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Uno de los acontecimientos más graves que ha enfrentado el país en materia de eventos naturales durante las últimas décadas se registró el pasado 10 de agosto de 2026, cuando ocurrió un sismo de magnitud 7.4, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, y afectó un extenso territorio del occidente y el centro del país. En las capitales departamentales -Armenia, Cali, Manizales, Pereira, Quibdó- y en 367 municipios, cerca de la tercera parte de los entes locales del país- se presentaron impactos de intensidades y consecuencias diferentes: al 10 de septiembre, se reportaban 331 fallecidos, 4.505 heridos, 111 desaparecidos, 36.327 viviendas destruidas, 201.939 averiadas y 759 edificios colapsados.
Aunque Manizales registró pocas pérdidas humanas, lo que indica una relativa seguridad constructiva y capacidad de reacción ciudadana, cada muerte exige revisar el cumplimiento de las normas urbanísticas; además, los graves daños en viviendas, edificaciones y negocios afectarán la economía y el nivel de vida de la población, cuya recuperación tomará años.
El artículo examina la respuesta estatal y ciudadana al sismo, la vulnerabilidad social y la pérdida del aseguramiento colectivo, y plantea reforzar las normas de construcción y la capacidad institucional para proteger mejor a Manizales ante futuros eventos.
El Estado y el deber de proteger
Considerando que los eventos de la naturaleza ponen a prueba periódicamente a la sociedad, esta tendría la posibilidad de aprender de la situación y ganar capacidad de ser —como se dice hoy— resiliente, para evitar que la emergencia se traduzca en el empobrecimiento y la pérdida del capital —individual, social y estatal—.
Suele confundirse al Estado con políticos, funcionarios y jueces, olvidando que lo conformamos todos, especialmente la ciudadanía. Pese a quienes cuestionan la utilidad del Estado, especialmente los neoliberales y libertarios, debe resaltarse que la misión del Estado es proteger los derechos y los bienes colectivos y apoyar a las personas cuando no pueden afrontar por sí mismas situaciones naturales, sociales o económicas.
Por ello, en situaciones como las ocasionadas por el sismo, el apoyo a la ciudadanía no es un acto de bondad ni una decisión discrecional del Estado y de los gobiernos de turno, y destinar recursos a la atención de la emergencia no es generosidad, sino el deber del Estado. Y este y sus agentes tienen la responsabilidad de cuidar a la población de manera integral y suficiente, no con limosnas, sino con la efectividad y la oportunidad necesarias para recuperarse de las consecuencias de los eventos que la afectan.
La atención de la emergencia: anuncios nacionales vs. acción local
Manizales, construida sobre laderas de suelos de cenizas volcánicas, ha registrado, desde su fundación en 1849, incendios, terremotos, avalanchas y deslizamientos que han causado daños y dejado aprendizajes y experiencias, que deberían representar una ventaja relativa y una mejor oportunidad de acción a la hora de definir la manera de abordar la situación y de orientar a los responsables de liderar la atención a las personas, las construcciones y los sectores afectados por el terremoto.
Sin embargo, cuando se registró la emergencia social, , lo primero que se puso en marcha fue la receta nacional: desde el presidente hasta sus ministros, además de funcionarios de la UNGRD, anunciaron en los medios de comunicación y en las calles y plazas de la ciudad sus promesas y futuras soluciones, generalmente dependientes de decisiones del Gobierno Nacional.
Con el paso de los días, el alcalde y las autoridades locales debieron asumir la atención de la emergencia: coordinaron la respuesta, evaluaron los daños y los costos, definieron medidas y gestionaron recursos. Pese a las limitaciones en competencias y recursos, el alcalde actuó con presencia, empatía y solvencia.
Ante la demora y la escasez de recursos públicos, la atención inicial se apoyó en donaciones y voluntariado, lo que evidencia la fortaleza ciudadana frente al Estado nacional, aunque este no debe apropiarse de esos esfuerzos.
La ciudadanía cooperó para cubrir necesidades básicas; fue ejemplar la labor de los jóvenes al ayudar a las familias a desalojar, recuperar sus bienes y trasladarse.
La crisis fue atendida por la ciudadanía y el gobierno local, lo que evidencia la necesidad de fortalecer la descentralización y dotar a las alcaldías de recursos para una recuperación efectiva.
El sismo permitió poner a prueba la experiencia de Manizales, la descentralización, la solidaridad ciudadana y la confianza en el Estado local.

La desprotección de los sectores medios y la población de mayor edad
Manizales se caracteriza, entre otros rasgos, por ser una ciudad predominantemente de clase media, con pequeños y medianos negocios y una población envejecida; frente a las limitaciones de respuesta ya señaladas, estas condiciones agravan su vulnerabilidad ante las emergencias:
Los grupos socioeconómicos de nivel medio están compuestos por trabajadores de todo tipo y por empresarios de pequeños y medianos establecimientos, que pagan sus impuestos directos e indirectos oportunamente. Sin embargo, por ser de clase media, cuando surge una emergencia, suelen quedar sin atención por parte del Estado.
Aunque el Estado priorice a los sectores más pobres, la clase media afectada por el sismo también requiere apoyo: perdió viviendas, bienes y negocios, y no es justo que solo pueda recurrir a créditos bancarios.
