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Rehacer la opinión

Escrito por Fabián Sanabria

fabian sanabriaEl polémico escritor Fernando Vallejo dice verdades dolorosas pero verdades.

Fabián Sanabria**

Hace 10 días, la Universidad Nacional de Colombia realizó un gesto de profunda autonomía: a petición del Consejo de la Facultad de Ciencias Humanas que presido, determinó otorgarle un Doctorado Honoris Causa al polémico escritor antioqueño Fernando Vallejo. El pasado 25 de septiembre, en ceremonia especial realizada en el auditorio León de Greiff de esta Casa, escuchamos la voz vital y pesimista de uno de los intelectuales más importantes del país. Días después apareció una entrevista que el mismo escritor concedió al diario El Espectador, donde a manera de sentencia señalaba que "De los políticos colombianos no se hace uno". Ante esa y otras frases provocadoras, los comentarios de diversos sectores no se hicieron esperar. Sin levantar tanto la voz, algunos opinadores calificaron de exabrupto que el Primer Centro de Educación Superior del país hubiese concedido tan alta distinción a un "renegado de la patria". Esos mismos comentaristas subrayaron que "era el colmo premiar a un enemigo de la Familia, de la Iglesia y del Estado, que además recientemente había rechazado su nacionalidad".

Si supieran que esa voz, que tiene el coraje de hablar en primera persona, como lo subraya en una de sus novelas, jamás ha abandonado a Colombia: "ni un solo instante había dejado de vivir en ella, en sus cafés, en sus montañas, en sus calles, en sus cines, en sus ríos, en su fracaso, en su esplendor, en su miseria, Colombia… lo sabía y adondequiera que fuera vendría siguiéndome unida a mí por irrompibles cadenas, como si ella fuera el centro de mi alma, del Universo, ella sola la luz y el resto sombras, como una condena (…) Colombia nos había hecho sin remedio prisioneros" (Los caminos a Roma, Alfaguara, Buenos Aires, 1985: 111-112).

En efecto, como un niño elevando una cometa, Fernando Vallejo es ese personaje que nos hace extrañar a la abuela, a Santa Anita, a la loba que abandonados en este mundo nos amamanta. Un yo que divagando por los caminos que felizmente no conducen más a Roma, haciendo maroma y media ha dicho morir. Otro ángelus novus que desconsolado clama Fin. También es el ciudadano que ladrando, maullando y sobre todo ronroneando -a ritmo de bolero-, nos susurra: ¿Para qué?

"Colombia no va mal… Siempre irá peor", me dijo hace un año y recibiendo el Honoris Causa lo reiteró ¿Maldición difícil de exorcizar? "Muchachitos de Colombia: no se reproduzcan. No le hagan a otro el mal que a ustedes les hicieron. Porque cuando se den cuenta les tocará irse -como a mí-, pero entonces será tarde y si les niegan la visa no podrán…", sentenció en otra ocasión cayendo la tarde en pleno Parque Nacional.

La gente, mejor dicho, algunos colombianitos, le gritaban ¡apátrida! desde el público ¿Apátrida? ¿Apátrida por enrostrarnos esa verdad? ¿Apátrida por querer desembarazarse del papel llamado "nacionalidad"? Porque eso sí: ¡Colombia es pura pasión! Y ni hablar de los cantantes que recientemente desde La Habana berrearon por la paz. "¿No ven que éste es uno de los países más felices del mundo? Si no, que lo diga el tiranito que junto a los violadores quiere hacerse reelegir"

Me detengo. En estos días, ante el pesimismo de que "De los políticos colombianos no se hace uno", me sentí consternado. Desconsolado porque creo que hay gente honesta que trata de defender la Constitución. Sin embargo, ayer me topé con la carátula del semanario más importante del país. En la portada, aparece un Topoyiyo que esconde sus manitas regordetas, con sonrisa de seminarista entre un nudo de corbata apretado. Lo enmarca un titular gigante que reza: "Muerto de la risa". Al consultar el artículo principal de ese semanario, hay un análisis de la Ultima Gran Encuesta Nacional Electoral. En ese análisis se subraya que "definitivamente nadie puede enfrentar al presidente". Por supuesto, enarbola los abismos porcentuales que aventajándolo lo separan de los demás candidatos. Observando la posición de los contradictores, me encuentro con lemas de campaña demasiado "políticamente correctos". Todos proponen mejorías abstractas e idílicas. Pero casi nadie es capaz de cuestionar las chuzadas, los falsos positivos, los negocios ilícitos de ciertas familias, las formalidades legales de lo que no puede tener forma legal, la caída de la economía, el aumento progresivo del desempleo, los permisos concedidos a los norteamericanos para espiarnos desde 7 bases militares colombianas, el populismo de los consejos comunales, las ferias de cheques de Familias en Acción, y qué no decir del fracaso rotundo de una seguridad diseñada para proteger a Colombia cual hacienda mafiosa, ante el aterrador aumento de la criminalidad en las ciudades… No, casi nadie, ningún político se atreve. Porque al que se atreva le va mal en las encuestas ¡Qué cobardía! Allí me alcanza el eco de Vallejo.

Releyendo los Primeros Principios del Gobierno, enunciados en 1758 por el filósofo inglés David Hume, leo: "nada resulta tan sorprendente para quienes consideramos los negocios humanos con un ojo filosófico, que ver la facilidad con que los más numerosos son gobernados por unos pocos, observando la sumisión implícita con la que los hombres revocan sus propios sentimientos y pasiones en favor de sus dirigentes. Cuando nos preguntamos por qué medios esa cosa extraña se realiza, encontramos que, como la fuerza está siempre del lado de los gobernados, los gobernantes no tienen otro aliciente para sostenerse que la opinión. Es pues sobre la opinión sola que los gobernantes se afincan, y esta máxima se extiende a los gobiernos más despóticos y militares, como a los más libres y populares" (Essays and treaties on several subjects, 1758).

De antemano mis excusas por tratar este tema en una ceremonia de graduación. No obstante, esto es lo que me enseñaron y enseñamos aquí, en la Academia. Y eso forma parte de la autonomía universitaria: "aprender a no tragar entero". Por eso me siento muy honrado de entregar el título de Doctora en Historia, a la misma persona que hace 15 años me graduara como Antropólogo, a la ex decana de esta Facultad, la profesora Rocío Londoño. Porque ante el Estado de Opinión no podemos seguir con tanta miopía. Necesitamos gafas gigantes para ver lo que tenemos ante los ojos, atreviéndonos a exorcizar así la sentencia de Vallejo. Reciban esta reflexión como una modesta opinión. Ojalá contribuya a rehacer la opinión.

 

* Texto integral de un discurso de graduación

** Antropólogo y Doctor en Sociología de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Investigador en el campo de la Antropología y sociología de las creencias. Decano de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de Colombia.

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