El sacrificio de Angelina Jolie: Memoria colectiva y vida cotidiana - Razón Pública
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El sacrificio de Angelina Jolie: Memoria colectiva y vida cotidiana

Escrito por Mauricio Puello
mauricio puello

mauricio puelloEl sacrificio puede derrotar la fugacidad, pero esta opción nos desborda al común de los mortales.

Mauricio Puello Bedoya

Con esos mismos labios que quisiéramos morder como masmelos, Angelina Jolie nos confesó, en medio de la lujuriosa entrevista que ofreció recientemente a James Lipton para el programa ‘Inside the Actors' (Desde el Actors Estudio), que en un momento de su adolescencia, no siendo suficiente con la experiencia del sexo como autentica expresión de amor, decidió con su novio tomar un cuchillo y lacerarse el uno al otro, para así, bañados en sangre, abrazarse y sentir que finalmente algo sincero brotaba entre ellos.

Y sí que brotó, más allá de las fronteras de la pequeña alcoba en que se amaron, pues, en las mutilaciones que hoy quizá recuerden como una irresponsable ‘locura' de juventud, la hormonal pareja imitaba un camino de ‘sinceridad' ya explorado por el simbolismo humano de todos los tiempos, memoria en la que sin percatarnos reincidimos cotidianamente.

Al margen de lo patológicos que sin duda somos en el proceso de definir y ejercer lo que nos causa placer personal (hábitos que desde afuera siempre se podrán calificar de indecentes o aberrantes), la bella Angelina, experta también en escandalizar, no es más ni menos patológica que cada uno de nosotros; en varios sentidos.

Lo primero que habría que advertir, es que en nuestras relaciones afectivas y genitales evocamos, de la manera que a cada uno le compete, la reparación de un enlace cósmico malogrado en algún momento de nuestra existencia, proyecto en el que nos acompaña toda la vida sobre el planeta, por aquella "amorosidad" que la matriz terrícola lucha por mantener vigente entre sus átomos, asegura el biólogo Humberto Maturana.

Y claro que sufrimos, porque maleducados en la compresión de la vida como un escenario quieto y atemporal, sin entropía, nos duele que todo aquí sea provisional, inútil frente a la tarea de labrar tan magnifico destino.

Y al sentir que la vida nos extraña y que amar no basta para acceder a la profundidad que el alma reclama, igual que Angelina recurrimos a la herida (que no siempre nos hacemos con cuchillos: hay peores armas), fórmula con la que, sospechamos, se puede superar la culpa.

En efecto, y aunque parezca un acto desesperado, en el deliberado uso del dolor intentamos tanto el despertar a una memoria primordial, como la rotura del frágil hilo de sobrevivencia, rutina y olvido que nos ata a los días.

En segundo lugar, aunque la ausencia que experimentamos pueda ser, antes que una ociosa entelequia, una emoción constitutiva de lo humano, esto no quiere decir que no sea un agravio superable, gracias a Dios, y a la dulce Angelina que hoy nos ofrece la oportunidad de precisar una estrategia para escapar de la fugacidad.

Angelina lo ignora, pero en su impulso de automutilarse no sólo interpretó el grito de todos frente a la frivolidad, sino la función simbólica de los sacrificios, cuyo poder reside en canalizar la descarga emotiva que quizá nos ha permitido sobrellevar los días, por generaciones.

Pero Angelina hizo más: obedeciendo el mandato oracular, "el que guarda su vida la pierde, el que gasta su vida la gana", instaló el mecanismo sacrificial en carne propia, trance en el que lo apostó todo sin medida, con resultados inmejorables: Angelina no podría estar hoy más llena, superllena, de vida.

De esta forma la mujer de Brad (ese odioso birlador de féminas, de cuyo apellido no quiero acordarme), ensayaba la heroica destrucción de la superficialidad del tiempo y la descomposición orgánica a la que estamos sometidos. Superación del mundo a la que también aspiran las prácticas sacrificiales más arcaicas, cercanas al éxtasis narcótico o la flagelación religiosa. Aunque habría que ser sinceros al respecto: Angelina no da ninguna impresión de ser integrante del Opus Dei, aunque su prolífica maternidad pueda sugerir lo contrario.

Y tampoco se equivocó Angelina al elegir la sangre como dispositivo de sinceridad; como tampoco se equivocó Abraham en el intento de sacrificar a su hijo, para beneplácito del dios que así se lo exigía; ni se equivocan las tribus que aún ofrecen la sangre animal para calmar la ira de sus divinidades y fomentar la providencia; ni los rituales antiguos yerran al derramar la sangre sobre la tierra, como un acto de fecundación análogo a la siembra de semillas; ni hay desvarío en el pueblo que cruzó el Mar Rojo, materializando así el símbolo de un umbral de muerte y renovación.

La sangre, el rojo y el sacrificio encarnan las ansias de ascensión espiritual: la sangre, como el agua bautismal, disuelve lo corrupto, purifica circulando; la sangre transmuta la tribulación, la sublima; la sangre vivifica y renueva;  aunque roja, la sangre blanquea el espíritu al redimirlo y liberarlo.

De está forma, el don de la vida que la sangre manifiesta, sustancia de los sentidos palpitantes, al ofrendarse produce el aplacamiento de las turbulencias anímicas, y el despertar que anuncia el proverbio árabe: "la sangre ha corrido, la desgracia ha pasado".

La búsqueda de Angelina entre su pasional cuchillo es, entonces, la misma búsqueda humana que Erich Fromm narra en ‘El corazón del hombre': lo visceral, lo abismal, sólo se alcanza calmando la sed de sangre arcaica.

Con todo el entusiasmo y solidaridad que me puede suscitar la valiente Angelina, solitaria en su batalla contra la hipnosis y la costra de los hábitos, mi humilde sugerencia, sin embargo, es que resistamos con todas nuestras fuerzas el impulso de remedar esos rituales. Los arrebatos de juvenil sinceridad a ella no sólo le lucen, sino que le generan dinero; mientras que a nosotros, insípidos humanoides, con seguridad nos depararían varios años de reclusión en una clínica psiquiátrica, o prisión de alta seguridad.

Créanme: nos va mejor mintiendo, soñando con masmelos y ejerciendo una que otra inmoralidad con nuestras respectivas consortes; ojala prescindiendo de cualquier jueguito con armas corto-punzantes: la Fiscalía, les anticipo, no aceptará jamás como argumento la belleza de los sacrificios. Y si he de testificar en algún momento del proceso, diré que todo lo dicho aquí es pura ficción, producto de una fecunda imaginación.

 

* Mauricio Puello Bedoya, arquitecto con estudios doctorales en urbanismo,  énfasis en simbólica del habitar. Blog: mauronarval.blogspot.com  

 

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