
El viaje finito
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Se detiene, nos asusta, nos desborona. Allá entre las boronas nos encontramos vulnerables, frágiles e impotentes. Enfrentamos la verdad del descontrol, el caos y la entrega con resignación a un posible fin sin posibilidad de elección. En ese lugar, en nuestro primer hogar el cascarón primigenio: nuestro cuerpo; nos encontramos insignificantes y al mismo tiempo poderosos. Como el cangrejo ermitaño, buscamos siempre un refugio propio o heredado. Cambiamos el lugar de las cosas en el espacio, para sentir que la novedad se apodera del mismo, para hacerle el quite al tedio, a la costumbre a la inevitable rutina. Para sentir fascinante lo que se conoce y finalmente poderlo amar. Dejarse tocar por el viento fresco rozando nuestros cachetes y sorprender por el sol picante de la sabana, aunque a altura de páramo.
Viajamos para dejar atrás lo conocido y descubrir lo inédito, como quien abre un nuevo libro y se sumerge en una realidad creada por otro. Esta realidad que es de otros. En el viaje; es de los raizales y al interesarnos por su forma y fondo, nos parece que hacemos parte de alguna manera de esa realidad, aunque sabemos que no es nuestra, ni lo será. Como prestada, la devolvemos cuando nos vamos del lugar y dejamos lo que encontramos más o menos igual a como estaba. Se acabó el viaje, debemos regresar hacer maletas y retomar lo que quedó pendiente de donde salimos. Esa nostalgia que nos permite viajar en el tiempo a donde no vamos a volver en físico. Ese viaje mental en forma de bucle o de espiral ascendente, que nos lleva al no tiempo del reloj cucú colgado en la pared de agua.
Estúpidos e insípidos como de alguna forma nos hace pensar Pedro Friedeberg, somos los artistas, los seres humanos. Su obra nos lleva a las profundidades de la magia natural y nos trae a la crudeza de la realidad, montados en su cáustico y fascinante sentido del humor. Somos y ya no. Impermanencia inminente cambio infinito, eso somos.
Como quien descubre una amonita en una piedra enorme (hago referencia a la película Ammonite de Francis Lee del 2020) haciendo caso de una pequeña mancha sobre la superficie, que para quien sabe significa la clave certera del descubrimiento de un nuevo mundo.
En el circo (de los de antes) se estaba fuera del ruedo, desde allí se podía ver el espectáculo que daban tigres y panteras entre otros personajes. No hay miedo, no pueden atacar sino al domador. En las graderías, se está lo suficientemente cerca para ver lo que pasa y al mismo tiempo lejos para sentirse seguro entre el público. Como cuando se prende la televisión y se miran las noticias, lo que pasa en el país, el mundo y las galaxias. Me aterro y a la vez no tengo miedo, puedo mirar sin que la neblina me apabulle, como si me disociara de mi propia piel, de mi temperatura, de mi geografía.
El olor a Palosanto, me recuerda la entrada de la Catedral de Barichara. Cuando conocí ese olor, había unas monjas con una mesa a la entrada vendiendo paquetes de palosanto y yo compré uno. Me acuerdo que fue uno de esos olores reveladores, así como el perfume de Madame Verdun, la señora de la familia donde viví y trabajé como profesora de español en Paris.
Los caballos relinchan y explotan al máximo el pasto que encuentran. Las abejas llegan y colonizan, las arañas también. Yo voy y vengo a la ciudad. Como un hámster en una rueda que da vueltas, sin afán. Ya no hay prisa. Las cosas que pasan tienen un ritmo y es distinto bailar con ellas que estar en su contra luchando.
El viaje perfecto con la maleta ligera sin tiquete de regreso.
La loca de la casa -pensando en Santa Teresa de Jesús- se ocupa de esculcar los bolsillos del alma y desconcertar. Como pasa la noche anterior a un viaje, el alma se desconcierta y no nos deja dormir. La loca de la casa está al acecho y no pierde oportunidad de hacer ruido. No se duerme contando ovejas, de hecho, ella nos las cuenta mal.
El agua rueda por el vidrio y los caballos saltan de alegría. Las plantas se alegran también. Llueve como hace meses no pasaba. Se poda el papiro y las flores del mandarino se asoman blancas, esferas verdes y de color anaranjado.
Peregrina en mis textos, no encuentro mi voz. Recurro a Anaïs Nin para inspirarme. Extraño sentimiento al dejar lo propio al verse obligada y buscar nuevas geografías. Extranjera en su cuerpo, recordando piel e historias. La geografía que me pierde, el horizonte que delimitan la luz del pueblo cercano, los vecinos con sus fiestas y hace más frio esta noche.
Acerca del autor
Ana Maria Cadena Silva
Actriz, artista plástica y máster en docencia. Escribo y trabajo sobre el cuerpo en la vida.
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