
Beatriz González: una artista muy colombiana y muy universal
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Quedan de Beatriz González su extensa obra y su igualmente extenso archivo, que hoy conserva el Banco de la República. Un archivo que algún día permitirá conocer por qué diablos fue una artista tan colombiana y, al mismo tiempo, tan universal.
En la segunda quincena de 1965 los periódicos de Bogotá publicaron la noticia del hallazgo de los cuerpos de un hombre y una mujer flotando en las frías aguas del embalse del Sisga, situado a algo menos de setenta kilómetros de Bogotá, en el municipio de Chocontá. Sus nombres eran Antonio María Martínez, natural de Santa Rosa de Viterbo, Boyacá, y su novia, Tulia Vargas, de Viracachá, también en Boyacá. Dos personas del pueblo que habían tomado la decisión de poner fin a sus días por motivos que hasta hoy no son claros. Dos personajes populares -él era jardinero de profesión; ella, empleada doméstica- cuyas imágenes y su dramático fin quedaron inmortalizados por obra de una joven pintora. Beatriz González, entonces de 32 años, recortó la fotografía con que los periódicos ilustraban la noticia y a partir de ella creó la que podría describirse como su pintura más icónica: Los suicidas del Sisga. La foto, que la pareja se había hecho tomar algunos meses antes en un establecimiento popular, es bien distinta al cuadro, de poco más de un metro de altura. Ante todo, por los vivos colores de este, pero también por el hecho de que no se trata en modo alguno de una copia. Es una interpretación muy personal de alguien que, según declaró varias veces, “no podía pintar del natural”, pues los resultados le parecían horribles.
Del gusto popular a la tragedia nacional
En Los suicidas del Sisga quedaron sintetizados los elementos que darían forma al lenguaje artístico que Beatriz González habría de desarrollar a lo largo de su vida. En primer término, su interés por captar el gusto y la idiosincrasia populares, dándoles cabida en el universo de la corriente principal de la pintura. Ejemplo de ello (solo un ejemplo) son los muebles a los que se dedicó en la primera mitad de la década de 1970, para los cuales utilizó como soportes las peculiares camas, mesas de noche y cómodas hechas de metal que se vendían en los mercados populares. Caben allí también, como inspiración, las coloridas “chivas” o buses escalera, y los avisos publicitarios de toda suerte que proliferan en las calles y carreteras de Colombia, y hasta la cúpula de la catedral de la Sagrada Familia de Bucaramanga, pintada en su exterior con un fuerte color naranja. En segundo lugar, la muerte y la violencia como temas recurrentes de su pintura, que figuran en obras suyas de todas las épocas y particularmente en su extensa obra gráfica. A propósito, como obra gráfica, aunque realizada a mano, está pensada la enorme serie Auras anónimas, de 2007-2009, intervención en los columbarios del Cementerio Central de Bogotá, en la que Beatriz González pintó casi 9.000 figuras de hombres trasladando cadáveres en largas varas, para igual número de nichos funerarios. La obra fue concebida como construcción simbólica de lo que sucedía en el país en medio de la multiplicidad de conflictos armados.
Pero no termina allí el carácter representativo de Los suicidas del Sisga en la obra de Beatriz González. La obra fue presentada por su autora para concursar en el XVII Salón Nacional de Artistas, en ese mismo año de 1965. Inicialmente fue rechazada, pues a juicio de uno de los jurados se trataba de “un Botero malo”. Según la propia artista, fue solo gracias a la intervención de la crítica de arte argentina Marta Traba que la obra fue finalmente aceptada. Y, paradoja de paradojas, terminó galardonada con el segundo premio especial de pintura del Salón Nacional. Tal fue la parábola permanente de la vida artística de Beatriz Gonbzález: rebelde y contestataria con la selección de sus termas y hasta de sus materiales y técnicas, rechazada y despreciada, y finalmente aceptada y triunfante.
No es difícil identificar distintos momentos de exploración y producción en la carrera artística de Beatriz González, los cuales, aparte de los aprendizajes que ella misma mencionó, son el fundamento de la diversidad y la riqueza del conjunto de su obra. Un primer momento, que en verdad jamás abandonó, fueron los estudios sobre obras de grandes maestros europeos, y el primer grupo de ellos fueron los que realizó sobre la pintura La encajera, del pintor holandés Johannes Vermeer (1632-1675), con los cuales realizó su primera exposición individual en Bogotá, en el Museo de Arte Moderno en 1964. También hizo su propia versión de La última cena de Leonardo Da Vinci en la tapa de una mesa metálica, obra a la que llamó La última Mesa. Y a su estudio sobre el Guernica de Pablo Picasso lo llamó Mural para fábrica socialista (1981). Estos estudios, aclara la propia Beatriz González, no están basados en los originales sino en las reproducciones que hallaba en enciclopedias e historias del arte. Le interesaban no tanto las obras mismas, sino la forma como tenían acceso al arte universal los habitantes de un país “subdesarrollado” como Colombia.
Al tiempo que llevaba a cabo sus muebles, en la primera mitad de la década de 1970 experimentaba con otros medios tan populares como difíciles de manejar: cortinas y telones. En estos resalta su trabajo sobre el presidente Julio César Turbay Ayala (1978-1982), a quien pintó, según ella, “en el zócalo de la tragedia y la comedia”, en obras con las que quería poner de manifiesto la realidad de un país que “se movía entre el crimen y la condecoración”. Una fotografía de prensa de Turbay bebiendo y cantando rodeado de mujeres le sirvió para su serigrafía Decoración de interiores, de 1981, en la que la escena se desarrolla en una cortina que contiene “140 metros de nuestro presidente”. Se trata de una visión muy personal y particular de la política, pero de una política mirada como artículo de consumo popular, en cierto modo cercana a Los suicidas del Sisga, donde se combinan la comedia y la tragedia, en un país que, bajo el “Estatuto de seguridad” de Turbay se aprestaba a vivir su década más violenta de la historia contemporánea nacional.
