De la inmediatez y el vértigo a la negociación que comunica

De la inmediatez y el vértigo a la negociación que comunica

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Hoy no nos queda mayor espacio para la reflexión, mucho menos para el descanso, para la escucha o para el reconocimiento del otro. En los espacios que tenemos pasamos de una imagen a otra con la vertiginosidad y la rapidez de una carrera que nos impide ir al fondo. Vamos de un tema a otro, de un país a otro, de un titular a otro.  No importa si lo que se dice es falso o cierto, lo importante es que coincida con eso que creemos.  Un día nos preocupamos porque Biden está demasiado débil para gobernar o porque Trump se ve tan joven a su lado (sólo tres años de diferencia) que ya todo está perdido (o ganado para los seguidores del Trump), luego nos vamos para un atentado del que nos queda una foto de Trump ensangrentado y con el puño en alto (nada mal para una campaña que quiere que sus seguidores salgan a votar “berracos” como ya pasó alguna vez en Colombia).  De allí pasamos a la imagen de Gustavo Petro llegando tarde en guayabera (en Bogotá) para conmemorar el 20 de julio. Y luego lo vemos en su discurso ante el Congreso ofreciendo disculpas por la corrupción en su gobierno, hablando de logros, de transformaciones de la economía, del acuerdo de paz.

 

Todo esto pasa en una hora, en un día, en una semana… poco importa el tiempo.  Porque lo que sí es relevante es estar en ese lugar en el que sucede la última publicación.  Aquí no importa el otro, ni la relación o relaciones que se puedan construir entre las personas, la información y la tecnología, tampoco importa entender el contexto, ni siquiera profundizar en la noticia.  Basta con el titular, con la fotografía, con la imagen.  Lo importante es tener la herramienta de moda, la que permita entrar en el círculo interminable de estar informados sobre lo que sea, lo importante es que se llegue al lugar de más clics, del más seguido, que la información se construya según la tendencia del momento sin tener en cuenta si es necesaria o importante.  El espectáculo prima y la comunicación y la política se mueven por allí.  Hay que encontrar la frase que se pueda tuitear, que se convierta en titular, que sea fácil de memorizar, de repetir, de volver una tendencia.

 

No hay tiempo para negociar entre mensajes que se multiplican, entre técnicas que se perfeccionan cada día, ni entre unos receptores más ávidos de hacer clic como si fuera el último deporte externo.  Más rápido, más corto, más simple, más fácil.  Esa parece ser la receta de lo viral, de la política que han descubierto Trump o Petro, esa que se juega en las redes sociales, en la que se habla de todo, en la que se retuitea sin importar la verdad, en la que se busca ocupar la esfera pública desde tensiones reales o inventadas. Sólo importa estar todo el tiempo produciendo mensajes, siendo el mensaje.  Todo el tiempo se crean historias que asombren, cada una más que la anterior o que la siguiente.  Cada vez es necesario más vértigo y para eso, al parecer, todo se vale: el ataque, la incertidumbre, las verdades a medias, las mentiras, las imágenes tan llamativas que asustan, los discursos llenos de lugares comunes, el ataque, la pelea, la repetición, la simpleza, la falta de contexto. Todo vale con tal de estar en la agenda, con tal de ganar la atención.

 

Lo que nos queda en esta época es entender que el camino es una comunicación tranquila en la que tengamos tiempo, en la que podamos dudar, en la que haya preguntas, en la que podamos analizar(nos), saber en qué creemos, aceptar al que cree distinto.  Una en la que podamos respetar a los demás en cualquier circunstancia.  Una comunicación que nos permita vivir en actitud de dar y recibir con tiempo; una en la que podamos compartir con el otro sin necesidad de ganar o perder, sólo de conocer.  Una comunicación que permita llegar a acuerdos (desde el disenso), que permita construir relaciones, que permita tener tiempo. Una comunicación que se centre en las personas y no en las máquinas o la tecnología.  Una comunicación que permita pensar antes de actuar.  Una comunicación que nos permita centrarnos en lo local (con un conocimiento y sensibilidad por lo global), una comunicación que permita priorizar lo importante para las personas y comunidades, una comunicación que permita convivir y conversar. Una comunicación en donde prime el diálogo con los cercanos sin desconocer otros mundos, lugares y creencias.  El camino: hablar con nosotros y con el otro: el cercano, el vecino, el colega… Escribir cartas para nosotros, para los amigos; volver a mirar al otro; dedicar(nos) tiempo; leer libros, volver al cine, hacer una actividad a la vez…

Acerca del autor

Liliana Gomez
LGomez@razonpublica.org.co | + posts

PhD. Profesora Pontificia Universidad Javeriana

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