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Población LGBT: Hacerse visible es existir

Escrito por Mauricio Noguera
Orgullo lgbt

Orgullo lgbt

Mauricio NogueraLas festivas marchas gays son casi una tradición en algunas ciudades colombianas. Pero la procesión va por dentro: discriminación abierta o velada, difícil conquista de derechos elementales, desigualdad chocante en el trato de distintos L, G, B, o T, vidas torturadas y construcción gradual de una identidad reconocida. ¿Cuándo será admitido el derecho a ser distinto?

Mauricio Noguera Rojas*

La marcha del “orgullo gay” hace ya parte de una cierta tradición urbana en algunas ciudades colombianas: el domingo 26 de junio en Bogotá, Medellín, Barranquilla, Pasto y Valledupar y el 28 de junio en Manizales y Santa Marta.

Estas marchas se asocian con la conmemoración de los disturbios de 1969 en Nueva York, cuando un grupo de hombres gay reunidos en el bar Stonewall se manifestó por primera vez contra la opresión policial.

Más allá de la anécdota de Stonewall, el movimiento LGBT en Colombia se hace visible en estas fechas lo cual pone, además, en evidencia la forma como la corriente principal de los medios y el sector más conservador elaboran su propia representación del movimiento.

Un simple bar

Una aproximación al movimiento LGBT en Colombia en función de los hechos ocurridos hace años en Estados Unidos puede resultar reduccionista, pero vale la pena recordar esos sucesos para reinterpretar ciertos mitos acerca de la marcha LGBT

Stonewall no era un bar sofisticado donde se encontraran hermosos hombres gay y mujeres lesbianas, cultos y bien vestidos. Era un bar corriente al que asistían hombres afeminados vestidos de las más diversas formas, transformistas que parodiaban su identidad de género en forma estrambótica, lesbianas con duras expresiones de género masculinas y otras personas LGBT. Todos corrían el riesgo de ser penalizados por las leyes de la época.

Estas identidades raras, mal vistas, muchas de ellas pobres, rechazadas y marginales, correspondían a las personas que la policía detuvo aquel 28 de junio de 1969. Ese día las personas decidieron enfrentar la opresión que las discriminaba, las ridiculizaba y las agredía: fue el primer paso de un proceso de reivindicación y reconocimiento de derechos, que supuso un enorme reto para la población LGBT.

Reconocimiento con dos condiciones

Las primeras marchas públicas del movimiento LGBT en Estados Unidos optaron por una estrategia elemental: mostrar que eran ciudadanos y ciudadanas como todo el mundo, que tenían puestos de trabajo como contadores, abogados, profesores o eran estudiantes.

En plena coherencia, se presentaban como lo que también eran: ciudadanos encorbatados, ciudadanas en falda y maquilladas, que acataban respetuosamente las normas de género y que adicionalmente aportaban a la sociedad con su trabajo.

Se acuñaron profundamente en el imaginario colectivo dos condiciones funestas que al parecer todavía determinan el reconocimiento de los derechos del movimiento LGBT e incluso despiertan en Colombia un acalorado debate anual a raíz de la marcha LGBT:

  • En primer lugar, se condicionó el reconocimiento de los derechos individuales al aporte social y a la capacidad económica de las personas. Es decir, las personas LGBT empezaron a ser percibidas como respetables y dignas de derechos en tanto fueran productivas y aportaran al crecimiento económico del país.
  • En segundo lugar, el reconocimiento de la dignidad de las personas se condicionó a que sus expresiones de género y su construcción identitaria se adecuara a los estándares sociales aceptables. Esto implicó que siguieran siendo objeto de rechazo los hombres afeminados, las mujeres masculinas y quienes no usan prendas de acuerdo con su sexo y no se expresan según su género asignado.

Esta condicionalidad social para que las personas LGBT fueran toleradas y aceptadas, no necesariamente respetadas, se fue cuestionando y modificando con el paso del tiempo, pero también generó nuevos retos.

Explosión de identidades

Las marchas LGBT de hoy ya no son las marchas lúgubres de trajes discretos y mujeres de sastre. La música, el color, los disfraces se mezclan junto con quienes desfilan en ropa deportiva o simplemente en ropa cotidiana, sin mayor pretensión que la de salir a expresar públicamente que son gay, lesbianas, bisexuales, transgeneristas, porque están cansados de ser discriminados por lo que son.

Se ha ido abriendo paso una explosión de júbilo: a partir de esos primeros desfiles de ciudadanos productivos y bien vestidos hacia una expresión ciudadana ruidosa, sexuada, de hombres afeminados, de mujeres masculinas, de las trans que hacen show, de las transgeneristas prostitutas, de las personas L, G, B o T desempleadas que salen a reclamar por su derecho al trabajo, a la educación, a la salud.

Desde luego, los medios se concentran en un aspecto particular de la marcha, el que vende: la mujer trans estrambótica emplumada, el hombre gay afeminado, las lesbianas masculinas que se besan. Algunas de estas expresiones pueden resultar exageradas, pues en últimas es una celebración para llamar la atención.

