Página 5 – Razón Pública

Foto: Catedral de Manizales luego del terremoto

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Uno de los acontecimientos más graves que ha enfrentado el país en materia de eventos naturales durante las últimas décadas se registró el pasado 10 de agosto de 2026, cuando ocurrió un sismo de magnitud 7.4, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, y afectó un extenso territorio del occidente y el centro del país. En las capitales departamentales -Armenia, Cali, Manizales, Pereira, Quibdó- y en 367 municipios, cerca de la tercera parte de los entes locales del país- se presentaron impactos de intensidades y consecuencias diferentes: al 10 de septiembre, se reportaban 331 fallecidos, 4.505 heridos, 111 desaparecidos, 36.327 viviendas destruidas, 201.939 averiadas y 759 edificios colapsados.

Aunque Manizales registró pocas pérdidas humanas, lo que indica una relativa seguridad constructiva y capacidad de reacción ciudadana, cada muerte exige revisar el cumplimiento de las normas urbanísticas; además, los graves daños en viviendas, edificaciones y negocios afectarán la economía y el nivel de vida de la población, cuya recuperación tomará años.

El artículo examina la respuesta estatal y ciudadana al sismo, la vulnerabilidad social y la pérdida del aseguramiento colectivo, y plantea reforzar las normas de construcción y la capacidad institucional para proteger mejor a Manizales ante futuros eventos.

El Estado y el deber de proteger

Considerando que los eventos de la naturaleza ponen a prueba periódicamente a la sociedad, esta tendría la posibilidad de aprender de la situación y ganar capacidad de ser —como se dice hoy— resiliente, para evitar que la emergencia se traduzca en el empobrecimiento y la pérdida del capital —individual, social y estatal—.

Suele confundirse al Estado con políticos, funcionarios y jueces, olvidando que lo conformamos todos, especialmente la ciudadanía. Pese a quienes cuestionan la utilidad del Estado, especialmente los neoliberales y libertarios, debe resaltarse que la misión del Estado  es proteger los derechos y los bienes colectivos y apoyar a las personas cuando no pueden afrontar por sí mismas situaciones naturales, sociales o económicas.

Por ello, en situaciones como las ocasionadas por el sismo, el apoyo a la ciudadanía no es un acto de bondad ni una decisión discrecional del Estado y de los gobiernos de turno, y destinar recursos a la atención de la emergencia no es generosidad, sino el deber del Estado. Y este y sus agentes tienen la responsabilidad de cuidar a la población de manera integral y suficiente, no con limosnas, sino con la efectividad y la oportunidad necesarias para recuperarse de las consecuencias de los eventos que la afectan.

La atención de la emergencia: anuncios nacionales vs. acción local

Manizales, construida sobre laderas de suelos de cenizas volcánicas, ha registrado, desde su fundación en 1849, incendios, terremotos, avalanchas y deslizamientos que han causado daños y dejado aprendizajes y experiencias, que deberían representar una ventaja relativa y una mejor oportunidad de acción a la hora de definir la manera de abordar la situación y de orientar a los responsables de liderar la atención a las personas, las construcciones y los sectores afectados por el terremoto.

Sin embargo, cuando se registró la emergencia social, , lo primero que se puso en marcha fue la receta nacional: desde el presidente hasta sus ministros, además de funcionarios de la UNGRD, anunciaron en los medios de comunicación y en las calles y plazas de la ciudad sus promesas y futuras soluciones, generalmente dependientes de decisiones del Gobierno Nacional.

Con el paso de los días, el alcalde y las autoridades locales debieron asumir la atención de la emergencia: coordinaron la respuesta, evaluaron los daños y los costos, definieron medidas y gestionaron recursos. Pese a las limitaciones en competencias y recursos, el alcalde actuó con presencia, empatía y solvencia.

Ante la demora y la escasez de recursos públicos, la atención inicial se apoyó en donaciones y voluntariado, lo que evidencia la fortaleza ciudadana frente al Estado nacional, aunque este no debe apropiarse de esos esfuerzos.

La ciudadanía cooperó para cubrir necesidades básicas; fue ejemplar la labor de los jóvenes al ayudar a las familias a desalojar, recuperar sus bienes y trasladarse.

La crisis fue atendida por la ciudadanía y el gobierno local, lo que evidencia la necesidad de fortalecer la descentralización y dotar a las alcaldías de recursos para una recuperación efectiva.

El sismo permitió poner a prueba la experiencia de Manizales, la descentralización, la solidaridad ciudadana y la confianza en el Estado local.

Foto: Plan para la recuperación de Manizales

La desprotección de los sectores medios y la población de mayor edad

Manizales se caracteriza, entre otros rasgos, por ser una ciudad predominantemente de clase media, con pequeños y medianos negocios y una población envejecida; frente a las limitaciones de respuesta ya señaladas, estas condiciones agravan su vulnerabilidad ante las emergencias:

Los grupos socioeconómicos de nivel medio están compuestos por trabajadores de todo tipo y por empresarios de pequeños y medianos establecimientos, que pagan sus impuestos directos e indirectos oportunamente. Sin embargo, por ser de clase media, cuando surge una emergencia, suelen quedar sin atención por parte del Estado.

Aunque el Estado priorice a los sectores más pobres, la clase media afectada por el sismo también requiere apoyo: perdió viviendas, bienes y negocios, y no es justo que solo pueda recurrir a créditos bancarios.

Por otro lado, la ciudad tiene un promedio de edad elevado; es decir, registra una proporción significativa de personas en edad madura, lo que hace la cuestión aún más sensible. ¿Quién puede, a los 60 o 70 años, asumir un crédito para reponer la vivienda que ya había pagado a lo largo de su vida? ¿Quién puede, con la pensión, casi siempre de nivel medio, como corresponde en este sistema a los sectores trabajadores, si es que la logró, asumir los intereses de un crédito cuando ya no se está en edad productiva?

Frente a estos grupos de población, el riesgo es el empobrecimiento y la pérdida de condiciones de vida, a lo que se suman la incertidumbre y el miedo, que pueden llevar a miles de personas a registrar estados depresivos profundos y a sumir la economía de la ciudad en una crisis y un decaimiento de graves consecuencias para el empleo y las dinámicas de desarrollo en general.

El poco avance en el aseguramiento

Entre los legados más importantes de la experiencia de la ciudad frente a los sismos, destacan dos: el código de construcción sismorresistente, expedido en 1981, después del sismo de 1979, que fue el primer código de este tipo en el país. Y el esquema de aseguramiento colectivo de viviendas, idea que surgió de la Oficina Municipal para la Prevención y Atención de Desastres (OMPAD, hoy Unidad de Gestión de Riesgos), y cuyo diseño técnico estuvo a cargo del Instituto de Estudios Ambientales (IDEA) de la Universidad Nacional, sede Manizales, y de Omar Darío Cardona, ingeniero experto en gestión de riesgos. El programa inició en 1999, después del sismo de Armenia, en enero de ese año, que también afectó a Manizales.

El seguro colectivo voluntario, cobrado mediante un cupón opcional en el impuesto predial, protegía las viviendas de los contribuyentes y, mediante un subsidio cruzado, cubría sin costo las viviendas de los estratos 1 y 2. Así, promovía el aseguramiento, protegía el patrimonio privado y trasladaba parte del riesgo de desastres del presupuesto municipal al sistema asegurador.

El esquema se citaba como una buena práctica por parte de la UNGRD, la academia internacional y medios de otros países, que lo destacaban como un seguro voluntario pagado junto al impuesto municipal. Hasta 2024, la alcaldía presentaba el aseguramiento colectivo como parte de su modelo de resiliencia.

Su debilidad fue la participación: aunque más del 15% de los predios se suscribían, eso solo equivalía al 12%-13% del valor asegurable, lejos del 20% óptimo. La baja participación puede indicar la insuficiente promoción realizada por la administración municipal y la propia aseguradora, la lentitud en la asimilación de la cultura del aseguramiento por parte de la población, y la falta de conciencia sobre el riesgo.

Según Fasecolda, a marzo de 2026, Manizales tenía 20.835 hogares asegurados contra terremoto (por un total de $4,7 billones asegurados), además de 1.268 copropiedades y 9.371 inmuebles públicos. Esto equivale al 8% de las viviendas de Caldas, lo que indica un bajo nivel de aseguramiento y el impacto del sismo en las finanzas públicas y privadas.

El terremoto de agosto 10 expuso el vacío: unas 11.500 unidades habitacionales afectadas, pérdidas que podrían superar el billón de pesos, menos del 30% de los apartamentos asegurados y cobertura casi inexistente en casas individuales, según el alcalde Jorge Eduardo Rojas (Eje21, 2026).

En este aspecto, es importante retomar la experiencia del aseguramiento colectivo, intensificar las acciones y campañas de educación sobre la cultura de los seguros y procurar mecanismos que favorezcan la masificación de las coberturas frente al riesgo, pues si bien las pólizas pueden representar, en el corto plazo, algún costo adicional para los propietarios de los inmuebles, es preciso entender y dimensionar el gran costo de la perdida de los activos y el patrimonio cuando se registra la emergencia. Y esta volverá a presentarse, como bien lo indica la experiencia y lo impone la naturaleza.

Para finalizar

¿Hasta qué punto los efectos del sismo son atribuibles a la naturaleza? Porque si está es la responsable, no queda nada por hacer. Pero en las sociedades actuales, el Estado y los gobiernos de distintos niveles tienen competencias y responsabilidades frente a la ciudadanía. Y, en parte, esas competencias se refieren a la protección y al cuidado que se deben a la sociedad y a sus bienes, para evitar que la ocurrencia de eventos naturales lleve a la mayoría a situaciones de empobrecimiento, miedo y desesperación.

Es evidente que, frente al daño registrado en otras ciudades, Manizales puede presentar un resultado menos trágico. Como también es cierto que, para ser la ciudad pionera en la norma sismorresistente, aún queda mucho por hacer. Es preciso tener un rigor extremo, aunque parezca excesivo, en la construcción de los mapas de riesgos, en la delimitación de las zonas restringidas, en la formulación de criterios para definir usos del suelo y edificabilidades, en el control de las obras, en la gestión urbana y urbanística, para que las normas y su aplicación sean garantía real de seguridad para la vida y bienes de la ciudadanía y de menores contingencias para los recursos fiscales del Municipio.

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Carmenza Saldías

Escrito por:

Carmenza Saldías

Cofundadora de Razón Pública. Economista de la Universidad Jorge Tadeo Lozano y Magíster en Planificación y Administración del Desarrollo Regional de la Universidad de los Andes. Alcaldesa encargada, Secretaria de Hacienda, Secretaria de Planeación y Consejera para temas de Región y Competitividad de la Alcaldía de Bogotá; Secretaria de Planeación de Manizales; Asesora para la Modernización fiscal y de planeación de la Gobernación de Cundinamarca. Fue fundadora y directora del Centro Regional de Estudios Cafeteros y Empresariales CRECE, y ha estado vinculada como experta al Centro Iberoamericano de Desarrollo Estratégico Urbano-CIDEU (Barcelona). Es investigadora, asesora, consultora y docente universitaria. Autora de numerosos estudios y artículos de carácter urbano y regional.

Foto: Acuerdos de Barranquilla’ entre Colombia y EE.UU.

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El llamado “Plan Patriota siglo XXI” promete reforzar la lucha contra el narcotráfico y recuperar la alianza estratégica con Estados Unidos. Sin embargo, la experiencia del Plan Colombia, sus costos sociales y ambientales y el nuevo escenario regional obligan a mirar más allá de la evidencia empírica y a cuestionar los alcances de una estrategia centrada en la respuesta militar.

El pasado 8 de septiembre, el presidente Abelardo de la Espriella propuso su “Plan Patriota siglo XXI” durante la visita de Marco Rubio, secretario de Estado de Estados Unidos. Como resultado de esta visita, se firmaron dos memorandos de entendimiento: uno sobre minerales críticos y tierras raras y otro sobre energía nuclear civil. El gobierno colombiano los ha denominado, de manera bastante exagerada, “acuerdos de Barranquilla”. 