Y es el tema de la violencia desatada en medio de enfrentamientos entre guerrilleros, paramilitares, narcotraficantes y las Fuerzas Armadas, el que tomaría prelación en la obra de Beatriz González durante las décadas de 1980 y 1990. Hechos como la toma del Palacio de Justicia en 1985; la masacre de Las Delicias, en la que cerca de 450 guerrilleros de las FARC atacaron la base militar de ese nombre en el departamento del Putumayo en 1996, teniendo como resultado la muerte de 27 soldados y el secuestro de sesenta, impresionaron a la artista de manera profunda. Del conflicto armado interno dejó centenares de escenas de desplazados, mujeres buscando y llorando a sus familiares asesinados y, desde luego, las escenas de transporte de cadáveres de los columbarios del Cementerio Central.
Con el mismo humor con que representó a los políticos, llevó a cabo una serie de retratos de próceres populares, como Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander, presentadas en el XIX Salón de Artistas Nacionales y recopiladas en sus Apuntes para la historia extensa de Colombia. Figuran también en su obra personajes como la reina Isabel II de Inglaterra cabalgando en los alrededores del Puente de Boyacá, y Jacqueline Onassis, a quien retrató basada en una fotografía de prensa, montada en un camello, obra a la cual puso el nombre de Jacqueline Oasis.

Legado académico y proyección universal
Beatriz González, fallecida el 9 de enero de 2026, nació en Bucaramanga el 16 de noviembre de 1932. En 1956 inició estudios de arquitectura en la Universidad Nacional de Colombia, pero los suspendió poco después, para matricularse en 1959 como estudiante de diseño gráfico en la Universidad de los Andes de Bogotá. Fueron maestros suyos el grabador Juan Antonio Roda y Marta Traba, quien fue para ella poderoso impulso. Como estudiante universitaria trabó amistad con el pintor Luis Caballero, de quien recibió gran influencia, así como del pintor Fernando Botero. A la par con sus actividades artísticas, Beatriz González llevó a cabo una amplia labor curatorial y educativa, como directora de educación del Museo de Arte Moderno de Bogotá, entre 1970 y 1983, como miembro del comité asesor de artes plásticas del Banco de la República, desde 1985 hasta su fallecimiento, y como curadora de las colecciones de arte e historia del Museo Nacional, a partir de 1990 y hasta 2004. Hizo numerosos aportes a la historia del arte en Colombia, entre ellos la historia de la caricatura en el país, para una exposición realizada en 2009 por el Banco de la República, y libros sobre los pintores colombianos Ramón Torres Méndez, Roberto Páramo, José Gabriel Tatis, Fidolo Alfonso González Camargo, José María Espinosa, Andrés de Santa María y Peregrino Rivera.
Además de sus numerosas exposiciones nacionales en Bogotá, Medellín, Cali, Pereira, Bucaramanga y otras ciudades, tuvo amplia figuración internacional, con exposiciones en el Museo de Bellas Artes de Caracas, el Museo de Historia y Antropología de la Universidad de Puerto Rico, el Centre d’Arts Plastiques Contemporains de Bordeaux (Francia), la Peter Kilchmann Galerie de Zurich (Suiza), El Instituto KW de arte contemporáneo de Berlín, el Museum of Fine Arts de Houston, Texas, el Pérez Art Museum de Miami, Florida, la Fundación Espigas de Buenos Aires, el Museo Nacional de La Habana (Cuba), la Primera Bienal de Grabado de Maracaibo (Venezuela), la XXXVIII Bienale di Venezia (Italia), la IV Bienal de Grabado de San Juan de Puerto Rico, la III Bienal Iberoamericana de Arte de Ciudad de México, el San Diego Museum of Art (California), la Maison de l’Amérique Latine de Bruselas (Bélgica), el Queens Museum of Art de Nueva York, la Feria Mundial de Sevilla (España), la Casa de América de Madrid (España), la Bienal de Gwangju de Corea del Sur y muchos otros lugares. Y esta carrera de expositora no concluye con su muerte, pues están planeadas para este año dos grandes exposiciones en Londres (Inglaterra) y Oslo (Noruega).
Beatriz González ocupa, sin ningún manto de duda, lugar de privilegio en el panorama del arte contemporáneo de Colombia. Fue una artista original y genial. La almendra de su arte quedó suficientemente expresada en sus propias palabras: “Mi pintura no es la búsqueda de un fin por intermedio de temas irónicos, sino una pintura con temperatura… A mí lo que me interesa es el gusto. Me interesa la razón por la cual una persona coloca estas cosas y no otras en su casa… Yo me pregunto por qué diablos me llamó la atención la foto de los suicidas en el periódico. ¿Fue el gris de la cara, igual a unos trabajos que estaba realizando, o fue la cosa popular de dos personas que entran en un pacto suicida y que unen sus manos para una foto que envían a sus familiares? Pero no, porque el tema lo leí después. Era la foto. El sombrero que él llevaba, en fin…”.
Quedan de Beatriz González su extensa obra y su igualmente extenso archivo, que hoy conserva el Banco de la República. Un archivo que algún día permitirá conocer por qué diablos fue una artista tan colombiana y, al mismo tiempo, tan universal.
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Acerca del autor
Efraín Sánchez
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