Otras identidades más corrientes o tal vez más cotidianas, también merecen una mirada de reconocimiento social como el hombre de la peluquería, la trans pobre que se prostituye “el travesti”, la lesbiana masculina “la marimacha”. En toda su diversidad, estas expresiones no los hace menos ciudadanas o ciudadanos ni sus vidas resultan ridículas ni ridiculizables o indeseables.

Derechos inalienables

Varios factores nuevos entran en juego en estas alegres marchas ya no tan discretas: por ejemplo, un cierto control social moralizante que no quiere que en la marcha LGBT ocurra lo que precisamente reclama la misma: poder besarse en espacios públicos, tomarse de la mano y realizar expresiones de afecto como cualquier otro ciudadano.

Sin embargo, desde 2004 la Corte Constitucional resolvió que estas cuestiones no son discutibles, pues constituyen derechos inalienablessobre la base de un caso de discriminación en Santa Marta contra hombres gays. En este sentido, pueden gozar del espacio público y manifestar su inconformidad frente al entorno excluyente.

Así lo consideró también la Corte Constitucional en el 2000 cuando en Neiva un grupo de mujeres trans (travestis) interpuso una tutela para que se les reconociera el derecho a organizar un reinado público y una marcha, sin importar que los niños y las familias vieran este evento. La Corte consideró que antes de hacer un daño a la sociedad y a la difusa moral pública, se refuerza el reconocimiento de una ciudadanía pluralista, incluyente y respetuosa.

Unos peor que los otros

Sin embargo, las críticas no son solo de orden moral, sino que pueden ocultar discriminación en función del estatus social o la adscripción de clase: para algunos está bien ser LGBT, el problema es ser pobre. Ir mal vestido, tener mala educación, ejercer la prostitución o ser desempleado, es una vergüenza. Ciertas personas del establecimiento admiten gustosamente a gays y lesbianas, siempre que vayan bien vestidos, sean exitosos, ocupen elevados puestos de trabajo y tengan poder adquisitivo, como trans hermosas y exuberantes, que sean grandes actrices o hermosas cantantes.

Como si la belleza, el éxito y la capacidad adquisitiva fuera una condición para ser reconocido como ciudadanos y ciudadanas, sujetos plenos de derechos.

El hecho de ser persona

Desde luego resultan inaceptables estas consideraciones, en la medida en que una racionalidad secular legitima a todas las personas, haciéndolas interlocutores válidos y sujetos de los mismos derechos. No se pueden justificar actos de violencia más o menos válidos, en función del tipo de LGBT que sea la víctima.

El proceso de liberación de las personas LGBT es asimilable al que históricamente se ha denominado movimiento de liberación femenina: las mujeres eran dignas de respeto mientras no se vistieran provocadoramente, pues estarían incitando a la violencia sexual, en tanto fueran sumisas y mantuvieran la paz doméstica, es decir mientras se sometieran al statu quo. Pero gradualmente fueron conquistando el derecho sobre sus propios cuerpos.

En las diferentes marchas del país se han puesto en evidencia diferentes formas de ser lesbiana, gay, bisexual o transgenerista y de vivir en diferentes situaciones de vida, que en todos los casos merecen respeto y tienen derecho a ser expresadas y escuchadas.

Ningún gesto, vestuario, tono de voz, nivel educativo o situación económica justifica la exclusión y la discriminación, y mucho menos cuando ésta se manifiesta bajo diferentes formas de violencia, ya venga de los particulares o, más grave aún, del propio Estado.

Queda mucho por hacer

A pesar del excesivo cubrimiento mediático, en Colombia no se ha avanzado lo suficiente en el reconocimiento de derechos a las parejas del mismo sexo. Los conquistados hasta ahora han sido calificados como mínimos de dignidad por la propia Corte Constitucional.

Pero las mujeres trans que sufren múltiples exclusiones a lo largo de su vida aún no tienen en la práctica ni siquiera estas garantías mínimas, en gran medida por la ausencia de una ley de identidad de género.

Precisamente, esta falta de claridad en el ámbito de los derechos de la población LGBT se puede ilustrar con el hecho de que Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos se hayan visto en la necesidad de solicitar información, para iniciar acciones al respecto.  

Finalmente, en Colombia la población LGBT seguirá marchando y movilizándose a diferentes ritmos y en diferentes ciudades, mientras subsistan formas de discriminación, incluso como la de reconocer derechos a unos LGBT en perjuicio de otros.

A pesar de todo, se han ido conquistando nuevos derechos y se van destruyendo viejos mitos. El próximo mes de julio posiblemente será memorable en Colombia: se definirá el matrimonio igualitario para las parejas del mismo sexo, quedando aún muchos retos más por superar.

* Abogado y candidato a la Maestría en Estudios de Género de la Universidad Nacional de Colombia. Coordinador del proyecto de derechos humanos de la organización Colombia Diversa.

 

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