De arquitecto a candidato: crónica de una campaña (no tan) épica

De arquitecto a candidato: crónica de una campaña (no tan) épica

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Decidí lanzarme al Senado. No después de una profunda reflexión existencial —como suele decirse para sonar importante—, sino porque me invitaron a ser parte de la lista de la alianza Ahora Colombia y dije que sí. Así, sin épica.

Arranqué con toda la fe del principiante: número 96 en el tarjetón (estratégicamente ubicado, por supuesto: esquina inferior derecha, deformación profesional de arquitecto), un programa serio para reducir la desigualdad y con la vana ilusión de que las ideas todavía sirven para algo en el proceso electoral colombiano.

Pronto descubrí que en una campaña no se trata tanto de convencer como de aceitar la maquinaria electoral. Todo empieza inocente: la gasolina para la moto, el celular, el transporte, el almuerzo. Uno piensa: bueno, tiene sentido. Luego viene el siguiente nivel: “un detallito”. Traducción simultánea: efectivo por voto, con la denominación sugerida incluida.

Y ahí entiende uno que no está en una campaña electoral, sino en una cadena de suministro bastante bien organizada; existe la interconexión de líderes sociales en diferentes regiones del país; se recomiendan unos a otros.

También aparecen ofertas innovadoras: votos con evidencia fotográfica incluida. Yo, en mi papel de marciano recién aterrizado, me atreví a decir que eso era ilegal. La respuesta fue una mezcla de lástima y desconcierto, como si hubiera confundido las reglas básicas del juego.

Porque sí: esto no es un error del sistema. Es el sistema. 

El votante, por su parte, hace lo que puede. Si durante cuatro años el Estado brilla por su ausencia y el día de las elecciones aparece a través de sus intermediarios, en este caso, los candidatos y candidatas, al menos, con desayuno, almuerzo y algo de efectivo, difícilmente podría llamarse corrupción: es, digamos, una política pública de emergencia, ejecutada por terceros.

Mientras tanto, los candidatos y las candidatas nos devanamos los sesos explicando cómo votar correctamente en un tarjetón diseñado para poner a prueba la paciencia humana. Listas abiertas, números, logos, confusión general… pero eso sí, todo muy democrático.

Mi campaña fue principalmente digital. Abrí cuentas en redes sociales, hice videos e intenté parecer moderno, sin lograrlo del todo. 

Resultado final: 567 votos. Una cifra elegante, sobria, quasi minimalista. Un amigo curtido en estas lides ya me lo había advertido: “Con 500, desé por bien servido”. Claramente sabía algo que yo no.

Pero lo mejor vino al final, con los escrutinios. Al revisar los resultados, descubrí que tenía votos en lugares donde no solo no hice campaña, sino que probablemente nadie ha oído hablar de mí. Cinco de mis votaciones más altas fueron en una especie de fama espontánea, milagrosa, casi mística.  Me encontré con datos que bien vale la pena hacer públicos por considerarlos del interés general y, sobre todo, de la Registraduría Nacional, encargada de la organización y del primer conteo de las votaciones y, claro, también del Consejo Nacional Electoral. 

Hice un cuadro en orden descendente de las votaciones obtenidas por departamento y… Tremenda sorpresa: entre los diez departamentos en los que obtuve mi más alta votación, cinco son de la región Caribe. En Atlántico 53 votos, en la Guajira 33, en Bolívar 25, en Cesar 18 y en Magdalena 13.

Departamentos en los que jamás estuve, en los que jamás hice una llamada a nadie; en donde a mis conocidos residentes en ellos no los alcanzo a contar con los dedos de la mano; a donde jamás envié ningún tipo de publicidad. Recibieron de mis redes los mismos mensajes que los de los demás 28 departamentos, en los que sin duda tuve menor visibilidad comparada con la que pude tener en el centro del país.

Qué en estos cinco departamentos hayan sido los más votados para mí con el 25% del total de mi votación, no tiene  ninguna  explicación desde el punto de vista de la estadística, máxime si se compara con departamentos  en los que sí trabajé y me han sido afines toda mi vida como: Tolima, Risaralda, Quindío, Caldas, el norte del Valle,  Antioquia y por su cercanía: Boyacá y algunos municipios de Cundinamarca en donde tuve el 23% de mi electorado o en Bogotá donde tuve el 40% de mis votos.  

Así me lo expresó un reconocido experto en estadística electoral en Colombia: “Sobre su inquietud, creo que es muy válida y no tengo una respuesta ni hipótesis satisfactorias”. 

Lo primero que se me ocurrió, confiando en que estos escrutinios, son rigurosos, fue que el Caribe colombiano es la región donde puede haber un voto de opinión más calificado que en otras. Tal vez más cuidadosa y analítica, sustentaba esto con su condición de costera y, por ello, con una visión de apertura internacional. Flojo argumento pretender que en el Caribe votaron por mí porque son más inteligentes que en las demás regiones del país. Descartada por pretensiosa y, sobre todo, por falta de sustento.

La hipótesis más terrenal es que, en algún punto del proceso, mis votos sirvieron para algo que no tenía nada que ver conmigo. Una pieza más en el ajedrez de alguien más. Porque en este sistema, incluso perder puede ser útil… para otro.

No tengo pruebas, pero tengo imaginación. Y en este contexto, a veces basta.

En fin, 567 personas votaron por mí. A ellas, gracias sinceras. A las demás dinámicas del proceso… gracias también, por la clase intensiva.

Conclusión: no perdí una elección. Aprobé —con honores involuntarios— un curso acelerado sobre cómo funciona realmente el proceso electoral de nuestro congreso.

Acerca del autor

Enrique Uribe Botero
EUBotero@razonpublica.com.co | + posts

Arquitecto de la Universidad Nacional. Máster en Arquitectura Urbana de la U.P.8 Paris Belleville. Estudios de paisajismo en la Escuela Nacional de Paisaje en Versalles.

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Arquitecto de la Universidad Nacional. Máster en Arquitectura Urbana de la U.P.8 Paris Belleville. Estudios de paisajismo en la Escuela Nacional de Paisaje en Versalles.

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