
Gaza: ¿un conflicto para reordenar el Medio Oriente?
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Con miles de fallecidos y más de un centenar de personas cautivas, la guerra sigue en Medio Oriente. Con Israel y Palestina en el centro del conflicto, la situación no parece mejorar. ¿Qué sigue?
Un año de conflicto
El 7 de octubre de 2023, un millar de militantes del Movimiento de Resistencia Islámica (Hamás) atacaron la frontera suroccidental de Israel, causando la muerte de 1139 israelíes y el secuestro de 250 personas, según fuentes oficiales del gobierno en Tel Aviv. En los días posteriores, el gobierno de Benjamín Netanyahu respondió con un asedio, bombardeos indiscriminados e incursiones terrestres en la Franja de Gaza, una operación militar concebida para eliminar a la milicia sunita gazatí y lograr la liberación de los secuestrados. A un año del comienzo de las hostilidades, aproximadamente 41.000 palestinos han perecido, y todavía siguen cautivos cerca de 101 israelíes bajo la infraestructura militar de Hamás.
Este conflicto presenta varias características particulares. En primer lugar, es la primera vez que un actor no estatal incursiona en territorio israelí. Esto representa una tendencia muy distinta de las guerras a las que históricamente ha estado expuesto Israel, donde ha debido defender su integridad territorial frente a gobiernos árabes vecinos, como en la guerra del Yom Kipur de 1973.
En segundo lugar, es el segundo conflicto más largo en el que se ha visto inmerso Israel, solo superado por la guerra árabe-israelí de 1948, que duró un año y siete meses. Por último, y de manera importante, su costo en vidas ha sido muy superior al de otros conflictos interestatales y enfrentamientos con organizaciones militantes en Gaza, como las operaciones Pilar Defensivo (2012), Plomo Fundido (2014) y la intervención tras el desalojo de familias palestinas ordenado por la Corte Suprema de Israel en 2021.
Israel: ¿la mejor defensa es el ataque?
Un día después de la operación Inundación de Al Aqsa lanzada por Hamás en suelo israelí, la organización libanesa chiita Partido de Dios (Hizbullah) lanzó una serie de misiles contra el norte de Israel.
Esta acción fue respaldada en Yemen por el movimiento insurgente chiita Hutí, que utilizó el territorio bajo su control como plataforma de lanzamiento de misiles y ataques a embarcaciones occidentales en el Mar Rojo. Desde el inicio, la guerra en Gaza no se ha limitado a la franja; su impacto se ha extendido al Líbano, Yemen e incluso Irán.
La solidaridad de las milicias chiitas con Hamás hizo que Israel adelantara ataques preventivos en otros Estados como forma de defenderse en un vecindario hostil. La estrategia israelí ha descansado en el uso de la inteligencia y la tecnología para reducir los costos humanos y lograr victorias decisivas: la neutralización de Fuad Shukr, líder militar de Hizbullah; de Ismail Haniyeh, líder de Hamás, en Irán; de Hassan Nasrallah, referente de Hizbullah; y el debilitamiento del Consejo de la Yihad en el Líbano.
Estos han sido logros categóricos que han demostrado las capacidades militares de Tel Aviv frente a sus rivales estratégicos. Sin embargo, la escalada de las tensiones sitúa en un terreno complicado las recientes iniciativas de aproximamiento diplomático de Netanyahu. Israel ha alcanzado a normalizar sus relaciones con los gobiernos de Bahréin y Emiratos Árabes Unidos. Estas relaciones parecen estar enfriándose debido a la brutalidad de la operación militar en Gaza y la extensión del “largo brazo de Israel” hacia otros estados, que están desestabilizando la región.
Aunque el ataque pueda ser la mejor defensa, diplomáticamente está arriesgando la posibilidad de normalizar relaciones con Arabia Saudita y de mantener los lazos históricos con Egipto y Jordania, afectados por el impacto humanitario en sus fronteras.

