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El Qhapaq Ñan: patrimonio de la humanidad

Escrito por Fabián Sanabria

Los caminos construidos por las comunidades prehispánicas en Suramérica fueron reconocidos como patrimonio de la humanidad. ¿Cuánto conocemos en Colombia sobre este inmenso legado, y cómo se llegó a conseguir este reconocimiento mundial? 

Fabián Sanabria*

La red de senderos que se bifurcan

Según los cronistas del Perú, cuando llegaron por primera vez los españoles a América, en el siglo XVI, se sintieron bastante sorprendidos al hallar una red de caminos de más de 6.000 kilómetros de largo, que se extendía en cuatro direcciones, desde la antigua ciudad del Cuzco.

Al norte, esta red llegaba hasta la tierra de los Pastos, en la actual Colombia, en sus límites con Ecuador; al sur, se proyectaba hasta el occidente de Argentina, pasando por las regiones del lago Titicaca y recorriendo las accidentadas tierras bolivianas, la puna y los agrestes desiertos del Trópico de Capricornio rumbo a Chile; al este, se perdía entre las selvas amazónicas; y al oeste, descendía hasta las fronteras del temible mar Pacífico.

Cuando llegaron por primera vez los españoles a América, en el siglo XVI, se sintieron bastante sorprendidos al hallar una red de caminos de más de 6.000 kilómetros de largo, que se extendía en cuatro direcciones, desde la antigua ciudad del Cuzco.

Al recorrido norte-sur se le denominaba "camino principal", y de él se decía que conducía a los cuatro rincones de la Tierra. Por sus vericuetos no solo transitaban ejércitos sino mensajeros y toda clase de comerciantes y aldeanos que, en sus llamas y alpacas, transportaban mercancías.

Estas se intercambiaban con otros grupos, lo que estableció una suerte de "micro-verticalidad" que garantizaba un importante sistema económico, así como un ambicioso proyecto político que, desafiando la naturaleza, generaba cohesión entre los habitantes y pueblos que por allí se entrecruzaban.

Al "sendero principal" se le denominaba en lengua nativa Qhapaq Ñan, y fue construido de acuerdo con la topografía de las diferentes regiones como la puna, el altiplano, los valles interandinos, la vertiente hacia la selva amazónica, el desierto costero, los pasos de altura a más de 4.000 metros, o las profundas gargantas de los rios que atravesaban volcanes y nevados buscando las desembocaduras de los mares.

El imperio Inca mejoró significativamente la red de senderos y transformó el Qhapaq Ñan en "camino del Señor", ligándolo al Tawantinsuyu o "país de los Incas", a lo largo de la cordillera de los Andes.

Dos siglos antes de la presencia española en América, los caminos prehispánicos eran verdaderas obras maestras de arquitectura e ingeniería que sirvieron para acortar distancias, permitieron el tránsito de numerosas personas, conectaron regiones productoras de alimentos e hicieron posible el acceso a sitios sagrados.


La civilización Tiahuanaco, junto con varias culturas
a lo largo del territorio andino articularon la ruta Inca.
Foto:  David Almeida

Flujo de intercambios

Los caminos que atravesaban los Andes fueron articulados durante cientos de años por diferentes culturas, como la Tiahuanaco y Wari en Perú y Bolivia, Quilmes en Argentina, Atacameños en Chile, y Caranquis en Ecuador, entre otros.

En el suroccidente de Colombia, o tierra de los Pastos, desde el siglo XVI se establecieron relaciones con las etnias que habitaban tanto al norte como al sur de la cordillera de los Andes.

Con la llegada de los españoles, el Qhapaq Ñan fue utilizado para realizar una rápida campaña de dominación. Por él, Pizarro, Belalcázar, Almagro y sus ejércitos llegaron rápidamente a los ejes centrales del Tawantinsuyo, tales como Cusco, Cajamarca y Quito.

El sistema de senderos prehispánicos se convirtió progresivamente en los llamados “caminos reales”, los cuales unirían durante la Colonia cada una de las provincias del Virreinato del Perú, y posteriormente las de los Virreinatos de la Nueva Granada y de la Plata.

En los primeros años del período republicano los senderos aborígenes articularon las regiones de las nuevas naciones, pero paulatinamente se construyeron caminos de herradura y carreteras que fueron conectando las diferentes regiones de los países y dejaron de lado las rutas prehispánicas, menos en aquellas zonas donde estas eran la única vía de comunicación con que contaban las comunidades.

Por ejemplo, la etnia de los Pastos, en el actual territorio colombiano, mantuvo un flujo continuo de recursos desde diferentes hábitats, gracias a los senderos prehispánicos.

Entre los siglos XVI y XVIII, los caciques tenían acceso a zonas cálidas a través de la tributación de los integrantes de cada parcialidad o red de intercambio a mediana y larga distancia, articulada por los “mindalaes” o comerciantes especializados que pagaban su tributo al cacique con objetos suntuarios como el molusco spondilus o el arbusto mopa-mopa.

En los siglos XIX y XX, el acceso a los productos se dio a través del intercambio de productos entre los pueblos que habitaban el altiplano de Túquerres e Ipiales (3.200 m.s.n.m.) con los habitantes de los Guaicos o tierras calientes del cañón del Guáitara (1.800 m.s.n.m.), o de las tierras bajas de la costa del Pacífico o de la Amazonía.

