
Irán: prueba ácida para la “Paz a través de la Fuerza”
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La ofensiva militar conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán pretende destruir la capacidad estratégica del régimen y provocar su colapso político. Pero la resistencia iraní y la expansión del conflicto regional ponen a prueba la doctrina de Trump de imponer la paz mediante la fuerza.
Destruir un régimen hostil
En la mañana del 28 de febrero, las Fuerzas Armadas de Estados Unidos y las Fuerzas de Defensa de Israel lanzaron ataques coordinados contra aproximadamente 1.000 objetivos en Irán. Durante ese día, las acciones militares se desarrollaron contra objetivos considerados como infraestructura estratégica iraní en las 31 provincias, tales como cuarteles, instalaciones de almacenamiento y lanzamiento de misiles, radares y defensas antiaéreas.
En el desarrollo de las operaciones, el Complejo del Líder Supremo, Ali Jameni, fue blanco de los ataques aéreos causando la muerte del Ayatolá y otros 39 miembros del liderazgo iraní, entre quienes se cuentan el ministro de Defensa Aziz Nasirzadeh, el jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas (Artesh) Abdolrahim Mousavi, el comandante de la Guardia Revolucionaria Mohammad Pakpour (Sepah), así como el Secretario del Consejo de Defensa Nacional Ali Shamkhani. De acuerdo con el CENTCOM, las fuerzas estadounidenses sufrieron 13 bajas en combate mientras que el Ministerio de Defensa israelí ha manifestado no sufrir ninguna hasta hoy.
Estas operaciones se enmarcan en una política exterior predatoria denominada “Paz a través de la Fuerza”, que pretende reforzar la posición de Estados Unidos a expensas de sus aliados y rivales. Asimismo, es consecuencia de los esfuerzos militares previos: la campaña para vulnerar al régimen chiita había comenzado mucho antes, en junio de 2025, con la Operación León Creciente cuando las fuerzas israelíes y sus socios estadounidenses bombardearon varias instalaciones nucleares en Natanz e Isfahan y neutralizaron a destacados miembros del conducción militar iraní como al entonces Jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, Mohammad Bageri y, el Comandante de la Guardia Revolucionaria Hossein Salami. Por tanto, Furia Épica y León Rugiente son comprensibles como una secuencia de tácticas para asestar un golpe decisivo a un gobierno considerado hostil en el Medio Oriente.
Tras los sucesos, tanto el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, como el presidente Trump instaron a los iraníes a alzarse y tomar el control del gobierno tras revelar que el propósito de las operaciones militares era facilitar las condiciones para el desmantelamiento del régimen teocrático.
Pese a la contundencia de las primeras acciones militares, tanto Israel como Estados Unidos han mantenido sus ataques sobre objetivos estratégicos como la Asamblea de Expertos, encargada de la sucesión del Líder Supremo, el edificio de la radio nacional de Irán, el aeropuerto de Teherán, instalaciones del Ministerio de Defensa y bases de la Guardia Revolucionaria. Asimismo, las acciones cibernéticas adelantadas por Israel para promover la movilización de los ciudadanos contra el régimen como los llamamientos del presidente Trump a la comunidad kurda iraní para que se sumen al asedio de Irán han persistido a lo largo de la semana como una dimensión complementaria a las acciones de fuerza para debilitar aún más la voluntad de resistencia de Teherán.
Irán, la continuidad y la ideología de la resistencia
A pesar de la ofensiva israelí y estadounidense, incluyendo las exigencias de rendición total, el régimen iraní parece resistir y reacomodarse a la decapitación de sus principales figuras.
Es claro que una cosa es eliminar al Líder Supremo y otra la caída del régimen. La teocracia iraní posee un entramado institucional político, religioso y militar diseñado para soportar los cambios en el liderazgo y garantizar su sobrevivencia y continuidad. Así, tanto el presidente Pezeshkian como el ministro de Relaciones Exteriores, Abbas Araqchi, manifestaron que prontamente sería elegido el sucesor de Jamenei.