Irán: un ojo en la región y otro en Washington
Los ataques de Israel contra los liderazgos de las milicias chiitas y Hamás en países vecinos tienen un objetivo de largo plazo: reducir la influencia de Irán. Teherán ha respondido con dos oleadas de misiles, aunque sin provocar un conflicto regional. Esta respuesta limitada refleja su temor a que una escalada eche por tierra la normalización de relaciones con Omán, Qatar y, especialmente, Arabia Saudita, su rival sunita en la región. Lanzar misiles es una represalia apenas adecuada para responder a las acciones militares cada vez más osadas de Israel en la región y mantenerse dentro una narrativa de agredido.
Es así como Teherán ha respondido sus ataques haciendo uso del Eje de Resistencia, una coalición informal de gobiernos (Irán y Siria) y milicias (Hizbullah, Hamás, Yihad Islámica Palestina, Hutíes, Kata’ib Hizbullah, Al Hashd Al Sha’bi), que han coordinado ataques en diversas direcciones para desgastar a Israel.
El uso de estas milicias, unidas por su animosidad contra Israel, no solo abarata el costo de llevar a cabo una larga guerra de desgaste, sino que se explica tanto por el interés de construir una defensa adelantada proiraní en la región, que influya en las dinámicas políticas de sus vecinos, como por el mismo protagonismo del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica en detrimento de las fuerzas armadas iraníes (Artesh) en la definición de los objetivos de política exterior.
Mientras monitorea la situación en Medio Oriente, Teherán también sigue de cerca la política electoral en Estados Unidos. La continuidad de las sanciones y la controversia por el programa nuclear son asuntos prioritarios para el nuevo presidente iraní, Pezeskhian.
A pesar de la postura beligerante de ambas candidaturas estadounidenses —demócrata y republicana— en contra de Irán, Teherán calcula que una presidencia de Harris podría establecer canales más abiertos para buscar una negociación que normalice las relaciones bilaterales.
En cambio, una nueva administración de Trump no solo mantendría roto el Plan de Acción Integral Conjunto, sino que perseguiría una política de máxima presión, particularmente cuando se comenta sobre la sucesión del Líder Supremo, Ali Khamenei, y que los republicanos pueden juzgar como un momento para aprovechar la vulnerabilidad de Teherán a nivel económico y político a nivel regional.
Estados Unidos: un dilema casi resuelto
Por último, Estados Unidos ha vivido un año realmente difícil en términos de política exterior en Medio Oriente. Washington se encuentra en medio del “dilema de octubre”: apoyar las acciones de Netanyahu proveyendo armas o promover, junto con Egipto y Qatar, negociaciones para un cese al fuego que permita una salida diplomática a la guerra.
Sin embargo, este dilema parece resuelto. Estados Unidos seguirá apoyando a Israel, no solo por los grandes lobbies que soportan dicha posición de política exterior, sino porque Irán sigue percibiéndose como un rival estratégico a nivel global, junto a Rusia y China, y a nivel regional por parte los países del Golfo. Ciertamente, hay una convergencia por defecto, es decir la existencia de una amenaza en común es lo que articula el interés en mantener el apoyo a un vecino incomodo, pero poderoso.
Esta campaña militar de Israel está reconfigurando el tablero del Medio Oriente: un Irán percibido como débil es un factor que se extraería de la ecuación para la estabilidad de la región. En este escenario, un orden regional post-Gaza podría consolidar a Israel como un actor fortalecido tanto por la guerra como por la normalización de relaciones con países árabes, alentada por Estados Unidos.
No obstante, queda una gran pregunta que puede seguir alimentando el conflicto: ¿habrá espacio para un Estado palestino después de la guerra?
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Acerca del autor
Camilo Gonzalez Vides
*Profesor e investigador de la Universidad Javeriana, editor del medio digital Visión Global, magíster en Ciencia Política de la Universidad de Salamanca.
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