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La elección trágica para la izquierda

Escrito por Jorge Andrés Hernández

¿Entre dos males, ninguno? ¿O el menor de los dos males? En el caso de Santos y Zuluaga no debería haber dudas: Santos, porque el acuerdo con las FARC le quitaría su piso al uribismo y le abriría el camino a la izquierda desarmada.

Jorge Andrés Hernández*

Elección trágica

La filosofía moral y política contemporánea se ha planteado el problema límite de la elección trágica esto es, cuando un sujeto debe elegir entre dos alternativas (A y B) que son “malas” desde la perspectiva misma del actor y frente a las cuales no hay escapatoria posible.

En el fondo, la elección es trágica porque cualquiera de las alternativas implicaría un “mal inevitable” y tan sólo es posible plantearse la opción del “mal menor”. Ambas alternativas conllevan pérdidas y sacrificios, pero entonces deben ser sopesadas las razones para tomar la decisión “menos mala”.

En la política electoral contemporánea existe un caso célebre de elección trágica. En las elecciones presidenciales de Francia, en 2002, la primera vuelta dio como resultado el triunfo del candidato conservador y entonces presidente, Jacques Chirac, y el sorprendente segundo lugar del candidato del ultraderechista Frente Nacional, Jean-Marie Le-Pen. La izquierda francesa, representada en el partido socialista y en otros partidos minoritarios más radicales, se enfrentó en la segunda vuelta a una elección trágica, que suponía 2 alternativas, ambas “moralmente repudiables”: A. La postura políticamente más coherente: no votar, ni por un conservador ni por la extrema derecha, con el riesgo de permitir el ascenso de un reconocido reaccionario, neonazi y enemigo de la República (Le Pen), que representaba como ninguno todos los anti-valores para cualquier simpatizante de izquierda, o B. Votar por Chirac, acusado de varios casos de corrupción cuando había sido alcalde de París, y representante político de la derecha francesa, el enemigo histórico de la izquierda.

La elección es trágica porque cualquiera de las alternativas implicaría un “mal inevitable” y tan sólo es posible plantearse la opción del “mal menor”. 

En el lapso entre la primera y la segunda vuelta de las elecciones, la izquierda francesa se volcó a las calles de forma multitudinaria para protestar contra Le Pen. El 1 de Mayo, Día del Trabajo, París vivió una de las marchas más multitudinarias de su historia después de la Marcha por la Liberación para celebrar el fin de la ocupación alemana (1944) y las protestas estudiantiles de Mayo del 68. Con dolor en el alma, la izquierda francesa planteó “un voto contra Le Pen”, “no un voto por Chirac”, porque se trataba de defender el consenso básico y fundamental: los valores de la República y de la Revolución Francesa (libertad, igualdad y fraternidad). Gracias a la enorme participación electoral y a la decisiva contribución de la izquierda,  la segunda vuelta fue en la práctica un referendo contra el Frente Nacional: 82 por ciento de votos por Chirac y contra Le-Pen.


El Senador electo Iván Cepeda.
Foto: Marcha Patriótica

Colombia, 2014

Guardadas las proporciones, la victoria de Oscar Iván Zuluaga sobre Juan Manuel Santos en la primera vuelta ha planteado una elección trágica análoga.

Durante las últimas semanas, sectores y dirigentes diversos de la izquierda (UP, Gustavo Petro, Iván Cepeda, Marcha Patriótica, Carlos Gaviria) han invitado a “un voto por la paz” y a “un voto contra Zuluaga y Uribe”. Se trata, sin duda, de una decisión difícil de digerir para muchos simpatizantes de izquierda, pero también de una coyuntura histórica y decisiva para el futuro de la izquierda democrática no armada.

La contienda está servida entre izquierdistas fundis (defensa sin fisuras de fundamentos prioritarios e irrenunciables para lograr una reestructuración social y política de la nación) y realos (el realismo político implica que en ocasiones se llegue a  negociaciones y acuerdos para alcanzar mejores condiciones para el objetivo último: la reestructuración social y política de la nación). Si los fundis plantean oposición fundamental a toda política que no conduzca al gran cambio, los realos estiman que la conquista y el ejercicio del poder exigen a veces políticas de cambio moderado. Si los fundis son maximalistas y sólo quieren la gran transformación, los realos aceptan las condiciones del mundo real y consideran que cambios menores son también importantes para la causa.

La elección es trágica porque las alternativas son “malas”. La opción A implica votar por Juan Manuel Santos, quien dice haber soñado con ser calificado como “un traidor de su clase” –como en Estados Unidos se decía del presidente demócrata reformista Franklin Delano Roosevelt-, pero las realizaciones sociales de su gobierno no se corresponden con esa fantasía onírica. Pese al discurso grandilocuente sobre restitución de tierras, ley de víctimas y viviendas gratis, el gobierno de Santos ha ingresado en la galería nacional y tradicional de inexistencia de una auténtica política social.

