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Moda, lujo y decepción

Escrito por Fabián Sanabria
Fabian Sanabria actualizado

Fabian Sanabria actualizadoReflexiones de un antropólogo ante las pasarelas de Colombiamoda 2013: la moda y la dictadura de tendencias efímeras ya no significan exclusión elitista, sino la entronización del narcisismo y la construcción de identidades prescindibles.

Fabián Sanabria*

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Foto: Lanchongzi

La moda era excluyente

Hasta hace poco la historia de las modas —y en particular la del vestido— giraba en torno a la pertenencia a ciertas clases sociales: la función de la moda era equiparable a trazar un círculo en torno a sí, que nos separara de los demás. Una suerte de afirmación grupal que —uniendo y diferenciando, incluyendo y excluyendo— marcaba un contrapunto como condición de su realización: “somos los que estamos y estamos los que somos”.

El sociólogo alemán Georg Simmel decía que en toda actividad humana “percibimos algo que no llega a expresarse por completo” debido a tensiones significativas entre individuo y colectividad, que subrayan una cierta permanencia en el cambio.  Algo así como apegarse a lo existente queriendo ser como los demás, pero al mismo tiempo pretender acceder a nuevas formas de vida diseñando un “estilo personal”.

Desde esa perspectiva, la moda se veía como algo que satisfacía la necesidad de reconocimiento social, que conducía al individuo por el camino que todos deseaban transitar y facilitaba una pauta segura para la conducta de cada quien.

La era del vacío y el imperio de lo efímero

 

 
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Foto: Jessica Hartman Jaeger 
 

En nuestros días, la asociación entre moda y consumo ha penetrado en todas las clases sociales: pareciera tener un poder que trasciende las necesidades, exaltando la arbitrariedad de lo frívolo, simplemente porque se impone.

Más allá de la comodidad, del buen precio y aun del prestigio contenido en la marca, ciertas tendencias se vuelven indiscutibles.  En su trasegar efímero, corroboran la máxima que señala cómo “lo anómico de hoy será lo canónico de mañana”.

Así, los zapatos puntudos van y vuelven, se multiplican las camisas por fuera del pantalón sin correa, los jeans entubados reaparecen, se observan incontables suéteres ligeros con capucha, los tenis Converse —que parecían pasados de moda— paradójicamente empiezan a desplazar a las tecnológicamente sofisticadas zapatillas Nike y Adidas.

Las grandes casas de moda lanzan sus colecciones, disparando una espiral de copias y calcados en contextos próximos y lejanos a aquellos de los “desfiles originales”, hasta el punto que el lujo se falsifica y recicla, como si esto fuera condición necesaria de su existencia. Del mismo modo, exclusivos hábitos y estilos de vida se expanden, e indisciplinadamente unos y otros reciclan, y todos consumimos desaforadamente.

Hemos ingresado —tal vez sin darnos cuenta— a la "era del vacío" y al "imperio de lo efímero", donde el narcisismo se enaltece y el individuo adopta una suerte de indiferencia ante los seres y las cosas, no ya decadente o pesimista sino curiosa y tímida, similar al consumidor que llena su carrito paseándose por un "supermercado infinito".

El consumismo “ha dejado lugar a una apatía inducida por el campo vertiginoso de las posibilidades y el libre servicio generalizado”[i] al tiempo que los objetos para consumir pierden utilidad, dando lugar a otros productos que más tarde también serán desechados, pues el imperativo de la actualidad avasalla, para no caer en la vergüenza de “quedarse rezagado”[ii]

El eterno retorno

No obstante, a pesar de la avalancha publicitaria que nos sigue ofreciendo “la última novedad”, la moda retorna a tendencias antiguas, “como si fuera en las cosas viejas que la creencia había animado, y no en nosotros donde lo divino residiera, como si nuestra incredulidad actual se debiera a una causa contingente: la muerte de los dioses”[iii].

Ahora bien, el “no querer–no poder dar la cara” —corolario de la rutinaria frase “favor no molestar”— constituye una suerte de ética indolora que, entre más se preocupa por la solidaridad, la ecología y el respeto por los derechos humanos en los países subdesarrollados, más invierte en un desaforado cuidado del cuerpo, que guarda estrecha relación con los estándares deportivos, al punto que unos centímetros de menos y algunos kilos de más pueden determinar — como en Medellín— toda una política de salud pública.

