La política mundial: una década de turbulencia - Razón Pública
Inicio TemasInternacional La política mundial: una década de turbulencia

La política mundial: una década de turbulencia

Escrito por Andrés Molano
Andrés Molano Rojas

Andrés Molano RojasEl intento turco-brasileño de mediar en Irán, la flotilla de Gaza y wikileaks pueden leerse como síntomas y al mismo tiempo como anuncios de tres cambios de fondo en el orden político mundial.

Andrés Molano-Rojas*

Un alboroto magnífico

Politica mundialEn un espléndido ensayo el profesor Erwin Panofsky llegó a describir una vez el barroco como un "alboroto magnífico", resultado apenas lógico del movimiento incesante, la riqueza del color y la composición, y los efectos teatrales que produce el juego libre de la luz y de la sombra. Un estilo, en síntesis, desregulado, sobreabundante, lleno de ambigüedades y contradicciones, de grandes volúmenes y de espejismos.

¿No podría decirse lo mismo de la política internacional contemporánea? No constituyen acaso los acontecimientos de la década recién concluida, mirados en su conjunto -los ataques del 11 de septiembre, la intervención militar en Irak, la crisis de las economías más avanzadas de Occidente, la independencia de Kosovo, la guerra del verano de 2008 en el Cáucaso, el multifacético dinamismo de los BRIC (Big Rapidly Industrializing Countries o también Brasil. Rusia, India y China), la proliferación de Estados fallidos, la expansión y diversificación del terrorismo, la lenta y frustrante respuesta mundial al cambio climático, la alevosa conducta de algunos Estados canallas (como Corea del Norte e Irán), la guerra de monedas y los vaivenes del proceso de integración europea-, un ejemplo perfecto de "alboroto magnífico"?

El mundo barroco del siglo XXI

El equivalente geopolítico del barroco es la apolaridad: una configuración del sistema internacional quizá sin precedentes en la historia de las relaciones internacionales, pero que ha resultado ser, a la postre, la verdadera aunque imprevista consecuencia del fin de la Guerra Fría.

En efecto, el mundo de hoy no es, evidentemente, el del "fin de la historia" (con la consecuente primacía de Occidente y su corolario, el incontestable liderazgo de los Estados Unidos). Pero tampoco el de un Armagedón de civilizaciones (a pesar de lo que puedan sugerir las apariencias y el tono de algunos titulares de prensa). Es, más bien, un mundo fragmentado, en el que no uno, ni dos, ni algunos pocos Estados establecen las reglas del juego, sino una nómina heterogénea, variopinta y asimétrica de actores que concurren en la escena internacional, acumulando y movilizando diversas formas de poder. Un mundo donde expresiones como orden o potencia, alianza o alineamiento, seguridad y amenaza, han perdido buena parte de su contenido y de su capacidad para describir y explicar la realidad. Y donde, además, las normas, los procedimientos y los acuerdos que constituyen la arquitectura institucional existente (fraguada en gran parte durante los 40 años que duró la Guerra Fría) se ven con frecuencia desbordados por la complejidad de los problemas que deberían contribuir a resolver, o por lo menos mitigar, dando la impresión de ser no solo ineficaces, sino incluso contraproducentes.

2010, un año de evidencias

En ese sentido, 2010 constituye un epítome del decenio que concluye. Tres acontecimientos sirven muy bien para poner en evidencia la magnitud y la profundidad de las transformaciones que vienen produciéndose en el orden político mundial:

    1. El intento turco-brasilero, aunque fallido, de intervenir motu proprio en la resolución del contencioso nuclear iraní, al margen del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (en el que, dicho sea de paso, Brasil aspira a obtener un puesto permanente).
    2. El también fallido, pero enormemente significativo, convoy humanitario organizado por diversos grupos de activismo transnacional con el fin de romper el bloqueo israelí a la Franja de Gaza, cuya interceptación por la fuerza acabó representando para Israel uno de los mayores fiascos políticos y diplomáticos de su historia.
    3. Las filtraciones de los memorandos del Departamento de Estado de los Estados Unidos, que aunque desdibujadas por el egotismo del señor Assange y el sensacionalismo de los medios de comunicación, tendrán un impacto en la política internacional (y ojalá en la política interna de varios Estados) cuyas implicaciones es todavía prematuro calcular.
  • Para empezar, la inopinada propuesta de Erdogan y Lula quizá no haya logrado su cometido específico. Pero encarna muy bien dos fenómenos cada vez más notorios y recurrentes, e íntimamente conectados. Por un lado, la erosión del monopolio que tradicionalmente han ejercido las grandes potencias (o para llamarlas de otro modo, las "potencias históricas") sobre las dinámicas más importantes de las relaciones internacionales (como en este caso la proliferación nuclear). Por el otro, la reivindicación creciente, por parte de otros Estados (no solo las llamadas "potencias emergentes" como Turquía y Brasil, sino incluso Estados pequeños y habitualmente marginales), de su legítimo derecho a participar e intervenir activamente en el encauzamiento de esas mismas dinámicas, no para defender o promover una determinada ideología ni como meros insurgentes geopolíticos, sino para proyectar más autónomamente su interés nacional.
  • Por su parte, nada resume mejor el significado del incidente de la flotilla humanitaria que la valoración que hiciera en su momento Aziz Dweik, presidente del Consejo Legislativo Palestino: "La flotilla ha hecho por Gaza más que diez mil cohetes". En efecto, el activismo humanitario transnacional parecería haber logrado con esa intrépida acción lo que tantas veces no han conseguido ni el terrorismo de Hamas, ni el cabildeo pro palestino, ni la diplomacia europea, ni la política de incentivos y presiones de Washington para Tel Aviv:  que Israel acabara reculando en el tema del bloqueo, y que la causa palestina cotizara mejor que nunca en la agenda internacional, como lo refleja cabalmente el aumento del número de Estados (entre ellos varios latinoamericanos) que hoy por hoy reconocen, al margen del estancado proceso de paz, la existencia de un Estado Palestino dentro de las fronteras de 1967.
  • Y por último, aunque tenga mucho de ocasión perdida, la hazaña de Assange prefigura el protagonismo que en el futuro tendrán, en la política internacional, individuos como él, mega-empoderados. Que ese mega-empoderamiento se derive además de una información aparentemente recaudada e inventariada al margen de cualquier gobierno o interés corporativo, refuerza aún más su carácter inédito y premonitorio.