La única (posible) gran ejecutoria de este gobierno es el notorio avance en el proceso de paz y tal sería la razón para que la izquierda votase por él. Pero, ¿es esto suficiente  para votar por Santos?  La opción B implica votar en blanco (o no votar), pues se trata de un gobierno cuya política social y económica no se diferencia de la de Uribe (y Zuluaga). Asunto que, creo, pocos discuten. Sin embargo, ello abriría las puertas para el regreso de Uribe al poder, el gobierno más reaccionario de las últimas décadas y un posible fin del proceso de paz con las FARC.

La paz como condición de posibilidad de la izquierda democrática

¿Es la paz un asunto de poca monta, como sugieren los fundis?  ¿Y, consecuentemente, votar por Santos –como defienden los realos– constituye una traición a los ideales de izquierda? La cuestión decisiva es que el maximalismo de los fundis conduce al callejón sin salida del todo o nada, que nubla la perspectiva política ante coyunturas históricas transformadoras. Los cambios moderados en Brasil y Uruguay, como los más audaces en Ecuador y Bolivia, han sido liderados por realos y con oposición frecuente de fundis, pues la realidad política de aquellos países ha requerido transacciones o coaliciones con movimientos centristas y con burguesías empresariales. Pero los resultados han llevado a decir a Noam Chomsky que hoy América Latina es el continente políticamente más interesante del mundo y donde ocurren cambios más significativos.

La única (posible) gran ejecutoria de este gobierno es el notorio avance en el proceso de paz y tal sería la razón para que la izquierda votase por él. Pero, ¿es esto suficiente  para votar por Santos?  

La oposición de los fundis a la votación (trágica) de la izquierda por Santos es aun más paradójica, si se tiene en cuenta que su maximalismo moral y su apelación a la irrenunciabilidad a ciertas ideas fundamentales de izquierda no fue óbice para haber llevado al poder –y sostenido durante un tiempo más penosamente largo de lo necesario- a una figura como Samuel Moreno, quien llevó a la debacle al Polo Democrático y lideró un gobierno corrupto y clientelista como pocos. Al mismo tiempo, los fundis han desconocido que un gobierno de realos –como el de Petro- ha desarrollado por primera vez en la historia de Bogotá una administración social de izquierda, enfrentándose a temibles castas y poderes fácticos, lo que ha despertado una oposición y una persecución política sin precedentes.

La desaparición de las FARC como grupo armado es condición imprescindible para que Colombia ingrese en el proceso de transformaciones políticas que hoy recorre América Latina y para que la izquierda democrática colombiana se convierta en alternativa de poder electoral. Las FARC constituyen el mayor anacronismo político de esta nación y permiten la estigmatización de todo proyecto de izquierda. Su existencia misma sirve de excusa a la derecha para que no se debatan las verdaderas y necesarias reformas sociales y económicas que esta nación demanda y el país siga enfrascado en el debate eterno y circular de paz o guerra. Pero, aun más, su existencia es el único verdadero alimento del uribismo, la concreción política de la reacción que generan las FARC. La desaparición de las FARC implicará, más temprano que tarde, la extinción política del uribismo.  Y ello no es de poca monta.


El Alcalde Mayor de Bogotá, Gustavo Petro Urrego.
Foto: Semanario Voz

Reconciliación nacional

Una de las figuras capitales de la política contemporánea, Nelson Mandela, se enfrentó a debates análogos. Mandela fue el fundador de Umkhonto we Sizwe, La Lanza de la Nación, el brazo armado del Congreso Nacional Africano, que lideró la lucha política y armada contra el apartheid en Suráfrica. Tras intensas negociaciones con el régimen, abandonar la prisión y purgar una pena de 27 años, Mandela, un político y guerrillero de izquierda, fue elegido presidente de la nación.

Ante el peligro de que Suráfrica corriese la suerte de otros países africanos, despedazados por sus divisiones políticas y sociales, Mandela apostó por la reconciliación nacional y nombró en su primer gobierno a figuras del opresivo régimen del apartheid. Muchos fundis lo acusaron de traicionar las ideas de izquierda. Mandela, un realo, negoció con sus torturadores y con los victimarios de su pueblo, para alcanzar la paz, condición necesaria para la democracia y la lucha política. Y hoy existe un consenso universal en torno a la grandeza del Madiba Mandela, quien supo leer con inteligencia y sutileza las condiciones de su momento y las decisiones que debían tomarse.

La izquierda colombiana se debate también entre los fundis, quienes prefieren la oposición eterna para ser fieles a los principios, y los realos, quienes prefieren apoyar a un presidente mediocre y su única gran obra, para crear condiciones que permitan el acceso de la izquierda democrática al poder. Así se resume la elección trágica para la izquierda colombiana.

 

*Abogado, Licenciado en Filosofía y Letras, Ph.D. en Ciencia Política, consultor político y jurídico, publicó recientemente El Último Inquisidor (Ediciones B, Bogotá, 2014).  Correo: andriushernandez@hotmail.com

 

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