Explorando el enigma boliviano: tres teorías sobre la sublevación militar
Foto: Viceministerio de Coordinación y Gestión Gubernamental Bolivia

Explorando el enigma boliviano: tres teorías sobre la sublevación militar

Compartir:

La persistente inestabilidad política en Bolivia requiere un análisis de los posibles escenarios tras el reciente levantamiento militar.

Camilo González Vides*

Golpes de Estado en Bolivia: un patrón persistente

Desde su origen como Estado independiente, Bolivia ha estado marcada por la frecuente sucesión de golpes militares y revueltas civiles que han condicionado la continuidad constitucional de sus gobiernos. Para el Cline Center de la Universidad de Illinois Urbana-Champaign, Bolivia es el país con más conspiraciones para derrocar un gobierno desde 1946: 38 en total. 

Este diagnóstico es confirmado por los politólogos Jonathan Powell y Clayton Thyne, quienes han mostrado que desde 1950, en el país del altiplano, se consumaron once golpes exitosos: es uno de los países políticamente más inestables del planeta. 

Sumando a este récord, un nuevo levantamiento militar colocó al país andino de nuevo en boca de los análisis. En la tarde del 26 de junio, el general Juan José Zúñiga lideró un grupo de militares y rodeó las instalaciones del Palacio Quemado con la intención de enfrentar al presidente Luis Arce Catacora. 

Este había sido separado de su cargo por sus declaraciones sobre el próximo proceso electoral, en donde el expresidente Evo Morales busca competir para alcanzar de nuevo la Presidencia. 

Tras abrirse paso a golpe de tanqueta, el general fue encarado por el presidente boliviano en una demostración de fortaleza del poder civil ante la rebelión militar, que concluyó con el relevo de todo el alto mando militar y la retirada de los sublevados.

Finalmente, la falta de adhesión de otras unidades militares; la denuncia en medios de comunicación del presidente de la acción como un “intento de golpe”, y el rechazo de todos los actores políticos bolivianos y de los gobiernos de la región, reunidos en la Asamblea de la OEA, frustraron la aventura que terminó con la captura del líder del levantamiento y los demás complotados. 

Intento de golpe, autogolpe o ruido de sables: análisis de la situación

Un golpe de Estado es un intento ilegal y abierto liderado por una parte de la élite estatal de remover al titular del poder ejecutivo. Siguiendo este concepto, lo sucedido en Bolivia evidentemente encaja con la movilización ilegal y el violento comportamiento de un grupo de militares frente a la sede de gobierno. 

Sin embargo, un elemento fundamental queda sin ser suficientemente claro: el propósito de la rebelión. En su aparición, el destituido comandante de las Fuerzas Armadas habló a los medios sobre “cambiar el gabinete de Gobierno” y después amplió su repertorio hacia afirmaciones vagas sobre “reestructurar la democracia” y “liberar a los presos políticos”. 

Entonces, ¿el propósito de la rebelión era el derrocamiento del presidente o el alejamiento de quienes lo rodean? Solucionar este interrogante no es posible ante la complejidad de los hechos, pero se abre un abanico de hipótesis —algunas de ellas mediáticas después del suceso— que resultan relevantes para la discusión sobre esta fracasada sublevación militar.  

Autogolpe

Según el hoy detenido general Zúñiga, el presidente Arce pidió a los militares sublevarse para suscitar una mayor popularidad del mandatario que hoy goza márgenes de entre 35% y el 18% de aprobación. Sin embargo, esta tesis parece ser controvertida por el discernimiento politológico respecto de los autogolpes y sus implicaciones prácticas. 

Resulta contraintuitivo el hecho de que este pretendido autogolpe fuese llevado a cabo por un oficial destituido un día antes por el mismo presidente.

Foto: Ministerio de Defensa - Según el general Zúñiga, el presidente Arce pidió a los militares sublevarse para suscitar una mayor popularidad del mandatario.

Primero, muy distinto a lo acontecido en el Perú durante el gobierno de Alberto Fujimori (1992), los militares no tomaron el Congreso o los tribunales para eliminar cualquier resistencia ante la concentración de poder en manos del presidente, sino que dirigieron su acción ilegal hacia el gobierno. 

Segundo, el menos beneficiado de un autogolpe era el mismo Arce: frente a las acusaciones de sus críticos, una medida tan antidemocrática podría afectar aun más la imagen del presidente boliviano. 

