
Caminar entre cadáveres: ¿Dónde queda la misericordia que se proclama en la fe?
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Exhibir los cuerpos de quienes fueron considerados enemigos como trofeos de guerra no expresa victoria, sino una profunda derrota ética. A la luz de la tradición bíblica, este artículo reivindica la dignidad humana incluso después de la muerte y llama a construir una política al servicio de la vida y la paz.
Hace un par de semanas vimos al presidente de la República de Colombia caminar entre cadáveres de supuestos guerrilleros, entre los cuales, según se informó, había al menos dos menores de edad.
Hoy se presentan distintos escenarios de confrontación armada en una supuesta lucha contra la criminalidad, la delincuencia o un enemigo gigante que hay que eliminar. Esta narrativa puede llegar a legitimar no solo el exterminio del ser humano, sino también la degradación y la humillación de un sector de la sociedad considerado enemigo, aun cuando se trate de menores de edad reclutados forzosamente.
La enseñanza bíblico-teológica, encarnada en Jesús de Nazaret nos enseña que no solo hay que respetar a los enemigos, sino también amarlos. En el Antiguo Testamento encontramos que David se niega a celebrar la muerte de su enemigo (2 Samuel 1:11-16). Cuando recibe la noticia de la muerte de Saúl, no celebra la derrota de quien había sido su perseguidor: llora, ayuna y reprende al hombre que afirma haberle dado muerte. Esta referencia introduce una idea teológica importante: la muerte del enemigo no elimina su dignidad humana.
Por lo tanto, la exposición de cuerpos en bolsas plásticas, presentada como escarnio público y que niega su dignidad humana, no solo constituye una afrenta ética contra la sociedad, sino también contra las familias de esas personas. No sabemos si eran o no criminales, ni si merecían o no morir. Lo que sí sabemos es que eran seres humanos y tenían familias: esposas, esposos, hijos, hijas y, en algunos casos, padres y madres que los buscaban y ahora los lloran.
Exhibir con odio estos cuerpos como trofeos de guerra, frente a esas familias y a una sociedad sensible a lo humano, es una afrenta que ningún gobernante, y menos aún quien se presenta como hombre o mujer de fe, debería cometer. Es una ofensa a principios éticos, religiosos y morales.
El respeto al cuerpo de los enemigos en la tradición bíblica
En distintos relatos bíblicos podemos ver cómo se respeta el cuerpo de los enemigos. En el relato de David, este respeta el cuerpo de Saúl (1 Samuel 31:11-13; 2 Samuel 2:4-6). Después de la muerte de Saúl, los habitantes de Jabés de Galaad recuperan sus cuerpos, los llevan consigo y les dan sepultura. David reconoce públicamente ese gesto:
“Benditos sean ustedes por haber tenido esta misericordia con Saúl, su señor, y haberlo sepultado.” 2 Samuel 2:5
Se honra incluso a los enemigos, al brindarles una sepultura digna y, en el caso de las personas de fe, una de acuerdo con sus tradiciones religiosas. El cuerpo no se exhibe como trofeo o botín de guerra, porque hacerlo demuestra una falta de ética y de empatía hacia la vida y el dolor de las familias.
Para quienes somos hombres y mujeres de fe, este tipo de espectáculos siniestros constituye una afrenta a la fe, a la moral y a la ética.
No devolver mal por mal
Distintas corrientes de pensamiento ético, filosófico, humanista y religioso han escrito y exhortado al respeto de la vida humana, incluso frente a los cadáveres de los enemigos.
Romanos 12:17-21 nos recuerda: “No devuelvan a nadie mal por mal”. Y concluye: “No te dejes vencer por el mal; vence el mal con el bien”.
Desde una perspectiva cristiana, esto cuestiona profundamente cualquier práctica de humillar, mutilar, profanar o exhibir los cuerpos de los enemigos muertos como forma de victoria o intimidación.
El respeto a la vida humana se demuestra también ante los cadáveres de quienes fueron considerados adversarios.
Un texto particularmente fuerte es Deuteronomio 21:22-23. Este pasaje establece que incluso el cuerpo de una persona ejecutada debía recibir sepultura y no permanecer expuesto durante la noche: “No dejarás que su cadáver pase la noche en el árbol, sino que lo enterrarás aquel mismo día.”
Aunque se trata de otro contexto, resulta significativo: la persona condenada y muerta no pierde por completo el derecho a un tratamiento digno para sus restos.
Es aún más significativo cuando quienes dicen perseguir en nombre de la justicia son capaces de respetar a sus supuestos enemigos. Cuando quienes tienen la responsabilidad de proteger la vida, en su papel de gobernantes y jefes de Estado, rompen las reglas de la ética, la moral y la jurisprudencia para alcanzar un supuesto fin mayor, terminan por destruir los mismos principios que dicen defender.