La Asamblea de Expertos es el organismo encargado de elegir al nuevo Líder Supremo, mientras tanto el gobierno recae sobre un triunvirato provisional compuesto por el presidente, el jefe de la Judicatura y un representante del Consejo de Guardianes. Sin embargo, figuras como las del presidente del Parlamento de Irán, Mohammad Bagher Ghalibaf, y la de secretario del Consejo Supremo de Seguridad, Ali Larijani, también juegan un papel preponderante. Ambos considerados parte del círculo interno de Jamenei, con pasado dentro de la Guardia Revolucionaria y fundamentales en la represión de las protestas de inicio de año y durante el enfrentamiento con Israel en junio del año anterior. Según reportes, el Líder Supremo les encargó manejar el país y comandar las fuerzas militares en caso guerra, así como garantizar la sobrevivencia de la República Islámica.
Frente a la sucesión, se barajan los nombres del expresidente Ruhani, de Seyed Hassan Jomeini —nieto del ayatolá Jomeini— y de Mojtaba Jamenei —hijo del Líder Supremo— como candidatos. Según fuentes, Mojtaba habría sido elegido sucesor (a pesar de dudas sobre nepotismo y sus credenciales como jurista islámico), aunque su designación no se ha anunciado por razones de seguridad. En los últimos años su figura ha sido ascendente dentro de la política iraní; se considera que ha controlado redes de poder desde el interior y promovidos leales en cargos clave. Asimismo, se le ha visto con figuras de Hezbollah y participando en eventos públicos junto a su padre. Su historial sugiere continuidad o incluso intensificación del autoritarismo, dado sus vínculos con el aparato militar y de seguridad.
De este modo, la supervivencia del régimen también depende de una transferencia de poder que reafirme su continuidad frente a enemigos internos y externos, incluso apostando por figuras de línea dura y cercanas a su base para demostrar estabilidad y resistencia.
Gran parte de la resiliencia del régimen iraní se sustenta en la cosmovisión chiita, especialmente en la narrativa de Kerbala, donde Husayn ibn Ali eligió la muerte antes que someterse a un gobernante injusto. Esta tradición convierte la muerte en símbolo de resistencia moral frente a la tiranía. Sobre esa base, Ali Jameneí planteó el conflicto con Estados Unidos e Israel “a través del lente de Kerbala”, calificándolo como una lucha existencial donde resistir —incluso hasta el martirio— es preferible a negociar o capitular. Así, un ataque externo se percibe como una agresión que exige respuesta para preservar la legitimidad del régimen; en esa lógica, Jamenei había decidido convertirse en mártir.
La resistencia como guerra asimétrica en el Golfo
Esta lógica de resistencia y supervivencia también se refleja en la respuesta de Irán a los ataques israelíes y estadounidenses. La retaliación ha sido enmarcada como una guerra contra la nación y el islam en general, caracterizada por una estrategia asimétrica y de desgaste orientada a la resistencia y a la supervivencia del régimen. De este modo, la respuesta casi inmediata de Irán contra Tel Aviv, distintas bases estadounidenses en la región y contra infraestructura energética buscó transmitir que la muerte del Líder Supremo no generó parálisis, sino que el régimen mantiene el control y que el sistema sigue firme.
Desde Irán se plantea una guerra prolongada orientada a aumentar los costos para Estados Unidos e Israel mediante una estrategia de desgaste y ampliación de ataques en la región, lo que explica su rechazo a un alto al fuego [hasta el momento]. Aunque el CENTCOM y el secretario de Defensa, Pete Hegseth, señalan una disminución en los lanzamientos iraníes; sin embargo, esto no necesariamente contradice la lógica de desgaste de Irán. La disputa narrativa gira así en torno a quién se agotará primero: el arsenal iraní o los sistemas de defensa interceptores de Estados Unidos e Israel, considerablemente más costosos y difíciles de reabastecer.
En esta lógica de supervivencia, Irán —que sostiene atacar principalmente objetivos militares— ha apelado a una estrategia arriesgada de “caos total”, similar a la Doctrina Dahiya aplicada por Israel en el Líbano, ampliando el conflicto hacia los países del Golfo mediante ataques contra aeropuertos, refinerías, plantas de gas, hoteles y zonas residenciales. Con ello busca trasladar los costos —especialmente económicos— de cooperar con Washington y deslegitimar a Estados Unidos e Israel ante los países del Golfo, presionando así una intervención internacional.