Por último, resulta contraintuitivo el hecho de que este pretendido autogolpe fuese llevado a cabo por un oficial destituido un día antes por el mismo presidente. A pesar de su cercanía y lealtad a Arce, la acusación parece una desesperada declaración de un militar que ha sido despojado de su puesto, más que la expresión de lealtad de quien sigue ordenes de un presidente con aspiraciones hegemónicas. 

Intereses del sector militar

“Estamos mostrando nuestra molestia, es deber, obligación que sus fuerzas armadas otra vez recuperen esta patria, basta de empobrecer la patria y humillar al Ejército”, afirmó el descontento general ante los medios de comunicación durante su movilización hacia la sede de gobierno. Esta declaración dibuja un propósito muy distinto de la sublevación militar de Zúñiga: la protección de los intereses organizacionales de las fuerzas armadas bolivianas. 

Históricamente, los militares bolivianos han gozado de una amplia autonomía, gracias a la falta de una burocracia para su control civil, las facultades que le otorga la Ley Orgánica de las Fuerzas Armadas (LOFA) para el diseño, planificación y gasto presupuestal, así como su participación en la economía a través de la Corporación de las Fuerzas Armadas para el Desarrollo Nacional (COFADENA).

De la misma manera, desde las administraciones del Movimiento al Socialismo (MAS), los militares expandieron sus misiones institucionales. Esto los convirtió en intermediarios en la administración y ejecución de programas sociales como Renta Digna, los bonos Juancito Pinto y Juana Azurduy, la entrega de alimentos y el programa de alfabetización; estos se apalancan en el crecimiento económico estructurado bajo la nacionalización de los hidrocarburos, la exportación de materias primas y la acumulación de reservas internacionales. 

Sin embargo, durante el gobierno de Luis Arce, el poder de los militares parecería estar en entredicho. Por un lado, los coletazos de la crisis económica han generado alarma sobre la viabilidad de las empresas que conforman COFADENA, mientras que, dentro del Ministerio de Defensa —un órgano que no supervisa directamente el Comando de las Fuerzas Armadas—, se ha ido construyendo una reforma de la LOFA que apuntaría a un mayor control civil de los militares. 

Aunque el presidente precipitó el cambio de la cúpula castrense como una muestra de autoridad, no deja de ser probable que el amotinamiento resultara de los potenciales cambios en la relación civil-militar, que dejarían debilitada la posición de las fuerzas armadas en la toma de decisiones políticas y económicas. 

Militares involucrados dentro la lucha interna del MAS

Bolivia está atravesada por el conflicto intrapartidario entre el presidente Arce y el expresidente Evo Morales. Desde su regreso al poder en 2020 –después de una aparatosa salida en 2019—, el MAS ha sido desgarrado por dos impulsos: la despersonalización partidaria liderada por el mandatario boliviano y la recuperación de la dirigencia vertical alentada por el histórico líder cocalero.

Bajo el lema “el poder debe circular”, Arce ha conformado un gabinete de funcionarios cercanos y de segundo tiempo del MAS, marginalizando a la facción que responde al expresidente. Esto hizo que el grupo político de Evo Morales, dentro del MAS, se distanciará de la agenda legislativa de Arce, incluso obstruyéndola en alianza con partidos de la derecha boliviana. 

Como resultado del bloqueo legislativo, el presidente decidió no celebrar elecciones judiciales y prorrogar el mandato de los jueces del Tribunal Constitucional Plurinacional, que en diciembre de 2023 cerraron la posibilidad al expresidente de postularse en 2025, lo que provocó tumultos entre sus simpatizantes.

En un clima de extrema polarización, la división del MAS se consumó cuando tanto Morales como Arce organizaron sus respectivos congresos para respaldar sus liderazgos en el partido, rodeados por su propia militancia. 

¿Y los militares? Mientras avanzaba el conflicto, los militares se abstuvieron de adoptar posiciones. Sin embargo, la alarma de Arce sobre un ambiente de “golpe blando” preparado por sus opositores y la invitación a la defensa de su gobierno posiblemente motivaron un repentino cambio en su papel apolítico. Este se manifestaría en la flagrante injerencia del entonces comandante de las fuerzas militares con sus declaraciones en contra de un rival político. 

