¿Qué va a pasar con las adhesiones a Santos? - Razón Pública
Inicio TemasPolítica y Gobierno ¿Qué va a pasar con las adhesiones a Santos?

¿Qué va a pasar con las adhesiones a Santos?

Escrito por Efraín Sánchez

¿Por qué adhirieron a Santos los más diversos sectores y qué esperan de su segundo gobierno? Buena parte del futuro político depende de cómo se resuelva esta pregunta.

Efraín Sánchez*

Adhesiones oportunas

Si hay algo claro en torno al triunfo del presidente Santos en la segunda vuelta es que este se logró gracias a las adhesiones de última hora de los sectores más disímiles de la política colombiana.

Quizás nunca sabremos qué tanto jugaron en esa victoria las maquinarias, la “mermelada”, la supuesta compra de votos, la intensa actividad en los días anteriores a la elección de líderes del lado santista, desde el expresidente César Gaviria para abajo, o cuánto se debió al voto de quienes estaban satisfechos con la gestión del presidente y quisieron reelegirlo.

Pero lo cierto es que hoy el presidente electo sería Óscar Iván Zuluaga y no Santos de no haber sido por el apoyo de la izquierda y otras tendencias, particularmente de Clara López y del alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, de la Alianza Verde, de Antanas Mockus y de tantas organizaciones de maestros, sindicalistas y empresarios que se agruparon bajo la consigna de votar por la paz.

Gracias principalmente a estas adhesiones, Santos consiguió remontar la ventaja que le sacó Zuluaga en la primera vuelta y sumar los 912.000 votos adicionales con los cuales acabó por ganar. Porque parece claro que la acción de las locomotoras de la prosperidad, e incluso los resultados parciales que conocemos de las conversaciones con las FARC en La Habana no le habrían dado suficientes garantías para ser reelegido.

Si hay algo claro en torno al triunfo del presidente Santos en la segunda vuelta es que este se logró gracias a las adhesiones de última hora de los sectores más disímiles de la política colombiana.

Un triunfo con aristas

Aunque el triunfo de Santos fue claro (si bien no tan “contundente” como algunos pretenden) hay en él muchas aristas que importa señalar.

En primer lugar, si la consigna pública fue votar por la paz, nadie tenía la certeza de que Santos la fuera a lograr. Existía, sí, la convicción de que la posibilidad de un acuerdo de paz con la guerrilla era mucho más remota con Zuluaga y el expresidente Uribe en el poder.

Y la afirmación de Zuluaga, tras su alianza con Marta Lucía Ramírez, de que no suspendería las conversaciones de La Habana, al menos inmediatamente, no convenció a nadie.

En segundo lugar, es patente que ni Clara López, ni Petro, ni Mockus adhirieron a Santos precisamente por el talante democrático y conciliador que veían en él, sino más bien por el talante antidemocrático y pendenciero que veían en Uribe y su candidato Zuluaga.

Las primeras declaraciones de Uribe tras conocerse la victoria de Santos así lo confirmaron, aunque es justo resaltar el tono amistoso del discurso con el que Zuluaga reconoció su derrota.

En tercer lugar, es difícil imaginar a López, Petro y Mockus creyendo en un Santos reformista, ni siquiera después de que el presidente dijera que bajo su gobierno se iba a cambiar lo que hubiera que cambiar y reformar lo que hubiera que reformar.

A decir verdad, pocos ven diferencias de importancia entre el modelo económico de Zuluaga y el de Santos. Igualmente, por lo que parece, las reformas de la justicia, la educación y la salud tienen tantas probabilidades de éxito con Santos como las tendrían con Zuluaga, es decir, pocas.

En resumen, parece obvio que en las adhesiones a Santos de las dos semanas anteriores a la elección no hubo ingenuidad, ni falsas ilusiones, ni expectativas desmedidas. Tampoco puede decirse que el voto por Santos hubiera sido exclusivamente un voto por la paz, o contra Zuluaga (es decir, Uribe). Hubo algo de las dos cosas.


El Alcalde Mayor Gustavo Petro, junto con el 
vicepresidente electo Germán Vargas Lleras.
Foto: 
Gustavo Petro Urrego

Alianzas inesperadas

También hubo la convicción de que Colombia debe buscar nuevos caminos para solucionar sus múltiples y graves problemas. Uno de ellos es la unidad en torno a causas comunes; una unidad que puede incluso suponer las alianzas y las transacciones más insospechadas.