Para los países del Golfo, los más afectados por la expansión del conflicto —con numerosos ataques dirigidos contra su territorio, especialmente contra Emiratos Árabes Unidos [ver tabla 1]— la situación plantea un dilema estratégico. Tradicionalmente vistos como actores prudentes e incluso mediadores regionales, el traslado del conflicto a su territorio ha generado creciente malestar hacia Estados Unidos por haber iniciado la guerra y ha reavivado cuestionamientos sobre los beneficios de albergar bases militares estadounidenses, especialmente ante el impacto en sectores clave como el petróleo, el gas y el turismo. Así, los gobiernos del Golfo quedan atrapados entre presionar por un cese al fuego o involucrarse más activamente en la confrontación; sin embargo, alinearse con Israel contra otro país musulmán implica altos costos políticos y simbólicos. Ninguna de estas opciones resulta una posición cómoda.

Las tres T que podrían complicar a Trump
Las expectativas de Washington y Tel Aviv pueden verse afectadas por la idea de los retornos decrecientes de la operación militar en conjunto: a mayor tiempo de involucramiento en conflicto, más costos para sus gobiernos y sus aliados. Esta circunstancia está alimentado una serie de trampas que pueden llevar a Estados Unidos e Israel a perder credibilidad entre sus aliados regionales y globales.
La sorpresiva acción militar contra Irán puede empantanarse debido a la llamada “trampa de los mitos imperiales” de Jack Snyder. Estados Unidos ha enmarcado sus operaciones militares dentro de mitos como la “guerra contra el Terrorismo” o “la hora de la libertad” lo que les otorga legitimidad y apoyo de sus propios ciudadanos y otros gobiernos. Estos mitos ignoran el riesgo de que los ataques (que causaron la muerte de 168 niñas y otros civiles) antes que debilitar al régimen lo hayan cohesionado aún más bajo una mentalidad de asedio contra el “Gran Satán” y sus aliados en el vecindario.
Asimismo, suponer que Teherán es similar a Caracas supone un error de cálculo. Los ataques no han desencadenado protestas para hacer caer la teocracia iraní. Por el contrario, los iraníes siguen divididos y atemorizados por la incertidumbre frente a los combates y frente al nuevo liderazgo
Por otro lado, el ataque ha traído consigo una consecuencia indeseada para los aliados: verse arrastrados a guerras ajenas. La “trampa del compromiso” se ha manifestado en los ataques de retaliación iraníes que han afectado a los países del Golfo y han llegado a afectado una base militar en Chipre, país miembro de la Unión Europea. No solo Washington debe hacer frente a la premisa Powell (If You Break It, You Own It) sino que también debe cumplirle a sus aliados sosteniendo su paraguas de seguridad, so pena de ver vulnerada su imagen de protector e incluso de defección por parte de sus aliados. Tras una reformulación de la imagen de Estados Unidos hacia un actor global revisionista, sumar la baja confianza en sus capacidades podría resentir aún más la baja imagen de Estados Unidos en el mundo.
Por último, la complejidad del iraní puede obligar a Trump a romper una de sus promesas de campaña: no más guerras eternas. Dominar la situación y sostener los intereses recién creados en un hipotético escenario de control a remoto desde Washington (similar a lo que ha impulsado en Venezuela) puede llevarlo a caer en la “trampa de la anarquía”. La decapitación y la sucesión en Irán terminaría por crear un vacío que cualquier grupo no estatal buscaría ocupar, enfrentados a otros rivales y colocando a Irán en riesgo de caer en la pendiente resbaladiza de otros Estados como Siria o Libia. Por tanto, las latentes actividades del denominado Eje de Resistencia podrían reactivarse no solo para desestabilizar Irán sino al vecindario árabe y por ende a Israel aumentando los costos de audiencia para sostener en el tiempo una campaña de pacificación similar a las experimentadas en Afganistán e Irak.
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