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Los humanos y los derechos

Escrito por Diana González
Los humanos y los derechos.

Los humanos y los derechos.

Diana GonzalesEs un hecho que los discursos sobre derechos humanos están por todas partes en el mundo contemporáneo. Pero, ¿qué entendemos realmente por este concepto? ¿Cómo lo asimilamos mental y moralmente a nuestra vida?

Diana B. González*

On Human Rights
James Griffin
Oxford Univerity Press
2008

Críticas a los derechos

En la novela La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo, el personaje Wílmar reniega en estos términos de la tendencia de la gente a justificar sus malas acciones: “¡Qué derechos humanos ni qué carajos! Esas son alcahueterías, libertinaje, celestinaje”.

La queja de Wílmar resume varias de las críticas que han sido planteadas desde diferentes orillas ideológicas contra el leguaje y la práctica de los derechos humanos. Para algunas posturas, estos derechos no son más que la exaltación del individualismo capitalista que quiere defender el poder económico de pocos y quebrar los lazos de fraternidad en las comunidades, para cuidar la capacidad de quienes tienen el dinero para decir y hacer lo que quieran (libertinaje).

Para otros, estos derechos solo llegan hasta donde llega lo que compartimos todos en tanto que seres humanos: la libertad para vivir la vida que escojamos, sin intervenciones ilegítimas de otros, incluido el Estado.

Para otros, estos derechos solo llegan hasta donde llega lo que compartimos todos en tanto que seres humanos

Pretender que esta libertad implica el deber social e institucional de ofrecer prestaciones específicas, como salud, vivienda o educación, a quienes por decisión propia no trabajan para obtenerlos, sería obligar a quienes hacen un uso responsable de su libertad, a subsidiar a quienes se aprovechan de la laboriosidad de los otros (alcahuetería).

Aunque estas posturas son extremos caricaturizados en el debate actual sobre los derechos humanos, la discusión sobre su existencia, fundamento, legitimidad y alcance, entre otros, está abierta y hasta el momento no hay una formulación de estos que alcance un consenso relativamente generalizado.


La exprimera dama estadounidense Eleanor Roosevelt sostiene una versión en
español de la Declaración Universal de los Derechos del Humanos.
Foto: Wikimedia Commons

Filosofía moral y derechos humanos

En esta discusión está inscrito el libro de James Griffin Sobre los derechos humanos. Este autor, además de reconocer que los discursos “tipo Wílmar” siguen estando presentes, constata que aun entre quienes defienden su necesidad y pertinencia, hay desacuerdos enormes.

Griffin enfatiza que, pese a que a partir de la Segunda Guerra Mundial han sido suscritos muchos instrumentos internacionales que consagran derechos humanos de diversa índole (de niños, mujeres, personas en condición de desplazamiento, etc.), esto no resuelve el vacío conceptual ni la falta de consenso sobre cuáles son y hasta dónde llegan.

Su objetivo es entonces analizar esta categoría a partir de los juicios éticos en los cuales está inscrita y cómo es aplicada en la valoración de nuestras sociedades. Busca por ello establecer la noción de derechos humanos que más se acomode a la mejor teoría ética que podamos formular.

Según el autor, su estudio ofrece un punto de partida adecuado para la crítica de diversos tratados de derechos humanos que incluyen prestaciones que, en apariencia, son derechos humanos, pero que no pasan el tamiz de un juicio razonado sobre los mismos.

La manera común de proceder por parte de los filósofos del derecho en este punto es partir de una gran teoría moral, determinar cuáles son sus valores, principios y maneras de formular juicios y, a partir de allí, derivar como consecuencias cuáles son los derechos humanos que necesariamente se siguen de esos principios (proceden de arriba hacia abajo).

Griffin propone cambiar esa manera de operar, culpable en buena medida de la indeterminación del concepto, por otra que proceda en sentido contrario, de abajo hacia arriba; es decir, que examine qué derechos humanos operan en nuestras sociedades, cuáles son los valores que defienden y qué propuesta moral los enmarca a todos.

Encuentra que lo que comparten la gran mayoría de derechos de este tipo es la protección del estatus de los sujetos como humanos, es decir, como seres racionales. A esto le denomina “agencia normativa”.

