¿Por qué se queda corto el análisis electoral sobre izquierda, derecha, y centro?

¿Por qué se queda corto el análisis electoral sobre izquierda, derecha, y centro?

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(Casi) todos los análisis (pre y pos) electorales colombianos parten de una premisa: la competencia traduce una disputa ideológica entre izquierda, derecha y centro. Asumimos que, conforme a la teoría política occidental, ese debate es la base de las preferencias electorales de los votantes. El esquema, sencillo y básico, nos permite dividir el tablero en tres corrientes y allí ubicamos a cada uno de los partidos.  Se concluye que el 8 de marzo los grandes ganadores fueron la izquierda y la derecha. Pero, en un escenario político como el colombiano, basado en personalismos, las ideologías juegan un papel secundario, periférico.

Uribe y Petro: “Ni izquierda ni derecha”

Los dos personajes centrales de la contienda, Petro y Uribe, líderes de los dos polos ideológicos, consideran que la distinción entre izquierda y derecha es obsoleta. La hemeroteca es amplia al respecto, a disposición de todos en la Red, pero me limitaré a citar sendos ejemplos. 

Petro lo dijo muchas veces, en sus dos últimas campañas presidenciales (2018 y 2022), pero quizás nunca lo ha expresado de forma tan contundente como en el consejo de ministros del 4 de febrero de 2025, televisado, cuando dijo: “el M-19 no fue de izquierda, no soy de izquierda… Nunca fui comunista”. Uribe también lo ha dicho en numerosas oportunidades. En una entrevista del 8 de mayo de 2017 lo expresó así: “Hace mucho rato nosotros abandonamos esas categorías de izquierda o de derecha”. 

La primera crítica que podría hacerse a la lectura anterior es que alguno de los dos (o ambos) miente(n). Pero si asumimos que un líder político miente sobre su autopercepción nos adentramos en un terreno farragoso de psicología política, que nos impediría un debate sobre lo más elemental. En este caso existe un dato objetivo, difícilmente considerable como una casualidad: los dos concuerdan en este punto. Existe otra posible interpretación.

Petrismo y uribismo: caudillos y padres de la nación

Cuando se sostiene que la distinción esencial entre Petro y Uribe es ideológica, pues el uno es de izquierda y el otro de derecha, pasamos por alto un asunto nuclear. No hablamos de líderes que representen partidos, con proyectos sustanciados y diferenciados de sociedad, en el sentido europeo y norteamericano. Hablamos de personalidades políticas y lo esencial son sus cualidades individuales y las emociones que suscitan. Por eso decimos petrismo y uribismo

Uribe ha dicho en muchas ocasiones que no ha sido de derecha ni de izquierda. El país ya lo olvidó, pero en su  juventud se autodefinía de “izquierda democrática”, para diferenciarse de la izquierda armada y comunista. Así lo expresó en su discurso de posesión como Alcalde de Medellín, el 26 de agosto de 1982. Ello explica también que varios de sus asesores y aliados proviniesen de la izquierda. La caída del socialismo realmente existente le hizo abandonar ese camino hacia 1989-90. 

En los años venideros, como gobernador y presidente, desarrolló políticas que pueden considerarse de derecha. Sin embargo, en las elecciones presidenciales de 2002, más del  50% de los votantes que se autodefinía de izquierda votaron por él (Encuesta de Legitimidad Institucional del IEPRI, 2005). En un momento que muchos percibían como apocalíptico, votantes de todas las tendencias interpretaron  que era el padre de la nación.

Petro siguió un proceso inverso. Proviene del M-19, una guerrilla fundada como protesta por el fraude electoral de 1970, que usurpó el triunfo al general Gustavo Rojas Pinilla. El M tomó la misma bandera de la ANAPO, el partido fundado por Rojas, un anticomunista visceral (ilegalizó al PCC) y católico devoto. La ANAPO era un proyecto muy similar al de Perón en Argentina, una especie de nacional-populismo que pretendía incluir a los trabajadores y descamisados en un pacto interclasista. Era una alternativa al socialismo revolucionario, una forma de atajarlo. Por eso dice con razón Petro que el M-19 no fue de izquierda. Jaime Bateman lo definió con una fórmula gaseosa: el M-19 representaba el sancocho nacional. Allí cabían todos. 

Petro acude hoy a otro eslogan etéreo, cuando define su proyecto como “la política de la vida” vs “la política de la muerte”. Todos pueden sentirse incluidos allí. Como congresista, Petro se integra a través de los años al partido de izquierda mayoritario del momento, para luego crear el suyo propio. Y en 2022 logra representar políticamente los efectos del estallido social y erigirse como padre de los excluidos. Allí también caben todos.

Petro y Uribe defendieron proyectos de cambio, más allá de izquierda y derecha. O, mejor, incluyendo a ambas. Si el peronismo argentino contiene tendencias de izquierda y de derecha, el uribismo también podría dividirse entre uribismo de izquierda (antiguos maoístas, otros de la Anapo Socialista, como ideas estratégicas de “el presidente Mao”) y de derecha (sectores sociales reaccionarios, las banderas tradicionales del orden y de la seguridad). Del mismo modo, existe petrismo de izquierda (reivindicaciones de justicia e igualdad social, el apoyo de buena parte de las izquierdas que fueron marxistas) y de derecha (un catolicismo antiliberal y antiilustrado afín a Bergoglio, evangelismo ultra a lo Alfredo Saade, la referencia constante de Petro al acuerdo sobre lo fundamental de Gómez Hurtado, Benedetti y Roy).

