La dictadura de los ganadores | Liliana Gomez 2025

La dictadura de los ganadores

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En esta época, en la que los políticos no dejan tiempo para el aburrimiento me encontré con el libro la dictadura de la minoría de Steven Levitsky y Daniel Ziblat en el que veo como una constante necesidad de ganar y una imposibilidad de enfrentarse a perder está minando las democracias, un ejemplo lo dan Trump, Milei, Bukele; en Colombia Uribe o Petro y todos aquellos que a través de su discurso se muestran como la única posible alternativa a todos los males.  Ellos son los buenos, los otros (los distintos) son los malos.  Dicen ellos, que las elecciones se están convirtiendo en campos con apuestas demasiado altas en las que se cree que, si el contrario gana, se puede perder todo.  Estamos viviendo un miedo sobredimensionado a perder que atenta contra la democracia.  El resultado: candidatos y gobernantes que atacan a la democracia, a las instituciones y que piensan que todos los caminos son válidos para mantenerse en el poder, en el lado de los que ganan.

Así nos enfrentamos a campañas de miedo que nos llevan a dejar de lado la libertad, como lo dice Byung-Chul Han en el texto el espíritu de la esperanza, el miedo puede transformar una sociedad entera en una cárcel. Un lugar en el que los ataques, los insultos, el odio y la desinformación priman. Y agrega que la esperanza, por otra parte, va dejando señales por distintos caminos.  Algo que cuando hablamos del ejercicio de las ciudadanías se vuelva fundamental porque, al final, de lo que se trata es de negociar para poder ver y escuchar a otros (también a los que son distintos).

Se trata de lograr construir relaciones entre personas que lleven a múltiples interpretaciones del mundo, ojalá evitando una única y logrando que tanto emisores como receptores de mensajes logren codificar y decodificar sin importar qué tan diversos sean.  Buscar una coexistencia (convivencia) posible entre puntos de vista distintos que logren encontrar puntos que lleven a querer compartir (también las ganancias y las pérdidas). A no ver que cada vez que se gana (nadie más puede llegar a ese lugar) o que si se pierde es algo definitivo o definitorio que no permitirá ninguna nueva opción.  A entender que ese momento de perder, de entregar el poder a otro es tan importante como el de ganar, porque permite la distancia, la reflexión, las conversaciones, las nuevas construcciones.

El problema que queda es que para lograr la construcción de nuevos tejidos y posibilidades de un mundo en el que quepamos todos estamos contando, sobre todo, con ciudadanos (consumidores de contenidos) con conocimientos fragmentados, pasivos que, además, toman sus decisiones desde una información construida desde (en muchos casos) la desinformación sin una postura crítica (que cada vez se ve menos cuando se habla de política).  Se le suma a esto un profundo desinterés acompañado de la irresponsabilidad de pensar que como los que hay no lo están haciendo bien, se eligen personas que lo pueden hacer incluso peor. Al final algunos piensan que, si se rompe todo, será más fácil reconstruir. Y de esta forma siempre las cosas salen peor porque se llega a creer que la democracia no es importante o que no sirve.

Por este camino, la política (la electoral y la de gobierno) está quedando reducida a espacios en los que todo el tiempo hay que estar en las agendas (no importa el cómo), candidatos que se hacen visibles desde un profundo irrespeto por el otro, presidentes, gobernadores, alcaldes… que construyen sus discursos sin comprometerse, sin mostrar sus objetivos, atacando las diversidades. El único camino que se ve en estos casos es el de generar espacios de miedo en un mundo donde cada vez hay más incertidumbres, donde la inseguridad aumenta, donde el miedo prima, donde no van quedando opciones.

Y entonces, la pregunta de algunos (cada vez menos) es qué hacer.  Y una posible respuesta, dentro de muchas es que para llegarle a las personas hay que conocerlas, escucharlas, saber en qué creen, qué las emociona, cuáles son sus marcos de referencia que como lo dice George Lakoff en no pienses en un elefante son estructuras mentales que moldean nuestra visión del mundo (son los que moldean nuestros objetivos, planes, el modo en el que actuamos).  En resumen, son eso que llamamos nuestro sentido común, el mapa que nos permite navegar por nuestras vidas.

Sabiendo que los políticos están siendo asesorados por expertos en emociones, creencias, comportamiento y que a eso hay que unirle que nuestros datos (esos que dejamos en las plataformas de comunicación digital que visitamos cada día) son vendidos y explotados por expertos en comunicación y marketing, es importante que como ciudadanos empecemos a ser más responsables de lo que sucede alrededor y para ello es importante que tengamos claros los motivos por los cuáles nos emocionamos, creemos o nos movemos. Es importante, que identifiquemos cuáles son nuestros marcos de referencia y cómo funcionan en una campaña. Pero, sobre todo, es fundamental que pensemos en los otros (que nos importen personas más allá de nuestras familias), que aprendamos a entender al otro a partir de una escucha activa, que nos tomemos el tiempo para construir desde la esperanza y no desde el miedo. Que todo esto nos lleve a construir relaciones de confianza que nos permitan volver a creer en el mundo, en el otro, en nosotros.  Relaciones en las que volvamos a levantar nuestra mirada hacia el otro y dejemos de mirar simplemente una pantalla que nos evita estar en el lugar de la esperanza.

Acerca del autor

Liliana Gomez
LGomez@razonpublica.org.co | + posts

PhD. Profesora Pontificia Universidad Javeriana

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Liliana Gomez

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Liliana Gomez

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