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Alice Munro

Escrito por Camilo Castillorojo
Camilo Castillorojo

Camilo CastillorojoDescubrir un autor que pudiera merecer el premio Nobel de literatura, pero que ha permanecido oculto hasta ahora es una experiencia estética singular para todo buen lector. El entorno de los lazos afectivos resulta más significativo que el propio entorno cultural de esta magnífica escritora canadiense. Una invitación a conocerla, por fin.

Camilo Castillorrojo*

Viaje imaginario a Canadá

Debo confesarlo: para mí Alice Munro (1931) era una total desconocida. Nunca había escuchado de ella, nunca la había leído, ni siquiera sabía que es canadiense y que lleva más de cuarenta años escribiendo, sobre todo, cuentos.

Mi pobre acercamiento parte, por un lado, de mi desconocimiento de Canadá, de la rica y diversa literatura de ese gigantesco país, con el que, particularmente, guardamos alguna identidad latinoamericana con la provincia de Quebec, y que para mí ha llegado como un reflejo, pasado por Estados Unidos, de un país helado, lejano, donde se habla francés e inglés, y que, según las recientes estadísticas, está entre uno de los diez países con mejor calidad de vida.

No en vano gran parte de la migración reciente de nuestro país ha decidido irse a Canadá, pues desde hace algunos años es el nuevo sueño americano. Ante una región tan vasta y tan poco habitada, resulta difícil no hacerse ilusiones: obtener un trabajo, un espacio y la posibilidad de una vida mejor.

Llegué a Canadá no como inmigrante, sino como lector. Le debo el tiquete a la literatura de Alice Munro. En esta visita, guiada por la delicada narrativa de la cuentista, descubrí algunas zonas inesperadas, sorprendentes.

El amor de una mujer generosa 

Entre estas sorpresas descritas en El amor de una mujer generosa, conjunto de cuentos, descubrí, de un lado, esa zona del sur oeste de Ontario, (el llamado “southwesto”), espacio primordial en el que se desenvuelven muchas de las historias de Munro; y de otro lado, algo de la isla y de la ciudad de Vancouver, lugares que Munro conoció muy bien.

Camilo Castillorojo Alice munro
Le debo el tiquete a la literatura de Alice Munro. En esta visita, guiada por la delicada narrativa de la cuentista, descubrí algunas zonas  inesperadas, sorprendentes.
Foto: laantiguabiblos.blogspot.com

En sus historias se reconoce con claridad la zona que rodea el lago Huron: las granjas, el lago y sus caminos fangosos, una ciudad al límite de ser pueblo, en el que la calma y el sosiego es natural; o la ciudad de Vancouver y la distancia, la lejanía de las preocupaciones de las urbes ruidosas.

Más que los lugares geográficos, cuando me acerqué a la narrativa de Munro me encontré con una serie de personajes que revelaban una condición de anhelo persistente, una inconformidad. Acaso sea esa circunstancia tan pasiva de la vida canadiense expuesta por la autora, todo tan seguro y tan fácil, lo que atosiga a las mujeres protagonistas de sus historias, quienes al encontrarse en una situación extrema deben dar un salto mortal y ver si al caer pueden sobrevivir.

El libro contiene ocho cuentos. El primero, de casi 80 páginas, El amor de una mujer generosa, del cual se ha tomado el título del libro[1], trata del descubrimiento de un automóvil en medio de un río, en cuyo interior se encuentra el cadáver del optometrista Willens, quien al parecer fue asesinado.

Sin embargo, el eje central de la historia no radica fundamentalmente en el homicidio ni en los probables asesinos, sino en la culpa. La culpa de Enid, enfermera que ayuda a personas con enfermedades terminales; la culpa de la cómplice de asesinato, en este caso la señora Quinn, la enferma terminal; y la posible culpa de Rupert, esposo de la señora Quinn y por quien Enid siente una fuerte atracción.

A partir del asesinato y la posterior confesión de la señora Quinn en su lecho de muerte, Enid empezará a cuestionarse si es conveniente para su vida o no saber la verdad, si estaría bien que aquella mujer muriera y qué podría pasar si ella misma delatara a Rupert. Sin embargo, resumido de esta forma creo que no soy justo con la historia. El cuento es mucho más profundo. Recuérdese: estamos hablando de un cuento de ochenta páginas.

Quisiera señalar que en este primer cuento tenemos una compleja arquitectura en la estructura; tenemos una elaborada precisión en la creación de cada uno de los detalles; tenemos largas digresiones que aportan para entender las tremendas honduras de cada uno de los personajes; es decir, en esta pieza de filigrana narrativa Munro es en extremo delicada.

Sin duda, su detallado trabajo funciona a la perfección, pues la tensión del lector no se inclina hacia el asesinato sino hacia los sentimientos y preocupaciones de la enfermera Enid. Desde mi punto de vista, es en estas aguas en las que Munro se mueve mejor: en la fina descripción de las angustias, sentimientos y preocupaciones de una mujer, sabe cómo entrar en sus deseos, en sus inquietudes.