En ese marco, el Plan Patriota siglo XXI fue presentado por el gobierno nacional como una estrategia para devolver a Colombia a su lugar de aliado indiscutible de Estados Unidos mediante el fortalecimiento de las capacidades militares y de seguridad para enfrentar el “narcoterrorismo”, mediante la reanudación de las fumigaciones de cultivos de hoja de coca y un aparente refuerzo de las acciones de interdicción. Este anuncio, junto con otros hechos ocurridos durante la campaña presidencial, ha suscitado reacciones de sectores afines al Gobierno, que argumentan que es necesaria una estrategia como esta para hacer frente a los grupos armados y al crimen organizado en distintas regiones del país. Sin embargo, los argumentos en contra de esta iniciativa son contundentes y amplían su foco más allá de la producción de cocaína (en aumento significativo desde 2017) y su disponibilidad en las calles de Estados Unidos (alta y estable desde 2002). 

Independientemente de estos últimos argumentos, el gobierno del presidente De la Espriella está construyendo su narrativa, tal como lo hizo el expresidente Andrés Pastrana en su momento, para intentar legitimar y promover su estrategia de seguridad. Por ello, también es importante comprender el entorno internacional y regional que acompaña esta iniciativa, en un esfuerzo por estructurar una oposición que pueda trascender la ausencia de diálogo que el Gobierno querrá promover.  

La evidencia desde el Plan Colombia

Si bien el Plan Colombia permitió un fortalecimiento institucional en el país y, sobre todo, de las capacidades de las Fuerzas Militares y de seguridad, no puede considerarse un éxito rotundo. En primer lugar, a pesar del aumento de las fumigaciones aéreas, la erradicación forzada y las acciones de interdicción, durante su implementación no lograron reducir significativamente la producción de cocaína en Colombia, que se ha mantenido como su principal productora desde mediados de la década de los 90, ni disminuir su disponibilidad en las calles de Estados Unidos. 

En segundo lugar, tal como lo han documentado la Comisión de la Verdad y la Jurisdicción Especial para la Paz, la implementación del Plan Colombia, sobre todo en su versión de lucha contrainsurgente, tuvo efectos desastrosos en materia de derechos humanos, con aumento de la violencia paramilitar, desplazamiento forzado y degradación ambiental. Estos efectos, además, no pueden entenderse como meros costos sociales en una estrategia de seguridad, ya que los sectores de la sociedad colombiana que los asumieron también fueron despojados de sus formas de vida. 

En tercer lugar, el acuerdo de paz de 2016 establece mecanismos para la participación de las comunidades campesinas y cocaleras en los procesos de erradicación voluntaria y de sustitución de cultivos ilícitos, así como en el diseño de planes de desarrollo. Si bien el proceso de implementación del acuerdo ha tenido serias falencias, estas no son suficientes para desconocer el papel de estas comunidades en la búsqueda de alternativas frente al problema de las drogas ilícitas, más allá de las aproximaciones tradicionales en materia de seguridad. 

Finalmente, la presencia de grupos armados y del crimen organizado en Colombia es abrumadora y alarmante. Sin embargo, sus dinámicas en 2026 no son un calco de las dinámicas paramilitares y guerrilleras de 2002; sus economías ilegales también son distintas y su presencia territorial puede ser aún más diferenciada. En ese sentido, una estrategia de seguridad que se limite únicamente al fortalecimiento de las capacidades militares y de la fuerza pública, sin buscar lo que hay por debajo de esa presencia, es insuficiente para abordar la solución.

El ambiente para un plan patriota siglo XXI

Al acercarse a la situación internacional en la que el gobierno colombiano busca este plan patriota del siglo XXI, resaltan varios elementos que jugarían a su favor. En primer lugar, el crimen organizado es una de las principales amenazas percibidas en la región. Según el informe “Riesgo Político América Latina” de 2026 de la Universidad Católica de Chile, este riesgo ocupa el primer lugar entre los percibidos por tomadores de decisiones, líderes de opinión, expertos y académicos desde 2023. Colombia, además, es el país que reporta el mayor número de eventos (238) relacionados con economías criminales, por lo que no es extraño que se fortalezca el consenso sobre la necesidad de adoptar estrategias eficaces. 

En segundo lugar, los gobiernos de la región elegidos en los últimos años han girado hacia la derecha y la extrema derecha. Estos dan prioridad a los temas de seguridad desde una aproximación tradicional; además, son proclives a favorecer una presencia militar más intervencionista de Estados Unidos, en coherencia con la propuesta del presidente De la Espriella. Estos países se han sumado al Escudo de las Américas, iniciativa liderada por Estados Unidos, cuyos pilares dicen ser la cooperación económica, la defensa de la democracia contra grupos narcoterroristas y defensa del respeto mutuo por la soberanía. 

En tercer lugar, y en línea con el punto anterior, América Latina ha recibido más atención por parte de Estados Unidos, como lo muestran la iniciativa mencionada y la no tan novedosa Doctrina Donroe. Esto tiene como sustento temas de seguridad y migración (leída en clave de seguridad), pero también las reservas de minerales, metales y tierras raras de la región, cruciales para procesos como la transición energética y la propagación de la IA, que también han atraído la atención y la presencia de China. 

En cuarto lugar, los mecanismos de integración regional latinoamericanos se encuentran bastante debilitados. Iniciativas como Unasur y Celac, que se convirtieron en escenarios de diálogo político durante las primeras décadas del siglo XXI, han resultado fuertemente golpeadas por los cambios de gobierno y los alineamientos ideológicos más hacia la derecha. De igual forma, iniciativas de gobiernos de derecha, como el Grupo de Lima y Prosur, no lograron consolidarse, por lo que tampoco se reconstruyó la arquitectura regional desde esta orilla ideológica. Así las cosas, resulta difícil encontrar escenarios para la construcción de un bloque regional en oposición al intervencionismo estadounidense, como sí ocurrió frente a la iniciativa del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) durante los primeros años del siglo XXI. 

Foto: Cooperación militar

¿Y la respuesta de Estados Unidos?

Si bien el secretario de Estado Marco Rubio se mostró receptivo a la propuesta, no hay una respuesta formal por parte de Estados Unidos. Su ambición de recuperar espacio y dominio en América Latina no implica una aprobación tácita e inmediata de una propuesta como la que hizo el presidente De la Espriella (y sobre la que realmente no hay muchos detalles). El próximo 3 de noviembre se celebrarán las elecciones de mid-term, y sus resultados pueden incidir en el éxito que esta iniciativa pueda tener. 

Por ahora, los “acuerdos de Barranquilla” son simplemente dos memorandos de entendimiento entre Colombia y Estados Unidos, que no tienen carácter vinculante, pero sí pueden marcar el rumbo de la relación bilateral y de las estrategias de seguridad que se perfilen con mayor seriedad después del 3 de noviembre. El papel de países vecinos como Ecuador, Perú y Panamá también será relevante, no solo por las oportunidades de cooperación que se puedan generar, sino también por la competencia que pueda surgir entre ellos para atraer los recursos que provengan de Estados Unidos.

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Carolina Cepeda Másmela

Escrito por:

Carolina Cepeda Másmela

* Profesora Asociada del Departamento de Relaciones Internacionales en la Pontificia Universidad Javeriana

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A partir del debate desatado por videos virales y disputas legales en Colombia, este artículo examina con rigor la atención médica de afirmación de género en menores. Frente al alarmismo y las guerras culturales, se analizan los fallos de la Corte Constitucional, la evidencia clínica y la autonomía progresiva de los jóvenes, apostando por una protección basada en la prudencia, la ciencia y el respeto a los derechos.

El popular video de YouTube “Fábrica de niños trans” en Colombia se presenta como una investigación sobre los riesgos de la atención médica de afirmación de género en menores. Su creador, el mexicano Samuel Adrián, cuyo principal recorrido ha sido una carrera en música cristiana y cursos de “crecimiento personal”, fue arrestado en Bogotá el 13 de septiembre de 2026 por desacatar una orden judicial relacionada con el uso y la difusión de grabaciones del endocrinólogo pediatra Mario Angulo sin su consentimiento. No fue detenido por sus críticas, sino por desacatar una orden judicial. Aun así, el caso reforzó la narrativa del video de una verdad censurada por médicos, jueces e instituciones.

El problema es que una controversia jurídica sobre intimidad y cumplimiento de una tutela no prueba la tesis de una supuesta “fábrica”. Para evaluar el video hay que separar tres preguntas que allí aparecen mezcladas: si existen niños y adolescentes trans, qué atención médica pueden recibir y qué exige la Constitución colombiana cuando un menor toma decisiones sobre su cuerpo. La respuesta no consiste en negar los riesgos, ni en convertir testimonios dramáticos en evidencia de una práctica generalizada.

Identidad, sexo y transición

Una persona trans tiene una identidad de género distinta del sexo asignado al nacer. Esto no debe confundirse con la orientación sexual ni con la intersexualidad. Al mezclar estos conceptos, el video crea una falsa percepción de lo trans como “antinatural”, y al reducir lo trans a la biología, omite que el sexo comprende rasgos biológicos, y el género comprende la identidad, los roles y las expectativas sociales.

Ser trans tampoco es, por sí mismo, una enfermedad mental. La Organización Mundial de la Salud eliminó, en 2018, las diversas identidades de género del capítulo de trastornos mentales de la CIE-11. La Corte Constitucional, en la sentencia T-321/23, señaló que el deseo de una persona trans de modificar su cuerpo, como ejercicio de su autonomía corporal y de su identidad, no puede quedar subordinado a un diagnóstico que certifique que la persona sufre un trastorno de disforia de género. Otra cosa es que una intervención médica requiera una valoración clínica y un diagnóstico de necesidades, riesgos, contraindicaciones o problemas de salud mental concurrentes.

No hay una única forma de hacer transición: el género puede ser social, jurídico o médico, y no todas las personas trans buscan terapia hormonal ni cirugías. El video cuestiona con razón las rutas automáticas, pero se equivoca al afirmar que reconocer la identidad trans de un menor conduce inevitablemente a intervenciones “irreversibles”; esa idea desconoce la diversidad de experiencias y el estándar jurídico colombiano.

La paradoja es que esa secuencia médica rígida también ha sido cuestionada en la propia atención trans. El enfoque transmedicalista tiende a validar únicamente a quien recibe un diagnóstico, desea modificar su cuerpo y completa una ruta clínica predeterminada. Así crea una falsa frontera entre personas trans “verdaderas” y personas supuestamente confundidas. 

La pregunta clínica no es si alguien encaja en un molde, sino qué necesita, qué comprende y qué es lo más sano y adaptado a su situación concreta. La Corte Constitucional ya se ha pronunciado al respecto mediante una sentencia que exige que, al iniciar el procedimiento de afirmación de género, se convoque un grupo interdisciplinario integrado por profesionales de distintas áreas, quienes deberán informar y asesorar al paciente, de modo que pueda dar su consentimiento libre, informado y cualificado.

La difícil pregunta de la atención médica

Que existan niños y adolescentes trans no implica que toda duda infantil sea permanente ni que deba medicalizarse. Un estudio retrospectivo encontró que muchas personas trans adultas reconocieron experiencias de incongruencia de género desde la niñez, aunque la transición ocurrió, en promedio, años después. Identificar tempranamente una vivencia de género no predice por sí solo qué decisiones tomará esa persona. Antes de la pubertad, la atención es fundamentalmente psicosocial.

En los adolescentes, el debate cambia porque, con la pubertad, aparecen los caracteres sexuales secundarios, y algunas decisiones adquieren efectos duraderos. Los bloqueadores de la pubertad, las hormonas y las cirugías no son equivalentes entre sí. Tienen objetivos, edades, riesgos y grados de reversibilidad distintos. Por eso es impreciso afirmar que todos los tratamientos de afirmación de género son “mutilaciones” como que son completamente inocuos o reversibles. La evidencia sobre resultados a largo plazo en menores sigue siendo limitada; existen posibles efectos en la densidad ósea, el desarrollo, la fertilidad y el bienestar psicológico que requieren seguimiento. Algunos sistemas de salud en el mundo han restringido su uso rutinario y han solicitado una investigación más robusta.

Esa incertidumbre no justifica una prohibición absoluta. Justifica la prudencia clínica: evaluación individual; diagnóstico diferencial; atención a la depresión, la ansiedad, el trauma o el autismo cuando existan; información comprensible sobre beneficios y riesgos; preservación de la fertilidad cuando sea pertinente; seguimiento prolongado, y posibilidad real de cambiar de opinión. También exige evitar empujar a un menor a transicionar para probar una identidad, o impedirle toda atención porque su identidad incomoda a los adultos.

