
De sobremesa: Grietas de la luz de Federico Díaz Granados
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Un recorrido por la obra de Federico Díaz Granados, cuya poesía rescata la infancia y la memoria frente al olvido. En su libro más reciente, el autor explora el duelo y la lengua de las abuelas como el último refugio ante la orfandad.
Conservo una anécdota familiar que, en mi memoria, retrata de cuerpo entero a Federico Díaz Granados. Cuando era un adolescente le pregunté a mi mamá si conocía algún poeta. Se lo pregunté como quién está fascinado por los minotauros. Me contestó: “no solo conozco a un poeta, conozco a una familia de poetas”. Era 1993. Mi mamá enseñaba Ciencias Sociales y Filosofía en el colegio Lorencita Villegas de Santos. Allí tenía de colega y amiga a Margot Valdeblánquez, la abuela de Federico. “El nieto de Margot es poeta y se llama Federico. Te voy a llevar a conocerlo”. Visité a Federico en su casa del barrio Palermo. Allí vivía con su abuela y su padre José Luis. La casa estaba llena de libros y tenía un enorme árbol en el patio (lo imaginaba enorme pero Federico me acaba de contar que era un modesto brevo). Ya desde entonces su generosidad era ese brillo que nunca se apaga. Ese día me regaló el libro Oscuro es el cantó de la lluvia, una de sus primeras antologías de la poesía colombiana. Me lo dedicó con unas palabras: “con mis mejores deseos por tu poesía, tu amigo, Federico”. Federico tenía entonces tenía 17 años y yo 13, pero allí ya estaba el Federico de hoy: la casa, la familia, la amistad como un árbol frutal que da sombra. Desde entonces viene nuestra amistad.
Han pasado treinta años. Federico Díaz Granados es hoy una presencia central en las letras colombianas. Poeta, editor, periodista, divulgador cultural y melómano, Federico le ha dado forma a nuestra percepción de lo que es la poesía contemporánea. De su experiencia de lector nos viene, filtrada, mucho del canon actual que ha curado en antologías como Inventario a contraluz, Oscuro es el canto de la lluvia o El amplio jardín, por mencionar solo algunas. Ha llevado el mundo a Colombia a través del Festival “Las líneas de su mano” —por allí han pasado, entre otras figuras, Charles Simic o Robert Hass— además de presentar libros, dar charlas y aparecer en decenas de espacios culturales, revitalizando nuestra literatura. Su generosidad es infatigable. Hoy lo leemos en columnas semanales de la Revista Cambio y en otras, lamentablemente más esporádicas, pero igualmente iluminadoras, del periódico El País (España).
Su producción poética se retrotrae a mediados de los noventa. Como él mismo lo reconoce, el grano de su voz solo dio fruto propio con su poemario-bisagra Hospedaje de paso (2003). Sólo hasta cruzar esa puerta se encontró consigo mismo, al otro lado, como poeta. Allí están los temas a los que les es fiel hasta hoy: la infancia como un imperio demolido. Con versos largos de una tonalidad nacarada, como de atardecer, ha poblado su pasado de fantasmas y juguetes. Y con ellos lo ha hecho reaparecer.
El poema epónimo del libro construye una poética a la que ha permanecido fiel hasta hoy.
Nunca he conocido a los inquilinos de mi vida.
No he sabido cuando salen, cuando entran,
En qué estación desconocida descansan sus miserias.
La nostalgia, dice Svetlana Boym, es una mirada lateral: mezcla dolor y gratitud. A diferencia de las nostalgias en donde han medrado los nuevos fascismos, la nostalgia de Federico siempre está bajo puesta a prueba para ser reinventada por el poeta. Por ejemplo, en uno de los poemas de su más reciente Grietas de la luz (y con esto me adelanto) Federico se funde con una de sus abuelas que sufre de Alzheimer e imagina qué pensará ella tras su mirada desmemoriada: “¿A quién olvidaré primero?” se pregunta el poeta poniéndose la máscara de una de sus abuelas. Esa pregunta lo acerca a ellas (y a nosotros sus lectores) pero también lo pone a distancia a través del silencio que le sigue a una pregunta retórica llena de dolor.

Después de Hospedaje de paso, Federico publicó Las prisas del instante (Visor 2016) y, el año pasado, su contribución, a mi parecer, más arriesgada hasta el momento: Grietas de la luz (FCE 2025). Estos tres poemarios localizan a Federico en lo que se podría llamar —y este nombre me lo ha dado el propio poeta— “La generación del 89”. Es una generación a la que le ha cabido encajar un golpe de responsabilidad: hacer el trabajo de memoria para darle sentido o sinsentido a la década tremenda de los años 80 en Colombia. Es una generación de novelista de variadas e inclusive contrapuestas estéticas como Juan Gabriel Vásquez, Carolina Sanín o Juan Cárdenas, artistas como Felipe Arturo, Gonzalo Fuenmayor o Juana Anzellini, cineastas como Jacques Toulemonde, Federico Atehortúa o Cristina Gallego, entre otros. Y poetas como Federico Díaz Granados. Con sus obras todos ellos han buscado entrar en la historia de Colombia por puertas selladas u olvidadas—los wayuu y el boom marimbero, los artesanos indígenas en el Cauca, la vida de un cineasta exguerrillero— para hacer hablar a nuestra historia por las bocas de sus heridas más persistentes.
