La puerta descolgada | Ana María Cadena Silva

La puerta descolgada

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La puerta de entrada del edificio se descolgó el domingo pasado, ya era de noche y llovía. Casi le cae encima a la mujer que vive en el primer piso y sus cuatro perros. Logramos que encajara en el cilindro de abajo y la amarramos  con un alambre dulce en la esquina superior derecha. La noche fue larga pues era un aviso nítido para los amigos de lo ajeno, no pasó nada, la puerta falsa nos protegió sin revelar que estaba literalmente cogida de un hilo. ¡Se descolgó la puerta! Un momento digno de un video casero, que cosa más rara. Si uno lo cuenta, nadie le cree que pasó, pero así fue.

Había que buscar entre uno de los baúles de metal, el registro de matrimonio de mis papás, que demostrara que se habían casado. Mi mamá decía: “¡Pero si claro que yo me casé, estoy segura de eso!” y así comencé a zambullirme entre carpetas tamaño oficio de color papel craft, sobres de manila marcados con la letra de mi mamá o de uno mis hermanos, y un maletín de cuero con artículos de periódico y recortes de revistas. Encontré el registro del matrimonio y varios tesoros, me engolosiné pasando páginas de la historia familiar, todo eso que pasó mientras uno iba al colegio y se distanciaba de la casa.

Las astromelias abrieron. Parecía un florero escuálido pero ahora se llenó con el volumen de los pétalos rojizos, me encanta ver cómo se van abriendo las flores. La barra de flor de la orquídea se hace desear y un día aparecen seis o siete flores a la vez, casi parece un engaño, las toco y si, son de verdad, un poco insolentes se presentan casi creídas.

El sonido de las bolsas de paquetes en el cine o los tacones que entran tarde al concierto, los pitos de carros y motos, el chasquido de las llantas cuando pasan por los charcos, uno que otro motociclista con un equipo de sonido más grande que el motor de su nave. En alguna que otra esquina, una pareja bailando incansablemente para luego pasar carro a carro saludando y dando bendiciones, buscando lograr una conexión con alguien que se conmueva y quiera apoyarlos con algo de cambio que tiene a mano, o en una cajita en la guantera del carro. La ciudad suena, a veces ruge. El murmullo de conversaciones ajenas cortadas me rodea, y de alguna forma me conecta con otros que viven esta misma ciudad de otras maneras. Caminando atravieso fronteras de barrios con conversaciones y formas distintas. Sus peinados, vestimentas y muletillas, unas cuadras pueden hacer una gran diferencia.

La vaguedad de las palabras que tanto complica la vida, hace difícil hablar a veces. Quizás el lenguaje matemático ofrezca una precisión incomparable. Las palabras pueden cambiar de un instante a otro, el tono en que se dicen, el contexto en el que fueron dichas, el lenguaje corporal que las subrayó, todo puede cambiar leve o contundentemente su significado.

Abrir la reja, ponerle tranca y al final del día volverla a cerrar y guardar la tranca. Subir las persianas y abrir las ventanas, bajar las persianas y cerrar las ventanas. Cada día. A veces con nubes y tonos grises y otros sin nubes y el cielo de algún tono azul. Mirarse al espejo y ver que el pelo creció, cortárselo y dejárselo crecer.

La cartera amarilla y las botas negras para transitar la ciudad en lluvia son como una armadura, como el uniforme de la mujer maravilla que aparece mientras ella se gira sobre su propio eje. La cartera amarilla en un día gris se siente como un pedacito de sol colgado de mi hombro. No la desamparo mientras voy caminando, de pronto al sol le da envidia y se asoma un poquito por ahí.

36 escalones de para arriba, cruzar el puente y bajarlo esta vez sin contar los escalones. Salgo de la estación de transmilenio, pongo cara de seguridad y mirando todo no miro a nadie. Cada uno sube y baja las escaleras a su propio ritmo. ¿Para dónde van, de dónde vienen, porqué tan afanados o desalentados? Todos y cada uno se mueven por la ciudad de formas infinitamente distintas, es increíble y se siente como una sinfonía.

El juicio sin fin, infinito número de testigos y objeciones, las diligencias y actuaciones ya casi hacen parte de mi día a día, como el menú del día yo pregunto: ¿Y hoy que pasará en el juicio? Como no soy abogada ni nada parecido, solo en las películas gringas había visto un juicio. Este, me atrapó, pues sus personajes hacen parte de la historia del país donde nací y vivo, y lo que se devela si ocurrió. Cada uno como cuando se lee una novela, armará la historia completa en su cabeza y unirá las piezas según su propio criterio, para al final, esperar el veredicto de la Juez o el anuncio de su prescripción definitiva.

La gente se rebusca cómo ganarse la vida, jarabes para la tos y el alma, líneas directas con los ángeles y alquiler de llaves para apertura de puertas a otras vidas. De todo se ve. Clases de artes marciales y plásticas, música, cocina caligrafía china lo que se quiera aprender a un clic de distancia, sin moverse ni salir de la casa. Todo rápido, diplomas en línea, remate de títulos, mucho tilín tilín y muchas paletas… demasiadas tal vez.

Acerca del autor

Ana Maria Cadena Silva
AMCadena@razonpublica.com.co | + posts

Actriz, artista plástica y máster en docencia. Escribo y trabajo sobre el cuerpo en la vida.

2 comentarios

Ana Maria Cadena Silva

Escrito por:

Ana Maria Cadena Silva

Actriz, artista plástica y máster en docencia. Escribo y trabajo sobre el cuerpo en la vida.

2 comentarios de “La puerta descolgada”

  1. Me gusta mucho leerla, su estilo muy detallista y descriptivo de la vida diaria, le da a ella la vida un juego especial y divertido.
    Ve y oye lo q muchos no, y eso la hace especial.

    1. Gracias por su opinión. Ese es el reto, mirar la cotidianeidad y descubrir su belleza y capacidad de sorprendernos juguetonamente.

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