Mujeres en la encrucijada

Lo mejor es que no cae en sentimentalismos, ni en ideas románticas, al contrario: las protagonistas de sus historias generalmente viven una encrucijada en la que deben reconocerse a sí mismas para salir de la monotonía, para quebrar ese mundo a veces insulso que han tenido que sufrir por años.

Es este el tema de Yakarta, la segunda historia del libro, en la que un par de amigas echadas de la biblioteca donde trabajaban, en la década de los sesenta, cerca de Vancouver, viven de cerca la farsa de la sociedad de entonces y desean, a su vez, poder escapar de aquella farsa, a pesar de los hijos y la vida de amas de casa a la que se han adaptado naturalmente.

La isla de Cortés es una exquisita narración en primera persona de una joven aspirante a escritora que empieza a vivir con su esposo en una nueva ciudad. El eje central no es la ciudad ni el drama de empezar de cero, sino la relación que la escritora establece con la señora que vive en la casa que arrienda, la bella y aterradora señora Gorrie — quien es una vieja chismosa, entrometida, difícil de llevar — y con su esposo.

La historia se desenvuelve en la relación que establece la joven mujer con el señor Gorrie, quien sufre una parálisis, y en una tarde le revela un secreto. En esta historia se ve una de las premisas de Munro: reconocerse en el otro. Se trata de encontrar hasta qué punto somos, a veces, aquello que tanto odiamos.

Por otra parte, no es inusual en las historias de Munro que un secreto revele la posibilidad de que los personajes se desarrollen, se encuentren. El secreto les permite entrar en contacto, descubrirse entre sí e iniciar nuevos caminos.

El bordado de las relaciones familiares

Quizás uno de los temas fundamentales de Munro en todas las historias son las relaciones familiares, es decir, lo complejas y a veces incomprensibles relaciones entre padres e hijos, hermanos y hermanas, madres e hijas. Porque ¿cómo decirle a nuestra madre que nos molesta su forma de ser sin herir sus sentimientos? ¿O cómo una madre reconoce que ella para su hija es una molestia, tal y como ella se sintió con su propia madre en algún momento?

En Salvo el segador encontramos este complejo dilema: entender que las relaciones con los hijos, a pesar de ser tan estrechas, una vez ha pasado el tiempo, ya no serán las mismas. En esta historia tenemos a una mujer mayor, Eve, una actriz, quien tuvo una relación muy cercana con su hija Sophie, pero pasado el tiempo la propia hija empieza a distanciarse, al ya tener su familia y una vida en la que Eve no hace parte. Eve descubre que es incluso una molestia para su hija.

Es una historia con un tono, al principio nostálgico, sentido, que luego se transformará en un tono extraño, pues la trama se enreda hasta generar una situación de tensión al final: hay un giro inesperado que da una vitalidad enorme a la historia. Es una de mis favoritas.

Las niñas se quedan enfrenta, una vez más, a Pauline, una joven madre de dos niñas pequeñas, ante la decisión de si continuar su vida monótona o encontrar una pasión que inflame su vida. Aquella pasión se encarna por una parte en Jeffrey, el director de teatro comunitario con quien Pauline empieza a relacionarse, pero sobre todo por la oportunidad de actuar, pues Pauline se convertirá en actriz aficionada, y así podrá convertirse en otra mujer.

Camilo Castillorojo libro
No es inusual en las historias de Munro que un secreto revele la posibilidad de que los personajes se desarrollen, se encuentren.
Foto: ojosdepapel.com

La obra en la que la joven es protagonista, Eurídice de Jean Anouilh, se presenta como metáfora de la misma vida de Pauline: cala plenamente en la patética vida de esta madre que encuentra en su esposo y en sus hijas el infierno del que tal vez un Orfeo la rescate.

Asquerosamente rica es la historia de una pre–adolescente, Karin, hija de divorciados, quien vive un tiempo con su padre y otro con su madre. En este caso, visita a su mamá, Rosemary, una histérica correctora de texto, quien parecía empezar a formar una pareja con un escritor vecino y amigo, Derek, de quien Karin se ha prendado mucho. Sin embargo la relación de los adultos no funciona y esto afecta a la chica.

El tema es interesante: cómo los hijos empiezan a abordar un divorcio y cómo perciben la necesidad de reencontrar una familia para volver a tener un eje de donde sostenerse. Sin embargo, considero que la historia no alcanza el nivel de profundidad de las otras. Tal vez me equivoco.

Antes del cambio, a diferencia de la anterior, para mí fue una de las historias más fuertes, profundas e intensas elaboradas por Munro. Se trata de una joven que regresa a casa de su padre, un médico que se descubrirá que ha ejercido como abortista, y cómo este secreto puesto al descubierto, cambiará la relación de la hija con el padre. Uno de los hechos más importantes es que no aborda el tema del aborto desde el discurso moralista, ni defensivo; el tratamiento es delicado, natural. Uno de los mejores cuentos.

