¿Vivir en un mundo en uno donde quepamos todos?

¿Vivir en un mundo de nosotros contra ellos o en uno donde quepamos todos?

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En el mundo de hoy se reducen las posibilidades de escuchar y de ver al otro, sobre todo al diferente.  Muchos de los discursos que se escuchan se dividen entre los buenos y puros y aquellos otros inmorales, corruptos y/o sordos, los malos.  Desde allí se construye la política, si se es de izquierda (progresista) el discurso va con que los buenos son los excluidos por el sistema y se atacan las élites y si se es de derecha (conservador) se promueven los discursos nacionalistas que defienden el sistema.

Así, cada candidato dependiendo de su ideología (creencias desde las que se construyen marcos de referencia) edifica la imagen de que sus iguales son los virtuosos.  A partir de allí sólo queda un camino de soluciones simples a problemas complejos, con frases de cajón envueltas en un vertiginoso emocionar a como dé lugar para poder estar en las diversas agendas económicas, políticas y mediáticas.  También está una constante crítica a la democracia desde un lenguaje antiliberal (ese que se olvida del respeto a los derechos de las minorías).  El o la encargada de darle forma a este discurso ambiguo de lugares comunes es un líder carismático, que llena todas las pantallas, que se da el lugar de representar la voluntad única del pueblo, como si no hubiera más opciones.

Al final todo se convierte en una lucha permanente contra el distinto, una construcción del amigo (el que cree igual) contra un enemigo que va cambiando con los tiempos, pero que representa todo lo que está mal, lo que debería desaparecer o no existir.  De aquí que se viva en un constante deslegitimar al distinto (al enemigo, al adversario) y una aceptación acrítica por parte de los seguidores basada simplemente en esa necesidad de pertenecer a un grupo social que dé un valor particular y una forma de emocionarse desde la autoimagen, las necesidades, las creencias y los valores.  Soy en la medida en la que pertenezco a un grupo al que me parezco y se me parece y en cuanto soy diferente a los otros que son mis enemigos.

Cada día y dependiendo de esas creencias se descarta la información que sea conflictiva y se privilegia la que es confirmatoria.  Las ideas del enemigo, del opositor, son desvirtuadas y el único punto de vista que es válido es el propio.  Incluso dentro de una misma familia se vuelve un martirio hablar sobre opciones políticas porque no cabe lo diferente en esta época de ciudadanos desilusionados, impacientes, enfadados que no creen en la democracia, que se acogen a discursos simplistas en muchos casos en contra de la defensa de los derechos.

Ciudadanos impacientes con unas instituciones para las que cada vez es más difícil crear políticas públicas que dejen satisfechos a todos y élites económicas, políticas y mediáticas cada vez menos sensibles a la voluntad popular.  Todo sucediendo en un mundo en el que las relaciones de poder se construyen en el espacio de una comunicación usada como instrumento para deslegitimar la política como lugar de acuerdos para solucionar el caos, para permitir que todos quepamos.  La política no se transforma tan rápido como la comunicación y con sobreinformación, desinformación, cámaras de eco, filtros burbuja, bodegas, quedamos a merced de votar por aquel por el que se desconfía menos (aunque también se desconfíe) y esto se hace escogiendo al que es más mediático, al que tiene más clics, al que es más veces tendencia, al que sabe enmarcar esas creencias envolviéndolas en emociones que evocan los sentidos.

Una política que se vive en el escándalo, que busca destruir la confianza en el otro. Una batalla constante por el poder simbólico en donde están la credibilidad y la confianza.  Esto es lo que vemos en la comunicación política electoral y también en la comunicación política de gobierno, un espacio que nos enseña a no creer, a desconfiar del otro que sea distinto, a atacarlo, a buscar que desaparezca.

Una opción, dentro de muchas, para salir de estos círculos es la de pensar en otros mundos posibles, en otros discursos.  Construir formas de pensar diversas desde la escucha de los que son distintos, aprender a valorar la diferencia, soñar e imaginar futuros distintos, aprender el arte de vivir, buscar otros significados posibles, entender que somos siempre cambiantes, construir espacios de diálogo en los que también quepan el disenso, el respeto, la colaboración, la reciprocidad, eso que llamamos las inteligencias colectivas.  Se propone una comunicación en donde se estimulan la discusión, la toma de conciencia sobre la propia realidad, la recuperación de la identidad cultural, la confianza y el compromiso entre las personas.

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Liliana Gomez

Escrito por:

Liliana Gomez

*PhD. Directora de la Maestría en Comunicación, Tecnología y Sociedad de la Pontificia Universidad Javeriana.

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