
El baile de las Dalias
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El baile de las Dalias frente a la ventana del cuarto, me invita a pintarme de fuxia y amarillo. Llueve afuera y desde adentro disfruto las gotas. Hace un rato vi un turpial desde la ventana del baño. Las flores rojas que lo atrajeron salían con su vestido de plumas.
Tal parece que a donde voy, siempre hay alguien cortando el pasto. Acá su sonido se mezcla con el de los gallos despistados y las llantas veloces de las ciclas que bajan a toda.
Pienso en un gran telar, donde cada hebra es un recuerdo, un sonido, una imagen, un olor, una palabra, un concepto, un proceso y todo se combina como quien hace un calentado. Los mismos ingredientes pero un nuevo tiempo, proporción y espacio en algunos casos. La memoria nos crea una visión propia del pasado que no es real, es subjetiva. Recordamos lo que podemos y queremos recordar, no como el pobre Irineo Funes (del cuento de Borges: Funes el memorioso) que recordaba todo, con tantos detalles que esa continua avalancha de información, terminó por arrinconarlo y apabullarlo. A veces se dibuja para no olvidar, y luego ¿Cómo olvidar lo dibujado? ¿Cómo desdecir lo dicho? ¿Borrar lo visto?…no es tan fácil.
Los caballos están de fiesta porque hay pasto recién cortado, los perros se echan en el prado y descansan. Después de un gran almuerzo, el sol arrulla y un café se hace necesario. Las ramas apenas se mueven, no hay muchas nubes y el cielo se deja ver azul claro.
Pienso en el cuadro Golconda de René Magritte, pintado en 1953, para tratar de expresar un poco, cómo se siente ser una víctima de hackeo de whatsapp. En ese cuadro las figuras de los hombres parecen iguales, todos vestidos con abrigo oscuro y bombín (aunque son individuos y cada uno es diferente) parecen flotar sin gravedad alguna o pender de un hilo invisible.
Yo imagino el Ciberespacio y nuestros usuarios de whatsapp (todos parecidos, pero a la vez diferentes y únicos) suspendidos en él. De repente uno de estos individuos es invadido por alguien que no es él mismo, sino un hacker, quien se apropia del abrigo y el bombín ocultando su estilo real, el de un ramplón estafador. En instantes éste empieza a escribirle a todos los contactos (los otros hombres de abrigo y bombín) para pedirles plata, es decir: lo que se había creado como una personalidad virtual tras un usuario de whatsapp, es una mera pantalla falsa, un disfraz, una simple carcaza tan frágil como una cáscara de huevo; y alguien; un impostor, usa lo que nosotros hemos construido como una representación virtual de quienes somos; para estafar a otros. ¡Que canallada !¡Que forma cobarde y baja de actuar!
Uno se siente vulnerado de manera íntima aunque el daño sea virtual y no físico. Así que usando el mismo medio, se avisa generando alarmas en el sinfín virtual de Facebook e Instagram (en el cuadro que menciono, el sinfín es el fondo que muestra la fachada de unos edificios y sus techos) para que no caigan en la trampa otros usuarios, y se vayan al vacío mismo desde el precipicio de la suplantación. Como si en la pintura esas figuras se dieran cuenta de que no son reales y nada las sostiene y ¡cataplum!… Todas se cayeran unas encima de otras generando montañas de hombres engañadizos y engañados a la vez. El hackeo parece que funciona, pero luego se pone más difícil: ¿Cómo adivinar la manera como cada uno se comunica con otros virtualmente? El lenguaje que usa, los emoticones que manda en fin, esa figura de un yo virtual que se construye durante miles y miles de mensajes y se transmite por whatsapp a otros. Un mundo construido en el aire tan frágil, como el sinfín del cuadro. De repente, los contactos trabajados palabra a palabra, emoticón por emoticón, desconfían de uno, lo eliminan, lo bloquean y uno los pierde, pierde también las conversaciones anteriores, el hijo de una charla virtual, la historia conjunta de años virtuales, infidencias, diferencias, idilios tejidos en compañía, miles de palabras se esfuman, desaparecen.
Uno se siente avergonzado y temeroso de cómo y para qué el hacker va a usar su usuario de whatsapp. Una pesadilla que termina cuando se logra recuperar el whatsapp y en algunos casos se hace necesario cambiar de SIM. Como si a algunos de los hombres en Golconda, les cambiáramos de abrigo y bombín y los paráramos sobre bases, para que tuvieran siempre presente que no hay tal seguridad en la virtualidad, que somos muy vulnerables y es importante estar alerta a la más mínima alteración en la atmósfera del sinfín.
En el cuadro de la Golconda, el hacker podría ser Louis Scutenaire, quien aparece a la derecha en el tejado central, que se mete en el abrigo de uno de los hombres y los espía a todos sin ser visto. Pasa desapercibido gracias a que usa el mismo atuendo y se comporta de la misma manera que el colectivo, haciendo pensar al espectador que todos son el mismo hombre incógnito, genérico sin identidad. De otra manera se puede decir, que usa la uniformidad para escapar de la mirada de los otros, como lo hace un hacker o alguien que se infiltra en un sistema que no le pertenece y usurpa la identidad de alguien, que es sorprendido y asaltado al punto de desocuparlo, vaciarlo de manera humillante, dejándolo fuera de la jugada, sin poder pilotear la nave virtual que ha creado para uso personal y privado. Como quien observa con las manos atadas, cómo le roban su casa que ha construido ladrillo a ladrillo, sin poder hacer nada, impotente de forma virtual y físicamente también.
Así pues a la manera de Magritte, la virtualidad es una representación editada, fraccionada de la realidad, donde sus usuarios no son personas sino representaciones de las mismas y los mundos que se crean también son solo representaciones de mundos reales que bien pueden ser usurpados y malversados.
Acerca del autor
Ana Maria Cadena Silva
Actriz, artista plástica y máster en docencia. Escribo y trabajo sobre el cuerpo en la vida.
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