Esas comunidades intercambiaban productos de clima frío, como tubérculos, habas y quesos, por café, panela, miel de caña y maíz; también se daba el intercambio de algunos animales de lujo, como cuyes por pollos. Algunos se convirtieron en negociantes que vendían sus productos y compraban los de otros climas, forjando relaciones de parentesco, amistad o compadrazgo.

El Qhapaq Ñan, en el caso colombiano, no solo hizo posible el intercambio de elementos y relaciones sociales, sino la circulación de conocimientos, creencias, formas de ver y dividir el mundo, tradiciones, costumbres, rituales, peregrinaciones, procesiones, fiestas patronales y carnavales, que, desafortunadamente, no serían reivindicadas explícitamente por parte de las comunidades contemporáneas.

Por ejemplo, la peregrinación más importante en la ruta del Qhapaq Ñan – Colombia ha estado asociada durante décadas con el santuario de la Virgen de Las Lajas, situado en el municipio de Ipiales, en la frontera con la República del Ecuador. Esta se realiza principalmente durante la Semana Santa, especialmente los días miércoles, jueves y viernes, con una duración promedio de 15 horas de camino desde San Juan de Pasto.


Mujeres Kichwas. Los Kichwas son herederos de las
destrezas de los mindalaes, una antigua élite
indígena de comerciantes.
Foto: Ricardo Patiño

Re-conocimiento

Por todo esto era preciso crear conciencia entre las poblaciones locales sobre la importancia de los tramos o senderos que de algún modo han hecho posible durante siglos esos procesos de intercambio.

Fue así como gracias a la iniciativa del gobierno de Perú, hace poco más de diez años, Colombia decidió participar en la constitución de un expediente que, ligado a cinco países hermanos (Ecuador, Perú, Bolivia, Argentina y Chile), lograra poner al servicio de las comunidades actuales las rutas de sus ancestros.

Un reto que implicaba demostrar que el patrimonio arqueológico no es cosa del pasado, sino que bien puede ser un ejercicio de memoria, es decir, una interpretación del pasado en función del presente.

En Colombia, la postulación como patrimonio ante la UNESCO del Itinerario Cultural Sistema Vial Andino Qhapaq Ñan implicó un proceso complejo de concertación entre varias instituciones, empezando por el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH) que, como entidad adscrita al Ministerio de Cultura, suscribió y ejecutó convenios con la Universidad de Nariño para conformar la Secretaria Técnica, con el respaldo del Ministerio de Relaciones Exteriores y de nuestra Delegación Permanente ante la UNESCO.

Gracias al trabajo mancomunado, se determinó la longitud total actual de los segmentos del Qhapaq Ñan en 693 kilómetros, como un ejemplo vivo de integración cultural de los pueblos de los Andes, por medio de una tecnología e ingeniería desarrolladas para resolver los retos planteados por la geografía andina y sus variados paisajes, con la construcción de caminos, carreteras, puentes, escaleras, zanjas y muros que cubren una extensa área geográfica, desde el occidente de Argentina hasta el suroccidente de Colombia.

Además, se estableció que hoy en día las culturas andinas del Qhapaq Ñan siguen  transmitiendo un mensaje universal: la habilidad humana para convertir uno de los escenarios geográficos más duros del continente americano en un entorno habitable y con una de las mayores riquezas culturales del mundo.

Al Sistema Vial Andino actual resultaron asociadas 232 comunidades en los seis países, y más de 300 sitios arqueológicos. Diecisiete kilómetros de este Sistema recorren 7 municipios del departamento de Nariño en Colombia, donde se destacan 9 secciones y el tramo Rumichaca – Pasto, por su valor cultural excepcional.

El trayecto del Qhapaq Ñan en Colombia se trazó por la cuenca del río Guáitara desde Ipiales hasta Pasto, y recorre los municipios de Potosí (vereda San Pedro), Gualmatán (vereda La Cofradía), el Contadero (casco urbano y vereda de La Paz), Funes (corregimiento de Chapal y veredas de Chitarrán, Guapuscal, Bajo y el Salado), Yacuanquer (vereda Inantás) y Tangua (vereda los Ajos).

Se hace camino al andar

Tras diez años de trabajo, en la ciudad de Doha, Qatar, el 21 de junio de 2014, durante la 38ª Sesión del Comité de Patrimonio Mundial, se incluyó en la Lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO el "Sistema Vial Andino Qhapaq Ñan”.

Dos siglos antes de la presencia española en América, los caminos prehispánicos eran verdaderas obras maestras de arquitectura e ingeniería.

Por primera vez desde que se firmó la Convención para la Protección del Patrimonio Mundial, Natural y Cultural de 1972, seis países: Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador y Perú, presentaron y sustentaron un expediente de postulación de un "itinerario cultural" de trascendencia continental.

La inscripción del Qhapaq Ñan en la Lista de Patrimonio Mundial significa el reconocimiento internacional de su valor universal excepcional, y el compromiso de los seis países y de la comunidad internacional para proteger este legado cultural.

Para Colombia, la inscripción constituye, además, una nueva oportunidad de seguir afianzando los lazos de amistad con los países hermanos, desarrollando proyectos estratégicos de integración socio-cultural en la región andina.

 

*Antropólogo y escritor, doctor en Sociología de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, profesor universitario y director general del Instituto Colombiano de Antropología e Historia, ICANH.

twitter1-1​@FabianSanabriaS

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