De sobremesa: La vorágine: abismos de amor (1949)
Foto: Cinemateca de Bogotá

De sobremesa: La vorágine: abismos de amor (1949)

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“La fuerza de Rivera, la brutalidad del ambiente en que se movieron sus personajes, las violentas pasiones que los empujaron hasta el satánico corazón de la selva han sido llevadas fielmente a la pantalla, quizá con una maestría poco común en la mercancía cinematográfica de México” (Gabriel García Márquez).

Las vidas visuales de La vorágine

Las vidas visuales de La vorágine son muchas. La primera edición venía con tres fotografías. Una del propio Rivera posando como el protagonista, dice el pie de foto, “Arturo Cova en las barracas del Guaracú (foto de Zoraida Ayram)”. La otra es una postal que el poeta recicló como “Foto de Clemente Silva”. Machucado, a mano derecha, se ve el sello que confirma que la compró en Manaos. Ambas imágenes son de su viaje de 1920, no planeado, tras el fracaso de la Comisión de Límites Colombo-Venezolana de la que hizo parte. Eduardo Neale Silva, en su gran biografía del poeta Horizonte humano (un libro que por razones desconocidas no se reeditó para el centenario), nos cuenta que Rivera bajó por el Orinoco, tomó el caño Casiquiare y subió el Amazonas para entrar luego a Manaos. De ese viaje trajo amistades y libros y una gran fascinación por la literatura brasileña, que dejaría evidentes rastros en la novela (como lo ha mostrado recientemente Leopoldo Bernucci). Aparte de todo esto, trajo a Colombia un cartapacio con imágenes de las cuales sacó estas que que acompañan la primera edición de La vorágine. 

Foto: El cauchero de Clemente Silva. Archivo del autor

Estas fotografías desaparecieron de las ediciones siguientes. La cuarta y quinta, editadas en Nueva York por la editorial Andes que Rivera fundó allí, las acompañó con cuatro mapas. Son mapas monstruosos en el sentido de que no cuentan con un adentro delimitado de un afuera, se derraman en círculos concéntricos –voraginescos– que, acorde con la novela, sirven más para perderse que para encontrar la “Ruta de Arturo Cova y sus compañeros”, como se llama uno de ellos. Margarita Serje y Erna von der Walde los incluyeron en su fenomenal edición cosmográfica de la novela para darle espesura al viaje geográfico, histórico y cultural de la novela. En el libro La vorágine: centenario de un clásico latinoamericano, que edité con Jennifer French, Margarita Serje tiene un texto en donde muestra cómo Rivera introdujo en estos mapas lugares que solo aparecen en la novela, como La Maporita, al lado de ríos y accidentes geográficos reales. Como toda buena literatura, con estos mapas Rivera también usó los artificios de la ficción para hacer la realidad más real. Con ellos engañó, pero con la verdad, a un público lector urbano, indolente acerca de los horrores del caucho en la frontera extractiva. Estos mapas también estaban hechos para que un lector norteamericano se localizara en Suramérica, en la Amazonia en particular, dentro de ese embrollo de hermosos nombres de ríos que terminaron por “devorar” a los protagonistas. 

Foto: Ruta de Arturo Cova. Archivo del autor

En ese libro que editamos el año pasado teníamos como brújula des-nacionalizar la novela. Una misión difícil. La vorágine es un texto que, a pesar de su alcance global por los intereses financieros que toca, por las migraciones y desplazamientos que narra y por las influencias que absorbe, sigue siendo encorsetado por pedagogías nacionalistas de las que no escapó el propio Rivera. Ese libro cuenta con textos de especialistas en literatura peruana, brasileña, venezolana o inglesa, en los que nos cuentan las historias de la novela en sus tradiciones literarias, cómo influyó en las ideas de la selva en sus países o en su forma de entender sus propias “novelas de la mercancía”. Así llama Margarita Serje a ese canon de novelas sobre banano, azúcar, tungsteno o cacao, que abundan en la literatura latinoamericana de comienzos del siglo XX (y que todavía, para nuestro pesar, pero alegría como lectores, sigue creciendo: piensen en la fantástica Distancia de rescate, una novela sobre el auge de la soja en Argentina). 

Foto: Telenovela La vorágine (1990)

Volviendo a las vidas visuales de La vorágine: en esa compilación hay un fenomenal artículo del crítico de cine Gustavo Furtado sobre la influencia de La vorágine en El abrazo de la serpiente (2015), de Ciro Guerra, y en la obra Viaje en tierra otrora contada (2011), de Laura Huertas Millán. Y es que la novela ha dejado entre su aparición y el presente una estela de reinvenciones visuales de las maneras como imaginamos la selva desde las ciudades, pero también de cómo entendemos la nación, la otredad, el extractivismo o la masculinidad. Pienso en las imágenes y memorias de los soldados en la Guerra Colombo-Peruana (1932-1934), que llevaban la novela en su faltriquera; los reportajes de Castro Caycedo y la inolvidable ficción testimonial de Tomás Eloy Martínez “Viaje de muerte a La Rubiera” (1979); o la serie de televisión de RCN La vorágine (1990), dirigida por Lisandro Duque Naranjo cuando se aprobaba la Constitución de 1991; o el auge de memorias de los secuestrados por las FARC que usaron símbolos e imágenes riverianas para contar el horror de su cautiverio; hasta la novela gráfica de Óscar Pantoja (2016) y las  adaptaciones teatrales (Habub, de Carmen Gil Vrolijk, y Perderse, de Fabio Rubiano) que nos traen hasta hoy, hasta el centenario recién concluido. Son muchas más. 

