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¿Por qué «el silencio de los ídolos»?

Escrito por Fabián Sanabria
Museo

Museo

Fabián SanabriaAnte la polémica por una exposición de 20 esculturas agustinianas, el director del Instituto Colombiano de Antropología e Historia explica la importancia de esta cultura prehispánica y defiende la exhibición, que ha continuado sin las estatuas.  

Fabián Sanabria*

 

Origen de un nombre

¿Alguien ha pensado por qué se bautizó a un poblado del hoy sur de Colombia, rico en esculturas y tumbas de caciques y chamanes, con el nombre de “San Agustín” hace 400 años?

La primera fundación de ese poblado se le atribuye al capitán Pedro Sáenz de la Guía, entre 1608 y 1612. Es importante resaltar el segundo apellido de este capitán: De la Guía. Ese nombre fue adoptado por varios conquistadores del siglo XVI, en honor a Nuestra Señora de la Luz, o de la Guía, patrona de numerosos viajeros del Nuevo Reino de Granada.

Pero las investigaciones científicas, han permitido  que esos “ídolos”, expulsados simbólicamente por una concepción unívoca del mundo, vuelvan, retornen, se integren al vasto espectro de la identidad nacional colombiana.

Hay un aspecto característico de la iconografía de esa advocación mariana que puede rastrearse en el Santuario de Nuestra Señora de la Luz de la Villa de los Silos, en las hoy llamadas Islas Canarias, así como en otras regiones de España. Se trata de una virgen peregrina, figura de encarnación, que lleva su cuerpo ceñido por una cinta negra, a veces ricamente bordada, característica del cíngulo de la orden de los agustinos. Es aquí donde aparece en el Nuevo Reino de Granada el imaginario de una de las figuras más imponentes del occidente cristiano: el autor de Las confesiones y de La ciudad de Dios, San Agustín.

Tras la caída de Roma, en el año 410, numerosos paganos y cristianos conversos achacaron la ruina de la Ciudad Eterna al haberse dejado influir el Estado por una secta que prohibía rendirle culto a los dioses de la tierra. Agustín de Hipona optó entonces por una empresa que, más allá de sus sermones, convenciera para siempre a quienes hacían ese reclamo, de su profundo “error”.

Cuando expulsamos a los dioses “por la puerta”, los “ídolos” regresan “por la ventana”, o, dicho de otro modo, cuando declinan los dioses, quedan sus representaciones.

El célebre obispo decidió escribir una obra que en catorce años completaría veintidós volúmenes, en los cuales mostraría la necesidad de “arrasar con toda idolatría” y las “ventajas de quien decididamente se convierte a la verdad del cristianismo”, abandonando para siempre la que él denomina ciudad terrestre por la ciudad celeste y abjurando de los dioses paganos.

La defensa cristiana de un Dios único es una cruzada contra la “superstición” que se impondrá a lo largo de la Edad Media y hasta la Ilustración, y que no será ajena a la Conquista de América.

San Agustín

Parque arqueológico San Agustín.
Foto: Luis Alveart

Patrimonio politeísta

El ejercicio que habría de realizar el fundador del poblado de San Agustín en el Nuevo Reino de Granada sería un acto típicamente “agustiniano”, que se ratificaría un siglo y medio después por Fray Juan de Santa Gertrudis, cuando en su diario Maravillas de la Naturaleza afirmó que “esos ídolos sólo podían haber sido obra del demonio”. Semejante operación de “bautismo” de un poblado quiso conjurar y expulsar simbólicamente de la “ciudad celeste” a la “ciudad terrestre”, es decir, a los dioses paganos.

Pero las investigaciones científicas, particularmente a través de sus excavaciones e interpretaciones en los últimos cien años, han permitido  que esos “ídolos”, expulsados simbólicamente por una concepción unívoca del mundo, vuelvan, retornen, se integren al vasto espectro de la identidad nacional colombiana.

Obviamente la paradoja subsiste cuando se habla de “ídolos de San Agustín”… Pero esa paradoja es muy importante: hace referencia, sin proponérselo, al nombre del personaje cristiano con el cual se bautizó ese poblado de la Nueva Granada: un pagano que, luego de convertirse, se dedicó mucho más que Pablo de Tarso a perseguir la “idolatría”.

El problema radica en que cuando expulsamos a los dioses “por la puerta”, los “ídolos” regresan “por la ventana”, o, dicho de otro modo, cuando declinan los dioses, quedan sus representaciones.

