Los domingos huelen distinto | Columna Especial del Día

Los domingos huelen distinto

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Los domingos huelen distinto. Las calles están más tranquilas, hay más bicicletas y patines y los desayunos se alargan hasta el almuerzo. El aire está frio pero hace sol, algo de viento también. La nevera suena igual, la gente en el parque jugando voleibol y los paseos con perros se convierten en conversaciones diarias entre vecinos. 

Una ciudad distinta los domingos. Hay lunes que también parecen domingos y uno que otro festivo que se cuela entre semana y confunde un poco. El reloj cuando uno era chiquito andaba a toda y poco a poco se ralentiza, o eso parece al menos. 

Vi un código QR en el piso, pensé… ¿cómo se podría comprar un pedazo de andén? claro que ese no es el objetivo, obvio que no. En Bogotá hay que caminar mirando al piso porque hay muchas sorpresas en los andenes y uno puede enredarse fácilmente y las caídas se pueden complicar. Por esa misma razón hay adoquines marcados con una X para que uno no los pise, si ha llovido parecen un “sube y baja” y se empapa uno los pies, son un peligro. Pienso si siempre he pensado tanto en las cosas que pueden pasar o es ahora que estoy en otro momento de la vida. No sé la verdad. 

El tren no lleva pasajeros, transita solo por la carrilera. ¡Un total desperdicio! Me digo a mi misma mentalmente. Me gusta la ciudad desde el tren, se va a otro ritmo y desde la vía férrea la ciudad se ve distinta, se está cerca pero no demasiado.

El arte de deambular como un investigador privado encubierto en el ruido de la multitud y el ritmo incesante de la ciudad me permite andar con la sensación de no ser vista, cosa que en los pueblos en más difícil o imposible hacer. Esa delgada línea entre lo privado y lo público se desvanece al cruzar el umbral de la puerta y entrar en el afuera. Como un portal a otra vida, otro mundo. Y debo decir que muchas veces me he devuelto, no solo porque no me quiero mojar y comienza a llover, sino por el hastío que puede provocar el ritmo afanado de otros. Quizás porque me enfrenta a mi ausencia de afán. Esta mediana edad me trae muchas preguntas, nuevos ritmos y me obliga a descubrir facetas personales que desconocía.    

En 1475 nace la primera cafetería en Constantinopla, y yo agradezco infinitamente ese momento y a sus protagonistas, pues cientos de veces me he encontrado caminando sin rumbo y ha sido una cafetería el máximo refugio para mi ser necesitado al mismo tiempo de soledad y compañía. Es extraño decirlo, pero en mi camino poder sentarme en silencio a observar otras mesas e imaginar sus conversaciones es un oasis perfecto.  

Una casa que no tenía perros, lo tuvo por unos días y luego ya no. Se siente diferente. El sofá cubierto con una tela vieja para el perro, la taza del agua y la de la comida, la toalla para secarle el hocico. Sus paseos al baño, expediciones al parque, su deseo de lamberle a uno la crema de manos o las pomadas medicinales. Su pelamen oscuro uno con la noche, los avisos de la entrada de personas o animales al edificio. Su pose con la mano doblada, su paciencia, entrega y devoción. Y mi hermana en el sofá con su cigarrillo electrónico. El cenicero con una que otra colilla y las tazas de tinto concentrado.2 Huevos revueltos, mantequilla y mermelada de ciruela, pan francés o arepas, almojábanas y jugo de naranja. Se quedó una tarde dormida en el sofá mientras oíamos en el computador un juicio, yo la arropé y en ese instante parecía una niña chiquita. Sus malteadas de Ensure, y la fascinación por la sopa de colí, las papas chorreadas y la rosca de arroz. Blue jeans rotos y botas de caucho verdes, un pelo fuerte y caramelo y dientes de leche nuevos.  

El sonido del silencio se queda en el apartamento, lo disfruto, pero a veces lo trato de callar con música o parlamentos en la televisión.

El sentido del sinsentido. Ser para dejar de ser. Recordar para olvidar. Las materas de los cactus o suculentas, pintadas a mano. El sol picante antes del aguacero. Ir para volver a regresar. Un zigzag infinito, incansable. Bueno no tanto, a veces una línea recta tenue, casi imperceptible. 

Que buen plan, leer un libro en compañía, ayer terminamos el libro “Los nombres de Feliza” de Juan Gabriel Vásquez, increíble relato que lo lleva a uno galopando entre las páginas casi sin respiro hasta la última palabra. 

A través de las persianas veo la vida de la gente. Señoras paseando bebés en coches, o llevando perros al parque, el carro del señor que recoge chatarra, el comprador de libros usados, o el vendedor de mazamorra puerta a puerta. Yo hago el café, suena la tetera y con gran urgencia la apago, ese ruido puede ser desesperante. Dejo el computador abierto a ver si puedo escribir cada vez que lo vea dispuesto, a ver si funciona esta táctica. Y funcionó, estoy terminando el escrito aunque con un mes de retraso.

Acerca del autor

Ana Maria Cadena Silva
AMCadena@razonpublica.com.co | + posts

Actriz, artista plástica y máster en docencia. Escribo y trabajo sobre el cuerpo en la vida.

4 comentarios

Ana Maria Cadena Silva

Escrito por:

Ana Maria Cadena Silva

Actriz, artista plástica y máster en docencia. Escribo y trabajo sobre el cuerpo en la vida.

4 comentarios de “Los domingos huelen distinto”

  1. Maru, qué lindo y fluido escrito. Lleno de detalles que generan curiosidad de lo que viene e invitan a leerlo todo para descubrir un agradable recorrido de vida, me invita a pintar como en un cómic cada capítulo del recorrido.
    Me encantó, felicitaciones.

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