De modo que las identidades aparentemente durables y sólidas, hoy tan sólo son  identificaciones variables y pasajeras, afinidades prescindibles, puesto que nadie nos garantiza su certeza ni su duración.

Tendencias que antes tocaban a lo constitutivo de los individuos —como la pertenencia religiosa o la  adscripción política, las inclinaciones sexuales y toda clase de gustos culturales— ahora varían y se alteran según los usos y las costumbres, que consagran paradójicamente hoy lo antes rechazado y catapultan lo perennemente establecido.

Ocurre a gran escala como en la Búsqueda del tiempo perdido de Marcel Proust: la persona más arribista del inicio —Madame Verdurin— se convierte al final en la anfitriona más frecuentada —la princesa de Guermantes—.  Sólo hay un elemento constante, a pesar de su alteración: la acción del tiempo, el olvido… 

Poseer sin disfrutar

 

 
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Foto: Plaisanter 
 

A propósito de lujo y felicidad, vale la pena evocar aquí una novela que ilustra la relación con los objetos y que nos recuerda el paso del tiempo… de otro modo. Se trata de Las cosas de Georg Perec. Con gran sutileza, el autor pone en boca de sus protagonistas esas ansias de desear hasta no saber lo que se desea, esas ganas de satisfacer necesidades hasta no comprender lo que se necesita.

Pues bien, mucho antes de las actuales reflexiones filosóficas y sociológicas a propósito de la felicidad–infelicidad que genera el consumo, la literatura nos ilustra significativamente sobre esas “sacralidades profanas”, donde se dibuja una inadecuación fundamental: no ya la no-correspondencia entre lo que se quiere y se puede alcanzar, sino una ruptura fundamental con lo que se conquista. Una insatisfacción que a cada paso decepciona, y sólo nos ofrece como única vía a seguir la alocada carrera de alcanzar cosas que jamás disfrutaremos… aun poseyéndolas.

Más que una desilusión, la situación contemporánea de no saber lo que se desea ni lo que se necesita —descrita bajo el registro de lo “humorístico” por un autor como Gilles Lipovetzky— corrobora el campo de lo tragicómico, vehiculado a través de la moda en las relaciones sociales: nos seduce esto y aquello y ni esto ni aquello, obligándonos a ingresar cada vez más al mundo de la ficción, donde ya no importa el contenido sino el continente, no tanto la materia sino la manera, ya no más la función sino la forma. 

Estatuaria de San Agustín…vestigios en la moda de hoy

Es allí donde se percibe un profundo silencio de las instituciones: ante la demanda de sentido de los individuos, los "guardianes del orden" nos responden torpemente con normas. Normas que nadie va a cumplir, pues lo que importa no es lo enunciado sino lo dicho, lo cual traducido al terreno de lo público indica un jocoso malestar: poco valen las “políticas de civilización” que se implanten en el mundo, lo que cuenta son los escándalos.

Más que privatizaciones o despilfarros orgiásticos, el límite de lo aceptable se encuentra con nuevas construcciones de lo puro. Lo peligroso de las modas de hoy, tendiente a ser intrínsecamente malo en quien no las porte… es lo intolerable.

Finalmente entre los laberintos de Colombiamoda 2013, vale la pena reconocer que algunos diseñadores —como Francesca Miranda  (ver video)— hayan puesto su mirada, a manera de "abrebocas", en la materia y memoria viva de los vestigios arqueológicos de los antiguos caminantes del Alto Magdalena: temática que nos ilustra y desafía a fijarnos en texturas, bordados y trazos que supieron valorar la vida y la muerte, no tanto como un "más allá", sino justamente estando "a la altura de lo cotidiano".

 

* Antropólogo y doctor en Sociología de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París; profesor asociado de la Universidad Nacional de Colombia donde lidera el Grupo de Estudios de las Subjetividades y Creencias Contemporáneas (GESCCO); actualmente Director General del Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH).

twitter1-1@FabianSanabriaS 

 

[i] Lipovetsky, Gilles: “La era del vacío”. Anagrama, Barcelona, 2002.     

[ii] Bauman, Zigmunt: “Vida Líquida”.  Paidós, Barcelona, 2006.

[iii] Proust, Marcel : À la recherche du temps perdu I, Paris, Gallimard, 1954, pág. 425.

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