Surge entonces una pregunta: ¿qué hacer con esos “ídolos”? ¿Cómo sumar en vez de restar, alcanzando mejor una cierta coincidentia opositorum? o, si se quiere, ¿de qué formas apostarle hoy a un politeísmo de valores? El ejercicio de reconocer los “ídolos”, a través de un acto de declaración llamado patrimonio (don del padre), que nos endeuda simbólicamente con la cultura, es en buena medida una manera de permitir que los dioses retornen a nuestras vidas.

Escultura San Agustín

Escultura en el parque arqueológico San Agustín.
Foto: 
Luis Alveart 

Las investigaciones científicas

Desde el siglo XVIII, importantes exploradores y científicos se mostraron maravillados por esta zona, hoy llamada de la cultura Agustiniana, entre ellos Francisco José de Caldas (1768-1816) y Agustín Codazzi (1793-1859).

Durante la primera mitad del siglo XX, tras la llegada del etnólogo alemán Konrad Theodor Preuss (1869-1938) al Alto Magdalena, diversos investigadores continuaron en esta región importantes excavaciones, entre ellos el arqueólogo español José Pérez de Barradas (1897-1981), y antropólogos colombianos como Gregorio Hernández de Alba (1904-1973), Luis Duque Gómez (1916-2000), Julio César Cubillos (1919-1998) o Héctor Llanos.

Las investigaciones arqueológicas han permitido avanzar sobre diversos asuntos. Uno de importancia crucial es la cronología, desarrollada con más precisión para dos grandes periodos, que corresponden a un momento posterior a la adopción de tecnologías cerámicas, llamados Formativo (1000 a. C. – 1 d. C.) y Clásico Regional (1 – 900 d. C.).

Aunque existen evidencias de ocupación humana desde el cuarto milenio a. C., las esculturas y complejos funerarios presentes en la llamada cultura agustiniana se construyeron durante el periodo Clásico Regional, mostrando que se trataba de una sociedad cuyo principal medio de subsistencia era la agricultura, por lo cual se destacaron los sistemas de irrigación y las terrazas para el cultivo.

Las figuras talladas en piedra hacen parte de numerosos montículos donde se depositaban los cuerpos de los fallecidos, entre lajas o sarcófagos. Allí se construían caminos procesionales que conducían a sitios aplanados artificialmente, ubicando esculturas a su alrededor.

A partir de la distribución de los monumentos en torno a áreas relativamente planas, se han establecido datos arqueológicos que señalan elementos de distinción entre los monumentos, según la importancia social de los individuos enterrados, lo que sugiere la presencia milenaria de una élite que dejó un testimonio de espiritualidad capaz de sacralizar la muerte y la fertilidad para preservar su memoria.

El parque arqueológico

La mayoría de los estudios realizados a comienzo del siglo XX mencionan el estado de saqueo y destrucción en el que se encontraban muchas tumbas, estatuas y ajuares funerarios, debido a la guaquería y a la búsqueda ambiciosa de oro que tuvo su auge a finales del siglo XIX y perduró en las primeras décadas del XX.

Respondiendo a la necesidad de proteger e investigar los vestigios arqueológicos, en 1938 el Estado inició la adquisición de algunos predios donde fueron halladas la mayoría de tumbas y esculturas monolíticas. En 1941, a través del Decreto 904, se estableció formalmente una gran reserva de interés cultural, que en la actualidad está abierta al público bajo la forma de dos parques arqueológicos: San Agustín y Alto de los Ídolos y de las Piedras, inscritos en la lista de patrimonio mundial de la Unesco desde 1995.

Hoy estos parque funcionan  en un contexto particular, con la presencia de diversos actores sociales, tales como las comunidades campesinas y un grupo indígena vecino que hace dos décadas llegó a la zona, los artesanos y las agencias de turismo, entre otros, que se relacionan de maneras distintas con estos espacios de conservación del patrimonio arqueológico y con el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH) en tanto entidad adscrita al Ministerio de Cultura, encargada de su protección y difusión.

La iniciativa  "El silencio de las estatuas"

Para difundir más ampliamente el legado de los antiguos escultores del Alto Magdalena ante miles de colombianos que por diversas razones lo desconocen, las instituciones administradoras de este patrimonio, con motivo del Centenario de las primeras investigaciones arqueológicas en el Alto Magdalena, propusimos y divulgamos —durante año y medio— la iniciativa de una exposición con una muestra de la estatuaria agustiniana en el Museo Nacional.

Fue así como el “retorno de los ídolos” se ideó en tanto una exposición vanguardista e irónica, para mostrarle a Colombia un alma muy profunda, capaz de permitirnos entender y construir no solo un recuerdo distinto, sino quizá un futuro más sereno, como los recorridos que seguramente realizaron hace siglos los caminantes del Alto Magdalena.

