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El talentoso señor Maduro

Escrito por Andrés Molano

Aunque es subestimado por muchos, Nicolás Maduro ha demostrado un enorme talento para blindar al régimen chavista por la vía de la diplomacia. Ha logrado mantenerse, pero enfrenta una grave crisis de gobernabilidad ¿Aguantará?

Andrés Molano Rojas*

Más que un chófer del Metro

Una de las facetas de la vida del pintor Rubens que menos conoce el público profano es la de su intensa experiencia diplomática al servicio de la Casa de Austria en varias Cortes europeas.  Cuentan que una vez el rey Felipe IV de España lo presentó como un talentoso diplomático que en su tiempo libre se dedicaba a la pintura, a lo cual Rubens contestó que en realidad era un talentoso pintor que en su tiempo libre se entretenía con la diplomacia.

La anécdota bien podría extrapolarse al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.  Subestimado por muchos como sucesor de Hugo Chávez por su relativa carencia de ascendiente sobre varios sectores del Chavismo, por su limitado carisma personal, y por su propia historia de vida, Maduro parece haber demostrado a lo largo del último año ser mucho más que un ex chófer de metro, sindicalista sin mayor formación académica y heredero inopinado (y acaso improvisado) del caudillo. 

En cambio, ha sabido desplegar un gran talento diplomático para blindar el régimen chavista y proteger su propia investidura frente a los desafíos de gobernabilidad que ha tenido que enfrentar desde el momento de su proclamación como presidente (14 de abril de 2013) y cuyo último episodio —inaugurado por las movilizaciones estudiantiles del pasado 12 de febrero— está aún lejos de concluir, pero que hasta ahora ha sorteado  un éxito sorprendente, al menos en el plano internacional.

Maduro parece haber demostrado a lo largo del último año ser mucho más que un ex chófer de metro, sindicalista sin mayor formación académica y heredero inopinado (y acaso improvisado) del caudillo.  

Semejante habilidad tal vez sea el resultado de su propia experiencia, acumulada durante el tiempo en que estuvo al frente del Ministerio del Poder Popular para los Asuntos Exteriores (2006-2013). Desde esta posición privilegiada tuvo ocasión de consolidar los instrumentos de la política exterior chavista: la diplomacia del petróleo; el alineamiento y el abanderamiento ideológico; la retórica revisionista del orden internacional; la construcción de redes clientelares y la promoción de nuevas formas de institucionalidad regional. También aprendió la lección dentro del Chavismo a lo largo de su trayectoria histórica y, especialmente, a partir del fallido golpe de Estado contra el comandante Chávez en abril de 2002, que sirvió de advertencia.

Como consecuencia del trauma derivado de aquella intentona de golpe, el Chavismo concluyó —con acierto— que su supervivencia política dependía de factores de gobernabilidad internos. Pero también entendió la importancia de neutralizar cualquier posibilidad de intervención externa y comprometer a su favor a la  comunidad internacional en caso de una eventual crisis. Le preocupaba la actitud  de los demás Estados de la región, cuya respuesta al golpe  de 2002 había sido tan ambigua como amenazante [1].


Jornada de protesta estudiantil el pasado 16 de
febrero en Venezuela. 
Foto: Kira Kariakin 

El papel de UNASUR

Maduro demostró desde el principio hasta qué punto la lección había quedado aprendida.  Y comprobó, por sí mismo, la eficacia de la compleja urdimbre diplomática que él mismo, como canciller, había contribuido a entretejer.

Así, cuando el estrecho margen de su victoria (apenas 234.935 votos) frente al candidato de la Mesa de Unidad Democrática  -el opositor Henrique Capriles- y los hechos subsiguientes de violencia en distintos lugares del país estuvieron a punto de poner en entredicho su liderazgo dentro del Chavismo y la perpetuación del régimen en el poder, no dudó en aprovechar el que desde entonces se convirtió en el principal mecanismo de su estrategia de blindaje/neutralización internacional:  la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR).

Como toda organización internacional, UNASUR tiene potencial para contribuir a la gobernanza internacional: puede facilitar la cooperación entre los Estados miembros, reducir los costos de transacción entre ellos, facilitar la resolución de controversias, coordinar la acción interestatal y agilizar el proceso legislativo internacional.  Pero también puede servir para que los Estados miembros lleven a cabo operaciones de lavado (laundering). Dicho de otro modo, las organizaciones internacionales pueden fungir como instrumentos de legitimación de los intereses particulares y de conductas de los Estados que, de otro modo, serían inaceptables. También pueden acabar sirviendo para convalidar determinadas situaciones de hecho revistiéndolas de un manto de legalidad [2].

Las organizaciones internacionales pueden fungir como instrumentos de legitimación de los intereses particulares y de conductas de los Estados que, de otro modo, serían inaceptables.

Eso fue, precisamente, lo que ocurrió en esa oportunidad.  En una declaración adoptada en la madrugada del 19 de abril de 2013, UNASUR dio por cerrada la discusión sobre el resultado de los comicios al saludar al Presidente Nicolás Maduro por los resultados de los comicios y su elección como Presidente de la República Bolivariana de Venezuela” y refrendó el dictamen oficial instando “a todos los sectores que participaron en el proceso electoral a respetar los resultados oficiales de la elección presidencial emanados del Consejo Nacional Electoral (CNE), autoridad venezolana competente en la materia”.

