
¿Por qué para las izquierdas latinoamericanas no es un insulto que les digan populistas?
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Si en los últimos días ha estado pensando en insultar al presidente de Colombia, Gustavo Petro diciéndole populista, le invito a que lo vuelva a pensar porque tal vez lo que le esté diciendo sea un “cumplido”. Vamos a empezar por definir lo que significa populismo. Lo primero es que cuando hablamos de populismo, lo que estamos diciendo es que hay unos buenos (los del grupo a representar) y otros muy malos (los contrarios, los que no deben estar en el poder). Se trata de reducir lo político a un enfrentamiento entre dos bandos. Para esto se habla de una oferta populista (la de los políticos) y de una demanda (la de los ciudadanos).
Cuando se habla de un populismo de izquierda se puede tomar lo dicho por Ernesto Laclau, una lógica de articulación política discursiva que busca dar forma a un sujeto político (el pueblo), en oposición a un antagonista (la élite). Con base en definiciones como esta lo que se dice es que los populismos latinoamericanos lo que han hecho (o intentado) es ser incluyentes. Incluir a esos que históricamente han estado por fuera del sistema y darles, voz, visibilidad o espacio. En una frase: generar un proceso de regeneración. Mientras tanto los populistas de derecha (esos para los que la palabra sí puede ser insulto) lo que han hecho es estigmatizar a un enemigo que es distinto a lo que ese grupo está acostumbrado a ser, ver, escuchar, es decir las minorías que van ocupando espacios en diferentes lugares (a este tipo de populismo se le llama excluyente). Todo lo que sea distinto se ataca (ej. actitudes anti migratorias y xenófobas). Entonces, para las izquierdas al ser declarados como incluyentes el término no es molesto o insultante. En cambio, para las derechas al ser declarados como excluyentes y estigmatizantes sí lo es.
Eso sí, en los dos casos se encuentran características similares: la primera es el personalismo, políticos que ocupan todas las agendas, sólo ellos sin necesariamente ser asociados con partidos (las plataformas de comunicación digital lo facilitan porque sus cuentas se vuelven sus medios de comunicación y ellos mismos son el medio y el mensaje); la segunda es la demagogia y ese apelar a prejuicios, emociones y miedos para posicionar las ideas, creencias y emociones; la tercera es el clientelismo y ese intercambio de favores por apoyo político; la cuarta es un constante ataque a las instituciones (esas que son las encargadas de traducir las necesidades ciudadanas en política pública o en acciones concretas) y la quinta un ataque constante a los periodistas y a la labor de los medios, se busca desprestigiar el papel que cumplen en las democracias.
Al final las actitudes populistas de izquierda y derecha se pueden dar en cualquier lugar y hoy la mayoría de las campañas lo que hacen es que toman herramientas que les brinda el populismo para poder construir sus narrativas. Por ejemplo, se pueden ver candidatos en época electoral que buscan a través de sus discursos exacerbar las diferencias con otro grupo y que la campaña gire en torno a los buenos y los malos. Al final este discurso polarizador lo que hace es amenazar a la democracia en el sentido de que deja a sectores poblacionales sin la posibilidad de expresarse o de hacer visibles sus demandas. Lo que se busca es construir un discurso en donde un grupo se muestra vulnerado y tratado de forma injusta para poder atacar al otro diciendo que sólo caben los que son iguales. A partir de allí un líder altamente carismático que de manera breve, repetida y novedosa enmarca las creencias en frases de fácil recordación y repetición se toma el papel de representante, de salvador y de unificador (pero sólo entre los de mismo grupo).
De lo que se trata hoy, más que nunca, es de estar en todas las esferas públicas tensionando las agendas y encontrando cómo la necesidad de las personas de pertenecer a un grupo con una agenda determinada le hable de creencias y valores, los lleva a emocionarse con discursos en donde se ve con claridad un enemigo al que hay que vencer y que por ningún motivo puede ganar. De hecho, estos discursos de los buenos y los malos se basan en esa realidad que viven sociedades cada vez más polarizadas y extremas y es que la única opción es la propia y “todo vale” si es para impedir que “los otros”, “los malos” tengan la opción de llegar al poder. Es decir, que se construye (desde el discurso) un mundo dividido a la mitad en donde llegar a acuerdos no es posible porque los buenos no pueden hacer parte del mundo de los malos.
La solución a este fenómeno es apelar a las inteligencias colectivas que pueden reconocer al otro (sobre todo al que es diferente) y eso significa empezar a hablar y escuchar a los distintos, encontrar puntos de acuerdo, negociar, conversar sin la necesidad imperiosa de ganar. Y, sobre todo, buscar vivir en un mundo donde quepamos todos. De lo contrario, la violencia, la desinformación y los discursos de odio seguirán siendo el alimento de líderes a los que sólo les importa ser el más consultado, visto u oído en la agenda del día sin tener en cuenta si lo que se dice es cierto o falso.
Acerca del autor
Liliana Gomez
PhD. Profesora Pontificia Universidad Javeriana
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