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Seis Uribes y un solo enemigo

Escrito por Mauricio Puello
mauricio puello

mauricio puelloNo hay peor ciego que el que no quiere ver, ni hay mejor escondite que tener muchas caras.

Mauricio Puello Bedoya

Siguiendo las pistas

Nadie, por más Presidente que sea, puede ocultar por siempre sus ojos verdaderos y menos si es un hombre como Uribe, empeñado en desnudarnos sus ambiciones más rastreras. En ese caso no queda más remedio que creerle.

Son varios los rostros que hemos podido elucidar en Álvaro Uribe Vélez en el transcurso de su gobierno y, ahora, en su firme deseo de reelección, a pesar de toda prohibición jurídica, constitucional y moral. Por eso intentaremos en este pequeño ensayo, delinear seis dimensiones del presidente, todas ellas visibles en el rastro que ha dejado en sus largos años como administrador público, Senador y jefe de Estado.

El visionario

Reconocemos un primer Uribe cultural: paisa, de perfil conservador, patriarcal y clerical. Cuyo proyecto de país, que coincide con la jerarquía de los círculos ascendentes del purgatorio de Dante, es la conformación y fortalecimiento de las élites empresariales, para quienes la concentración de la propiedad y el capital es natural en la dinámica democrática. No importa si las rentas se traducen en bienestar colectivo, inversiones públicas o generación de empleos, en esos asuntos la patronal no tiene nada que ver (lean a Smith, nos dirán).

Esta tradición política hoy tiene una pequeña diferencia: el discurso y las ambiciones nunca habían sido tan nítidas y francas. Lo que sería de agradecer, si se respetara la aparición de proyectos políticos alternos en vez de desaparecerlos y demonizarlos, como se ha hecho desde el siglo XIX o, más recientemente, catalogarlos de terroristas y "ejes del mal".

El ocurrente

El segundo Uribe es aquel que está embelesado con las mieles del poder. Nos mintió cuando en su primer periodo presidencial aseguró, frente a las cámaras de televisión, que hacerse reelegir no estaba en sus planes porque "se afectaría la institucionalidad del país". Promesa que no sólo desconoció al hacerse elegir por segunda vez, sino que sigue desconociendo al querer hacerlo por una tercera y, sabrá Dios, cuántas veces más.

El bien relacionado

El tercer Uribe es el que tiene antecedentes personales por su cercanía, y la de algunos de sus familiares, con agentes del Cartel de Medellín. Relaciones que le merecieron la aparición de su nombre en los listados de la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos.

Ilegalidad que está directamente relacionada con el proyecto acumulativo y modus operandi de las Autodefensas, las mismas en las que Uribe, como Gobernador de Antioquia, colaboró en crear y fortalecer a través de la conformación de las Cooperativas Convivir. 

Así, lo que podría entenderse como el problema de enjuiciar y penalizar a un ciudadano cualquiera, aplicado a un jefe de Estado apoyado por la opinión pública y los poderes económicos del país, se ha convertido en un permanente y desgastante cuestionamiento de la institucionalidad y legitimidad de sus acciones.

El héroe

El cuarto Uribe es de orden personal, el de su íntima convicción de encarnar a un mítico batallador a quien le va mejor solo contra el mundo, antes que respaldado por la Constitución y la defensa de lo público.

Le podrán llamar caudillismo, pero existe un patrón de personalidad que encaja perfectamente en estos comportamientos. Se trata de un eterno David que necesita demostrase a sí mismo su condición de "vencedor" demandando un Goliat más poderoso cada vez, vaya usted a saber a razón de qué sentimiento de poquedad.

Prueba de ello: Uribe solo contra la Corte Suprema de Justicia. Uribe solo contra las FARC. Uribe solo contra Chávez. Uribe solo contra América Latina. Colombia sola con los Estados Unidos.

El combatiente 

Para cada uno de los cuatro Uribes señalados, hay dos identidades transversales que nos pueden ofrecer más detalles.

Por un lado, la identidad salvadora que Uribe supo proyectar y capitalizar electoralmente, a partir de su contraste con la imagen de debilidad y de ‘niño bien' que dejaba Pastrana, en particular por el manejo de tercera que dio a las negociaciones con la guerrilla en El Caguán. Identidad que Uribe complementó muy bien con la revelación de amenazas y atentados contra su integridad física por parte de las FARC. Ataques que nunca se comprobaron pero que sí ayudaron en su victimización pública, en el masivo apoyo ciudadano y en el ascenso incontenible hacia la conducción del Estado.

En medio de ese ambiente político, tribal y polarizado, a Uribe aún le alcanza su identidad de combatiente y garante de la seguridad nacional para que la opinión pública le siga manteniendo como una opción electoral. Eso sí, con la juiciosa y regular ayuda de Chávez y las FARC, que no han entendido el juego.

El apadrinado

Y por otro lado, está la última identidad que quizá recoge y potencia las cinco anteriores, asociada con los poderes que le han permitido a Uribe gobernar, avalando sus procedimientos y el ejercicio pleno de sus patologías ideológicas y personales.

Son los mismos empresarios, industriales y banqueros, nacionales y extranjeros, que apoyaron el proyecto paramilitar con el propósito de resolver el problema guerrillero, piedra en el zapato de la confianza inversionista, los que financiaron en su momento a Hitler. Al que consideraron el perfecto torpedo contra la amenaza comunista en Alemania sin medir las consecuencias del impacto (o tal vez sí pues, allá como aquí, la guerra es un gran negocio).

El rostro detrás de las máscaras

En conclusión diríamos que cualquier rostro de Uribe converge en la identidad terminal de los enfermos de poder. Aquellos obnubilados que, por más apoyo de capital o de opinión pública que tengan, expiran devorados por su propia desmesura, atropellos y crecientes arbitrariedades.

Índole impositiva que, a la vez que le urge a mantener viva la opinión favorable, a sus contendientes aterrados y a los políticos amancebados, también pone en cuestión el sentido de lo justo que atraía la solidaridad ciudadana y le hacía invulnerable. Y en las fronteras del abuso, ya no hay guerra o enemigo que lo puedan justificar.

Incluso, aunque la estrategia de Uribe fuera no hacerse reelegir por tercera vez sino retirarse en cuanto esté avalada su candidatura, para generar con el Referendo un hecho político que le garantice seguir controlando a la opinión (no sea que el próximo Presidente, antes que Juan Manuel Santos, pueda ser Piedad Córdoba, con Corte Penal Internacional a bordo), no tendríamos la garantía de que pudiese superar una segunda "encrucijada del alma", para finalmente traicionarse(nos) de nuevo y seguir siendo Presidente, sin importar los costos que representen al país.

Frente a ese panorama de desmanes y personalidad múltiple, mi sugerencia es amarrarnos bien los pantalones, ya que ninguno de los Uribes ha mostrado respeto por la institucionalidad y la ley, menos ahora que para resguardar su integridad no puede bajarse del potro del poder.

Pero sonrían. Finalmente Uribe nos ha dado el pretexto perfecto: él es ahora el enemigo.

 

Arquitecto con estudios doctorales en urbanismo, énfasis en simbólica del habitar. Blog: mauronarval.blogspot.com 

 

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