
Los gobernantes de hoy en permanente campaña electoral
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En los viejos tiempos (en esos de antes de los Trump, Milei, Bukele o Petro), la comunicación política de gobierno era diferente a la electoral. En esas épocas a lo electoral se le dedicaba todo el esfuerzo, se incluían todas las tácticas para convencer a los indecisos (con creencias similares) y para mantener en calor a los militantes. Un esfuerzo para ganar una elección, para convencer de que la mejor opción posible (o la “menos peor”) era el candidato en campaña. Así se construían estrategias que incluían la tierra (la relación directa con las personas en sus lugares de encuentro) y el aire (los digitales).
Se hacían estudios (conversaciones) con las personas para conocer sus intereses, sus preferencias, sus creencias, necesidades y emociones. Desde allí se buscaba posicionar, emocionar, mover, llevar al voto. En esos momentos los candidatos mostraban su mejor cara en público; de los insultos y la desinformación (hacer menos creíble al contrario) se encargaban algunos aliados y luego “las bodegas o las granjas”. Era el momento del “todo vale” en lo que a estrategias de comunicación se refiere. El momento de separarse de los demás candidatos y mostrarse como los únicos salvadores o héroes.
Pero al llegar al poder, la vertiginosidad y el movimiento de la campaña disminuían. Ahora había que dedicarse de forma estratégica a posicionar e implementar el plan de gobierno, a definir los temas clave para las agendas, a hablar sobre unión, a construir un nosotros. La comunicación de gobierno se orientaba a mostrar resultados, avances, equipos en acción, consensos y diálogos. Era el momento de mostrar habilidades como ejecutor de promesas, de intentar convencer incluso a quienes no votaron por ellos, que se había hecho bien al elegirlos, cuidando sus acciones y palabras con el fin de construir agendas unificadas que permitieran que los temas giraran en torno a eso que los interesaba. Vale la pena decir que los electos tienen, además de la atención de los medios privados y las ciudadanías, el presupuesto para pautar, los medios públicos y el hecho de que al ocupar cargos de importancia, cuando hablan, muchos miran hacia ellos. Todo ese poder (incluso cuando los medios están en contra) hace que no tengan que ocupar la agenda todo el tiempo, que no tengan que luchar por la atención con el influencer o la celebridad de moda o con el escándalo del día. Por eso hay tiempo para pensar, para construir, para influir.
Con esta diferencia entre la comunicación electoral y la de gobierno, se vivía con más tranquilidad el paso de los dirigentes porque nada era de vida o muerte, nada era tan importante que no pudiera esperar unas horas o días para ser pensado, nada ameritaba que un candidato ya electo tuviera que batirse en batallas perpetuas en la red social del momento. Antes no era necesario responder a las 3 a.m. al contrincante que tampoco duerme, que también pelea. Bastaba con construir una estrategia y ponerla a rodar en todas las oficinas de comunicaciones con las que cuenta un gobierno. Tener mensajes claros que se adaptaran a cada medio y escoger voceros (uno solo o unos pocos) para hablar en diferentes espacios teniendo claro que lo importante era el plan de gobierno y no el personaje o su interés particular.
Eso ya no sucede así quizá porque los candidatos se sienten tan importantes cuando llegan al poder que de verdad se creen eso de que son “salvadores”, los únicos y verdaderos; o porque el ‘nosotros’ no existe en un mundo donde el modelo neoliberal imperante dice que la vida no vale la pena vivirla en defensa de un nosotros, cuando hay un ‘yo’ que puede y debe ser más importante. Los intereses con los que llegan los gobernantes cada vez representan a un grupo más pequeño de ciudadanos y entonces vivimos en esas democracias de minorías que cada vez están más radicalizadas y convencidas de que deben permanecer en el poder, sin tener en cuenta que como lo dicen Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en el libro “La dictadura de la minoría”: en la norma de aceptar la derrota y ceder el poder está la base de la democracia moderna. Ese miedo a perder el poder y el estatus dominante es lo que lleva a giros autoritarios. ¿Cómo explicar que cada vez los discursos frente al contrario se vuelvan más violentos y llenos de odio?
Una posible solución a toda esta crisis sería recordar y recordarnos que la política vista como el ejercicio de llegar a acuerdos entre personas que se quieren organizar, se puede vivir en espacios en los que la atención no tenga que estar puesta todo el tiempo en personajes que son porque existen en la agenda del día y sobre todo recordando que son las personas las que importan en última instancia, personas que puedan vivir con plenitud, que puedan desarrollar su potencial en un mundo lleno de diversidades en el que los gobernantes deben encontrar la forma para desde sus discursos crear espacios en donde la construcción de un nosotros sea mejor que la de muchos individuos jalando cada uno para su lado.
Acerca del autor
Liliana Gomez
PhD. Profesora Pontificia Universidad Javeriana
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