La afirmación más grave del título del video —que Colombia produce niños trans mediante cirugías— necesita pruebas de prevalencia, protocolos y resultados, no solo insinuaciones. El Ministerio de Salud ha sostenido que las cirugías genitales irreversibles están reservadas para mayores de edad, según la guía nacional. Esto no impide investigar si hubo casos clínicos que se apartaron de la regla, como el que relata el video, pero un caso individual no demuestra una práctica masiva. 

Proteger a los niños, pero no sobre sus decisiones

La jurisprudencia colombiana construyó, hace décadas, la doctrina de la autonomía progresiva. En la SU-337 de 1999, la Corte distinguió entre la incapacidad legal general de un menor y su competencia concreta para decidir sobre un tratamiento médico que afecte su sexo. En concreto, decidió que no es necesario esperar hasta la mayoría de edad para tomar dichas decisiones y que tampoco los padres u otras personas podrán sustituir el consentimiento del menor. Y, por ende, corresponderá a equipos interdisciplinarios realizar las pruebas pertinentes para evaluar si el menor goza de la autonomía suficiente para otorgar un consentimiento informado. 

Y, aplicado particularmente a cirugías de reasignación de género en menores de edad trans, en la sentencia T-218 de 2022 la Corte reiteró que las decisiones que comprometen la identidad, la integridad y el proyecto de vida de un menor no pueden ser sustituidas sin más por la voluntad de los padres, de los médicos o del Estado. El papel de la sociedad es cuidar y acompañar a los menores para que formen su propio juicio, sin imponerse en los asuntos que los afectan. Esto obliga a valorar, caso por caso, la madurez del menor, la urgencia, la invasividad, la reversibilidad y los riesgos de cada procedimiento.

La Corte también ha sostenido que los tratamientos de afirmación de género prescritos médicamente no son meramente estéticos, pues pueden vincularse con la salud, la dignidad y el libre desarrollo de la personalidad. Esto no crea un derecho automático a cualquier procedimiento: crea el derecho a una valoración adecuada, completa e informada, y a no sufrir barreras discriminatorias cuando exista una indicación clínica.

Contagio social, abuso sexual y destransición

El video atribuye el aumento de jóvenes que se identifican como trans a un “contagio social”. Esta hipótesis fue inicialmente propuesta en 2018  y sostiene que algunos adolescentes, especialmente mujeres asignadas al nacer, comenzarían a identificarse como trans de forma repentina debido a influencias sociales, grupos de pares y redes sociales, en lugar de haber experimentado estas sensaciones desde la infancia. La hipótesis merece investigación, pero aún no ha sido validada como diagnóstico clínico. 

Los estudios históricos sobre quienes “destransicionan” presentan problemas de definición, selección y seguimiento; por eso sus resultados no permiten concluir que una identidad trans adolescente sea, en general, una moda inducida. Un aumento de la visibilidad puede reflejar influencia social, mayor reconocimiento, menor ocultamiento o una combinación de estos factores.

El video también vincula la identidad trans con abusos sexuales mal gestionados. Aunque las personas trans sufren más violencia, esa asociación no prueba causalidad porque el estigma, la exclusión y la vulnerabilidad también aumentan el riesgo de victimización. La Corte ha señalado que los estereotipos de género, de la pobreza, y las barreras laborales agravan esta violencia.

Por último, a pesar de la baja prevalencia de los jóvenes trans —por ejemplo, el 1,8% de los adolescentes se identifica como trans—, el video se enfoca en aquellas personas que decidieron revertir sus transiciones. La destransición, por su parte, es real y no debe minimizarse. Quien se arrepiente, o modifica su proceso, merece atención médica, incluso si no hubo fallas en él. Pero los testimonios del video no establecen por sí solos su frecuencia ni sus causas. Las estimaciones de las tasas de arrepentimiento son particularmente bajas y, en la mayoría de los casos, se relacionan con la presión familiar, la discriminación o los obstáculos impuestos por el sistema de salud. 

Por otro lado, las tasas de arrepentimiento de las cirugías de afirmación de género son particularmente bajas en relación con otras cirugías, sin por esto insinuar que estas cifras eliminan la obligación de informar bien a cada paciente ni resuelven por sí solas el debate sobre menores. 

Lo que el video deja por fuera

La principal debilidad del video no está en las preguntas que plantea —sobre fertilidad, consentimiento, evidencia, conflictos de interés y efectos irreversibles—, sino en cómo construye su relato. Reúne casos trágicos, voces políticas y descalificaciones de expertos y personas trans para presentar posibles riesgos como una práctica generalizada. Además, muestra el litigio por las grabaciones y el arresto de su creador como pruebas de censura científica. Así, genera más miedo que comprensión.

También personaliza el debate. El médico Mario Angulo fue grabado sin su consentimiento y, tras la difusión del video, denunció ciberacoso y amenazas. Criticar prácticas médicas es legítimo, pero exponer a una persona mediante material obtenido de forma engañosa y desobedecer una orden judicial plantean un problema distinto. La protección de los niños no puede construirse vulnerando la intimidad, el debido proceso o la seguridad de quienes participan en la discusión. Del mismo modo, propuestas como la  Ley Trans Integral, también conocida como la Ley Sara Millerey, deben debatirse por su contenido, no reducirse a consignas de una guerra cultural.

Proteger sin negar

Proteger a los menores no significa imponerles una identidad ni negar la que expresan. Colombia necesita reglas claras, datos sobre resultados y efectos adversos y beneficiosos, equipos interdisciplinarios, segundas opiniones, antes de intervenciones irreversibles, protocolos según la edad y consentimiento informado, además de apoyo para quienes continúan, pausan o revierten una transición. Aunque el video plantea un debate necesario, lo orienta hacia una conclusión prefabricada. La Constitución propone una vía más responsable: reconocer la autonomía progresiva de los menores, y evitar tanto el abandono clínico como las decisiones apresuradas. Protegerlos exige ciencia, prudencia y escucha, sin convertir sus cuerpos en un campo de batalla cultural.

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Abigail Anzola

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Abigail Anzola

*Maestra en Derecho Internacional. Su trayectoria académica se ha centrado en el derecho internacional, el derecho ambiental, el conflicto armado y el derecho de tierras

Foto: Niñas en Colombia

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Las categorías no son solo casillas de una base de datos. Son instrumentos para producir conocimiento sobre la realidad y tomar decisiones al respecto. Si el Estado quiere proteger a las niñas, tiene que poder verlas. Y para verlas necesita nombrarlas, identificarlas en sus sistemas de información, reconocer sus diferencias y convertir ese conocimiento en decisiones públicas.

Hay palabras que parecen pequeñas hasta que nos preguntamos qué ocurre cuando desaparecen de los documentos del Estado. “Niña” es una de ellas.

No se trata de una discusión gramatical ni de una disputa sobre estilos de redacción. Cuando hablamos del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), nos referimos a una de las principales instituciones estatales encargadas de coordinar la protección integral de niñas, niños y adolescentes. Por eso, cuando en sus documentos la categoría “niña” desaparece sistemáticamente y es reemplazada por expresiones generales, la pregunta no es solo cómo escribe el Estado. La pregunta es qué realidades está en capacidad de reconocer, cuáles puede medir y cuáles corre el riesgo de dejar fuera de su campo de visión.

Esta preocupación no surge de una preferencia lingüística. Surge del marco jurídico colombiano.

La Constitución Política y la Ley 1098 de 2006, Código de Infancia y Adolescencia, establecen obligaciones claras de protección integral y reconocimiento de las diferencias. La propia Ley utiliza explícitamente la fórmula “niños, niñas y adolescentes” e incorpora la perspectiva de género como elemento para considerar en los distintos ámbitos de desarrollo. Además, establece responsabilidades concretas para el Estado en materias de garantía, prevención, protección y restablecimiento de derechos.

La Ley 1098 no concibe a la infancia como una realidad homogénea. Su artículo 12 exige reconocer las diferencias sociales, biológicas y psicológicas relacionadas, entre otros factores, con el sexo, la edad, la etnia y los roles sociales, precisamente para avanzar hacia la equidad.

Esto tiene una consecuencia que debería ser evidente para cualquier institución que diseña políticas públicas: las categorías con las que se recoge y organiza la información importan.

No es lo mismo registrar “niñez” que saber cuántas niñas son víctimas de una determinada forma de violencia. No es lo mismo hablar de “adolescentes” que conocer qué ocurre específicamente con las adolescentes. Y no es lo mismo afirmar que una política beneficia a la infancia que demostrar quiénes se benefician, quiénes quedan por fuera y qué riesgos específicos enfrentan.

Las categorías no son solo casillas de una base de datos. Son instrumentos para producir conocimiento sobre la realidad y tomar decisiones al respecto.

Por eso, cuando una categoría desaparece de manera sistemática, no necesariamente desaparece la realidad que representa. Pero sí puede hacerse más difícil verla, medirla, compararla y responderle.

La Corte Constitucional ha reconocido esta dimensión. En la Sentencia C-804 de 2006 se cuestionó el uso del masculino como supuesto lenguaje universal en las normas, al advertir que podía invisibilizar la realidad de las mujeres. El lenguaje jurídico, institucional y administrativo no es completamente neutral cuando reproduce una idea de universalidad que termina por relegar a determinados sujetos al segundo plano.

Nombrar a las niñas no es un capricho lingüístico. Es reconocerlas como sujetas específicas de derechos y como una población cuya realidad debe poder identificarse.

Lo que no se desagrega difícilmente se diagnostica

Una institución puede utilizar categorías colectivas como “niñez” o “infancia”. El problema no está en utilizar conceptos generales cuando resultan pertinentes. El problema surge cuando la generalización se convierte en una regla que impide identificar diferencias relevantes.

La igualdad no consiste en hacer desaparecer las diferencias. Consiste en reconocerlas cuando sean necesarias para garantizar los derechos.

Esto es particularmente importante en la producción de información pública. Si no existe una categoría analítica, determinados fenómenos pueden quedar estadísticamente diluidos. Si la información no se desagrega, ciertas brechas pueden permanecer ocultas. Si no se identifican las brechas, las políticas públicas pueden diseñarse con base en promedios que no reflejan la experiencia de quienes enfrentan mayores riesgos.

En otras palabras: lo que no se registra, difícilmente se analiza; lo que no se analiza, difícilmente se prioriza, y aquello que no se prioriza puede recibir una respuesta institucional tardía, insuficiente o inadecuada.

Esta no es una cuestión exclusiva de las estadísticas. También afecta los diagnósticos, los presupuestos, los indicadores, los protocolos de atención, los sistemas de seguimiento y la evaluación de resultados.

Por eso resulta preocupante que una institución responsable de la protección integral pueda prescindir de categorías que permiten identificar desigualdades específicas. El ICBF, además de coordinar el Sistema Nacional de Bienestar Familiar, tiene responsabilidades en la definición de lineamientos técnicos orientados a garantizar los derechos y su restablecimiento.

Una institución que tiene la responsabilidad de proteger debería ser especialmente cuidadosa con las categorías que utiliza para interpretar la realidad.

Foto: Carolina Restrepo Cañavera

Lo que no se nombra también puede dejar de verse

Colombia no enfrenta violencia indiscriminada contra niñas y niños. Las niñas están expuestas a determinadas formas de violencia y explotación de manera diferenciada y, en algunos contextos, con especial intensidad.

En territorios rurales, fronterizos y afectados por el conflicto armado, estas desigualdades adquieren dimensiones particulares. UNICEF informó en febrero de 2026 que el reclutamiento y la utilización de niños y niñas por parte de grupos armados en Colombia habían aumentado 300% en cinco años, y señaló que factores como la violencia, la pobreza, las dificultades de acceso a la educación y la limitada disponibilidad de servicios sociales afectan especialmente a las zonas rurales.

Los datos de la Defensoría del Pueblo también muestran que las niñas no constituyen una categoría estadísticamente irrelevante en este fenómeno. Durante 2024 se registraron 463 casos de reclutamiento que afectaron a 279 niños y adolescentes y 184 niñas y adolescentes. En el primer semestre de 2025, de los 55 casos conocidos por la Defensoría, 26 correspondieron a niñas y adolescentes.

Y el reclutamiento no es la única amenaza.

Las niñas están expuestas a la violencia sexual, la explotación sexual comercial, la trata, las uniones tempranas, los embarazos forzados y otras formas de violencia relacionadas con las desigualdades de género. El propio ICBF reconoce la necesidad de políticas específicas para prevenir y erradicar la explotación sexual comercial de niñas, niños y adolescentes, y ha desarrollado acciones territoriales para prevenirla y combatir la trata.

