Vivimos en cámaras de eco que apagan nuestro sentido crítico - Razón Pública

Vivimos en cámaras de eco que apagan nuestro sentido crítico

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Si ha notado que cada vez que entra a una plataforma de comunicación digital encuentra sólo temas y/o personas conocidas y que le generan la sensación de tranquilidad, usted hace parte de una cámara de eco. Así están diseñadas. Todo bajo el supuesto de que queremos más de lo que ya nos gustó, de que sólo invertiremos tiempo y atención en lo que nos es familiar y coincide con nuestros valores y gustos.

Cuando las plataformas de comunicación digital ofrecieron reducir la ansiedad o la incertidumbre de los excesos de información, pensamos que todo podía mejorar porque un algoritmo (una fórmula matemática que encierra las opiniones y sesgos de quien toma las decisiones) nos iba a permitir dedicar nuestro tiempo a pocas opciones o a la información que sólo nos interesaría.  Mejor dicho, lo que se nos ofrecía era que las selecciones se iban a hacer a nuestro gusto y todo lo que no cuadrara con lo que éramos o creíamos no iba a aparecer, porque la plataforma iba a poner los suficientes filtros para no generar molestia, disrupción o disonancia.  Además, íbamos a poder ver solamente eso que nuestros iguales estaban viendo o recomendando (sin el problema de “tener que” ver eso con lo que no estábamos de acuerdo).  

El resultado fue: encerrarnos cada vez más en cámaras de eco en las que sólo oímos lo que resuena con nosotros, nuestros gustos, decisiones y valores; desconocer al otro (o construirlo como un enemigo al que hay que temer, atacar, desaparecer y… porqué no, destripar); apagar cuando estamos en esas cámaras todo nuestro sentido crítico porque estamos entre amigos y pelear porque el único punto de vista válido, la única solución, la única opción es la nuestra (nada de lo que propongan o hagan los que son diferentes, los otros es válido).  Nos acostumbramos a una sola visión del mundo, la nuestra, que reforzamos cada día siguiendo y siendo seguidos por los que piensan igual.

Niklas Luhmann en su texto titulado Poder, habla del poder como un medio de comunicación que selecciona las elecciones que cada un de nosotros hace en los diversos momentos del día. Hoy esas selecciones las están haciendo plataformas de comunicación en las que no sólo estamos dejando nuestros datos e información a cada segundo sino en las que hacemos parte de cámaras de eco en las que participan ciudadanos informados, desinformados, interesados en política o no, pero que sobre todo están buscando ser relevantes (virales) y ganar fama o dinero (si son las dos será mejor).

Entre esas personas hay tres grupos a los que me quiero referir. Uno es el de los influenciadores en política (específicamente esos que cobran por sus opiniones sobre un candidato, partido y/o movimiento).  El New York Times acaba de hacer una investigación para ver cómo estas personas influyen dentro de las decisiones de voto del ecosistema mediático.  Luego están, las granjas que son personas individuales que se conectan a 90 o 100 celulares y pueden reaccionar a diferentes temas o a uno solo generando tendencias, ataques y o emociones particulares, cuando se reúnen muchas de estas personas al mismo tiempo pueden tensionar la agenda, o  poner el foco en temas o reseñas que sólo sean de interés para un grupo en particular. Finalmente, están las bodegas que son grupos (normalmente en WhatsApp) que de manera estratégica deciden temas, horarios, ataques y/o apoyos.  Todas estas personas están dentro de una estrategia orquestada y dirigida con fines particulares y quienes estamos en las redes consumiendo información dentro de nuestras tranquilas cámaras no vemos que todo lo que sucede está dirigido por hábiles consultores de comunicación política que buscan ganar atención y credibilidad para candidatos o gobernantes que pagan sus costosos honorarios.

Si votar o apoyar a un gobernante fuera como decidir sobre la compra de unos tenis, no tendríamos ningún problema, sino que, al contrario, facilitaría nuestra vida.  Pero como cada vez que votamos estamos hablando de elegir un modelo de país, el encerrarnos en pocas opciones y no reconocer al otro nos deja en un lugar en el que los radicalismos, la polarización, la rabia e incluso la violencia (debido a una incapacidad de entender las diferencias), son el resultado de cada día.

La solución es tan compleja como somos lo seres humanos, pero se puede empezar a trabajar en ella, aceptando las diferencias e incluso buscándolas; hablando con los diferentes y aprendiendo de las riquezas del disenso; entrar a otros lugares en los que haya personas diferentes, evitando compartir información cuando no estamos seguros o cuando nos genera demasiada rabia o demasiada alegría. En pocas palabras, entendiendo que mientras más vivamos en la diferencia y aceptemos que el mundo es así podremos ser más respetuosos y empáticos a la hora de tomar nuestras decisiones, sobre todo, las políticas.

Acerca del autor

Liliana Gomez
LGomez@razonpublica.org.co |  + posts

PhD. Profesora Pontificia Universidad Javeriana

1 comentarios

Liliana Gomez

Escrito por:

Liliana Gomez

PhD. Profesora Pontificia Universidad Javeriana

Comentarios de “Vivimos en cámaras de eco que apagan nuestro sentido crítico

  1. La sensación de tranquilidad que producen los contenidos familiares puede confundirse con estar bien informado. Si el algoritmo prioriza lo que confirma nuestros gustos y valores, la comodidad termina reduciendo las ocasiones de contrastar ideas, fuentes y argumentos. Una práctica útil sería incorporar pausas deliberadas: buscar una interpretación distinta antes de compartir, preguntarse qué información quedó fuera y distinguir entre afinidad emocional y evidencia suficiente.

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