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Los que están contra la paz

Escrito por Carlo Nasi

Al parecer no todos los colombianos queremos la paz, y las declaraciones de varios sectores políticos de cara a la segunda vuelta parecen demostrarlo. ¿Cuáles han sido las razones contra la paz que más han calado en esta campaña?

Carlo Nasi*

El Polo y la Alianza Verde

El Polo y la Alianza Verde adoptaron la misma postura después de conocerse los resultados de la primera vuelta: aunque se habían declarado “amigos de la paz negociada” durante la contienda electoral, decidieron no apoyar a ninguno de los candidatos para la segunda vuelta y dejaron a sus seguidores en libertad de votar por cualquiera, o votar en blanco, o no votar.

A este anuncio siguieron la adhesión (a título individual) de Clara López a la campaña de Santos, las declaraciones del senador Robledo a favor del voto en blanco, y un prolongado silencio de Peñalosa.

ni el Polo ni la Alianza Verde se toman en serio la paz negociada.ni el Polo ni la Alianza Verde se toman en serio la paz negociada.ni el Polo ni la Alianza Verde se toman en serio la paz negociada.

Lo anterior demuestra que ni el Polo ni la Alianza Verde se toman en serio la paz negociada. Por supuesto, votar en blanco o no votar es un derecho democrático, pero en coyunturas críticas como la actual, donde lo que está en juego es la paz de Colombia, abogar por cualquiera de esas dos opciones o abstenerse de orientar el voto de los miembros de los partidos es muestra de irresponsabilidad.

El caso más lamentable es el del senador Robledo. ¿De qué le sirve sacar a relucir sus credenciales del MOIR y decir que desde los años setenta él ha apoyado la salida negociada del conflicto, si a la hora de la verdad no respalda la que parece ser la única (y tal vez última) oportunidad de firmar un acuerdo  con las FARC?

Si para él Santos y Zuluaga son “lo mismo”, pero acepta que el primero podría llevarnos a la paz y el segundo a la guerra, ¿no amerita esa diferencia su voto por la paz? Robledo podrá empeñarse en defender su voto en blanco, pero debe entender que con ese simple acto, sus cuarenta años de discurso a favor de la paz negociada no son más que un larguísimo “chorro de babas”.


Comisión negociadora de paz del Gobierno Nacional.
Foto: Presidencia de la República 

Centro Democrático y Partido Conservador

Un caso más complejo es el de los zuluaguistas (o uribistas) y los conservadores, pues no se trata de un grupo homogéneo, y sería una torpeza caricaturizarlos como esencialmente enemigos de la paz (de hecho, varios congresistas conservadores decidieron apoyar a Santos).

Pero así no se declaren o no se consideren enemigos de la paz negociada, tanto los uribistas como los conservadores (línea Ramírez) corren un alto riesgo de serlo, en su mayoría por creer en falsas promesas electorales. Desde luego, en el uribismo hay un núcleo guerrerista, radicalmente opuesto a la paz, pero son los menos.  La paz está en riesgo no tanto por ese grupo sino por los demás, y por cuenta de los siguiente. La oposición del Centro Democrático a la paz proviene de las manipulaciones de los líderes y la credulidad y moralismo ingenuo de los seguidores.

Ha habido mucha mala fe por parte del uribismo con el proceso de paz, especialmente al señalar que con las negociaciones Santos “está entregando el país al castro-chavismo”. Esta es una acusación infundada y ridícula con la que Uribe ha ganado apoyo magnificando una amenaza inexistente.

Además de esto, Zuluaga ha despertado falsas expectativas. Su forma de demeritar las actuales negociaciones de paz ha sido prometer lo imposible, como si se pudiera alcanzar la paz con las FARC sin pagar ningún precio.

¿Quién no quisiera que hubiera “paz sin impunidad,” tal y como lo promete el Centro Democrático? Y entre negociar en medio de la guerra (como la hace Santos) y hacerlo a partir de un cese de hostilidades (como propone Zuluaga), ¿quién no preferiría la segunda opción?

Muchos quisieran que las propuestas de Zuluaga fueran viables. Pero si no pudimos acabar con las FARC en cincuenta años de guerra, ¿cómo puede decir ahora que podríamos obligarlos a una paz sin condiciones? De hecho, Zuluaga da a entender que, dado que no pudimos derrotar a la guerrilla por la vía armada, podríamos lograr la victoria de todos modos, con un proceso de paz: apenas las FARC firmen la paz, él metería a todos sus cabecillas en la Picota y les cerraría cualquier espacio político. ¿No equivale eso a derrotar a la guerrilla?

Paz sin impunidad

Las propuestas de Zuluaga han sido eficaces para atraer a ciudadanos incautos y moralistas,  pero en el mundo real las cosas no funcionan así.

Empecemos por su propuesta de “paz sin impunidad”. Incluso en casos de victorias militares clarísimas, como la de las Fuerzas Aliadas frente a Alemania nazi (y en cuanto a atrocidades masivas, los Nazis sobresalen), hubo muchísima impunidad.  Con los Juicios de Núremberg los Aliados mandaron a la horca a algunos de los perpetradores de crímenes de guerra, pero dada la participación masiva de alemanes en el movimiento nazi y la imposibilidad de aplicar una justicia a gran escala,  optaron por llevar a juicio a una fracción ínfima de los culpables.

