“Jojoy”, una cara de Colombia - Razón Pública
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“Jojoy”, una cara de Colombia

Escrito por Mauricio Puello

Mauricio Puello BedoyaLos colombianos somos la guerra de otros, de muchos, que se nutren de comerciar con las miserias ajenas. Y de esa guerra vivimos todos.

Mauricio Puello Bedoya*

Mono Jojoy

¿Qué es la guerra?

Ha muerto ‘Jojoy' y las grandilocuencias pululan: "hombre sin alma", "un monstruo del mal", "no me alegro, pero el país está más tranquilo", "no lo conocí, ¡pero siento un fresco!"…

Y los infaltables delirios combatientes, cuyos ecos aún resuenan: "el fin del fin", "veremos hileras de desmovilizados", "¡les vamos a pegar una matada!", "¡acábelos por mi cuenta, General!", "¡la cabeza de la culebra!"… y otras tantas proclamas aguadeñas.

No es que sea yo aguafiestas (no en éste caso), pero permítanme ensayar una perspectiva distinta a las citadas prosopopeyas, a partir de una pregunta infantil: ¿qué es la guerra?

Antes de resolver tan cándida cuestión deberíamos saber que, si bien existe el natural riesgo de entenderlas como confrontaciones personales, las guerras son acontecimientos que superan las voluntades de quienes se trenzan en ellas, aunque en algunos casos se terminen por sustracción de materia.

Abandonada esa posibilidad reductiva, una primera consideración es que en el marco de la guerra la figura de ‘Jojoy' no representa específicamente una persona ni mucho menos un caso particular de extravío de conducta. Nada de eso: ‘Jojoy' es un arquetipo cultural auténticamente colombiano. En consecuencia su muerte no puede ser atendida como la victoria sobre un ‘monstruo', sino como una oportunidad para asomarnos a nuestra colombianísima humanidad. Lo que de ninguna manera significa que debamos ser indulgentes con la persona específica, evidentemente un asesino.

Podrá generar ronchas, pero, más allá del libre albedrío que cada uno de nosotros tiene de convertirse en asesino en cualquier momento, hay en ‘Jojoy' una cara de Colombia, un espíritu de todos.

Sólo en la medida en que abordemos un análisis suyo y de la guerra en su conjunto, implicándonos en el examen, podremos llegar a conclusiones racionales y alentadoras. De lo contrario seguiremos expuestos a los promulgadores de los fervores patrios, que nos proponen la visión de amenazantes ogros que estamos obligados a eliminar entre todos, cargado el corazón de venganza y apretados los ojos y los labios. Y si nos negamos, entonces somos ese ogro.

El fin y los mercaderes

Si bien requiere un gran esfuerzo conquistar una rendija de lucidez en medio de la conflagración, en nuestro caso ese esfuerzo es doble, considerando el medio siglo, los cientos de miles de muertos de varias generaciones, y nuestro vocación inmediatista (léase aversión por la historia). Tiempo, cadáveres e ignorancia histórica que resultan suficientes para que se hayan desvirtuado los detonantes originales de nuestra guerra (si es que alguna vez los detonantes originales de una guerra no se adulteran desde el comienzo), abono perfecto para los pérfidos salvadores.

Pero insistamos en la propuesta de deponer la acostumbrada lectura de la guerra desde los garrotazos, los operativos, las bolsas negras y los azuces, para ganar la distancia y nitidez que Fernando Londoño y ‘Alfonso Cano' ya perdieron definitivamente.

Sin la racionalidad que proporciona el devenir histórico, la guerra queda reducida a un dispositivo de vasallaje y captura de bienes, o, en el peor de los casos, a un supermercado de pasiones y entrañas, donde la patria y cada uno de nosotros deriva en un objeto de regateo.

En efecto, así la llamen primera, segunda o tercera, y se realice en Vietnam, Irak o Putumayo, la decisión de originar una guerra se toma en primer lugar en el campo de las transacciones, y en segundo término en el del espectáculo. Una renta que la frialdad de muchos mercaderes, y el entusiasmo de otros por las telenovelas, no querrán abandonar nunca.

La guerra es un pacto de tentáculos globales que han decidido proyectar en Colombia una franquicia, aprovechando la mente gregaria de nuestros dirigentes. Somos la guerra de otros. La guerra de muchos, que se nutren de comerciar con las miserias ajenas. O simplemente somos la inmejorable oportunidad que tienen los cooperantes para sentirse buenos.

Quiénes viven de la guerra

De la guerra viven las FARC, afincadas en periferias territoriales y sociales donde subsiste la memoria de la reducción colonial: esclavitud, clandestinidad, ley del más fuerte.

De la guerra vive el narcotráfico, genuina expresión de la ley de la oferta y la demanda.

De la guerra viven las industrias farmacéuticas que han encontrado en los laboratorios de cocaína sus mejores clientes.

De la guerra viven los fabricantes de armas, que en ausencia de conflictos están obligados a inventarlos, inversión que en Colombia pueden evitarse.

De la guerra viven los militares, unas veces amancebados con el poder político y económico del que gozan, dueños de un fuero patriótico inmune a cualquier ley; y otras veces directos vendedores de sus arsenales al enemigo.

De la guerra viven los ex-secuestrados, capaces de transformar su sufrimiento en una silla senatorial, best seller de memorias, o millonarias demandas al Estado.

De la guerra viven los ‘violentólogos', confidentes de los horrores con los que ganan becas y viajes.

De la guerra viven los políticos que fomentan el oscurantismo, intercambiando votos por aguardiente y arroz.

De la guerra vive el Estado, que en ella tiene el mejor argumento para ocupar un escaño en el Consejo de Seguridad de la ONU, y sin ella no vendería las consultorías y los cursos más caros de América Latina en materia de seguridad.

De la guerra viven los medios de comunicación que hurgan heridas y restos humanos, para ocultarlos o exhibirlos, según se llamen RCN o El Espectador.

Y entonces, ¿por qué habríamos de terminar con la mayor fuente de nuestros honorarios?…

* Mauricio Puello Bedoya es arquitecto, con estudios doctorales en Urbanismo, énfasis en simbólica del habitar. Su blog: www.mauronarval.blogspot.com

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