Aquí surge una paradoja que merece ser discutida públicamente: ¿Cómo puede una institución diseñar respuestas específicas frente a violencias que afectan de manera diferenciada a las niñas y, al mismo tiempo, considerar prescindible la categoría que permite identificarlas?

En el territorio, las categorías tienen consecuencias

Para una niña rural, indígena, afrodescendiente, fronteriza o afectada por el conflicto armado, la diferencia entre ser incluida en una categoría general y ser identificada como parte de una población específica puede tener consecuencias concretas.

Significa preguntarse quién está identificando la violencia sexual, la explotación sexual comercial, el reclutamiento y la utilización por parte de grupos armados, la trata o las barreras particulares para acceder a la protección y la justicia.

Significa también contar con información que permita comprender dónde y a qué edades ocurren las violencias, a quiénes afectan con mayor intensidad, en qué territorios y bajo qué condiciones sociales, étnicas y económicas. Pero también saber quiénes acceden a los servicios de protección, quiénes quedan por fuera y si las respuestas institucionales llegan de manera efectiva y equitativa a niñas y niños. Para responder estas preguntas se requiere información de calidad, comparable y adecuadamente desagregada, capaz de mostrar las diferencias que las categorías generales pueden ocultar.

Por eso, la perspectiva de género e interseccional no es un añadido discursivo a los sistemas de información. Es una herramienta para mejorar la capacidad del Estado de comprender problemas complejos y tomar decisiones más precisas.

Crecer sin ser nombrada también educa

Existe, además, una dimensión menos visible del problema. Una niña aprende desde temprano qué puede esperar de las instituciones: quién la escucha, quién reconoce su palabra, quién identifica sus necesidades y quién considera que lo que le ocurre merece una respuesta.

Las instituciones no solo administran recursos y servicios. También producen mensajes sobre quién cuenta, quién es visible y quién merece ser escuchado.

Cuando una niña crece en contextos en los que su experiencia se diluye sistemáticamente en categorías generales, mientras las violencias que enfrenta permanecen sin reconocimiento específico, puede aprender que lo que le sucede no constituye un problema lo suficientemente importante como para activar una respuesta institucional.

Esto no significa que una palabra determine por sí sola el comportamiento de una persona. Significa algo más profundo: las instituciones participan en la construcción de los marcos sociales a partir de los cuales las personas interpretan sus derechos y su relación con el Estado.

Nombrar no resuelve la violencia. Pero puede establecer un punto de partida indispensable al reconocer que existe una experiencia particular, que esa experiencia importa y que el Estado tiene la obligación de responder.

De Olympe de Gouges al Estado de hoy

Hace más de dos siglos, Olympe de Gouges puso de manifiesto una contradicción fundamental de la modernidad política. En 1791, frente a la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, escribió la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana para cuestionar una universalidad que, en la práctica, había dejado fuera a las mujeres.

Su planteamiento sigue siendo pertinente porque nos recuerda que lo que se presenta como universal no siempre representa a todas las personas.

La historia de los derechos muestra que muchas desigualdades permanecieron invisibles precisamente porque fueron incorporadas en categorías que se asumían universales. Hacer visibles a quienes habían quedado fuera no fue una concesión lingüística: fue una disputa política por el reconocimiento, la ciudadanía y los derechos.

Por eso resulta paradójico que, después de décadas de avances en materia de igualdad, perspectiva de género y derechos de las mujeres y las niñas, todavía tengamos que explicar por qué es importante nombrarlas.

No se trata de regresar a 1791. Se trata de evitar que, en pleno siglo XXI, volvamos a construir instituciones que hablan en nombre de todas las personas mientras algunas quedan estadísticamente diluidas en ese supuesto “todos”.

Si el Estado quiere proteger a las niñas, tiene que poder verlas. Y para verlas necesita nombrarlas, identificarlas en sus sistemas de información, reconocer sus diferencias y convertir ese conocimiento en decisiones públicas.

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Sonia Cardona

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Sonia Cardona

Dignidad y Compromiso

Foto: Futuro pensional en Colombia

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Las cuentas indican que hay estimado presupuesto suficiente para pagar las pensiones de 2026. Si existe un problema, podría ser otro: que el Gobierno no tenga a tiempo el efectivo para hacer los pagos.

Una alerta que exige claridad

La ministra del Trabajo anunció que Colpensiones necesita cerca de $58 billones y que faltan $5 billones para pagar las mesadas de noviembre y diciembre de 2026. La frase “no está la plata, no están los recursos” produjo una alarma comprensible entre los pensionados, que se amplió con la alerta de la Contraloría por $4,2 billones.

Pero allí parecen mezclarse tres asuntos diferentes: el mayor valor de las pensiones, una eventual insuficiencia presupuestal y un problema de caja o del Programa Anual Mensualizado de Caja (PAC). Por eso importa revisar las cuentas (Cuadro 1)

Los informes de ejecución de los Fondos Administrados por Colpensiones, con corte al 31 de agosto, muestran que la apropiación vigente para pensiones y jubilaciones es de $72,47 billones. De estos se habían pagado $46,31 billones y la proyección de cierre se ubica, bajo supuestos razonables, entre $69,5 y $70,5 billones.

Las cuentas publicadas no muestran un faltante presupuestal de $5 billones. Por el contrario, bajo los supuestos utilizados y de continuarse la tendencia de pagos, muestran un saldo probable de apropiación de aproximadamente $2 a $3 billones. Es decir, los escenarios calculados caben dentro de la apropiación vigente.

Esto significa que el debate está confundiendo tres cosas diferentes. La primera es si el presupuesto aprobado alcanza para pagar las pensiones de 2026. La segunda es si, aun existiendo esos recursos en el presupuesto, el Gobierno dispone del efectivo necesario para hacer los pagos de noviembre y diciembre. Y la tercera es cuánto aumentó el gasto en pensiones frente a 2025. Son problemas diferentes y exigen respuestas diferentes.

Las cifras oficiales de ejecución de Colpensiones indican que el primero no existe: la apropiación presupuestal alcanzaría para cubrir los pagos previstos.

La estacionalidad importa porque en junio y diciembre se pagan mesadas adicionales. El promedio mensual entre enero y agosto fue de $5,79 billones, mientras que el pago de agosto fue de $5,66 billones. Si durante los cuatro meses restantes se reproduce la mesada mensual promedio y en diciembre se agrega una mesada adicional igual a la estimada para junio, el resultado sería de $69,98 billones y quedarían $2,49 billones sin ejecutar.

Incluso si la mesada adicional de diciembre fuera 50 % mayor que la de junio, el cierre llegaría a $70,50 billones y todavía quedarían casi $2 billones disponibles de lo presupuestado.

Foto: Colpensiones

El aumento del salario mínimo ya está incluido

Una explicación difundida para el supuesto faltante atribuye alrededor de $5 billones al aumento del salario mínimo de 2026. Ese argumento debe conciliarse con la ejecución observada.

Los pagos efectuados entre enero y agosto ya incorporan el reajuste que comenzó a regir el 1 de enero. Por tanto, una proyección construida a partir de la mesada de agosto ya contiene ese efecto.

Además, el reajuste no es uniforme para todas las pensiones. El artículo 14 de la Ley 100 de 1993 establece que las mesadas superiores al salario mínimo se actualizan con la variación del IPC, mientras que las pensiones equivalentes al mínimo se ajustan con el aumento de este.

Una estimación de $5 billones tendría que mostrar cuántas mesadas pertenecen a cada grupo, el mayor valor recaudado por cotizaciones debido al aumento del salario mínimo, la variación aplicable, los nuevos pensionados y la diferencia frente a lo que ya había previsto el presupuesto.

Esa conciliación no se ha divulgado. Además, la ministra habla de $5 billones mientras que la Contraloría habla de $4,2 billones.

Los ingresos también han aumentado

La ejecución de los ingresos refuerza la conclusión.

Con ocho de los doce meses transcurridos, una trayectoria lineal equivaldría al 66,7 % del aforo. Las cotizaciones habían alcanzado el 68,9 % y los recursos provenientes de traslados, el 72 %. Proyectados de manera lineal, ambos conceptos cerrarían por encima de lo presupuestado (Cuadro 2).

La proyección conjunta de cotizaciones y traslados alcanza $40,32 billones. Todo lo demás constante, esta combinación reduciría la transferencia nacional necesaria al cierre, en lugar de aumentarla.

El aporte de la Nación presenta otra dinámica. A agosto, Colpensiones registraba un recaudo por aportes de la Nación de $18,76 billones, el 55,5 % de un aforo de $33,78 billones. El rezago de este rubro puede ser una señal de caja o de programación de giros, pero no demuestra que falte apropiación.

Presupuesto y caja no son lo mismo

La suficiencia presupuestal responde a una pregunta: si existen la autorización y un monto disponible para reconocer y pagar una obligación. Como muestran los datos anteriores, el aumento del costo de las pensiones estaba contemplado en la apropiación presupuestal vigente.

La caja plantea una pregunta diferente: si el Tesoro cuenta cada mes con el efectivo necesario y si el Programa Anual Mensualizado de Caja (PAC) asignó oportunamente los cupos de pago. El artículo 73 del Estatuto Orgánico del Presupuesto dispone que la ejecución del gasto se realiza mediante el PAC.

Una apropiación puede ser suficiente y, al mismo tiempo, puede existir una tensión temporal de liquidez si el recaudo, la colocación de deuda o los giros de la Nación se retrasan. Esa tensión sería seria, pero su diagnóstico y sus soluciones son diferentes.

El aumento del valor de las pensiones frente a 2025 es una tercera discusión, pero ese aumento no parece corresponder a los $5 billones.

La diferencia importa para la política pública. Un faltante de apropiación exigiría una adición o un traslado presupuestal. Un faltante de caja exigiría reprogramar el PAC, acelerar giros, administrar temporalmente la liquidez o conseguir financiación.

Si lo que se discute es el aumento del gasto pensional, este debe descomponerse en sus causas: el reajuste de las mesadas equivalentes al salario mínimo; la actualización con el IPC de las pensiones superiores al mínimo; el aumento neto del número de pensionados —nuevos reconocimientos menos fallecimientos y extinciones—; los cambios en la composición y el valor promedio de la nómina, y los pagos extraordinarios por retroactivos, reliquidaciones, decisiones judiciales o mesadas adicionales.

El efecto fiscal neto no corresponde al aumento bruto de la nómina, sino a ese mayor gasto menos el aumento de las cotizaciones y de los demás ingresos propios recurrentes.

Confundir estos tres problemas y lanzar anuncios sin una explicación clara aumenta innecesariamente la incertidumbre de los pensionados.

La tensión fiscal sí merece una alerta

Una dificultad de caja del Gobierno es posible en el contexto fiscal actual. Como mostré en un análisis anterior sobre el presupuesto de 2027, la deuda bruta del Gobierno Nacional Central ascendía en junio de 2026 a $1.167,2 billones, equivalentes al 60,5 % del PIB.

Más preocupantes que el nivel aislado son su trayectoria y su costo: la deuda ha crecido más rápido que la economía, los intereses absorben una proporción elevada del recaudo tributario y Colombia mantiene una carga tributaria baja frente a sus obligaciones permanentes.

Cuando una parte creciente de los ingresos debe destinarse a intereses y amortizaciones, el Tesoro pierde margen para acomodar las diferencias mensuales entre recaudos y pagos. Si además el recaudo corriente crece poco, la caja depende cada vez más de nuevas colocaciones de deuda, refinanciaciones y una programación estricta de los desembolsos.

Esa es una hipótesis que debe comprobarse con información de caja y del PAC. El problema podría no ser que el presupuesto de Colpensiones haya omitido $5 billones, sino que la Nación enfrente restricciones para convertir oportunamente sus autorizaciones presupuestales en efectivo.

Llamar cada problema por su nombre

Las cifras disponibles permiten una conclusión precisa. Con corte a agosto, el presupuesto vigente de pensiones parece suficiente y la ejecución proyecta un cierre inferior al monto apropiado. Los ingresos por cotizaciones y traslados también mostraban un comportamiento favorable. Por eso, hasta agosto no existe evidencia presupuestal que respalde un faltante de $5 billones para pagar las pensiones de noviembre y diciembre.