Respondiendo a la necesidad de proteger e investigar los vestigios arqueológicos, en 1938 el Estado inició la adquisición de algunos predios donde fueron halladas la mayoría de tumbas y esculturas monolíticas.

Se seleccionaron entonces 20 piezas, entre las más de cuatrocientas que custodia el ICANH, las cuales se ubicarían tratando de recrear la estructura que en la sala de exposiciones temporales del Museo Nacional marcaría el río de la Magdalena, proyectando algunas de las imágenes nocturnas que se perciben en el “Bosque de las estatuas” del parque arqueológico, y acompañadas de dos espacios temáticos donde se explicarían los periodos arqueológicos y las distintas interpretaciones que de esta enigmática cultura han hecho sus principales investigadores, para rendirle un homenaje a los municipios que hoy las albergan: San Agustín e Isnos, en el Huila.

La selección de las piezas fue realizada por el arqueólogo Héctor Llanos, quien hace 19 años fuera el mismo curador de otra exposición, auspiciada por el gobernador de entonces, Julio Enrique Ortiz, también desarrollada exitosamente en el Museo Nacional. En esta ocasión se tuvieron en cuenta valores como tamaño, estética y representatividad de las esculturas (ninguna de ellas halladas in situ).  

La mayor parte de los recursos los aportaron patrocinadores, se contó con el museógrafo Carlos Betancourt y el videógrafo Zaji Shalem, y se estableció un protocolo técnico minucioso que fue divulgado entre los agustinenes e isneños en cuanto a la integridad de las piezas que se traerían, desmontarían, empacarían, transportarían y asegurarían de ida y vuelta bajo coordinación del subdirector del ICANH, Ernesto Montenegro, y la operación logística de los trabajadores de los parques, a quienes también se les rindió un homenaje por medio del documental Centinelas del patrimonio.

Esta no era la primera vez que el Instituto trasladaba algunas de las esculturas que custodia para exponerlas. En 1992, también las figuras del dios de la Agricultura y la diosa de la Lluvia, viajaron a Bélgica. En ese momento se desmontaron, empacaron, aseguraron y regresaron intactas. Dicha experiencia le serviría de base al ICANH para presentar una propuesta rigurosa que contaría con el beneplácito de la Unesco, con el aval del Consejo Nacional de Patrimonio, del gobernador del Huila, del alcalde y la mayoría de concejales de San Agustín, así como de numerosos ciudadanos que se ofrecieron a constituirse en "padrinos" o "veedores" del proceso, acompañados de la prensa nacional.

Desafortunadamente, debido a intereses ajenos a la exposición —por parte de un grupo indígena que apenas es vecino del parque arqueológico de San Agustín hace dos décadas y quiso valerse de esta iniciativa cultural para enarbolar otro tipo de reivindicaciones—, asociados a opositores que solo expresaron violentamente sus emociones, las directivas del Ministerio de Cultura y el ICANH tuvimos que modificar esta iniciativa, y puesto que a miles de colombianos se les negaba el derecho cultural de admirar este Patrimonio de la Humanidad impidiendo el traslado temporal de las esculturas, decidimos que la exposición sí se realizaría en las fechas previstas, aun sin las piezas seleccionadas, a fin de mostrar el silencio y vacío que queda cuando unos pocos se arrogan el “derecho exclusivo” sobre las libertades culturales de todos.

El “retorno de los ídolos” se transformó entonces en el “silencio de las estatuas”, planteando un reto mayor al equipo curatorial y museográfico, y un enorme desafío a quienes creemos que el patrimonio no le pertenece exclusivamente a una comunidad, etnia o raza, sino justamente a todos los ciudadanos del mundo, máxime cuando este ha sido declarado como una “conquista universal de la humanidad”.

Con el mismo espíritu de agradecimiento a todas las personas e instituciones que apoyaron esta aventura, subrayando cuán difícil es “pintar el vacío y decir el silencio”, puesto que tal vez sin darnos cuenta nos estamos aproximando a la intuición de que los fantasmas son juguetones y los dioses retornan, vale la pena reconocer en lo ocurrido la "materia prima" para plantear un debate en torno a qué es el patrimonio y a quién le pertenece, o cómo se debe "administrar" cuando existen grupos humanos que pretenden ser los "herederos exclusivos de una tradición".

Entonces, que renovados lectores y exploradores sigan recorriendo los senderos que se bifurcan, para sentir y pensar mejor las relaciones entre patrimonio arqueológico y reinvenciones de lo sagrado hoy, tras los vestigios de los antiguos caminantes del Alto Magdalena.

* Antropólogo y doctor en Sociología de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París; profesor asociado de la Universidad Nacional de Colombia y actual Director General del Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH).

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