Por otro lado, la ciudad tiene un promedio de edad elevado; es decir, registra una proporción significativa de personas en edad madura, lo que hace la cuestión aún más sensible. ¿Quién puede, a los 60 o 70 años, asumir un crédito para reponer la vivienda que ya había pagado a lo largo de su vida? ¿Quién puede, con la pensión, casi siempre de nivel medio, como corresponde en este sistema a los sectores trabajadores, si es que la logró, asumir los intereses de un crédito cuando ya no se está en edad productiva?
Frente a estos grupos de población, el riesgo es el empobrecimiento y la pérdida de condiciones de vida, a lo que se suman la incertidumbre y el miedo, que pueden llevar a miles de personas a registrar estados depresivos profundos y a sumir la economía de la ciudad en una crisis y un decaimiento de graves consecuencias para el empleo y las dinámicas de desarrollo en general.
El poco avance en el aseguramiento
Entre los legados más importantes de la experiencia de la ciudad frente a los sismos, destacan dos: el código de construcción sismorresistente, expedido en 1981, después del sismo de 1979, que fue el primer código de este tipo en el país. Y el esquema de aseguramiento colectivo de viviendas, idea que surgió de la Oficina Municipal para la Prevención y Atención de Desastres (OMPAD, hoy Unidad de Gestión de Riesgos), y cuyo diseño técnico estuvo a cargo del Instituto de Estudios Ambientales (IDEA) de la Universidad Nacional, sede Manizales, y de Omar Darío Cardona, ingeniero experto en gestión de riesgos. El programa inició en 1999, después del sismo de Armenia, en enero de ese año, que también afectó a Manizales.
El seguro colectivo voluntario, cobrado mediante un cupón opcional en el impuesto predial, protegía las viviendas de los contribuyentes y, mediante un subsidio cruzado, cubría sin costo las viviendas de los estratos 1 y 2. Así, promovía el aseguramiento, protegía el patrimonio privado y trasladaba parte del riesgo de desastres del presupuesto municipal al sistema asegurador.
El esquema se citaba como una buena práctica por parte de la UNGRD, la academia internacional y medios de otros países, que lo destacaban como un seguro voluntario pagado junto al impuesto municipal. Hasta 2024, la alcaldía presentaba el aseguramiento colectivo como parte de su modelo de resiliencia.
Su debilidad fue la participación: aunque más del 15% de los predios se suscribían, eso solo equivalía al 12%-13% del valor asegurable, lejos del 20% óptimo. La baja participación puede indicar la insuficiente promoción realizada por la administración municipal y la propia aseguradora, la lentitud en la asimilación de la cultura del aseguramiento por parte de la población, y la falta de conciencia sobre el riesgo.
Según Fasecolda, a marzo de 2026, Manizales tenía 20.835 hogares asegurados contra terremoto (por un total de $4,7 billones asegurados), además de 1.268 copropiedades y 9.371 inmuebles públicos. Esto equivale al 8% de las viviendas de Caldas, lo que indica un bajo nivel de aseguramiento y el impacto del sismo en las finanzas públicas y privadas.
El terremoto de agosto 10 expuso el vacío: unas 11.500 unidades habitacionales afectadas, pérdidas que podrían superar el billón de pesos, menos del 30% de los apartamentos asegurados y cobertura casi inexistente en casas individuales, según el alcalde Jorge Eduardo Rojas (Eje21, 2026).
En este aspecto, es importante retomar la experiencia del aseguramiento colectivo, intensificar las acciones y campañas de educación sobre la cultura de los seguros y procurar mecanismos que favorezcan la masificación de las coberturas frente al riesgo, pues si bien las pólizas pueden representar, en el corto plazo, algún costo adicional para los propietarios de los inmuebles, es preciso entender y dimensionar el gran costo de la perdida de los activos y el patrimonio cuando se registra la emergencia. Y esta volverá a presentarse, como bien lo indica la experiencia y lo impone la naturaleza.
Para finalizar
¿Hasta qué punto los efectos del sismo son atribuibles a la naturaleza? Porque si está es la responsable, no queda nada por hacer. Pero en las sociedades actuales, el Estado y los gobiernos de distintos niveles tienen competencias y responsabilidades frente a la ciudadanía. Y, en parte, esas competencias se refieren a la protección y al cuidado que se deben a la sociedad y a sus bienes, para evitar que la ocurrencia de eventos naturales lleve a la mayoría a situaciones de empobrecimiento, miedo y desesperación.
Es evidente que, frente al daño registrado en otras ciudades, Manizales puede presentar un resultado menos trágico. Como también es cierto que, para ser la ciudad pionera en la norma sismorresistente, aún queda mucho por hacer. Es preciso tener un rigor extremo, aunque parezca excesivo, en la construcción de los mapas de riesgos, en la delimitación de las zonas restringidas, en la formulación de criterios para definir usos del suelo y edificabilidades, en el control de las obras, en la gestión urbana y urbanística, para que las normas y su aplicación sean garantía real de seguridad para la vida y bienes de la ciudadanía y de menores contingencias para los recursos fiscales del Municipio.
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