Puede existir un problema de caja. De ser así, el país debe conocerlo, porque revelaría hasta qué punto el alto endeudamiento, el costo financiero y el bajo recaudo podrían estar reduciendo el margen de liquidez. Pero esa es otra discusión y exige otra evidencia. Presentarla como un faltante propio de Colpensiones desplaza la atención de la situación general de las finanzas públicas y puede conducir a diagnósticos equivocados sobre el sistema pensional.

Los pensionados no necesitan mensajes alarmistas ni tranquilizadores sin soporte. Necesitan información conciliada que muestre cuánto se debe pagar, cuánto se ha recaudado, cuánto ha girado la Nación y cuánto efectivo está programado. Solo con esa información podrá saberse si existe una presión temporal de tesorería.

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Flor Esther Salazar

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Flor Esther Salazar

* Doctora en Ciencias Económicas, Magister en Ciencias Económicas y Contadora Pública de la Universidad Nacional.

Foto: Abelardo entre cadáveres

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Exhibir los cuerpos de quienes fueron considerados enemigos como trofeos de guerra no expresa victoria, sino una profunda derrota ética. A la luz de la tradición bíblica, este artículo reivindica la dignidad humana incluso después de la muerte y llama a construir una política al servicio de la vida y la paz.

Hace un par de semanas vimos al presidente de la República de Colombia caminar entre cadáveres de supuestos guerrilleros, entre los cuales, según se informó, había al menos dos menores de edad.

Hoy se presentan distintos escenarios de confrontación armada en una supuesta lucha contra la criminalidad, la delincuencia o un enemigo gigante que hay que eliminar. Esta narrativa puede llegar a legitimar no solo el exterminio del ser humano, sino también la degradación y la humillación de un sector de la sociedad considerado enemigo, aun cuando se trate de menores de edad reclutados forzosamente.

La enseñanza bíblico-teológica, encarnada en Jesús de Nazaret nos enseña que no solo hay que respetar a los enemigos, sino también amarlos. En el Antiguo Testamento encontramos que David se niega a celebrar la muerte de su enemigo (2 Samuel 1:11-16). Cuando recibe la noticia de la muerte de Saúl, no celebra la derrota de quien había sido su perseguidor: llora, ayuna y reprende al hombre que afirma haberle dado muerte. Esta referencia introduce una idea teológica importante: la muerte del enemigo no elimina su dignidad humana.

Por lo tanto, la exposición de cuerpos en bolsas plásticas, presentada como escarnio público y que niega su dignidad humana, no solo constituye una afrenta ética contra la sociedad, sino también contra las familias de esas personas. No sabemos si eran o no criminales, ni si merecían o no morir. Lo que sí sabemos es que eran seres humanos y tenían familias: esposas, esposos, hijos, hijas y, en algunos casos, padres y madres que los buscaban y ahora los lloran.

Exhibir con odio estos cuerpos como trofeos de guerra, frente a esas familias y a una sociedad sensible a lo humano, es una afrenta que ningún gobernante, y menos aún quien se presenta como hombre o mujer de fe, debería cometer. Es una ofensa a principios éticos, religiosos y morales.

El respeto al cuerpo de los enemigos en la tradición bíblica

En distintos relatos bíblicos podemos ver cómo se respeta el cuerpo de los enemigos. En el relato de David, este respeta el cuerpo de Saúl (1 Samuel 31:11-13; 2 Samuel 2:4-6). Después de la muerte de Saúl, los habitantes de Jabés de Galaad recuperan sus cuerpos, los llevan consigo y les dan sepultura. David reconoce públicamente ese gesto:

“Benditos sean ustedes por haber tenido esta misericordia con Saúl, su señor, y haberlo sepultado.” 2 Samuel 2:5

Se honra incluso a los enemigos, al brindarles una sepultura digna y, en el caso de las personas de fe, una de acuerdo con sus tradiciones religiosas. El cuerpo no se exhibe como trofeo o botín de guerra, porque hacerlo demuestra una falta de ética y de empatía hacia la vida y el dolor de las familias.

Para quienes somos hombres y mujeres de fe, este tipo de espectáculos siniestros constituye una afrenta a la fe, a la moral y a la ética.

No devolver mal por mal

Distintas corrientes de pensamiento ético, filosófico, humanista y religioso han escrito y exhortado al respeto de la vida humana, incluso frente a los cadáveres de los enemigos.

Romanos 12:17-21 nos recuerda: “No devuelvan a nadie mal por mal”. Y concluye: “No te dejes vencer por el mal; vence el mal con el bien”.

Desde una perspectiva cristiana, esto cuestiona profundamente cualquier práctica de humillar, mutilar, profanar o exhibir los cuerpos de los enemigos muertos como forma de victoria o intimidación.

El respeto a la vida humana se demuestra también ante los cadáveres de quienes fueron considerados adversarios.

Un texto particularmente fuerte es Deuteronomio 21:22-23. Este pasaje establece que incluso el cuerpo de una persona ejecutada debía recibir sepultura y no permanecer expuesto durante la noche: “No dejarás que su cadáver pase la noche en el árbol, sino que lo enterrarás aquel mismo día.”

Aunque se trata de otro contexto, resulta significativo: la persona condenada y muerta no pierde por completo el derecho a un tratamiento digno para sus restos.

Es aún más significativo cuando quienes dicen perseguir en nombre de la justicia son capaces de respetar a sus supuestos enemigos. Cuando quienes tienen la responsabilidad de proteger la vida, en su papel de gobernantes y jefes de Estado, rompen las reglas de la ética, la moral y la jurisprudencia para alcanzar un supuesto fin mayor, terminan por destruir los mismos principios que dicen defender.

El cuerpo muerto de Jesús recibió sepultura

Incluso las autoridades políticas y religiosas que participaron en la condena de Jesús permitieron que su cuerpo fuera bajado de la cruz y sepultado, en lugar de exhibirlo como trofeo.

El cuerpo muerto de Jesús fue sepultado, y los Evangelios presentan este hecho con especial cuidado. Es un texto fundamental para una reflexión teológica sobre la dignidad del cuerpo incluso después de la muerte.

  • Mateo 27:57-61: José de Arimatea le pide a Pilatos el cuerpo de Jesús, lo envuelve en una sábana limpia y lo coloca en un sepulcro nuevo.
  • Marcos 15:42-47: José de Arimatea se arma de valor para pedirle a Pilatos el cuerpo de Jesús. Tras comprobar su muerte, Pilatos entrega el cuerpo y José lo deposita en un sepulcro.
  • Lucas 23:50-56: José toma el cuerpo, lo envuelve en una sábana y lo coloca en un sepulcro excavado en la roca. Las mujeres preparan aromas y perfumes para el cuerpo.

Para la tradición bíblica, la muerte del enemigo no autoriza su deshumanización. El adversario puede ser combatido, pero, una vez muerto, su cuerpo conserva una dignidad que exige respeto y sepultura. La victoria no convierte el cadáver del enemigo en un trofeo.

Foto: Agenda seguridad estratégica ADLE

El valle de los huesos secos: ¿una sociedad construida sobre la muerte?

El texto bíblico del valle de los huesos secos, Ezequiel 37:1-14, es uno de los relatos más poderosos sobre la muerte, la restauración y la esperanza.

El relato puede ayudarnos a mirar críticamente sociedades que han optado por la guerra, el asesinato, los bombardeos y la estigmatización. Una sociedad que termina convertida en un valle de huesos secos, erigida sobre la muerte y los restos de sus víctimas, jamás podrá construirse como una propuesta de vida para todos y todas. Por el contrario, muestra el fracaso de un proyecto social que excluye y destruye.

Este mismo relato nos muestra que aferrarse a la vida y promover la verdad, la justicia, el amor y la bondad abren la posibilidad de que esos huesos secos vuelvan a la vida. La esperanza bíblica afirma que la vida, aun en medio de la muerte, puede resurgir.

Es verdad que enfrentamos múltiples desafíos sociales: delincuencia, robos, asaltos, peleas callejeras, tráfico de influencias y corrupción en los más altos niveles de la sociedad. Pero nunca la vía de la guerra y la muerte será una solución para hacer renacer esos huesos.

Más aún, cuando una persecución supuestamente dirigida contra el crimen organizado y la corrupción termina concentrándose en los más pobres y en el eslabón más débil de la sociedad, mientras deja intactas otras estructuras de poder, debemos preguntarnos qué tipo de sociedad estamos construyendo.

El relato de los huesos secos que resurge de la muerte como expresión de esperanza y restauración es una invitación a no volver a sembrar muerte y a construir políticas públicas para la vida, el bienestar, la seguridad y la dignidad de las familias.

Debemos caminar entre los vivos

Es inadmisible que se presente como triunfo caminar entre muertos y cadáveres. Esto muestra el fracaso en el cuidado de la vida, la inclusión social, la justicia y la construcción del bien común.

Gobernar y administrar una guerra puede convertir cada muerte en un supuesto triunfo. Gobernar para la vida implica serenarse, no gritar, no insultar, escuchar y no humillar. Gobernar para la vida significa poner en el centro a los más pobres, y crear condiciones para que el trabajo de campesinos y campesinas, indígenas, afrodescendientes y pobladores urbanos sea dignamente remunerado; que la salud sea accesible para todos y todas y que la tranquilidad, el descanso y la lectura sean posibilidades para todas las personas, no solamente para quienes pueden pagarlas.

Caminar entre cadáveres es fácil cuando se ha eliminado la posibilidad de diálogo y de otras voces. Caminar entre la muerte y los cadáveres puede convertirse en una forma de imponer una narrativa en la que unos pocos creen tener la razón y quienes piensan diferente son considerados un peligro para la sociedad.

No podemos permitirnos fracasar como sociedad. Tenemos todo para construir una sociedad inclusiva, digna, justa e igualitaria. Debemos caminar entre los vivos y no entre los muertos.

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Henry Ramirez Soler cmf

Escrito por:

Henry Ramirez Soler cmf

*Misionero claretiano. Licenciado en Filosofía y Letras de la Universidad Santo Tomás. Profesional en Teología de la Universidad Javeriana, Bogotá. Maestría en Sociología.

Foto: Entramado de corrupción

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Cuando el beneficio esperado de infringir la ley supera el costo esperado de ser descubierto y sancionado, alguien intentará infringirla.

En 1978, Julio César Turbay Ayala pronunció una frase que se convertiría en una de las expresiones más recordadas de la política colombiana: “hay que reducir la corrupción a sus justas proporciones”. Hoy, casi medio siglo después, esta frase conserva una vigencia incómoda. No porque la corrupción tenga proporciones aceptables, sino porque obliga a plantear una pregunta mucho más incómoda: ¿Qué ocurre cuando, para algunos individuos, delinquir se convierte en una estrategia rentable?

Los incentivos detrás del delito

Algunos casos recientes nos permiten plantearnos dicha pregunta. Juliana Guerrero fue condenada en septiembre de 2026 a tres años de prisión, con posibilidad de ser excarcelada, por el delito de fraude procesal relacionado con la presentación de títulos académicos falsos para aspirar al cargo de viceministra de las Juventudes. No es un caso de corrupción y sería un error presentarlo como tal. Pero sí ilustra algo esencial: una conducta ilegal puede emprenderse cuando el beneficio esperado parece lo suficientemente alto frente al riesgo que el individuo percibe al asumirlo.

En la UNGRD el episodio fue distinto y de una magnitud diferente. La Procuraduría confirmó en 2025 las sanciones disciplinarias contra Olmedo López y Sneyder Pinilla por el pago de sobrecostos en la adquisición de cuarenta carrotanques. Según el ente de control, los sobrecostos superaron los US$16.000 millones y representaron más del 54,0% de los precios reales de mercado. Aquí ya no estamos ante la decisión individual de falsificar un documento para acceder a un cargo, sino ante una actuación en el marco de un proceso de contratación pública, con varios participantes y controles institucionales.

Ecopetrol lleva la discusión a una escala aún mayor. Recientemente, una investigación recoge las afirmaciones de Luis Felipe Henao sobre 32 presuntos casos de corrupción identificados por una auditoría forense, así como sobre posibles irregularidades en los nombramientos, la contratación y el direccionamiento de negocios. Son señalamientos que deben ser analizados por las autoridades y no pueden convertirse en responsabilidades probadas por el mero hecho de haber sido publicados. A esto se suma la imputación de la Fiscalía al hoy expresidente de Ecopetrol Ricardo Roa por su presunta responsabilidad en el delito de tráfico de influencias de servidor público, actuación frente a la cual rigen el debido proceso y la presunción de inocencia.

