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Brasil: lo que se juega en la segunda vuelta de las elecciones

Escrito por Andrés Molano

Andrés Molano Felipe Zarama “Es el país del futuro…que siempre lo será”. Cuáles son los temas y las fuerzas que se medirán este domingo en el país gigante del asistencialismo, la clase media, el descontento y el contraste perpetuo entre la realidad y los deseos.

Andrés Molano Rojas* – Felipe Zarama Salazar**

Lulismo o Petismo

Durante las últimas dos décadas y media Brasil ha experimentado la que bien podría ser la transformación más importante de su historia, desde su pactada separación de la Corona portuguesa y la proclamación del Imperio en 1822.

A lo largo de estos veinticinco años Brasil logró completar su transición democrática, iniciada bajo el mandato de José Sarney (1985-1990) y ha superado con éxito las pruebas de longevidad y alternancia propias de la consolidación.

Tras el infortunado gobierno de Collor de Mello (1990-1992) y el crítico interregno de Itamar Franco (1992-95), Fernando Henrique Cardoso (1995-2003) logró sentar las bases de una estabilidad económica sin precedentes y llevó al país a una relativa solidez institucional que su sucesor, Luiz Inacio "Lula" da Silva (2003-2011) supo aprovechar muy bien y que acabó de cosechar la actual presidenta, Dilma Rousseff, desde su llegada a Planalto en 2011.

El "Lulismo" es una equilibrada combinación de mito, discurso y activismo.

Para buena parte de la opinión pública en Brasil, y aun para los comentaristas extranjeros, esta gran transformación lleva sobre todo el sello personal de "Lula" da Silva, un exsindicalista mucho menos reformista, mucho menos radical, mucho menos estatista, y en general, mucho menos a la izquierda del espectro político de lo que hubieran querido sus seguidores más emocionales o sus socios políticos de ocasión (como Hugo Chávez).

En realidad, el "Lulismo" es una equilibrada combinación de mito, discurso y activismo, antes que una elaborada doctrina política. Bien podría decirse que el "Lulismo" es una fórmula que hicieron posible el carisma de "Lula", su aprendizaje personal de la derrota electoral, el legado "ortodoxo" de Fernando Henrique Cardoso, una favorable coyuntura política y económica internacional (traducida en un intenso activismo de Brasil como “potencia emergente” y en una bonanza basada en la exportación de materias primas a China, entre otros), así como el avance de su propio partido, el Partido de los Trabajadores (PT).

En 12 años, el PT ha ido convirtiéndose virtualmente en un Estado dentro del Estado (que bien cabría comparar, salvadas las distancias, con el PRI mexicano o con el CNA surafricano) y que a falta de un control parlamentario absoluto (reflejo de la gran dispersión partidista y de la fragmentación de la izquierda brasilera), se ha vuelto imprescindible para la gobernabilidad a nivel estadual.

Por la vía del control del Ejecutivo, el PT dispone de una inmensa maquinaria burocrática, que comprende no solo una masa enorme de funcionarios sino, especialmente, toda suerte de procedimientos y trámites sin los cuales es casi imposible hacer cualquier cosa o sacar adelante cualquier iniciativa.

La candidata a la presidencia de Brasil, Marina Silva.
La candidata a la presidencia de Brasil, Marina Silva.
Foto: Talita Oliveira

Por eso resulta pertinente distinguir el “Lulismo”, ya mencionado, del “Petismo”, el régimen político construido por el PT durante su tiempo en el poder, con la aquiescencia de Lula primero y la obligada tolerancia de Dilma después, y que los brasileros asocian con episodios de corrupción como el llamado “mensalão” (escándalo de las mensualidades, revelado en 2005, que involucró a varios líderes políticos de distintos partidos en una oscura trama de prácticas entre el Gobierno y el Legislativo).

Esa distinción, sin embargo, no resulta tan sencilla ni tan evidente para muchos brasileros, especialmente para los beneficiarios de las políticas sociales adoptadas o reforzadas bajo el “Lulismo”, quienes temen que la salida del PT del poder implique un retroceso o el desmonte sin anestesia del asistencialismo.

Las dos vueltas

La primera vuelta de las elecciones presidenciales tuvo un resultado bastante cercano al que  anunciaban las encuestas. En el último mes de campaña, la candidata del Partido Socialista, Marina Silva, que en agosto se vislumbraba como la más seria amenaza a la continuidad de Dilma y del PT, sufrió el impacto del “efecto espuma”, y tras el aumento súbito de sus opciones (luego de su designación en reemplazo de Eduardo Campos, fallecido en un accidente aéreo) se desplomó con igual rapidez.

En contraste, las preferencias electorales volvieron a favorecer a la candidata-presidente y al opositor Aécio Neves, del Partido de la Social Democracia Brasilera (PSDM).