Cumplido el objetivo de ver reconocida su investidura internacionalmente —y bloqueando así la acción de cualquier otra instancia multilateral—, Maduro actúo estratégicamente: no tuvo problema en que dicha declaración se reflejara en la decisión del Consejo Nacional Electoral de “implementar una metodología que permita la auditoría del total de las mesas electorales” —una auditoría que jamás ocurrió—, tampoco puso reparos a una comisión de UNASUR para verificar la investigación de los hechos violentos del 15 de abril de 2013. Tal vez preveía -como en efecto sucedió- que nadie volvería a hablar de tal comisión.

El mismo modus operandi acaba de utilizar Maduro en medio de la crisis que atraviesa Venezuela.  El pasado 12 de marzo el Consejo de Ministros de relaciones Exteriores de UNASUR le dio su respaldo y resolvió apoyar sus esfuerzos “para propiciar un diálogo entre el Gobierno, todas las fuerzas políticas y actores sociales con el fin de lograr un acuerdo que contribuya al entendimiento y la paz social”, al tiempo que accedía a su solicitud de crear una comisión integrada por Ministros de Relaciones Exteriores de los países de UNASUR para que apoye y asesore el “diálogo político amplio y constructivo orientado a recuperar la convivencia pacífica en Venezuela” en el marco de la “Conferencia Nacional de Paz” de iniciativa —obviamente— gubernamental.

Ni una palabra sobre los derechos y libertades individuales, como la libertad de reunión y de movilización, ni sobre el debido proceso, manifiestamente vulnerados por el gobierno  venezolano. Ni una palabra sobre las garantías al ejercicio de la oposición política y silencio total sobre las acciones de los “colectivos” armados.  Solamente una vaga alusión al “respeto a los Derechos Humanos y a las libertades fundamentales”. Eso sí, una perfecta sintonía con la preocupación atávica del chavismo “ante cualquier amenaza a la independencia y soberanía de la República Bolivariana de Venezuela”.


Reunión de cancilleres de Unasur, el pasado 12 de
marzo, reunidos para discutir la situación de Venezuela.
Foto: Ministerio de Relaciones Exteriores

¿Un parapeto inexpugnable?

No cabe duda de que Maduro ha encontrado en UNASUR un parapeto inexpugnable del que se sirve hábilmente con varios propósitos:

· Al apelar a la institucionalidad suramericana —que opera a la medida exacta de sus necesidades— anula completamente cualquier otra alternativa institucional, como la Organización de Estados Americanos (OEA), relegada a un papel insulso, a pesar del intrépido —aunque por ahora completamente inocuo— activismo panameño. 

· Convalida su “Conferencia Nacional de Paz”, al tiempo que arrecia la persecución y el amedrentamiento a la oposición, sobre la cual crea un mecanismo de presión expedito (la “Comisión de Cancilleres”), para imponerle unilateralmente, y con la aquiescencia internacional, sus propias reglas de juego.

· Como si fuera poco, reivindica la sacralidad de su investidura y sataniza cualquier opción de cambio político como evidencia de una conspiración contra la independencia y la soberanía venezolanas.

Y sin embargo, Maduro podría estar tentando su propia suerte.  El hecho de que su estrategia de lavado en UNASUR le haya funcionado también en esta oportunidad no garantiza que vuelva a funcionarle más adelante. 

No cabe duda de que Maduro ha encontrado en UNASUR un parapeto inexpugnable del que se sirve hábilmente con varios propósitos

A medida que aumente la ingobernabilidad —como es probable que suceda durante los próximos años—, la propensión del régimen a perpetuarse recurriendo a medidas cada vez más excesivas acabará por reducir su margen de maniobra también en el plano internacional.  Ojalá no sea demasiado tarde entonces para que Maduro descubra que aunque UNASUR le sirve de parapeto, no es con esta organización que se gobierna a Venezuela, sino con los venezolanos.

 

* Profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario, catedrático de la Academia Diplomática San Carlos, director académico del Observatorio de Política y Estrategia en América Latina del Instituto de Ciencia Política Hernán Echavarría Olózaga.
twitter1-1@andres_molanor

Notas:

[1] El gobierno de Colombia, por ejemplo, acabó otorgando asilo político al efímero “presidente” Pedro Carmona Estanga.  Y a su vez, la XXXII Asamblea General de la OEA aprobó una declaración que calificaba los hechos del 11 de abril como "una grave alteración del orden constitucional y una ruptura de la democracia", y no como un golpe de Estado, según lo exigía (y esperaba) Venezuela.

[2] También se ha señalado, por ejemplo, que no es lo mismo “usar la fuerza unilateralmente y motu proprio, que hacerlo con licencia del Consejo de Seguridad de la ONU.  De ahí que en su momento los EE.UU buscaran afanosamente -y hasta el final- el aval del Consejo para intervenir militarmente en Iraq, contra el régimen de Sadam Husein.  A la postre actuaron sin dicha autorización, pero hubieran preferido hacerlo contando con ella”.  Véase: “Lavandería Unasur”, El Nuevo Siglo, 17 de marzo de 2014.

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