
Votar en tiempos del espectáculo
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Estamos en una época en la que las ideas y las ideologías se volvieron lo de menos. Lo de más es comunicar bajo los parámetros del espectáculo: el que más se vea, más brille, más colorido esté será el que gane en las tensiones de la agenda pública. Se crean discursos en los que sólo se reconocen a los iguales, sólo se les habla a ellos haciendo una distinción moral entre los buenos (los iguales al candidato) y los malos (los otros, los distintos) y se deja de lado la idea de que la política se trata de la negociación y el respeto por la voluntad popular del pueblo.
Se respetan sólo los derechos de los iguales y se proponen soluciones simples, breves y repetitivas a problemas complejos. Todo dentro de un constante ataque a unas instituciones (que son las que traducen las necesidades de la gente en política pública). Se autodenominan los “correctores” de la democracia. Antes nada funcionaba, pero ahora con ellos sí va a funcionar. Todo se mezcla en una constante aparición en plataformas digitales: hoy la entrevista es con un streamer, mañana con una periodista-fan, pasado mañana con una podcastera de moda, el día siguiente con un medio afín.
Es fácil que el espectáculo se construya bajo la premisa de que “las campañas no ganan por lo que dicen, sino por lo que hacen sentir”. En este ejercicio se usa la esfera pública como un ring de boxeo en el que gana el que primero pegue o el que pegue más duro y para esto, se exacerban todas las emociones y se mantiene una actividad vertiginosa en todos los medios análogos y digitales. Siempre hay que repetir el mismo discurso de la manera más divertida y “venderse” como la opción más cercana y presente. Al final el o la candidata, está en todas partes y se vuelve el o la más relevante de las plataformas.
Los estrategas de comunicación y marketing están detrás con las fórmulas de emocionar, hablar, sonreír, mostrar, bailar, atacar, odiar. No se puede dejar que pregunten lo que no se quiere y para eso o se amenaza o se hace la víctima. Lo importante es que los medios hablen, que los que atacan tuiteen, que los que apoyan comenten en youtube o en tik tok. Hay que construir identidades que se basen en la indignación con el contrario, no se valen los tonos moderados, sino que hay que pararse en un extremo que use un tono heroico (ser el salvador de las víctimas, el que vence a un enemigo común que si no existe se inventa). Además, hay que aprovechar la fatiga y atacar eso que siempre ha ocurrido envuelto en una emoción de conexión (rabia, ira, miedo…).
Lo que prima, entones, es construir un artificio que prevalezca sobre lo natural y para eso hay que prepararse para que cada presentación se convierta en una puesta en escena que fortalezca el personaje que siempre está rodeado (o dice que le está) de los mejores. El siguiente paso es prometer y para eso la demagogia (envolver las promesas en prejuicios) funciona siempre y cuando las palabras se adapten a cada público y a cada medio (que se conozcan los lenguajes). Las campañas se llenan de pompa y de brillo porque las personas quieren olvidar, quieren sentirse contentas, tranquilas, quieren no pensar que el voto es un ejercicio político y democrático y lo quieren sentir como el lugar para estar en grupo, para pertenecer, para obtener simpatía y evitar el aislamiento.
Pocos ven el programa de gobierno, eso es lo de menos porque no se trata de llegar a acuerdos sobre el modelo de país, sino sobre lo que nos gusta sentir como grupo. El respeto a la diversidad no importa porque lo importante es que volemos en grupos de iguales, las relaciones que se construyan no se profundizan porque lo importante es quedar bien en la foto. Se trata de una esfera pública en la que todo se mide por likes o por hates, lo importante que mientras más de los uno o de los otros, más relevancia se tiene y más arriba se aparece en la lista de tendencias o de temas de moda porque allí es donde van a consultar los medios para sus titulares y selección de invitados.
Las alianzas, como las relaciones, son transitorias porque en la época del espectáculo, las redes favorecen los marcos de acción personalizados en donde lo que vale son las métricas y la viralidad. Se trata de movilizar afectos y emociones de manera superficial y multitudinaria. Hoy ya no gana el que tenga el mejor programa sino el que tenga la mejor estrategia de comunicación y a partir de allí esté presente en las agendas de las redes, de los medios, de los ciudadanos.
Acerca del autor
Liliana Gomez
PhD. Profesora Pontificia Universidad Javeriana
1 comentarios





Reciban todos un cordial saludo.
Primero, demos crédito pleno al diario El Colombiano de Medellín, que hace unos días, se ha dado la pela de publicar simultáneamente, un asomo de los Hombres candidatos, detrás del voto, Espriella y Cepeda.
Dicho esto, al contrastarlos, me quedó la sensación-duda, ¿cuánto podrían apoyarse uno al otro para servirle a la Nación de todos, con lo que cada cual nota y sabe de la Vida y del Mundo?
Me imaginé entonces, una segunda vuelta, con 25 millones de votos para los elegidos, si Espriella o Cepeda, son los Vicepresidentes «V» de quién quede.
Allí, juntos, como ejemplo, y con las chispas y roces de todo suceso, la única oposición sería como país, a lo que nos daña, a lo que nos falta, incluso a lo que nos sobra.
¿Y los vice actuales Restrepo y Quilcué?
En esta coyuntura, de reto para la existencia, donde todos podemos dar algo, ceder algo, servir con algo, Restrepo Min hacienda, y Quilcué Min cultura.
Intentemos la «Fórmula V».
Salud.