Muchos interpretan que Uribe y Petro representan un discurso radical y polarizante. La cuestión es que el personalismo político, no definido por partidos con proyectos ideológicos, deja mucho a las emociones políticas, las más viscerales. En sus respectivos momentos (Uribe en 2002-2010, Petro en 20022-26), ambos encarnaron un cambio histórico, que requería por definición radicalidad e identificación emocional extrema, el uno con más acentos de derecha, el otro de izquierda. Sin embargo, con su ambigüedad ideológica alimentaron todos los rincones del espectro ideológico, donde cada cual escucha lo que quiere oír. Es allí donde tejieron su éxito electoral, en la capacidad de representar a buena parte de la nación, más allá de las divisiones ideológicas.

El centro

El centro adolece de un problema estructural y difícilmente resoluble para el contexto colombiano. Como anida en sectores urbanos cosmopolitas, con mejor formación que el resto de la población, intenta construir proyectos y liderazgos personales puristas, coherentes, racionales, alejados de izquierda y derecha. Eso lo convierte irremediablemente en un discurso minoritario de élites ilustradas y liberales, en un país signado por la confusión, la contradicción, y la laxitud ideológica y moral. Adicionalmente, su autodefinición como espacio distante del petrismo y del uribismo los deja reducidos al mínimo, cuando aquellos aspiran a representar las mayorías sociales con su ambigüedad. El centro recoge así solo las migajas que dejan los otros.

Paradójicamente, (casi) todos los análisis poselectorales parten de la base de que los dos candidatos presidenciales más opcionados, Iván Cepeda y Paloma Valencia, deberían acercarse más al centro para ampliar su base electoral. La idea subyacente es que cada uno representaría a izquierda y derecha, pero con votos insuficientes para vencer por sí mismos. Si Petro y Uribe lograron reunir votos de todo el espectro político, Cepeda y Valencia parecen más limitados, a primera vista, en esa tarea. Provienen de posturas ideológicas más coherentes que sus mentores. El uno militó siempre en partidos de izquierda y la otra en partidos de derecha. 

2022-2026

En 2022, Gustavo Petro y Rodolfo Hernández disputaron las elecciones presidenciales  y ambos clamaban por un cambio. Se interpretó entonces que el uno era de izquierda y el otro de derecha. Pero la estrategia (casi) exitosa de la Rodolfoneta fue precisamente que, con otros acentos, logró reunir a votantes muy diversos. El apoyo del escritor William Ospina, fue un ejemplo de ello.

La competencia electoral de 2026 es muy diferente, pues no hay caudillos carismáticos como Uribe, Petro o Rodolfo. Cepeda es un candidato reflexivo, moderado y contenido, pero sin el magnetismo de Petro. Aún no sabemos si esto calará en las grandes mayorías, pero tiene la ventaja de que hereda las banderas del cambio que muchos colombianos apoyan. Paloma, fiel seguidora del caudillo, no posee (a primera vista) las grandes cualidades políticas de Uribe. Pero tiene buenas cartas. Pese a que el feminismo hegemónico criollo no la considera una de las suyas, ella exhibirá el eslogan de la paridad y defenderá que podría ser la primera mujer en la Casa de Nariño. Eso le permite renovar el uribismo y llegar a nuevos espacios, cuando el uribismo ha dado muestras evidentes de agotamiento. 

Si hace 4 años Francia Márquez encarnó el gran fenómeno político, ahora lo hace Juan Daniel Oviedo. (Casi) todos han interpretado que representa al centro, aunque ha votado siempre al uribismo. Cuando lo acusan de ello, responde: “yo no soy uribista, ni santista. Yo soy de mi mamá”. Es el tipo de indefinición ideológica y de identificación emocional que conecta con muchos colombianos. Por eso muchos de sus votantes vienen de Salvación Nacional y del Pacto Histórico. En teoría una contradicción, en Colombia una realidad cotidiana.

La apuesta del uribismo con Oviedo es arriesgada, pero interpreta con agudo olfato político los enormes cambios culturales de la sociedad: los candidatos son una mujer y un homosexual. Cepeda se decanta por una mujer indígena, pero hay dudas de si la apuesta repetida de hace 4 años tenga éxito. Delata quizás un triunfalismo prematuro.

Ambas campañas dirán que apuestan por el cambio. La una representa mejor a la izquierda en su vocería del cambio socio-económico. La otra defenderá que el verdadero cambio (cultural) se traduce en la lucha de grupos históricamente excluidos, pues es la primera vez que una mujer y un homosexual confeso podrían ser los residentes de la Casa de Nariño. Esto supera la distinción clásica entre izquierda y derecha.

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Jorge Andrés Hernández
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1 comentarios

Jorge Andrés Hernández

Escrito por:

Jorge Andrés Hernández

Comentarios de “¿Por qué se queda corto el análisis electoral sobre izquierda, derecha, y centro?

  1. Ahora podemos dejar de hablar de ‘El arte de la política’ y comenzar a hablar de ‘El arte de guisar’.

    Para los más quisquillosos, lo reescribo en estos términos “De la culinaria de la política a la política culinaria: un esfuerzo por la cocina con denominación de origen”.

    ¿Qué más nos queda entre un ‘Sancocho Nacional’ y un ‘Arroz con Mango’? ¿Cuál de ellos obtendrá La Estrella Michelin que entregaremos mediante las interpuestas urnas?

    Gracias por su columna.

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