La paz es rehén de la desconfianza - Razón Pública

La paz es rehén de la desconfianza

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La Habana

Las acciones y discursos belicistas del gobierno y la guerrilla agravan la oposición  a los acuerdos de paz. Pasos concretos para des-escalar el conflicto y construir la necesaria confianza entre las partes.

Hernando Llano Ángel*

Negociar en medio de la guerra

Con la inminente liberación del general Rubén Darío Alzate y sus acompañantes, la frágil balsa de la paz podrá superar un nuevo escollo, pero seguirá navegando en un mar de desconfianza general y de los sobresaltos de la guerra que la asedian desde distintos frentes.

Por eso, la paz no puede seguir siendo un asunto insular, confinado a la tranquilidad y seguridad de La Habana -donde las partes han alcanzado tres acuerdos significativos- mientras en Colombia se vive una disputa territorial irregular y cruenta entre la Fuerza Pública y la guerrilla. Una disputa donde la población civil lleva la peor parte, como está sucediendo en Chocó, o como aconteció con el asesinato de los dos indígenas Nasa, simplemente por descolgar un pendón de las FARC en memoria de Alfonso Cano.

Los dos indígenas

Semejante acto de crueldad, carente de valor militar y ajeno por completo a cualquier motivación supuestamente revolucionaria, fue mucho más que un crimen o una infracción del DIH. Es, sobre todo, la paradójica demostración del extravío de las FARC en ese laberinto de memorias vengativas en que se ha convertido esta guerra prolongada y degradada.

Las FARC acabaron por conmemorar a su excomandante general (a su vez ejecutado por un francotirador del Ejército, al parecer cuando Cano ya estaba fuera de combate) con la sangre de dos guardias indígenas que simplemente pretendían ejercer soberanía civil en su resguardo.

La paz no puede seguir siendo un asunto insular, confinado a la tranquilidad y seguridad de La Habana

Los guardias indígenas expresaban así su rechazo a que su terruño siguiera siendo un campo de batalla, bien sea con batallones del Ejército, como sucedió en 2012 en el Cerro de Berlín, en Toribio, o ahora con las FARC colgando pasacalles que ponen en riesgo a las comunidades indígenas y vulneran su autonomía política.

Posteriormente, la guardia indígena procedió (con sus bastones y sin armas de fuego) a capturar a los sospechosos del crimen y la comunidad los juzgó y condenó, en ejercicio de la jurisdicción indígena reconocida por la Constitución.

De esta forma los Nasa volvieron a darnos una lección de valor civil, autonomía política y soberanía judicial a todos quienes nos preciamos de ser miembros de esta “sociedad mayor”, citadina e indolente, carente, salvo contadas excepciones, de civilidad, coraje y solidaridad, que solo se indigna y escandaliza cuando el presidente Santos suspende las conversaciones de paz, no por el secuestro de civiles sino irónicamente por la toma del general Alzate y sus acompañantes.

Ministro de defensa
El Ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, dirige
las tareas de rescate del General Alzate en el Chocó.
Foto: Ministerio de Defensa

Generales para la paz

El secuestro del general Alzate se dio justamente cuando este pretendía acercarse a la población civil para desactivar la principal causa del conflicto armado: la exclusión social y la casi completa falta de servicios que son responsabilidad de un Estado Social de Derecho, inexistente en el Chocó y mucho más en el corregimiento de Las Mercedes.

A partir de este momento el mismo gobierno y suspicaces analistas del conflicto, algunos incluso desde la izquierda, levantaron sus voces de alerta y de condena contra la sospechosa conducta del general Alzate, por ignorar los rígidos protocolos de la guerra. En otras palabras, por no estar escoltado y comandando operativos militares al mando de la Fuerza de Tarea Conjunta Titán, para aniquilar y desmantelar a los “narcoterroristas de las FARC”.

Es decir, por no estar consagrado de tiempo completo a la brutal tarea que los muy civilistas presidentes y dirigentes políticos desde hace más de medio siglo siempre le han encomendado a los militares: hacer la guerra sin cuartel contra todo aquel que es considerado o parezca “subversivo”, “bandolero” o “narcoterrorista”, solo porque exige condiciones justas y decorosas para sobrevivir dignamente en el campo.

Así pasó con el general Alberto Ruíz Novoa cuando osó sostener en febrero de 1965 ante la Sociedad de Agricultores que lo fundamental para asegurar la paz de Colombia era promover una reforma agraria y una “revolución socio-económica”. Entonces, el presidente Valencia (pomposamente llamado el “presidente de la paz”) lo llamó a calificar servicios, aunque él había sido el gestor del famoso Plan Lazo y de una incipiente acción cívico-militar que no logró desactivar ni derrotar a las nacientes FARC.

No por casualidad, 49 años después, el general Alzate, con más sentido civil que militar, en una de las últimas conversaciones con su esposa Claudia Farfán, le comentó que iba a asistir a una cita vestido de civil para “coordinar un trabajo social en el que estaba trabajando”, seguramente en el marco del plan 2038, más conocido como “Acción integral del Ejército”.