Bajemos de los billones al precio de un celular. En mayo de 2026, la Fiscalía informó sobre la captura y judicialización de cuatro presuntos integrantes de una red dedicada al hurto de celulares en TransMilenio, en conciertos y en otros eventos masivos de Bogotá. Según el ente investigador, estas personas estarían involucradas en al menos siete eventos delictivos ocurridos en el último año.

Evidentemente, no tiene sentido poner estos episodios en el mismo saco. No son equivalentes el fraude procesal, los presuntos sobrecostos en una contratación pública, las acusaciones de irregularidades corporativas y el hurto de un celular. Cambian las víctimas, la magnitud del daño, los mecanismos y las ganancias. Pero lo que sí es común es algo menos visible: la estructura de incentivos que enfrenta quien decide infringir las reglas.

La ecuación que vuelve rentable el delito

Y es aquí donde entra la economía. Hace décadas, Gary Becker propuso analizar el delito como una decisión en la que los individuos comparan los beneficios esperados con los costos esperados de ser descubiertos y castigados. La intuición es muy elemental: si una persona obtiene un beneficio B, enfrenta una probabilidad p de ser descubierta y sancionada, y la sanción representa un costo S, el cálculo básico es B – pS. Cuando el primer término supera suficientemente al segundo, delinquir puede ser una estrategia racional.

No hace falta convertir este espacio en una clase de economía del crimen para entender la consecuencia. Quien decide delinquir no se limita a lo que establece el Código Penal. Observa lo que ocurre en la realidad. Observa cuántas veces otros fueron descubiertos, cuánto tardaron las investigaciones, cuántos terminaron condenados, qué parte de lo obtenido tuvieron que devolver y qué costo personal terminó produciendo la conducta. La ley establece la sanción, pero son las instituciones las que determinan, en gran medida, la probabilidad de que esta se materialice.

Por eso hay una diferencia fundamental entre la severidad y la certeza del castigo. Una pena de veinte años no necesariamente disuade más que una de diez si la primera tiene una probabilidad muy baja de aplicarse. Desde el punto de vista del individuo, 20 multiplicado por casi cero puede seguir siendo poco. La variable relevante no es únicamente cuánto se castiga, sino qué tan probable es que se imponga el castigo.

Foto: Corrupción

La impunidad convierte el delito en un equilibrio estable

Aplicar la teoría de juegos nos permite ir un paso más allá. Becker ayuda a entender la decisión individual; John Nash permite entender la interacción entre varios jugadores y cómo puede surgir un equilibrio a partir de sus decisiones. El ladrón de celulares no juega solo contra la víctima y la Policía. Existe una cadena en la que alguien roba, alguien recibe el teléfono, alguien lo revende y alguien lo compra. Cada participante observa los precios, los controles y los riesgos. Si cada eslabón obtiene un beneficio y enfrenta un riesgo limitado, el resultado puede ser estable: todos tienen incentivos para seguir participando. En términos de Nash, cada jugador puede estar respondiendo racionalmente. Lo que espera que hagan los demás, aunque el resultado del juego sea claramente perjudicial para la sociedad.

La corrupción funciona de manera similar, aunque mucho más sofisticada. En una operación irregular puede haber quien necesita una decisión, quien tiene la capacidad de tomarla, quien suministra información, quien intermedia, quien ejecuta y quien supervisa. El beneficio puede concentrarse en unos pocos, mientras que el costo se distribuye entre una empresa, el Estado, los accionistas o los ciudadanos. Cuando además existen asimetrías de información y múltiples niveles de decisión, identificar con precisión quién tomó la decisión relevante y quién obtuvo el beneficio puede resultar más difícil.

Ecopetrol resulta especialmente ilustrativo en este punto. El interés analítico del caso no radica en equipararlo a un hurto callejero, sino en mostrar que la lógica de incentivos también se manifiesta en organizaciones grandes y complejas. Cuando intervienen múltiples jugadores, el problema ya no consiste solo en aumentar el castigo. También consiste en reducir la posibilidad de que el beneficio privado quede concentrado mientras el riesgo se diluye entre procedimientos, intermediarios y responsabilidades compartidas. La gobernanza importa porque modifica el juego al que se enfrentan los participantes.

La UNGRD muestra otra dimensión. Si un proceso de contratación permite que alguien obtenga una ganancia privada considerable o facilite una transferencia de recursos y el costo esperado de ser descubierto parece pequeño frente a esa ganancia, el incentivo está servido. La sanción posterior puede ser importante y, en efecto, la Procuraduría ha impuesto sanciones en este caso. Pero desde el punto de vista preventivo, la pregunta fundamental es: ¿Qué hizo que el jugador considerara que valía la pena intentarlo?

El mismo razonamiento sirve para entender el hurto. El delincuente aprende de experiencias previas. Si la roba y no es identificada, su percepción del riesgo cambia. Si se descubre que determinados lugares, horarios o circunstancias reducen la probabilidad de captura, incorpora esa información en la siguiente decisión. El delito es un juego repetido: cada ronda aporta información para la siguiente. La impunidad no solo deja un delito sin castigo, también altera las expectativas de quienes observan el resultado.

Ahí aparece uno de los mecanismos más peligrosos. Una baja probabilidad percibida de castigo aumenta el beneficio esperado de delinquir. Un mayor beneficio esperado hace que la estrategia ilegal resulte más atractiva. Si muchos jugadores observan el mismo patrón, la conducta puede reproducirse y terminar convirtiéndose en una suerte de equilibrio: delinquir es una estrategia dominante porque los demás también perciben que puede funcionar.

El círculo vicioso de la impunidad

El fenómeno no se limita a quienes delinquen. También existe un juego entre los ciudadanos y el Estado. Denunciar requiere tiempo y esfuerzo y, en algunos casos, supone riesgos adicionales. Si el ciudadano cree que denunciar no dará resultados, tiene menos incentivos para hacerlo. Pero si muchos ciudadanos llegan a esa conclusión, el Estado recibe menos información, investiga con mayor dificultad y puede disminuir aún más su capacidad efectiva de sancionar. Menos denuncias producen menos información, menos información puede producir menos efectividad, y una menor expectativa de resultados vuelve a reducir los incentivos para denunciar.

Es un equilibrio que se refuerza por sí solo. Y eso explica por qué la discusión pública sobre seguridad y corrupción suele quedarse en el lugar equivocado. Se habla mucho de endurecer las penas, como si el problema principal fuera la magnitud del castigo. Pero si el riesgo de ser descubierto y sancionado sigue siendo bajo, aumentar una pena ya elevada puede modificar poco el comportamiento. La política criminal no puede reducirse a cambiar S cuando el verdadero problema está en p.

Cambiar el precio del delito

El Estado, en última instancia, es quien determina el precio del delito. Lo hace mediante la probabilidad de detección, la capacidad de investigación, la coordinación institucional, la celeridad de la justicia, la recuperación de activos y la certeza de la sanción. La pena establecida en la ley es solo una parte del precio. Para quien toma la decisión, el costo relevante es el costo esperado: la sanción multiplicada por la probabilidad de que efectivamente se imponga.

Esta distinción tiene una consecuencia práctica. No necesariamente se debe castigar cada vez más fuertemente; muchas veces, se necesita castigar con mayor certeza. Elevar p puede alterar los incentivos incluso sin aumentar S. Una Policía que identifica mejor, una Fiscalía que investiga mejor, una justicia que resuelve en tiempos razonables, organismos de control capaces de detectar tempranamente las irregularidades y mecanismos efectivos para recuperar los recursos pueden elevar el costo esperado del delito mucho más que otra reforma al Código Penal que simplemente aumente las penas y los castigos en el papel.

Por eso, la frase de Julio César Turbay Ayala puede verse hoy desde una perspectiva diferente. No se trata de aceptar una cantidad “justa” de corrupción. Se trata de entender que las instituciones generan incentivos y que los individuos responden a ellos. Una sociedad no puede aspirar a eliminar por decreto la posibilidad de que alguien quiera aprovecharse de los demás, pero sí puede construir un sistema en el que hacerlo sea cada vez menos rentable.

La cuenta que puede cambiar el juego

El ladrón de celulares hace cuentas. El comprador de celulares robados también. El funcionario que abusa de su posición hace cuentas. El contratista que participa en una operación irregular hace cuentas. Y el ciudadano que decide denunciar también. Todos hacen cuentas, todos conocen las reglas, pero, sobre todo, analizan sus resultados.

Por eso, cuando usted se pregunte por qué en Colombia delinquir paga, analice este interrogante con base en nuestros incentivos institucionales. Cuando el beneficio esperado de infringir la ley supera el costo esperado de ser descubierto y sancionado, alguien intentará infringirla. Y cuando ese cálculo se repite suficientes veces, el problema deja de ser la existencia de unos cuantos infractores y pasa a ser el equilibrio que generan las reglas.

Aquí la discusión de fondo no es cuánto más castigo podemos escribir en el papel. Es cuánto podemos aumentar la probabilidad de que quien decida delinquir pague efectivamente el costo de su decisión. Porque cuando el Estado logra elevar esa probabilidad, cambia la cuenta que hacen los jugadores. Y cuando cambia la cuenta, cambia el juego. Colombia no necesita que la corrupción tenga “justas proporciones”. Necesita dejar de ser una estrategia rentable para quienes la ejecutan.

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Juan Camilo Villar

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Juan Camilo Villar

*Docente Universidad Externado de Colombia, magíster en Políticas Públicas de la Universidad de los Andes, magíster en Economía de la Universidad Externado de Colombia y economista de la Universidad Militar Nueva Granada.

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Hace mucho tiempo el jazz dejó de pertenecer exclusivamente al lugar donde nació. Como otras músicas que han viajado por el mundo, se transformó al entrar en contacto con diferentes culturas y tradiciones. En Colombia, esa conversación ha dado lugar a la expresión “Jazz Colombiano”.

Septiembre podría considerarse el mes del jazz en Colombia. Durante estas semanas se concentra buena parte de los festivales y encuentros dedicados a este género: Jazz al Parque, Mompox Jazz Festival, PastoJazz, Ajazzgo, entre muchos otros. Son algunas de las apuestas del país para celebrar una música que nació a comienzos del siglo XX y que, más de cien años después, continúa viajando, transformándose y encontrando nuevos lugares donde sonar.

Pero el jazz no ocurre únicamente en los escenarios de estos festivales. También está en los bares, las jam sessions, los teatros, las grabaciones, las universidades y otros espacios que conforman una escena musical activa. En Colombia, particularmente, durante los últimos años se ha hablado cada vez más de “Jazz Colombiano”. A primera vista, la expresión parece sencilla: jazz hecho por colombianos. Sin embargo, detrás de esta etiqueta aparecen algunas preguntas sobre la identidad, las influencias y las transformaciones de una música que nunca ha dejado de mezclarse.

Este año ofrece, además, una ocasión especial para mirar hacia la historia del género. En 2026 se conmemora el centenario del nacimiento de dos figuras fundamentales del jazz: John Coltrane, saxofonista estadounidense nacido en Hamlet, Carolina del Norte, y Miles Davis, uno de los grandes renovadores del género. Ambos nacieron en 1926 y, un siglo después, sus grabaciones continúan siendo escuchadas, estudiadas e interpretadas por nuevas generaciones.

Mitad del siglo XX

La relación de Colombia con el jazz tiene varias décadas. Desde mediados del siglo XX existen registros de grabaciones y composiciones vinculadas a este género. Real Book Colombia (2022), publicación de la Pontificia Universidad Javeriana, recoge parte de esta historia y permite observar distintas etapas de su desarrollo en el país.

En los últimos años, además, la tecnología ha facilitado tanto la producción como la conservación y la circulación de estas músicas. El acceso a herramientas de grabación y distribución digital ha permitido que un mayor número de artistas produzca, registre y comparta su trabajo.

El periodista musical Luis Daniel Vega ha contribuido a reconstruir este mapa sonoro mediante el repositorio Discografía de Jazz Colombiano, creado para visibilizar y recopilar grabaciones relacionadas con esta historia. Allí aparecen numerosos compositores e intérpretes, desde Al Escobar and His Afro-Cuban Orchestra / Rhythmagic (1958) hasta producciones más recientes como Araña (2026).

La investigación también ha intentado reconstruir esta memoria. Jazz en Bogotá (Bogotá: Instituto Distrital de Patrimonio Cultural, 2010) y el proyecto transmedia Jazz Mutante (2020), del Instituto Distrital de las Artes (Idartes), son algunos de los esfuerzos por documentar una escena que durante mucho tiempo permaneció dispersa.

