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Macartismo a la colombiana

Escrito por Mauricio Jaramillo-Jassir

“Toda persona se presume petrista, progresista o comunista hasta que demuestre lo contrario”, (como si aquello supusiera un delito), prejuicio convertido en divisa de la derecha colombiana. Importa poco que el petrismo sea un débil constructo del delirio de un conservatismo colombiano que va abandonando definitivamente el republicanismo que marcó algunas épocas de ese partido. De eso queda muy poco. 

El macartismo fue la peor “cacería de brujas” en la historia de Estados Unidos muy bien retratada en la obra alegórica de Arthur Miller “Las brujas de Salem”. Se trató de un esquema de vigilancia apoyado en la paranoia y el delirio del senador Joseph McCarthy y que llevó a políticos, intelectuales, profesores y artistas a la picota pública como una forma arcaica de justicia en la que se desvaneció el debido proceso y se aniquilaron derechos en nombre de la lucha contra el comunismo. 

Eso mismo parece aplicarse al caso colombiano actual, pero propulsado por las redes sociales y con la participación de algunos medios hegemónicos de comunicación que creen o presumen como válida la persecución contra el progresismo. Basta ver la forma en que se ha expandido una idea de control político en redes sociales a través de la publicación de contratos con el Estado, que sus denunciantes ignorantemente advierten como gubernamentales (¡incluso teniendo alguna formación jurídica!). Presumen que cualquier actividad remunerada con el sector público implica una subordinación a la ideología del gobierno. Esto conllevará a la estigmatización de contratistas que de por sí tienen condiciones para ejercer su oficio de extrema dificultad e instabilidad. 

Colombia abandona peligrosamente un debate de fondo sobre las reformas sociales, la viabilidad de la paz total o la política exterior (este último tema de ninguna sensibilidad para la oposición) y opta por los descalificativos y falacias ad hominem. Esta ausencia de control político no solamente empobrece el debate, sino que afecta la democracia pues la ciudadanía termina por no enterarse de lo que hace bien o mal el gobierno. 

La semana pasada, el concejal del Centro Democrático, Andrés Barrios, publicó en sus redes fotografías de un evento con el embajador israelí a raíz de un proyecto de acuerdo para promover la lucha contra el antisemitismo en Bogotá. El autor de la presente columna criticó dicha iniciativa exponiendo una serie de motivos puntuales, incluyendo imprecisiones groseras históricas. En lugar de responder con argumentos, el cabildante invocó la invalidez de esta opinión por provenir de quien actualmente tiene una emisión en el sistema de medios públicos. Es decir, un vínculo contractual con un medio público anula la legitimidad de un interlocutor y el concejal que, en teoría se debe a la ciudadanía, se da el lujo de escapar por la tangente. 

En la misma tónica, el titular de esta columna se demanda en redes sociales por el silencio de dos concejales sobre la desproporción en el uso de la fuerza del gobierno distrital en las manifestaciones conmemorativas del 8M. Añade a la pregunta una crítica pues resulta extraño la fijación de algunos concejales por polemizar con el gobierno nacional cuando hay tantos temas urgentes en la ciudad. Resulta inaceptable que se use el concejo como una plataforma para saltar a la política nacional, aquello contradice el espíritu de la descentralización y erosiona la democracia local. La respuesta del concejal Daniel Briceño no fue la de responder con argumentos, sino publicar el contrato de su contradictor con el sistema de medios públicos. Sobreviene una catarata de “me gusta” y reacciones de cómo cualquier crítica al Centro Democrático proviene de los sectores más radicales del llamado “petrismo”. Lo anterior es macartismo puro. 

Al final como suele suceder con este tipo de persecuciones, delirios y paranoias los temas de fondo se descartan y se termina discutiendo alrededor de la legitimidad de quien formula la crítica hacia el político. Recientemente, ante el anuncio de la llegada de un reconocido activista al sistema de medios públicos se pudo comprobar que ese macartismo no es exclusivo del Centro Democrático, sino que los medios también simpatizan con esa persecución. Ante un señalamiento del activista respecto del concejal Briceño, varios periodistas de medios hegemónicos, entre ellos Diana Saray de Caracol Radio, salieron en activo respaldo del político, sin siquiera asomarse a la denuncia. Increíble que el periodismo salga en defensa de un servidor público (poniéndose la camiseta de su jefatura de prensa) y ataque a quienes denuncian sea activista, analista o periodista. ¿Acaso ignoran la correlación de fuerzas en favor de los políticos? ¿No están llamados a la independencia respecto del establecimiento (no sólo del gobierno como se suele pensar)? 

Todo lo anterior, indignante y preocupante, se justifica en un macartismo que, para colmo de males, apenas coge impulso. Llegó para quedarse.   

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