Menos protocolo militar y más confianza

Por lo anterior, no deja de ser una amarga ironía que en el comunicado del Bloque “Iván Ríos” de las FARC se afirme que los tres (el general Alzate, el cabo Jorge Rodríguez y la abogada Gloria Urrego) fueron capturados por tratarse de “personal militar enemigo que se mueve en ejercicio de sus funciones en área de operaciones de guerra”, cuando estaban en una actividad eminentemente civil.

Es justamente esta polarización belicista y maniquea la que impide avanzar en el proceso de paz, pues junto a la población civil la primera víctima del conflicto es la falta de confianza entre el gobierno y la FARC, que se profundiza y agudiza cada vez más con la incredulidad de la ciudadanía.

Es justamente esta polarización belicista y maniquea la que impide avanzar en el proceso de paz.

De nada sirve haber acordado una “política de desarrollo rural integral”, una “apertura democrática para construir la paz” y una “solución al problema de las drogas ilícitas”, además de los 10 principios para el reconocimiento y la reparación de las víctimas, si con sus actos de guerra en territorio colombiano ambas partes anegan de sangre, secuestros y desplazamientos todo lo escrito en La Habana.

Si el gobierno y las FARC persisten en minar lo acordado, todo naufragará en medio de la sangre y los reclamos, pues ambas partes son las responsables de una mentalidad belicista que tiene secuestrada y subordinada la paz a unos mezquinos cálculos de estrategia y táctica militar para debilitar e imponer al contrario la voluntad del supuesto vencedor.

Este horizonte impide que ambas partes asuman, con la responsabilidad que les demanda el momento, el punto tercero de la agenda sobre el “fin del conflicto”. La única forma de avanzar hacia este punto tan esquivo como urgente es que ambas partes sean coherentes en construir confianza mutua y cumplan sus compromisos para “des-escalar el conflicto”.

Afortunadamente ya están en La Habana los comandantes militares de ambas partes para empezar a hacerlo. Incluso el presidente Santos lo anunció: “esto no significa que en el curso de las conversaciones no se puedan dar los primeros pasos para desescalar el conflicto (…) como ya lo venimos discutiendo desde hace algún tiempo con las Farc”.

Delegaciones paz
Centro de convenciones en La Habana, Cuba.
Foto: Delegación de Paz de las Farc-EP 

De las palabras a los hechos

Pero ya hay que pasar a las acciones.

  • Empezar, por ejemplo, con una Comisión Internacional de Expertos para el desminado de los campos, que aproveche la posibilidad de una tregua navideña, como las que han hecho las FARC en los últimos años, para ir avanzando lentamente sobre el terreno, sembrando confianza entre las partes y certeza entre la población campesina, la más victimizada por tan criminales artefactos.
  • También hay que poner fin al reclutamiento de menores por parte de las FARC, para que tengan credibilidad las siguientes palabras de Pablo Catatumbo: “estoy absolutamente convencido de que esta vez sí vamos a firmar la paz. Ojalá de la otra parte también haya esa decisión (…) Ojalá la paz se firme en el 2015”. 
  • Por eso mismo no tiene sentido continuar con la publicidad oficial belicista que exalta como héroes a quienes son sacrificados en defensa de un statu quo vergonzosamente desigual y corrupto. Así como tampoco lo tienen las proclamas victoriosas de uno y otro bando sobre su enemigo.
  • Igualmente, hay que reactivar el Consejo Nacional de Paz, instalado pomposamente durante la campaña presidencial, para que junto a la comunidad internacional acompañe las conversaciones de La Habana y juegue un papel protagónico en la despolarización de la sociedad y la creación de confianza entre todos los colombianos.

Sin acciones como estas no sería posible la refrendación ciudadana de los acuerdos y mucho menos la construcción de la paz y una reconciliación nacional sin vencedores ni vencidos, como una tarea democrática sin exclusiones políticas de derecha o izquierda, para poner fin a la espiral interminable de odios y revanchas que ha sido nuestra historia hasta el presente.

 

Politólogo de la Universidad Javeriana de Bogotá, profesor Asociado en la Javeriana de Cali, socio de la Fundación Foro por Colombia, Capítulo Valle del Cauca. Publica en el blog: calicantopinion.blogspot.com. 

 

Acerca del autor

Hernando Llano

* Politólogo de la Universidad Javeriana de Bogotá, PhD Universidad Complutense de Madrid, socio de la Fundación Foro por Colombia, Capítulo Valle del Cauca. Publica en el blog: calicantopinion.blogspot.com.

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* Politólogo de la Universidad Javeriana de Bogotá, PhD Universidad Complutense de Madrid, socio de la Fundación Foro por Colombia, Capítulo Valle del Cauca. Publica en el blog: calicantopinion.blogspot.com.

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