El valor de la agencia normativa, que supone la capacidad de las personas para enunciar una idea de vida buena y buscar realizarla, ofrece, a juicio del profesor Griffin, muchas ventajas, como la posibilidad de reducir la vaguedad del concepto “derechos humanos”.

La exprimera dama estadounidense Eleanor Roosevelt sostiene una versión en español de la Declaración Universal de los Derechos del Humanos.
La exprimera dama estadounidense Eleanor Roosevelt sostiene una versión en
español de la Declaración Universal de los Derechos del Humanos.
Foto: Wikimedia Commons

Lo “humano” en estos derechos

El autor es enfático en sostener que hay que individualizar de quién puede afirmarse que son estos derechos. Recalca por ello que los humanos a los cuales aplican esas protecciones se caracterizan por tener una concepción de sí mismos y de su pasado y futuro, y reflexionan y evalúan sobre las formas que debería tener una vida buena.

Como valoramos muchísimo nuestro estatus como seres humanos, incluso más que otras cosas importantes como la obtención de la felicidad, las protecciones que establecemos sobre el mismo son pocas, pero muy fuertes.

Para ser sujeto de derechos es preciso poder trazar el propio camino vital, sin estar sometido al control o dominio de otros (autonomía); tener la capacidad de elegir con base en información de calidad, lo cual quiere decir contar con un grado de educación suficiente y los recursos básicos mínimos para poder ejercer esas capacidades; y poder perseguir ese ideal de vida sin ser ilegítimamente obstaculizado por otros (libertad).

Es decir, la posibilidad de deliberar, valorar, escoger, definir y modificar nuestra idea de vida deseable, integrada en la noción de agencia, es lo que constituye nuestra personalidad y es, a la vez, lo que es protegido mediante el establecimiento de derechos humanos.

Las inevitables contradicciones

El libro de Griffin ofrece una definición sustantiva de los derechos humanos, a partir de la cual reflexiona sobre diferentes temas que son relevantes y complejos como las condiciones de titularidad, los objetos de protección, los conflictos entre derechos y otros valores, el etnocentrismo y las discrepancias entre la filosofía moral y el derecho internacional de los derechos humanos. Es difícil encontrar un libro sobre este tema tan completo y tan comprometido con la defensa de una tesis propia.

Muchas personas están hartas del discurso de los derechos humanos y la forma en que es usado por distintos bandos para justificar comportamientos que muchas veces son reprochables y contradictorios. 

Hay, en todo caso, dos problemas de la propuesta del autor que hay que señalar:

1. Su compromiso con la idea de “agencia normativa” lo lleva a negar que los niños, ciertas categorías de adultos y los animales no humanos sean titulares de derechos, sin ofrecer mayor argumentación para eso. Si lo que justifica en últimas que haya derechos humanos es la protección de determinados intereses fundamentales, parece en exceso restrictivo decir que esos intereses se reducen a la autonomía y sus garantías de ejercicio (libertad y provisión de condiciones mínimas).

2. Griffin dice usar un tipo de análisis que va de lo concreto (derechos específicos), a lo abstracto (una teoría moral). En todo caso, termina derivando por completo la noción de derechos humanos de la idea de agencia normativa, que parece ser el modo de operar de arriba (concepto moral abstracto) hacia abajo (derechos específicos), que él mismo criticó como una de las fuentes principales de indeterminación del concepto “derechos humanos”.

Al igual que Wílmar, muchas personas están hartas del discurso de los derechos humanos y la forma en que es usado por distintos bandos para justificar comportamientos que muchas veces son reprochables y contradictorios. Creo que el problema de estas discusiones es de alguna manera el problema de los seres humanos en general: que somos reprochables y contradictorios. Pese a eso, seguimos en la búsqueda difícil y muchas veces decepcionante de unos mínimos comunes que queremos resguardar, pese a que no estemos de acuerdo en las razones para hacerlo.

Carlos Gaviria nos enseñó que es necesario dar las discusiones sobre estos temas; eso implica poner también en tela de juicio nuestras creencias más firmes sobre lo que deben y no deben ser los derechos (en parte para no terminar llamando “libertino, alcahuete y celestino” a todo aquel que no está de acuerdo con nosotros). Por ideas como esa, el profesor Gaviria va a ser enormemente extrañado.

 

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