A este proceso se suma Real Book Colombia (2022), de Jorge Sepúlveda y Kike Mendoza, un catálogo de partituras que recoge algunas de las transformaciones estilísticas del jazz hecho en el país. Su título hace referencia a los conocidos libros de partituras utilizados históricamente por músicos de jazz en Estados Unidos.

Son distintas maneras de construir memoria. Porque una escena musical no solo se mantiene viva cuando se toca: también cuando se registra, se investiga y se conserva.

¿Qué es el Jazz Colombiano?

Hace mucho tiempo el jazz dejó de pertenecer exclusivamente al lugar donde nació. Como otras músicas que han viajado por el mundo, se transformó al entrar en contacto con diferentes culturas y tradiciones. De allí surgieron categorías como jazz europeo, africano, asiático y latinoamericano. En Colombia, esa conversación ha dado lugar a la expresión “Jazz Colombiano”.

Según el periodista Luis Daniel Vega, esta categoría no describe un sonido particular ni una estética uniforme, sino una clasificación elemental relacionada principalmente con la nacionalidad de sus intérpretes.

Sin embargo, una etiqueta puede resultar insuficiente cuando aparecen texturas cada vez más complejas. En Colombia, el jazz se ha encontrado con músicas que ya tenían sus propias historias, estructuras y formas de entender el ritmo: cumbia, currulaos, bambucos, entre otros.

En algunos casos, estos encuentros incorporan improvisación, nuevas armonías o variaciones rítmicas que modifican las estructuras originales. El resultado puede seguir siendo reconocible como música tradicional, acercarse al jazz o situarse en un territorio difícil de clasificar.

Para algunos músicos y oyentes sería más apropiado hablar de “nuevas músicas colombianas”. Para otros, la expresión Jazz Colombiano resulta útil para describir este conjunto de prácticas. Más que encontrar una definición definitiva, lo interesante es observar el proceso: una música que cambia cuando entra en contacto con otras tradiciones.

Esto no es exclusivo de Colombia. El jazz ha construido buena parte de su historia a partir del diálogo y la transformación. Su expansión mundial demuestra que ningún género permanece completamente inmóvil cuando atraviesa fronteras culturales.

A esta transformación se suma ahora una condición propia del mundo digital. Las plataformas de distribución musical necesitan clasificar las obras mediante etiquetas que permitan organizar los catálogos y alimentar sus sistemas de recomendación. Incluso una pieza difícil de encasillar termina necesitando algunas palabras que indiquen al algoritmo dónde ubicarla.

La paradoja es evidente: mientras las músicas se vuelven más híbridas, los sistemas que las distribuyen necesitan clasificarlas.

Una escena que se transforma

Mientras las plataformas digitales incorporan diariamente nuevas grabaciones, la música continúa ocurriendo de manera presencial. Festivales, bares, jam sessions, teatros, bibliotecas y universidades son algunos de los espacios donde esta escena se encuentra con su público.

La centralización de la actividad cultural en Bogotá sigue siendo evidente. La capital concentra una parte importante de la oferta musical del país y, con ella, una escena de jazz que se amplía progresivamente. Pero también existen encuentros y procesos en otras ciudades y regiones, donde las músicas locales dialogan con lenguajes provenientes de otros lugares.

Las jam sessions son un ejemplo de esta dinámica. Se trata de encuentros entre músicos que interpretan un repertorio conocido y utilizan sus estructuras como punto de partida para la improvisación. Esta práctica está asociada a la historia del jazz estadounidense y a los espacios informales de encuentro entre músicos durante las primeras décadas del siglo XX.

En Bogotá, esta lógica también aparece alrededor de las músicas colombianas. Existen encuentros dedicados al repertorio tradicional del jazz, pero también ruedas de bullerengue, gaita, músicas del Pacífico o tertulias de música andina colombiana. Cambian los instrumentos, las estructuras y las tradiciones, pero permanece una idea común: reunirse para tocar, escuchar y responder musicalmente al otro.

Quizá allí se encuentre una parte importante de la escena contemporánea: no solo en los discos o los grandes festivales, sino también en esos espacios donde la música se construye en tiempo real.

Coltrane, Davis y cien años de escucha

En 2026, John Coltrane y Miles Davis cumplen cien años desde su nacimiento.

Ambos transformaron profundamente el lenguaje del jazz y dejaron una obra que continúa siendo estudiada e interpretada. Sus grabaciones funcionan todavía como puntos de referencia para músicos, estudiantes y oyentes interesados en comprender la evolución del género.

Entre sus obras más conocidas están Kind of Blue, de Miles Davis, y Giant Steps, de John Coltrane. Son discos separados por apenas unos meses, pero pertenecientes a momentos distintos de una música que estaba cambiando rápidamente.

Para quienes ya conocen estos discos, el centenario puede ser una oportunidad para regresar a ellos. Para quienes todavía no los han escuchado, puede ser una invitación a salir, aunque sea por un momento, de las recomendaciones habituales de las plataformas y acercarse a otras sonoridades.

Quizá ese sea también uno de los aportes del jazz: su capacidad para viajar, explorar, mezclarse y transformarse.

La música nace de un contexto cultural, pero encuentra siempre caminos para viajar y entrar en diálogo con otras tradiciones. De estos encuentros surgen nuevos sonidos, texturas y estéticas. El Jazz Colombiano podría ser una de ellas. Pero quizá convenga no apresurarse a definirlo o estandarizarlo, sino escuchar qué está produciendo esa mezcla: una ida y vuelta constante entre culturas.

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Nicolas Torres

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Nicolas Torres

*Bajista, compositor y productor. Magister en Enseñanzas Musicales con especialización en Jazz y Música Moderna. Magíster en Musicoterapia y en Música con énfasis en Ingeniería de Sonido.

Foto: Norte de Santander

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La inversión nacional prevista para el departamento cae un 7,9%. Pero el problema también está en su composición: una cartera concentrada, hogares expuestos al ajuste y necesidades rurales que el agregado oculta. ¿Qué debería defender la región y cómo convertir esa defensa en resultados?

Un presupuesto puede reconocer a un departamento en las cifras y dejar abiertas las preguntas sobre su desarrollo. Norte de Santander figura entre los diez territorios con mayor inversión regionalizada en el proyecto de Presupuesto General de la Nación de 2027; aun así, pierde recursos respecto del punto de partida de 2026. ¿Qué significa ocupar un lugar destacado si disminuyen los apoyos de los que dependen los hogares y siguen siendo pequeñas las partidas destinadas a transformar la economía rural?

El análisis de la regionalización inicial identifica $2.352.070 millones para el departamento, frente a $2.552.743 millones en 2026: $200.673 millones menos, una reducción nominal del 7,9%, superior al 4,8% nacional. La comparación corresponde a los libros iniciales de ambos años; trata de una propuesta de distribución, no de recursos ejecutados ni de un presupuesto definitivo.

La caída importa; también importa saber sobre quién recae. Una reducción en una obra, en una transferencia o en un subsidio de energía tiene consecuencias distintas. La gestión regional necesita explicar esas diferencias antes de que la discusión se convierta en una competencia por ver quién obtiene más dinero.

¿Recibir más por habitante equivale a recibir lo necesario?

El departamento concentra el 3,69% de la inversión regionalizada, por encima de su peso poblacional, que es de 3,21%. Los $1,36 millones por habitante también superan el promedio nacional ponderado, de $1,19 millones. Estos datos obligan a matizar la idea de un territorio simplemente excluido del reparto. Pero la población no resume ni las necesidades ni los costos de atenderlas.

Dentro de Norte de Santander, las necesidades básicas insatisfechas alcanzan el 37,2% en la ruralidad y el 13,4% en las cabeceras, según los datos censales utilizados en las fichas. El promedio departamental reúne realidades muy distintas. ¿Cuánto de la asignación llega a las veredas más rezagadas y cuánto se concentra en los corredores donde ya existe mayor capacidad de formular y ejecutar proyectos?

¿Quién decide sobre la inversión regionalizada?

Transporte e Inclusión Social concentran el 64,2% de los recursos. El corredor Pamplona–Cúcuta concentra $419.857 millones, casi 18 de cada 100 pesos; los cinco proyectos más grandes absorben el 56,1%. Hay 145 proyectos, pero la amplitud de la lista no se traduce en una diversidad de apuestas equivalente.

Buena parte corresponde a programas nacionales y compromisos contractuales. Regionalizar una partida permite ubicarla geográficamente; no implica que la Gobernación o los municipios puedan decidir libremente sobre ella. ¿Qué margen real tiene, entonces, el territorio para orientar su desarrollo? La respuesta exige identificar las obligaciones existentes y las decisiones aún abiertas a la negociación.

¿Quién absorbe el ajuste?

Los subsidios de energía, las transferencias monetarias, el gas por red y el subsidio familiar de vivienda suman $457.999 millones en la propuesta departamental. Representan el 19,5% de su inversión regionalizada, frente al 15,3% nacional. Esta exposición ayuda a entender por qué una reducción en esas líneas merece especial atención en Norte de Santander.

El informe estima, en su escenario central, una pérdida de $333.030 millones en esos cuatro rubros, parcialmente compensada por $132.357 millones adicionales en el resto de la inversión. La precisión es necesaria: se reconstruye una base de 2026 a partir de razones nacionales y de otros departamentos; no se dispone de una comparación observada de cada subsidio para Norte de Santander. Es una alerta sobre la posible composición del ajuste, no una pérdida ya comprobada por hogar.

Para una familia con ingresos inestables, una transferencia puede cubrir la compra de alimentos y un subsidio puede liberar recursos para otras necesidades. Si esos apoyos disminuyen, el efecto puede extenderse al comercio y los servicios locales. Una obra de infraestructura puede generar beneficios valiosos, pero tiene plazos y destinatarios distintos; no cabe dar por hecha una compensación inmediata.

¿Cuántos hogares recibirían menos pagos? ¿Qué cobertura se sostendría y con qué financiación? La bancada regional debería exigir al Gobierno metas por departamento, beneficiarios y ciclos de atención. Defender una cifra presupuestal sin conocer el servicio que financia deja incompleta la defensa de los hogares.

¿Dónde queda el territorio?

Agricultura recibe el 1,1% de la inversión regionalizada; vivienda, agua y saneamiento, el 0,8%. La lectura exige cuidado: esas participaciones no incluyen todas las fuentes de financiación ni prueban la ausencia de otras intervenciones nacionales. Sin embargo, abren una pregunta que la región debe responder: ¿qué combinación de recursos permitirá que una familia rural mejore su vivienda, produzca legalmente y llegue al mercado?

Las líneas identificadas de sustitución de cultivos, PDET y apoyo financiero al Acuerdo Final suman $11.855 millones, equivalentes a alrededor del 0,5% del total departamental. No representan la totalidad del gasto que puede beneficiar al Catatumbo; precisamente por eso hace falta una cuenta territorial completa. ¿Cuánto se prevé invertir allí, en qué municipios y con qué resultados?

En la frontera sucede algo semejante. El desarrollo social y económico en zonas fronterizas registra $4.933 millones, y la política migratoria, $803 millones. Son partidas explícitas de alcance limitado en la ficha. La condición fronteriza también debería orientar las inversiones en logística, formación, servicios públicos y actividad productiva. ¿Dónde está la articulación entre esas intervenciones y quién responde por ella?

Una gran vía puede mejorar la conexión con el país. Para aprovecharla, un productor también necesita acceso desde su vereda, asistencia técnica y oportunidades de comercialización. La pregunta propositiva consiste en identificar qué inversiones complementarias permiten que el beneficio del corredor llegue a quienes permanecen lejos de él.

¿Qué debería negociar la región?

La Gobernación, las alcaldías, la bancada, las universidades y los sectores productivos podrían acordar una agenda corta y verificable. La primera prioridad sería garantizar la continuidad de la atención a los hogares vulnerables. Esto supone precisar la financiación faltante de los subsidios y las transferencias, sustentar las solicitudes de reposición y hacer públicas las metas de cobertura que se busca preservar.

La segunda sería estructurar un conjunto de proyectos complementarios para el Catatumbo y la frontera: conectividad rural, agua, mejoramiento de la vivienda y apoyo productivo. Cada proyecto debería identificar la población atendida, la entidad ejecutora, el costo, la cofinanciación y las condiciones de operación. La propuesta debe mostrar cómo se complementan las intervenciones y qué brecha concreta pretende reducir cada una.