Como síntomas que son del proceso de cambio que actualmente afecta a la política internacional, estos sucesos (como tantos otros ocurridos en lo que va corrido del siglo) refuerzan la pertinencia de algunas preguntas que hasta ahora han sido abordadas solo parcialmente por teóricos y analistas de las Relaciones Internacionales. Pero sobre todo anticipan, en su turbulencia, los próximos diez años.

Los próximos diez años

Es verdad que un campo como el de la política internacional es poco propicio para la prognosis, incluso aunque se la presente con el decoroso maquillaje de la prospectiva. Esa es una de las lecciones de los últimos veinte años. Casi nunca las cosas ocurren en la forma prevista, y cada vez hay que admitir con mayor frecuencia la contundente realidad de lo que poco antes parecía inimaginable.

Pero hay suficientes indicios y tendencias tan reiteradas que sería ingenuo (e irresponsable) ignorarlas o desdeñarlas deliberadamente. A menos que un acontecimiento límite altere radicalmente el curso de la historia, la década que acaba de empezar será tan turbulenta como la anterior; y en las raíces de la turbulencia es relativamente fácil identificar al menos tres factores catalizadores (sin querer conformar con ellos un catálogo de enumeración restrictiva):

  1. La transformación del Estado (no necesariamente su declive o su sustitución definitiva) como modelo de organización política, tanto en su relación con la sociedad (en el plano interno y transnacional) como con la economía, ya sea que se trate de los Estados modernos más consolidados, de Estados nacientes de dudosa viabilidad (como Kosovo o Sudán del Sur), o de Estados periféricos con precarios niveles de dominación y desarrollo institucional.
  2. La variación de la estructura del sistema internacional, como consecuencia de la aparición de nuevas fuentes de poder, la intensificación de la distribución asimétrica de los recursos (materiales y simbólicos), la atomización y la proliferación de centros de acumulación y la constatación de las limitaciones de sus formas más tradicionales (como las capacidades militares) para determinar el resultado de las dinámicas internacionales.
  3. El desacoplamiento, cada vez más agudo, entre la institucionalidad internacional existente y las demandas, expectativas y necesidades de una sociedad internacional ensanchada y diversa, con la consecuente pérdida de legitimidad y la crisis del derecho internacional y de los modelos clásicos de negociación, de solución de controversias y de diplomacia multilateral.

Turbulencia, no catástrofe

A pesar de lo que pudiera creerse, lo anterior no constituye el preludio de una catástrofe geopolítica global inevitable.  El futuro no tiene por qué tener forzosamente un rostro spengleriano.

Por paradójico que parezca, cada uno de estos factores de perturbación contiene en sí mismo el principio de su propia neutralización. El actual mundo apolar y barroco probablemente constituya apenas un momento de transición en la historia de la política mundial, un instante entre un mundo ya muerto (el de la excepcional bipolaridad soviético-norteamericana) y otro todavía incapaz de nacer.

Entre tanto, la turbulencia, bajo la forma de tensión y conflicto latente, de estallido inminente pero invariablemente dilatado, de frustración y pérdida de referentes, de aporías aparentes y de milenarismos, estará a la orden del día. Pero no hay razón para pensar que vayan a faltar las oportunidades de encontrarle, a pesar de las dificultades, una salida placentera. Una suerte de happy end, que como dijo Panofsky, también es un rasgo típicamente barroco. 

* Profesor de la Universidad del Rosario y de la Academia Diplomática de San Carlos. Asesor del Centro de Estudios Estratégicos sobre Seguridad y Defensa Nacionales de la Escuela Superior de Guerra.

twitter1-1@andres_molanor

Artículos Relacionados

Dejar un comentario

Este sitio web utiliza cookies para mejorar tu experiencia. Leer políticas Aceptar

Política de privacidad y cookies