Si eso pasó después de la derrota apabullante de los nazis y en una Alemania ocupada, ¿quién puede tomar en serio la propuesta de Zuluaga de evitar la impunidad de las FARC, que no han sido vencidas tras medio siglo de guerra?

La oposición del Centro Democrático a la paz proviene de las manipulaciones de los líderes y la credulidad y moralismo ingenuo de los seguidores. 

Y el uribismo no puede alegar desconocimiento del tema cuando hizo semejante promesa, pues no hace mucho el propio Uribe logró la desmovilización de treinta mil paramilitares. El debería admitir que la paz negociada tiene un precio, puesto que hizo cuanto estuvo a su alcance para que se aplicara la más blanda de las justicias a los paramilitares.

De hacho, bajo la “Ley de Justicia y Paz” se ha dado casi un cien por ciento de impunidad para los perpetradores de los peores crímenes y atrocidades.  Si eso pasó con los paramilitares, ¿a cuenta de qué debemos creer la promesa del uribismo de que “ahora sí” habría paz sin impunidad con las FARC? Aparte de ser una frase hueca, ¿no es evidente su intención de desinformar al público?


El Senador del PDA, Jorge Enrique Robledo.
Foto: Aurelio Suárez

Paz con condiciones

La lista de condiciones del uribismo para seguir negociando con las FARC es otro absurdo. ¿Por qué?

Primero: es falso que negociar en medio de una tregua sea necesario o suficiente para llegar a la paz. Varias guerrillas firmaron treguas durante el gobierno Betancur, que no llevaron a nada: las guerrillas la aprovecharon para armarse, reclutar gente y hacer proselitismo político. La tregua fue un medio para seguir en la guerra (y eso ha pasado en muchos otros países).

Segundo: el problema central de las condiciones es vigilar su adecuado cumplimiento. ¿De qué sirve proponer condiciones que son imposibles de monitorear, o cuya vigilancia   presupone que las FARC ya están en una fase de desmovilización?

Tercero: las condiciones hacen más vulnerables las negociaciones de paz a los actos de sabotaje. Por ejemplo, si las FARC se comprometen con un cese de hostilidades, cualquier tercero interesado en hacer fracasar las negociaciones puede cometer un acto violento dejando rastros que inculpen a las FARC, y así hacer naufragar las negociaciones.

O supongamos que las FARC cumplan de manera imperfecta con un cese al fuego. ¿Qué pasaría si se reducen los actos violentos de las FARC en un 87 por ciento? La ganancia sería sustancial y, para algunos, muestra de una genuina voluntad de paz de la guerrilla. Pero con un margen de incumplimiento de la guerrilla, por pequeño que sea, los detractores de la paz siempre dispondrían de munición para sabotear (y eventualmente hacer descarrilar) cualquier negociación.

Cuarto: varias de las condiciones para negociar buscan ganancias de corto plazo (cese al fuego, parar el reclutamiento de menores) que obtendríamos de todos modos y en poco tiempo si se firma un acuerdo de paz duradero; y las ganancias de aquellas condiciones también pueden ser efímeras, pues se perderían inmediatamente si fracasan las negociaciones de paz.

Quinto: introducir precondiciones para negociar justo ahora, que se han logrado acuerdos en tres de los puntos de la agenda (la mitad), sería francamente torpe.

Si las precondiciones ayudaran a avanzar más rápidamente en la negociación, estaría bien. Pero parecen dirigidas a dilatar aún más una negociación que, mal que bien, ha marchado sin interrupciones.

Dicho todo esto, me queda una gran duda sobre la honestidad de Zuluaga: ¿de verdad cree él que podría terminar cincuenta años de guerra con las FARC sin hacer concesiones muy similares a las que está haciendo Santos actualmente? Sospecho que no.

Finalmente, las alternativas para Colombia no son la “negociación perfecta, sin concesiones (y con precondiciones para la guerrilla)” de Zuluaga, vs. “la negociación turbia y entreguista” de Santos.

Las verdaderas alternativas son: o una negociación imperfecta como la de Santos o, simple y llanamente, seguir en la guerra.

Si la paz sin concesiones es un imposible, yo le solicitaría a Zuluaga que sea honesto: que aclare públicamente qué sapos estaría dispuesto a tragarse para alcanzar la paz (y que no venga con cuentos de que la paz no tiene costos).

Si Zuluaga considera que los costos de la paz son inaceptables y prefiere la guerra, allá él, pero que brinde al público todas las cifras que se seguirían registrando durante su (eventual) gobierno, en términos de muertos, mutilados, daño a la infraestructura, secuestros, más el 5 por ciento del PIB en gasto de seguridad y defensa, y similares.

El 15 de junio la democracia dará su veredicto y tendremos lo que nos merecemos: o la paz imperfecta que preferimos algunos, o la continuación del conflicto armado, que es adonde nos conducirían no tanto los guerreristas de marras, sino los Robledos, los indiferentes, los fabricantes de mentiras electorales y, sobre todo, los crédulos, los moralistas y los ingenuos.

 

*Profesor asociado del Departamento de Ciencia Política, Universidad de los Andes.

 

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