Abismos de amor

Pero hay una adaptación fílmica que ha pasado más o menos inadvertida, tal vez, precisamente, por estar fuera de la órbita nacional. Hablo de la película mexicana La vorágine: abismos de amor (1949), dirigida por Miguel Zacarías, que va a ser proyectada, gracias al apoyo de la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano, en la Cinemateca de Bogotá. La entrada es libre. Es una oportunidad única de disfrutar una película que se encontraba en las bóvedas de la filmoteca de la Universidad Autónoma de México y que ha sido dada en préstamos por Diana Films Internacional, restaurada y masterizada digitalmente para ser proyectada ante el público bogotano. 

No daré muchos detalles de la película para que se acerquen quienes puedan ir a verla. Les anticipo que no tiene nada que envidiarles a otras joyas de la época del cine de oro mexicano. Es una producción en la que no se escatiman gastos, que viaja a localizaciones fuera de estudio, cuenta con actores como el puertorriqueño Armando Calvo, que gozó de muy buena reputación por su interpretación de don Juan; y por ello hace un papel extraordinario de esa parodia donjuanesca que es Cova, a veces en contra, tal vez, de las propias intenciones del actor. La bogotana Beatriz Segura Peñuela, con el seudónimo de Alicia Caro, interpretara la protagonista homónima de la novela de Rivera, dándole forma a un personaje, me atrevo a decir, más complejo que el de la novela misma.

García Márquez, a quien se sigue pensando, como otros escritores del Boom, como alguien desafecto de la novela, reseñó esta película con entusiasmo. En 1949, a pocos meses de estrenarse, dijo en El Universal de Cartagena: “Debemos confesar que la versión cinematográfica de La vorágine nos ha traído más de una sorpresa. La fuerza de Rivera, la brutalidad del ambiente en que se movieron sus personajes, las violentas pasiones que los empujaron hasta el satánico corazón de la selva han sido llevadas fielmente a la pantalla, quizá con una maestría poco común en la mercancía cinematográfica de México”. Y es cierto, Zacarías se propone reproducir la novela con fidelidad desde el epígrafe, dividiéndola en dos partes (no en tres como la novela): llanos y selva. Sin embargo, la propia novela termina por ganarle la mano al director, forzándolo tomar decisiones de guion y adaptación. Al final la película termina por tomar decisiones que al tiempo que dejan por fuera episodios y personajes –algo natural en el traslado de una pieza artística a otra– cede y cambia la escena final por otra. Es un final que sorprenderá a los espectadores y que abre la historia a una nueva interpretación de toda la fuga de Cova y Alicia.

Al empezar a ver a la película pensé encontrarme con un melodrama de don juanes y princesas, lágrimas y celos. Y tiene bastante de eso, claro, pero con buenas actuaciones, edición y fotografía. Hay, sin embargo, una veta que no esperaba. Por una parte, hay decisiones de edición interesantes que superponen fragmentos del viaje de Cova con imágenes documentales de animales –serpientes mordiendo, jaguares cazando– que subrayan la brutalidad de los barones caucheros torturando a los peones. En una novela que construye con maestría desde la palabra la alucinación para decir la verdad de la explotación de la naturaleza, Zacarías toma decisiones visuales –entre el surrealismo y el pastiche– para mostrar esa selva animada que habla con Cova.  

También hay una apuesta etnográfica interesante en la película. Esta se exhibe solo en la parte más deudora de los cuadros de costumbres en la novela: los llanos. Allí hay acentos (no muy bien logrados) de la actriz que interpreta a Griselda, lo mismo que diferentes pasillos y bambucos que se cantan en secuencias, muy de época, en donde una canción entera, tocada in situ, interrumpe la acción, aligerando la historia. Son hoy fragmentos que sirven para observar cómo se representaba, entendía y circulaba una idea de folclor nacional. Una trama, naturalmente, para ojos mexicanos. Y eso es fascinante: vernos representados –en una novela cosmopolita en la que aparecen libaneses, franceses, venezolanos– en los ojos de un país norteamericano que tiene similitudes y diferencias con nosotros, pero sobre todo una gran distinción para ese momento histórico: una gran industria cinematográfica. 

No se pierdan de ver esta película en pantalla grande en la Cinemateca de Bogotá el próximo 12 de abril a las 6 p. m. Para presentarla ese día estaré conversando con Rito Alberto Torres. Haciendo lo propio, el 23 de abril estará conversando Juan David Correa con Alexandra Falla. Entrada libre.

Le recomendamos: De sobremesa: Juan Gil, ópera prima de J. E. Rivera

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Felipe Martínez Pinzón
felipemartinez@razonpublica.org.co | + posts

*Profesor titular de literatura latinoamericana en el departamento de Estudios Hispánicos de Brown University.

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*Profesor titular de literatura latinoamericana en el departamento de Estudios Hispánicos de Brown University.

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