Sobre los hechos, es posible interpretar que los militares volvieran a capitalizar esta nueva crisis política, basándose en su experiencia previa, esta vez para zanjar la encarnizada confrontación de dos dirigentes políticos de izquierda que se disputan el control hegemónico de los resortes del Estado plurinacional.

Ciertamente, este comportamiento político de los militares no es nuevo para Bolivia. Este papel de “arbitro con charreteras de la política” ya había sido ejercido por los militares cuando sugirieron a Evo Morales dejar el poder para dirimir el pulso entre el presidente boliviano y sus oponentes de derecha tras la crisis poselectoral de 2019.

Sobre los hechos, es posible interpretar que los militares volvieran a capitalizar esta nueva crisis política, basándose en su experiencia previa, esta vez para zanjar la encarnizada confrontación de dos dirigentes políticos de izquierda que se disputan el control hegemónico de los resortes del Estado plurinacional. 

Lo que se ha podido indagar sobre el propósito de la sublevación coincide en cierto grado de certeza con la idea de unas fuerzas armadas involucradas dentro de la disputa del poder partidario del MAS, en busca de reacomodar sus relaciones con el poder civil.

Seguramente, explotar la división del MAS tendría el efecto de reforzar el papel imperante de los militares dentro de la política del país —en la mente los instigadores de la intentona—. Un elemento resulta valioso para las credenciales democráticas de Bolivia: la movilización de sus ciudadanos contra la asonada es un testimonio de la forja del compromiso con la democracia tras décadas de experiencias autoritarias en su historia política. 

Los posibles escenarios para Bolivia

Como todo hecho de violencia política, la sublevación militar apenas añade más elementos de preocupación a la crisis del país andino. Con fuga de capitales, un descenso en la producción de gas, escasez de divisas y de reservas internacionales, este nuevo motivo de inestabilidad añade más riesgo para las inversiones que Bolivia busca desesperadamente para mantenerse a flote. 

Políticamente, las elecciones de 2025 aparecen atravesadas por los lastres del enfrentamiento entre Arce y Morales. El MAS llegará muy dividido y desgastado, pero no necesariamente esto puede significar una oportunidad de victoria electoral para la oposición de derecha: con candidatos en prisión, otros tantos con escaso apoyo público y desprestigiada por sus decisiones tras la salida de Evo Morales en 2019, la derecha parece (por ahora) estar relegada a un papel secundario y oportunista en las próximas elecciones. 

Sin embargo, lo más preocupante es el riesgo de que estas elecciones conduzcan a un escenario más complicado del que hoy se encuentra Bolivia. Los conflictos distributivos, regionales, del gobierno y la oposición, y en el interior del MAS, surgen como señales de que no se esperan unas elecciones pacíficas sino de suma cero. 

Existe una posibilidad alta de asistir una elección violenta y con resultados contestados donde el uso de la fuerza puede ser la norma y no la excepción. Frente a este escenario poco halagador, es importante observar en los meses próximos si el compromiso democrático expuesto ante la sublevación militar persiste en el tiempo ante los incentivos perversos que ofrece el conflictivo escenario boliviano.

Esto aportaría cierta esperanza en el futuro democrático de Bolivia, inmersa en un escenario peligroso de caudillismo, crisis económica, polarización y política pretoriana que sigue recordándole el desafío de superar su estigma de endémica inestabilidad.  

Acerca del autor

Camilo Gonzalez Vides

*Profesor e investigador de la Universidad Javeriana, editor del medio digital Visión Global, magíster en Ciencia Política de la Universidad de Salamanca.

0 comentarios

Camilo Gonzalez Vides

Escrito por:

Camilo Gonzalez Vides

*Profesor e investigador de la Universidad Javeriana, editor del medio digital Visión Global, magíster en Ciencia Política de la Universidad de Salamanca.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Artículos relacionados

Cesar Atilio Ferrari
Internacional

Grecia, España e Italia, tres crisis similares y una causa común

Asentamientos Palestinos en Cisjordania y Jerusalén Oriental.
Internacional

Reconocer a Palestina como Estado: una decisión correcta

Internacional

Brasil y su “dama de hierro”

Oscar-Murillo
Internacional

En Ecuador: “Ya tenemos presidente”

ISSN 2145-0439

Razonpublica.com se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported. Basada en una obra en razonpublica.com.