El cuerpo muerto de Jesús recibió sepultura
Incluso las autoridades políticas y religiosas que participaron en la condena de Jesús permitieron que su cuerpo fuera bajado de la cruz y sepultado, en lugar de exhibirlo como trofeo.
El cuerpo muerto de Jesús fue sepultado, y los Evangelios presentan este hecho con especial cuidado. Es un texto fundamental para una reflexión teológica sobre la dignidad del cuerpo incluso después de la muerte.
- Mateo 27:57-61: José de Arimatea le pide a Pilatos el cuerpo de Jesús, lo envuelve en una sábana limpia y lo coloca en un sepulcro nuevo.
- Marcos 15:42-47: José de Arimatea se arma de valor para pedirle a Pilatos el cuerpo de Jesús. Tras comprobar su muerte, Pilatos entrega el cuerpo y José lo deposita en un sepulcro.
- Lucas 23:50-56: José toma el cuerpo, lo envuelve en una sábana y lo coloca en un sepulcro excavado en la roca. Las mujeres preparan aromas y perfumes para el cuerpo.
Para la tradición bíblica, la muerte del enemigo no autoriza su deshumanización. El adversario puede ser combatido, pero, una vez muerto, su cuerpo conserva una dignidad que exige respeto y sepultura. La victoria no convierte el cadáver del enemigo en un trofeo.

El valle de los huesos secos: ¿una sociedad construida sobre la muerte?
El texto bíblico del valle de los huesos secos, Ezequiel 37:1-14, es uno de los relatos más poderosos sobre la muerte, la restauración y la esperanza.
El relato puede ayudarnos a mirar críticamente sociedades que han optado por la guerra, el asesinato, los bombardeos y la estigmatización. Una sociedad que termina convertida en un valle de huesos secos, erigida sobre la muerte y los restos de sus víctimas, jamás podrá construirse como una propuesta de vida para todos y todas. Por el contrario, muestra el fracaso de un proyecto social que excluye y destruye.
Este mismo relato nos muestra que aferrarse a la vida y promover la verdad, la justicia, el amor y la bondad abren la posibilidad de que esos huesos secos vuelvan a la vida. La esperanza bíblica afirma que la vida, aun en medio de la muerte, puede resurgir.
Es verdad que enfrentamos múltiples desafíos sociales: delincuencia, robos, asaltos, peleas callejeras, tráfico de influencias y corrupción en los más altos niveles de la sociedad. Pero nunca la vía de la guerra y la muerte será una solución para hacer renacer esos huesos.
Más aún, cuando una persecución supuestamente dirigida contra el crimen organizado y la corrupción termina concentrándose en los más pobres y en el eslabón más débil de la sociedad, mientras deja intactas otras estructuras de poder, debemos preguntarnos qué tipo de sociedad estamos construyendo.
El relato de los huesos secos que resurge de la muerte como expresión de esperanza y restauración es una invitación a no volver a sembrar muerte y a construir políticas públicas para la vida, el bienestar, la seguridad y la dignidad de las familias.
Debemos caminar entre los vivos
Es inadmisible que se presente como triunfo caminar entre muertos y cadáveres. Esto muestra el fracaso en el cuidado de la vida, la inclusión social, la justicia y la construcción del bien común.
Gobernar y administrar una guerra puede convertir cada muerte en un supuesto triunfo. Gobernar para la vida implica serenarse, no gritar, no insultar, escuchar y no humillar. Gobernar para la vida significa poner en el centro a los más pobres, y crear condiciones para que el trabajo de campesinos y campesinas, indígenas, afrodescendientes y pobladores urbanos sea dignamente remunerado; que la salud sea accesible para todos y todas y que la tranquilidad, el descanso y la lectura sean posibilidades para todas las personas, no solamente para quienes pueden pagarlas.
Caminar entre cadáveres es fácil cuando se ha eliminado la posibilidad de diálogo y de otras voces. Caminar entre la muerte y los cadáveres puede convertirse en una forma de imponer una narrativa en la que unos pocos creen tener la razón y quienes piensan diferente son considerados un peligro para la sociedad.
No podemos permitirnos fracasar como sociedad. Tenemos todo para construir una sociedad inclusiva, digna, justa e igualitaria. Debemos caminar entre los vivos y no entre los muertos.
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Acerca del autor
Henry Ramirez Soler cmf
*Misionero claretiano. Licenciado en Filosofía y Letras de la Universidad Santo Tomás. Profesional en Teología de la Universidad Javeriana, Bogotá. Maestría en Sociología.
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