¿Cómo sabremos si la gestión funcionó?

La tercera prioridad sería publicar un seguimiento trimestral que vincule el presupuesto y resultados. ¿Cuánto se comprometió, cuánto se pagó y qué recibió la población? Conocer los kilómetros intervenidos, los hogares con agua segura o los ciclos de transferencias realizados permite evaluar algo más que el porcentaje de ejecución financiera. También evita que una asignación anunciada se presente como un beneficio ya entregado.

Ese seguimiento necesita distinguir los recursos regionalizados de los de otras fuentes y localizar los proyectos hasta donde lo permita la información. Las universidades pueden contribuir con análisis; las organizaciones comunitarias, con verificación en el territorio. La responsabilidad de producir información completa y responder por los resultados sigue siendo de las entidades ejecutoras.

La región también debe revisar su capacidad para formular y sostener proyectos. Pedir más recursos es una exigencia legítima; convertirlos en servicios duraderos requiere diseños viables, coordinación y financiación operativa. Fortalecer esas capacidades no exime a la Nación de atender las brechas, pero mejora la posibilidad de que la negociación produzca resultados.

El presupuesto de 2027 ofrece una oportunidad para discutir qué debe cambiar en Norte de Santander y qué recursos exige ese cambio. La defensa regional ganaría fuerza si sus prioridades pudieran evaluarse en función de las condiciones de vida que se buscan mejorar. Cuando termine la vigencia, ¿podremos demostrar que una familia vive con mayor seguridad, que una vereda está mejor conectada o que producir legalmente resulta más viable? Esa debería ser la medida de una gestión presupuestal que responde al territorio.

Fuente de las cifras: Zambrano Asesores y Consultores S.A.S., Norte de Santander en el Presupuesto General de la Nación 2027, análisis de la regionalización inicial, 24 de septiembre de 2026. Montos en pesos corrientes. Las asignaciones son preliminares e indicativas; la descomposición por subsidios corresponde a un escenario estimado.

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Mario de Jesus Zambrano Miranda

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Mario de Jesus Zambrano Miranda

* Docente de la Escuela Superior de Administración Pública, Territorial Norte de Santander-Arauca.

Foto: Desorden informativo

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En una cadena de WhatsApp casi todo llega escrito por alguien más. Esa línea que escribimos nosotros decide si el mensaje sigue como aviso o como certeza. El paro armado en Santa Marta permite ver cómo funcionan esas frases y qué preguntas pueden frenarlas.

Santa Marta amaneció el martes 22 de septiembre con el transporte suspendido y buena parte de sus calles vacías. El lunes, alias Cholo, segundo jefe de las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada (ACSN), había muerto en una operación militar, y enseguida comenzó a circular el anuncio de un paro armado de 48 horas. Esa jornada ardieron dos buses de servicio público, una tractomula y un taxi. El comercio cerró casi por completo y el presidente Abelardo de la Espriella ordenó militarizar la ciudad.

En los teléfonos se mezclaron videos de hombres armados, imágenes sin fecha y cifras todavía sin confirmación. Casi todo llegaba con una frase encima. Lo paso por si acaso.

El video lo grabó otro y el audio lo dictó alguien que nadie conoce. Nuestra parte es la línea que acompañó el mensaje. “No tengo pruebas, pero tampoco dudas” convierte una corazonada en veredicto. “Yo solo comparto” deja el mensaje en circulación, mantiene la cadena activa y desliga a quien envía de lo que pase después.

Hace ochenta años, los psicólogos Gordon Allport y Leo Postman analizaron cómo crecen los rumores. Según su fórmula, un rumor gana fuerza con la importancia del asunto y con la ambigüedad de lo que se sabe. Santa Marta reunió las dos condiciones. La violencia fue real y el miedo estaba más que fundado. Faltaban datos. En ese vacío se colaron las frases que dan permiso para repetir lo que todavía ignoramos.

La orden y el aviso viajan juntos

El psicólogo Nicholas DiFonzo estudió el rumor en comunidades que enfrentan una amenaza sin información suficiente. Lo describe como un trabajo colectivo para entender lo que pasa. Visto así, preguntar y avisar son reacciones sensatas. En una ciudad paralizada, los primeros mensajes sobre quemas o barrios cerrados ayudaron a muchas familias a decidir si salían o se quedaban en casa.

El propio paro llegó primero como mensaje. Un grupo armado necesita pocos hombres en la calle cuando la orden de cerrar circula sola por los teléfonos. Solemos pensar el rumor como un contenido falso que hay que desmentir. En Santa Marta el anuncio del paro resultó cierto, y reenviarlo protegía a la vecina y hacía cumplir la orden en el mismo gesto. 

El “por si acaso” tiene un efecto que pasa inadvertido. Tranquiliza a quien envía, que siente cumplido su deber de avisar, y deja la duda entera en manos de quien recibe. El daño comienza cuando, por querer saber, culpamos o reenviamos sin separar lo confirmado de lo apenas oído.

Lo que un video pierde en el camino

Un video de quince segundos pierde pronto la fecha y el lugar exacto. Lo que queda es el bus en llamas. Allport y Postman describieron ese recorrido en sus experimentos. Primero se pierden detalles, luego algunos rasgos se exageran y al final la historia se acomoda a lo que cada grupo ya esperaba. Lo llamaron nivelación, agudización y asimilación.

En Santa Marta las mismas imágenes alimentaron relatos opuestos. Un analista escribió en X que el Gobierno no tenía capacidad de reacción y un portal tituló que el presidente no había podido con la seguridad. El Ejército, por su parte, presentó la operación contra alias Cholo como un golpe al mando y a las finanzas del grupo. Cada lectura encontró en el humo del bus una prueba de su relato previo.

La fórmula de 1946 ayuda a entender por qué la ambigüedad multiplica versiones, aunque no predice cuál ganará. Eso lo decide la frase que cada quien pone al reenviar. 

Cuatro permisos para reenviar

Las frases que dan permiso para que circule lo no comprobado se cuentan por cientos, con variantes según la plataforma y el lugar. En Santa Marta volvieron las de siempre. Se pueden agrupar en cuatro familias. Cada una admite una pregunta que ayuda a frenar el reenvío. 

La certeza sin expediente reúne expresiones como “No tengo pruebas, pero tampoco dudas” o “El que piensa pierde”. Cierran el caso con una intuición y tratan la duda como flaqueza. La pregunta mira hacia adelante. ¿Qué hecho, si apareciera mañana, me haría cambiar de opinión? Si no puede aparecer ninguno, esa certeza ya no depende de los hechos.

El salvoconducto aparece en “Lo paso por si acaso” y “Yo solo comparto”. Quien reenvía se presenta como mensajero y no se hace cargo. En los grupos suele ir con las cadenas de alarma. Si resulta falso, ¿a quién le aviso? 

La fuente innombrable habla con frases como “Me llegó de buena fuente” o “Tengo un primo que es policía”. Da crédito sin decir quién habla ni cómo lo sabe. El periodismo resguarda fuentes y aun así ofrece a sus lectores indicios de cómo comprobar. Un grupo de chat casi nunca lo hace. ¿Qué puede saber esa persona, de primera mano, sobre esto?

El desmentido como prueba se resume en “Si lo borran, era verdad”. Cualquier contraste le sirve de prueba y deja sin espacio a quien quiera aclarar. Que una plataforma retire un contenido no demuestra que sea falso o cierto y tampoco prueba censura, pues las plataformas también se equivocan. La pregunta pide otra cosa en este caso. ¿Qué fuente independiente lo sostiene, aparte de que lo hayan retirado?

Por qué un “es falso” se queda corto

Un metaanálisis de Dolores Albarracín y su equipo midió qué desmentidos logran que la gente abandone una creencia falsa. Los que explican con detalle por qué algo no es cierto funcionan mejor que un simple rótulo. El efecto se debilita cuando la persona ya había elaborado sus propias razones para creer. Los permisos producen justo esas razones y llegan antes de cualquier verificación.

El grupo al que uno pertenece lo pone más difícil. Frases como “despierta” o “abre los ojos” marcan quién está dentro. Corregirlas suena a ataque contra la comunidad que las usa, y esa defensa pesa más que el dato. Ofrecer contexto y una ruta para comprobar funciona mejor que repetir ‘es falso’ como veredicto moral.

Un desmentido compite también con algo más atractivo. Hay mensajes que llegan con un culpable incluido, y un culpable da más alivio que un “todavía no se sabe”. Frases como “¿todavía creen que fue una coincidencia?” o “miren quién se beneficia” convierten una sospecha en una historia con autor. Si la respuesta se limita a decir “es falso”, queda un hueco que la sospecha vuelve a llenar. La indignación puede ser legítima y aun así no prueba quién causó el daño ni con qué propósito. Antes de pasar una acusación, la pregunta útil es qué prueba une a esa persona o a ese grupo con el hecho.

Contestar en una línea

No todos los reenvíos piden lo mismo. El periodista Charles Duhigg estudió por qué una respuesta atinada en una conversación suena torpe en otra. Planteó que un mensaje puede buscar una solución práctica, expresar miedo o reafirmar la pertenencia a un grupo.

El mismo “lo paso por si acaso” puede pedir ayuda para decidir si salir, expresar el miedo de alguien que vive en el barrio o decir que el grupo confía más en sus vecinos que en la Alcaldía. Por eso, responder con un dato seco a quien tiene pavor puede sonar a indiferencia.

Del mismo modo, un desmentido largo frente a una alarma inmediata tampoco funciona. Se puede más bien contestar en una línea en la conversación familiar o en el grupo del trabajo. “Entiendo que preocupa, ¿sabemos de dónde salió?” reconoce la alarma y pide detalles. “¿Qué está confirmado y qué sigue pendiente?” separa un dato útil de una versión en construcción, sin humillar a quien lo reenvió.

Cuando se trata de un aviso útil para la seguridad de alguien, se puede enviar con su etiqueta de certeza. “Confirmado por la Alcaldía a las 3 de la tarde.” “Me llegó sin origen y no he podido comprobarlo.” Esa pequeña marca permite que quien recibe decida con más elementos y evita que la sospecha llegue disfrazada de noticia.

La etiqueta de certeza también es oficial

El Digital News Report 2026 del Instituto Reuters registró que la confianza en las noticias en Colombia bajó al 25% y que el 49% de las personas evita las noticias con frecuencia. Apartarse de la saturación no produce desinformación por sí solo. En una crisis, sin embargo, quien se aleja de los medios necesita saber igual si puede abrir su negocio o mandar a sus hijos al colegio. Si las alcaldías, la fuerza pública y los medios no ofrecen información oportuna y verificable en los canales donde esa gente está, el hueco lo ocupa la cadena.

Las instituciones también escriben una línea de arriba. Un boletín con hora, lugar, fuente y grado de confirmación le dice a la gente cuánto sabe la entidad, y por eso compite mejor con un audio anónimo que un comunicado tardío y general. La confianza crece cuando una entidad explica qué sabe y cuándo volverá a informar, y cuando corrige en público sus errores. Pedir fe en la versión oficial, en plena crisis, produce el efecto contrario.

Esa información requiere equipos en el territorio, vocerías identificables y reglas claras para corregir. Requiere también autonomía frente a la presión política. Un boletín pensado para cuidar la imagen del Gobierno pierde lectores apenas la cadena lo contradice.

La línea que escribimos

Lo de Santa Marta no es un caso para hablar de redes y desorden informativo en abstracto. Hubo buses quemados, comerciantes amenazados, clases suspendidas y una ciudad encerrada por orden de un grupo armado. Verificar, ahí, es una forma de no sumar temor al temor.

A quien tiene miedo sería injusto pedirle que investigue cada mensaje como un verificador de datos profesional. Le corresponde una tarea más pequeña y más difícil de delegar. Decir, en la línea de arriba, cuánto sabe. Nombrar la fuente o admitir que no la tiene toma unos segundos, y con eso el miedo deja de circular como prueba.

En Santa Marta, los hombres armados escribieron la orden de cerrar y otros grabaron los videos del fuego. La línea que acompañó cada reenvío la pusimos nosotros. Lo paso por si acaso. No tengo pruebas, pero tampoco dudas. 

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Álvaro Duque Soto

Escrito por:

Álvaro Duque Soto

*Ph.D. en Ciencia Política de la Universidad de Turín (Italia). Ha sido docente e investigador de temas de comunicación política, periodismo y educación mediática e informacional. | @alduque

ISSN 2145-0439

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