Las causas profundas de la masacre de Charleston - Razón Pública
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Las causas profundas de la masacre de Charleston

Escrito por Luis Javier Mejía
Retrato de las víctimas de la masacre de Charleston junto a una bandera de los Estados Confederados en llamas.

Retrato de las víctimas de la masacre de Charleston junto a una bandera de los Estados Confederados en llamas.

Luis MejiaLos crímenes por odio racial en Estados Unidos vienen de una herencia, todavía viva, de menosprecio a los afrodescendientes y exaltación de los valores de supremacía blanca que calaron en gran parte de la población desde la Guerra Civil de ese país.

Luis Mejía*

La masacre

El miércoles 17 de junio, en Charleston, estado de Carolina del Sur, a las ocho de la noche, un hombre blanco de 21 años entró a la Iglesia Africana Metodista Episcopal Emanuel cuando miembros de esa congregación estudiaban la Biblia. El visitante fue recibido como huésped y durante casi una hora participó en la discusión. De repente, se puso de pie, sacó un revólver de su riñonera y empezó a disparar a quemarropa.

Esa noche Dylann Roof, quien después confesaría su crimen, mató a seis mujeres y tres hombres, todos negros: el pastor principal (que era también senador estatal), tres pastores invitados, una bibliotecaria, un consejero universitario, un joven recién graduado de la universidad y dos ancianas jubiladas. Dejó viva a una persona para que sirviera de testigo y contara lo que había pasado.

Al dispararle a una de las víctimas le dijo: “Tengo que hacerlo. Ustedes violan a nuestras mujeres y se están apoderando de nuestro país. Tienen que morir”.

Después se supo que Roof se identificaba con los lemas y la parafernalia de los Estados Confederados de la Guerra Civil estadounidense: en su chaqueta lucía parches con las banderas de dominio blanco de Sudáfrica y Rodesia, afirmaba que los negros estaban controlando el país y a los investigadores oficiales que lo arrestaron les dijo que con la masacre quería empezar una guerra racial.

El simbolismo

La Iglesia Episcopal Metodista Africana Emanuel en Charleston, Carolina del Sur.
La Iglesia Episcopal Metodista Africana Emanuel en Charleston, Carolina del Sur.
Foto:  Spencer Means

Esta masacre está rodeada de un intenso simbolismo. Charleston fue el principal puerto de entrada de esclavos en los Estados Unidos. Además, en Carolina del Sur comenzó la Guerra Civil estadounidense, librada por los rebeldes sureños para defender su derecho a tener esclavos. Este fue el primer estado en separarse de la Unión y en su territorio ocurrió el primer enfrentamiento armado de esa guerra.

La Iglesia Africana Metodista Episcopal Emanuel, por su parte, ha sido líder en la lucha por la libertad, la dignidad y los derechos civiles de los negros norteamericanos. En su recinto se celebraron servicios religiosos clandestinos cuando en 1835 la ley le prohibió a los negros reunirse para el culto sin supervisión de delegados blancos.

Las víctimas iniciales del KKK fueron los negros, los católicos y los judíos. Hoy en día las víctimas del rechazo racial en Estados Unidos son también los latinos.

Miembros de su congregación organizaron en 1822 una revuelta de esclavos que fue descubierta por las autoridades y por la que 35 conjurados fueron ejecutados y el templo incendiado por una turba blanca. En la década de 1960, esta iglesia también participó en el movimiento de protesta liderado por Martin Luther King Jr.

El pastor asesinado en ese lugar hace dos semanas, Clementa Pinkney, era un líder de la lucha por los derechos civiles. Fue miembro de la legislatura estatal desde los 18 años y recientemente había organizado una protesta contra la muerte de un negro de un pueblo vecino a quien la policía disparó por la espalda.

Herencia de la Guerra Civil

Hay dos temas que son tabú en las discusiones públicas en Estados Unidos y que la masacre de Charleston puso en evidencia: los motivos personales de quienes participaron en la Guerra Civil y las relaciones interraciales.

En 1861 Estados Unidos se dividió entre la Unión (o el Norte) y los Estados Confederados de América (o el Sur). La secesión de los sureños y la guerra que siguió tuvo causas económicas y sociales; sin embargo, desde el punto de vista cultural e ideológico lo que importa es la razón que movió a la gente a participar en ella, a matar y morir, a jugársela por dividir la República.

Esto es importante porque esa motivación sobrevive agazapada en el culto que aún hay de la Confederación, de sus capitanes, de sus campos de batalla y de sus símbolos. Esta fue la misma motivación del asesino de Charleston.

Explicando la constitución de la Confederación, su vicepresidente, Alexander Stephens, dijo: “La piedra ciliar sobre la que descansa [nuestro gobierno] es la gran verdad de que el negro no es igual al hombre blanco, que la esclavitud -subordinación a la raza superior- es su condición normal y natural”.

Y cuando el estado de Misisipi declaró su secesión, sus representantes dijeron que: “Nuestra posición se identifica totalmente con la institución de la esclavitud”.