Antes de esta elección habría sido inimaginable que a un miembro del Polo o del grupo Progresista se le hubiera siquiera cruzado por la mente la idea de votar por alguien de la derecha como Santos. Pero no solo se les cruzó por la mente sino que lo hicieron, y esto es un hecho histórico por varios motivos.

No fue la primera vez en la historia de Colombia que sucede algo así. Tanto en el pasado como en el presente en las corporaciones públicas se han visto alianzas peculiares entre la derecha, la izquierda y el centro para impulsar o derribar una ley o lograr otro fin específico.

Lo inusual y francamente histórico en este caso es que, en términos generales, no hubo alianzas, ni coaliciones, ni cooptación de la izquierda por el partido del presidente. Se trató de adhesiones por una causa, aparentemente sin intereses de por medio.

Al menos en público – y es creíble que también en privado – los líderes de izquierda y centro que impulsaron el voto por Santos han manifestado que no buscaban puestos ni gabelas de ninguna especie. Es más, algunos han dicho que no desean ni van a estar en el nuevo gobierno de Santos, sino en la oposición.

Pero incluso si sucede que algunos miembros de los sectores que adhirieron a Santos lleguen al gobierno (en las redes sociales se habla por ejemplo de Mockus como ministro de Educación), lo cierto es que la victoria de Santos no significa en modo alguno que el Polo, o los progresistas, o los mockusianos, sean ahora parte de la unidad nacional santista y que la oposición haya quedado exclusivamente en las cabezas de Uribe y Zuluaga.

Esto, obviamente, sería desastroso para la democracia colombiana y para el futuro inmediato del país en todos los campos.

Retos políticos

Así las cosas, los retos políticos para Santos son inmensos. No es cierto que con estas adhesiones se hubieran resuelto los problemas de gobernabilidad en el Congreso.

Sigue teniendo allí una férrea y numéricamente muy considerable oposición uribista y conservadora, y no tiene garantizado el apoyo de la izquierda, o los verdes, o los simpatizantes de Mockus.

El gobierno reelecto tendrá que hacer malabarismos muy imaginativos para ganar el apoyo mancomunado a propuestas específicas de sectores tan disímiles como el conservatismo, el Polo y la Alianza Verde.

Esto no va a ser sencillo: Uribe y Zuluaga van a hacer valer su 45 por ciento de votación, su poder en Antioquia, el eje cafetero y parte de Bogotá, y sobre todo su poder en el Congreso.

Colombia ha pasado tiempos difíciles, y los que vienen no van a ser fáciles. Sigue en pie el reto de la paz con la guerrilla y, cuando este se logre, vendrá el del llamado posconflicto.

Ni Clara López, ni Petro, ni Mockus adhirieron a Santos precisamente por el talante democrático y conciliador que veían en él, sino más bien por el talante antidemocrático y pendenciero que veían en Uribe y su candidato Zuluaga.

Es probable que si se firma la paz la economía mejore sustancialmente, pero no vamos a ver pronto una caída drástica en los niveles de pobreza y de miseria. El sector agrario continúa en pie de lucha y debemos esperar nuevos paros y protestas.

La salud, la educación, la justicia, la seguridad, el empleo, la vivienda (incluso si hay más casas gratis para los pobres) seguirán en los primeros lugares entre las preocupaciones de los colombianos. Pero, por el momento, las pasadas jornadas electorales dejan algunas luces de esperanza.

Santos ganó en la segunda vuelta, pero bien puede decirse que los resultados de las dos vueltas tuvieron también otros triunfadores. La izquierda demostró que, pese a su paso problemático por la Alcaldía de Bogotá en los tres últimos períodos, es fuerte no solo en la capital sino en todo el país, y es obvio que Clara López se lleva gran parte de las palmas.

Mockus demostró que aún tiene poder de convocatoria y que sus intervenciones como agente cultural siguen teniendo gran impacto. Y los electores demostraron, finalmente, que no todo está perdido, que todavía existe el voto de opinión y que, por poderosos que sean, los gamonales y los tinterillos no tienen el poder asegurado en la aldea colombiana.

 

* Sociólogo y doctor en Historia Moderna Latinoamericana por la Universidad de Oxford.

Artículos Relacionados

Este sitio web utiliza cookies para mejorar tu experiencia. Leer políticas Aceptar

Política de privacidad y cookies