La comunicación como camino de amor y esperanza

La comunicación como camino de amor y esperanza

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Dominique Wolton en su texto “informar no es comunicar” hace la que, para mí, es la mejor definición sobre comunicación. Dice que es la construcción de relaciones entre personas, información y tecnologías para lograr la convivencia.  Pero también dice en ese texto que debido al exceso de información al que nos enfrentamos cada día el camino o el futuro es la incomunicación o dicho de manera más dramática, la imposibilidad de relacionarnos con el otro o de construir con el otro.  Nos muestra un mundo en el que nos sumimos en un estar encerrados en unas cámaras de resonancia en las que sólo nos quedamos mirándonos en espejos que nos muestren imágenes lo más cercanas posibles a las nuestras.

El resultado de algo así es que eso en lo que creemos que es el lugar desde donde nos construimos como ciudadanos se vuelva cada vez más radical, cada vez más lleno de miedo de lo diferente y en últimas cada vez más encerrado en la única posibilidad de vivir entre “iguales”.  Se dejan de lado las diferencias que son los espacios para ser creativos y en últimas también para ser empáticos y compasivos.  Un mundo con un espacio preponderante para atacar u odiar al que no está de acuerdo o va por caminos distintos.

En este espacio de “iguales” la comunicación (y sobre todo la política) nos está llevando a creer que existe un solo mundo y una sola historia en la que caben únicamente los que piensan igual. Esto está llevando a extremismos, a políticos que se reconocen como de ultra, a cerrar puertas, a discursos llenos de simplezas y al no reconocimiento del otro que es distinto.  Todo exacerbado por unas redes sociales que al poder micro segmentar hacen que cada nuevo candidato le pueda decir a cada uno lo que quiere oír sin pasar por ningún editor o control.  Unas sociedades polarizadas, violentas, irrespetuosas que no están reconociendo al otro y mucho menos sus diferencias.  Unas sociedades que no permiten la imaginación de otros mundos posibles y que se centran en el miedo y en el odio como emociones.

Todo esto se construye desde la deslegitimación del distinto, la aceptación de creencias de manera acrítica y basada en la pertenencia a una tribu que se caracteriza por una reactividad permanente hacia el discurso que sea distinto, tomando lo que se dice por el otro como algo que debe ser excluido y que al mismo tiempo es excluyente.  Todo esto en plataformas de comunicación que se convierten en lugares poblados por jueces o policías privados que deciden quién es culpable (el distinto) y quién es inocente (el igual).  Lugares donde la moderación por parte de expertos en el manejo de la información es mínima o es hecha por máquinas y en donde, además, las normas son impuestas desde un pequeño grupo de empresas con intereses meramente económicos que lleva a un aumento de la circulación falsa y de las teorías conspirativas.

Y, entonces, nace la pregunta sobre las relaciones y sobre cómo poner en circulación otros imaginarios para otros mundos posibles, para reconstruir nuevas formas de sociabilidad en términos de convivencia, de convivialidad y de cuidado que enriquezcan el ejercicio ciudadano se vuelve central y se puede mirar desde la comunicación de emociones como el amor y la esperanza que permitan dar el primer paso en el camino de permitirnos conocer y reconocer al otro, de dar el primer paso, de construir conexiones a partir de mostrarnos vulnerables, compasivos y con capacidad de escuchar con empatía.  En un momento en el que la comunicación se volvió, incluso, más importante que la política vale la pena volver a pensar en construir conversaciones, espacios de diálogo, espacios sin el celular, sin las redes sociales o sin la posibilidad de huir al miedo de estar presentes y dejarnos llevar por el disfrute de las personas, de los espacios, de las subjetividades.

Es importante encontrar(nos) con los que piensan igual, pero también escuchar a los que piensan diferente y construir nuevas relaciones de poder en donde el centro sea la coherencia y un continúo construir mensajes que lleven a que la información que circule sea la del amor y la esperanza en un mundo en el que estos sentimientos se han vuelto escasos en el sentido de que todo el tiempo priman el miedo, el odio, la ira o la tristeza.  Es hora de empezar a construir relaciones en las que los otros nos puedan ver, oír, tocar, sentir…

La invitación es simple, ¿qué tal si hoy la conversación empieza con preguntar(le) al otro cómo se siente y para esperar la respuesta dejamos a un lado o apagamos el celular?

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Liliana Gomez

Escrito por:

Liliana Gomez

*PhD. Directora de la Maestría en Comunicación, Tecnología y Sociedad de la Pontificia Universidad Javeriana.

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