuel despejó hace 59 años el laberinto de doncellas y sirenas que aún consume a quien fue su contendor, desde el preciso momento de su venida al mundo en el vientre de Clemencia Calderón, mujer sumisa y avasallada por la hombría y el capital (son sinónimos) de la familia Santos (trío de sinónimos).

Más allá de las indudables capacidades personales e intelectuales que exhibieron los candidatos, es previsible que Antanas habría sido un Presidente animado por los afectos, por la adoración al arte y por la gestación; y Juan Manuel un mejor técnico, un mejor patrón, un mejor tahúr.

Aunque creo que a un país errante como el nuestro, sin casa, sin centro, sin piedad materna, y abarrotado de pólvora, le hubiese convenido experimentar un reinado de la feminidad, lo más probable es que la mayoría de nuestras mujeres hayan votado por el candidato Santos, una figura que les garantiza la conservación del modelo cultural de patronato y virilidad en el que han sido educadas, para mal.

A las mujeres colombianas (y tal parece que a la mayoría de los ciudadanos, fraude incluido) el temperamento de Mockus, su mayor defensor y garante, siempre les transmitió inseguridad de género. ¡Quien fuera Uribe o Chávez, recios y pistoleros!

En Antanas y el Partido Verde aún convergen una ética ciudadana y un proyecto político de largo plazo, cuyo núcleo simbólico es la madre. Imago Mater que C. G. Jung relacionó con el inconsciente colectivo, con la naturaleza, con el lado izquierdo y nocturno de la existencia, con el origen líquido de la vida, zona mágica del ser humano.

Despertando la ‘madre en nosotros', es decir, la intuición del inconsciente, con toda seguridad garantizaríamos un país proclive a la concordia, sobre todo resistente a la manipulada gritería beligerante y sus rescates electorales: fiesta de operativos perpetrados por finqueros o jugadores de póker (en todo caso falsos masculinos), con los que nos seguirán prometiendo liberación por las armas, de un enemigo que son ellos; hijos indignos de sus respectivas progenitoras.

*arquitecto con estudios doctorales en urbanismo, énfasis en simbólica y espiritualidad del habitar humano. Blog: www.mauronarval.blogspot.com

 

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