El sueño de mi madre es una estupenda historia contada desde la voz de una joven mujer que relata cómo fue la relación de su madre con ella antes y después de su propio nacimiento. Por supuesto, está focalizada en la madre, Jill, y se da un efecto muy interesante: una primera persona que narra como testigo de la vida de su propia mamá.

El cuento reúne una gran cantidad de dificultades que debe afrontar Jill: la primera es que debe mudarse y vivir con sus cuñadas y suegra, pues perdió a su esposo en la Segunda Guerra Mundial y ellas la obligan a dejar su minúsculo apartamento para poderla ayudar y cuidar; por otra parte, ella necesita encontrar un espacio para tocar el violín y desarrollarse; pero, ante todo la mayor y tremenda dificultad es la horrorosa belleza que significa para la joven madre tener una hija por primera vez.

Esta jovencita, como muchas madres primerizas, no tiene la más mínima idea de cómo cuidar a un bebé, cómo dormirlo y mucho menos cómo tratarlo. Una de sus cuñadas, Iona, asume el rol de madre, a tal punto que el día que debe dejar a su sobrina y su cuñada solas entra en shock. Hacia el final hay tal enredo de emociones, tal nerviosismo, que Jill es capaz de llegar a decisiones extremas para hacer que esa bebé, posterior narradora de la historia, pueda descansar y dejar a la propia madre en paz.

La vivencia de lo femenino

Vale la pena señalar que como lector de sexo masculino debo perderme mucho de las sensaciones que estos personajes femeninos exhalan. Por ejemplo, en estos dos últimos cuentos, la historia está tan ligada a la mujer con su cuerpo, con sus sensaciones y relaciones con la maternidad que creo que es poco probable que yo pueda sentir la historia de la misma manera que una mujer que ha vivido un aborto o que ha sido madre.

Honestamente, no veo esto como una barrera, al contrario, me parece inquietante que la narrativa de Munro comunique estas sensaciones y que haya cosas en ella que pertenecen exclusivamente a la naturaleza y la realidad de la mujer.

De otra parte, quisiera llamar la atención sobre las protagonistas de las historias: mujeres lectoras, músicas, actrices, escritoras, es decir, mujeres que están vinculadas con el arte o la cultura en quienes se ve la clara experiencia de Munro. Pero esta misma condición hace que sus personajes crezcan, sean sensibles y reconsideren sus posibilidades como creadoras.

Por esta misma condición continuamente las protagonistas se preguntan sobre qué camino tomar, sobre si deben seguir su condición como madres o amas de casa o arriesgarlo todo para ser, ante todo, dueñas de sí mismas. Además, hay que señalar que los personajes de Munro están muy bien configurados. Algunos ejemplos de trabajo tan exquisito estarían en las otras mujeres que no necesariamente son protagonistas: la señora Quinn, la señora Gorrie, la tía Iona… personajes que sin duda dan contrapeso a las historias y que ayudan a la construcción de cada una de los protagonistas.

Finalmente, quiero señalar que la propuesta estética de Munro me parece arriesgada y por lo mismo emocionante. Es poco común encontrar cuentos de ochenta o sesenta páginas. Y quiero remarcar que no estamos ante novelas cortas. No, la propuesta es escribir cuentos, con un mínimo de personajes, con una trama específica.

Munro apuesta a entrar en detalles sobre la vida cotidiana, sobre la naturaleza misma de los personajes, construirlos a profundidad y no limitarse a la anécdota, ni a una serie de acciones que sorprendan. Munro le apuesta al cuento, a darle un salto a las posibilidades orgánicas del género, sin obligarlo a convertirse en novela y así le da una dimensión superior: el cuento acepta digresión, profundos saltos temporales, flujo de conciencia y una compleja arquitectura.

Vale la pena echarle una mirada atenta a la literatura de la autora canadiense, quien ya cuenta con una obra extensa[2] y quien puede ser candidata al premio Nóbel de Literatura de este año. Cruzo los dedos.

* Lector y escritor.

Notas de pie de paágina


[1] Alice Munro publicó The love of a good woman como colección de cuentos en 1998, cuentos que habían sido publicados, en su mayoría, en otras revistas en años anteriores y que revisados y corregidos por la autora, después conformarían esta colección de 8 historias. En la traducción que llegó a nuestras manos, hecha por Javier Alfaya, José Hamad y Javier Alfaya McShane en principio por Siglo XXI en 2002, recibimos la colección, reeditada en 2009 por RBA libros, como El amor de una mujer generosa. Causa curiosidad el hecho de transformar el adjetivo good no por “buena” sino por “generosa”, indicación que para los lectores hispanos añade una indicación, adjetivación, que probablemente Munro, desde mi perspectiva, no hubiese querido asignar.  

[2] Entre los que podemos encontrar en nuestro país se encuentran los libros de cuentos Odio, amistad, noviazgo, amor y matrimonio (2010); Escapada (2005); El progreso del amor (2010); Secretos a voces (2008) y la autobiografía ficcionalizada La vista desde Castle Rock (2009), todos editados por RBA.

 

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