No le bastó a Marina Silva con el impacto emocional de la muerte de Campos, ni con haberse reclamado también, aunque sin bendición formal, “heredera de Lula” (en cuyo gobierno ocupó la cartera de Medio Ambiente), ni con haber sido la única en presentar un programa de gobierno por escrito. A la postre, fue víctima de su propia ambigüedad, de sus contradicciones y de su transfuguismo político.

El Ex-presidente brasileño, Luiz Inacio “Lula” da Silva.
El Ex-presidente brasileño, Luiz Inacio “Lula” da Silva.
Foto: World Economic Forum

La victoria de Rousseff en la primera vuelta (41,59 por ciento de los votos, frente a Neves con el 33,55 por ciento y Silva con el 21,32 por ciento) quizá se haya debido al descarte, a la inercia y, sobre todo, al temor que inspira la idea de que “sin Petismo no hay Lulismo”. En ese sentido, quizá el gran vencedor del 5 de octubre haya sido Lula da Silva.

No obstante lo anterior, nada puede darse por descontado en la segunda vuelta que tendrá lugar el próximo 26 de octubre. La votación obtenida por Aécio Neves no es nada despreciable, ni tampoco el hecho de que Marina Silva haya acabado endosando su candidatura.

Pues al mismo tiempo que hay miedo de perder los avances sociales, hay un agotamiento del modelo petista; y sobre Dilma Rousseff pende además, como una espada de Damocles, la difícil situación económica de Brasil: desaceleración (en realidad, recesión técnica), inflación al límite de las previsiones, desindustrialización y pérdida de competitividad, entre otros problemas.

Analizando las diferencias geográficas y económicas, se encuentra que el grueso del electorado del PT se ubica en el noreste y entre las clases menos favorecidas, mientras que Neves obtuvo la mayor parte de su votación en la clase alta y media alta, residente sobre todo en el sudeste y en las grandes ciudades.

El gran árbitro de la contienda electoral será pues la clase media. Una clase que se ha expandido considerablemente durante los doce años de gobierno del PT, pero que al mismo tiempo se siente descontenta con su situación laboral y financiera, con la calidad de los servicios públicos y que, adicionalmente, es la más vulnerable frente a la contracción económica.

Esta clase media no tiene una afinidad política definida, pero se ha convertido en la protagonista indiscutible de la movilización social por la demanda de atención a sus problemas y la satisfacción de sus cada vez más ambiciosas aspiraciones.

En este contexto, resulta diciente que, a pesar de los escándalos, la corrupción no juegue en realidad un papel importante en el debate político. Como en otras tantas ocasiones, lo crucial para los electores no es necesariamente la altura moral, sino la promesa de desempeño eficaz que puedan ofrecer los candidatos.

Entre la realidad y el deseo

“Brasil es el país del futuro (…) y siempre lo será”, dicen que afirmó una vez el general Charles de Gaulle.

Y la verdad es que, de cara a las votaciones del próximo 26 de octubre, los brasileños se enfrentan al duro contraste entre la realidad y los deseos.

El deseo de ser una “potencia emergente”, no solo en el plano regional sino global, contrasta con la realidad de su muy limitada influencia sobre los grandes asuntos de la política mundial, con el “retraimiento” que ha caracterizado al gobierno Rousseff, o con el hecho de que estar en los BRICS no significa que Brasil disponga de los recursos necesarios para cumplir con el aporte de capital que le corresponde en el Nuevo Banco de Desarrollo, creado por el grupo en la cumbre de Fortaleza a mediados de este año.

Resulta pertinente distinguir el “Lulismo”, ya mencionado, del “Petismo”, el régimen político construido por el PT durante su tiempo en el poder.

El deseo de construir una sociedad más igualitaria por la vía de expandir la clase media contrasta con la precariedad y la vulnerabilidad en la que se encuentran muchos de los 40 millones de brasileros que han salido de la pobreza, pero que en cualquier momento podrían volver a ella, solo que con una frustración aún mayor que tendría profundas implicaciones en materia de gobernabilidad y estabilidad social y política.

El deseo de ser una de las grandes economías del mundo contrasta con la realidad de que, más allá de las cifras, la estructura de su economía sigue siendo, en lo fundamental, la de un país periférico, relativamente mal insertado en la economía global, dependiente de la exportación de materias primas, que pone trabas de todo tipo al emprendimiento individual y donde la pobreza se combate sobre todo por la vía de la redistribución antes que mediante la creación de nueva riqueza.

Este será el gran desafío del próximo cuatrienio: cerrar la brecha entre la realidad y el deseo, entre el futuro imaginado y el presente acuciante. Un desafío que exigirá profundas reformas y sacrificios, si Brasil no quiere resignarse a seguir siendo, eternamente, el país del porvenir.

 

*Profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario, catedrático de la Academia Diplomática Augusto Ramírez Ocampo, director académico del Observatorio de Política y Estrategia en América Latina del Instituto de Ciencia Política Hernán Echavarría Olózaga.

**Investigador de la Facultad de Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario, coordinador operativo del Observatorio de Política y Estrategia en América Latina del Instituto de Ciencia Política Hernán Echavarría Olózaga.

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