Federico ha hecho este trabajo de la memoria poniéndose varias máscaras, todas verdaderas: la del ropavejero, la del archivista, la del reciclador. Con todas registra un cúmulo de perdidas. El poeta en su poesía es un casero y su poesía el último refugio de un mundo que se desmorona. Sus poemas toman adrede la forma de lo inacabado. Son bocetos, cartas sin mandar, listas sin acabar, poemas que son como entradas de un diario. En un poema titulado “Boceto vespertino” de Las prisas del instante Federico invoca la imagen de la casa destruida, el centro constructor de su obra:
Se van cerrando las ventanas
Y amontonadas papeles y libros una tarde de domingo
Y otra vez en el cuarto tibio
El poema empezado
Sobre las cosas felices que siempre acaban.
Cuando lo leo pienso que su poesía es un cuarto de San Alejo. Desde allí él registra el mundo. Desde la gran ternura que caracteriza a Federico la infancia toma la forma de un juguete olvidado que vuelve. Esos juguetes son la cultura popular de los años 70 y 80 que hacen el mundo poético de Federico y son su genealogía. Él es un hijo de la Guerra Fría: Obi Wan Kenobi, El Delorean de Volver al futuro o los cosmonautas soviéticos. Todos ellos son su panteón chiquito en donde el polvo es oro. Abundan en sus poemas formas del futuro con las que el pasado nos conectó: el teléfono, la videocasetera, la radio, la carta. Son tecnologías descartadas que son en manos de Federico juguetes del tiempo para reflexionar sobre el pasado como lo inaccesible. En “Balada para mis juguetes” dice:
Eran mis juguetes pequeños monarcas
con quienes construía naciones imaginarias en el aire
y buscaba el aullido de la noche al otro lado de una estrella.
Tan eternos y fugaces como la memoria.
Allí, en esta constelación sideral de esos juguetes como héroes derrotados, está ahora Federico, como un héroe pequeño (ese dios de Huidobro), haciendo a sus abuelas sus heroínas y sus musas. Leyéndolo retrospectivamente para hoy —desde Grietas hasta Hospedaje de paso—me parece que nadie sino él podía escribir un libro como este que nos presenta hoy. Como buen poeta, fiel a sus temas, Federico regresa a los suyos. Pero esta vez los lleva al límite. Leemos en este libro una lucha de la poesía con la pérdida, en este caso, del lenguaje y la memoria. Esta última toma aquí la forma del Alzheimer de sus abuelas. El poemario es un devolverlas la memoria a ellas a través del lenguaje. Y saber también imposible ese intento.
Pero la contribución más importante de Grietas de la luz es hacer un trabajo de la memoria por el costado de la elaboración del luto. Federico se reconcilia —si algo así es posible— con sus abuelas muertas entrando en la “última orfandad” tras escribir este libro como un largo adiós. Como todo libro sobre el luto es también una recuperación. Federico recupera en sus versos las canciones de las abuelas, sus frases y palabras particulares, su acento, haciéndose heredero, mereciéndose esa “lengua abuela” como la llama —ojo a la diferencia con la lengua materna. La lengua abuela es aquella textura particular de la infancia vivida en una familia intergeneracional.
De esta manera, el poemario es un retorno imposible a la lengua perdida, para pensar qué le hace la pérdida de la lengua a nuestro mundo, a nuestra identidad, y al amor que sentimos por personas de la que raramente se hacen las musas de la poesía: las abuelas. Ellas aquí son el principio de la lengua y por eso forma del amor por el mundo. Ese mundo que aquí se va opacando y a la vez se va iluminando gracias a la poesía que deja entrar en él la luz. Con la poesía, el poeta nos da un refugio en donde la memoria vuelve trastocada y súbita por la noche: el sueño (o la pesadilla) como una forma de recuperar el lenguaje y con él la memoria. O así me lo pareció en momento perdonador —la poesía como sueño de la memoria— de un libro doloroso pero luminoso, como su título.
Gracias, Federico, por presentar tu poemario aquí, leernos de él y conversar con todos nosotros hoy.
Palabras leídas para presentar a Federico Díaz Granados en la universidad de Brown con motivo de la presentación de su libro Grietas de la luz (FCE, 2025) el 31 de marzo de 2026.
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Acerca del autor

Felipe Martínez Pinzón
*Profesor titular de literatura latinoamericana en el departamento de Estudios Hispánicos de Brown University.
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