La guerra para perpetuar este estado de cosas en el que los negros eran esclavos, y que se prolongó hasta 1865, dejó 620.000 soldados muertos. Entre ellos muchos de la elite sureña que se batieron en defensa de sus intereses y convicciones.

Racismo que no muere

Miembros del Ku Klux Klan con la bandera de los Estados Confederados al fondo.
Miembros del Ku Klux Klan con la bandera de los Estados Confederados al fondo.
Foto: Martin

Después de la Guerra Civil, el Partido Republicano, bajo el liderazgo del presidente Abraham Lincoln, usó sus mayorías en el Congreso Federal para aprobar la legislación de la “Reconstrucción”, que creaba mecanismos para consolidar la libertad política y económica de la población negra.

Pero en 1877 los republicanos temían perder la Presidencia y para asegurar la elección de Rutherford Hayes firmaron un compromiso ese año con los demócratas del sur. En cumplimiento del Compromiso de 1877 las tropas federales fueron retiradas de los estados del sur y –extraoficialmente- se dio fin a la Reconstrucción impulsada por el partido republicano durante el gobierno de Andrew Johnson.

Las legislaturas locales, controladas por blancos, expidieron entonces leyes de separación de las razas en escuelas, parques, restaurantes, teatros y transporte público, y eliminaron el derecho de los negros a votar. Estas regulaciones fueron conocidas como las Jim Crow Laws y estaban cobijadas por el derecho a legislar independientemente de cada estado. Simultáneamente, las autoridades toleraron la cultura de justicia popular que permitía el linchamiento de afroamericanos.

Esta legislación era justificada por sus impulsores por la inferioridad moral de los negros, su concupiscencia desbordada que los hacía propensos a violar mujeres blancas y su temperamento violento hacia los blancos.

Esta idea de la violencia negra se refuerza todavía hoy con la criminalización de sus comunidades. En 2014 los negros representaban el 35 por ciento de la población carcelaria, aunque solo son el 12 por ciento de la población total del país.

Aunque sea contradicha por la realidad, lo cierto es que esta mentalidad racista persiste en sectores de la población blanca de la antigua Confederación y en otras regiones de Estados Unidos. Prueba de ello son la supervivencia del Ku Klux Klan y la existencia de numerosos grupos nacionalistas y de supremacistas blancos.

La masacre de Charleston fue un acto de terrorismo inspirado por el odio a los negros.

Las víctimas iniciales del KKK fueron los negros, los católicos y los judíos. Hoy en día las víctimas del rechazo racial en Estados Unidos son también los latinos, como se puede ver en la aceptación que entre ciertos grupos han tenido los comentarios de Donald Trump, candidato presidencial republicano, sobre los mexicanos y los inmigrantes en general.

Todavía hoy, la llamada “estrategia sureña” para ganar elecciones, que inventó Richard Nixon y perfeccionó Ronald Reagan, explota sutilmente este sentimiento con fines electorales. Y bajo el amparo de esta ideología numerosas obras públicas han sido bautizadas en honor de oficiales confederados.  

Por eso, aunque la reacción inicial de voceros republicanos y comentaristas de derecha fue reducirla a un acto demencial cometido por un individuo aislado, lo cierto es que la masacre de Charleston fue un acto de terrorismo inspirado por el odio a los negros.

La libertad de cargar armas

El asesino de Charleston usó un revólver calibre .45, que fue un regalo de cumpleaños de su padre. Hay que recordar que en Estados Unidos un sector de la opinión pública y un grupo de empresarios productores y vendedores de armas de fuego han creado una cultura de amor y tolerancia a las armas que hace normal este tipo de regalos.

Además, como la segunda reforma constitucional estadounidense dice que “siendo necesaria una milicia bien regulada para la seguridad de un estado libre no se limitará el derecho del pueblo para tener y conservar armas”, es aceptable para muchos sectores de opinión y liderazgo político la idea de que la Constitución garantiza el derecho del individuo para adquirir y portar armas de todo tipo.

Se estima que en 2009 en Estados Unidos había 310 millones de armas de fuego en manos privadas, incluyendo revólveres, pistolas, escopetas, rifles y otras armas que, en Colombia por ejemplo, son de uso privativo de las Fuerzas Armadas.

El total de muertes, entre homicidios y suicidios, causadas por estas armas ha pasado de 28.874 en 1999 a 33.636 en 2013. La mayoría de las víctimas –y victimarios- de los homicidios entre 1980 y 2008 fueron hombres jóvenes negros.

Por eso, la oración fúnebre del presidente Obama en honor del pastor Pinkney tocó puntos muy sensibles en la psicología estadounidense. El presidente (quien, para los racistas, es prueba de que los negros se están tomando el país) denunció clara y valientemente el racismo que impregna áreas de la vida nacional, la libertad de adquisición y porte de armas y los rezagos de la Guerra Civil que sobreviven de múltiples maneras. Además, hizo un llamado a revisar los sesgos del mercado de trabajo, del sistema de justicia y de la educación que bloquean el desarrollo de la población negra.

 

* Abogado, economista e investigador social, residente en Nueva York.

 

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