
El jazz colombiano: una ida y vuelta constante entre culturas
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Hace mucho tiempo el jazz dejó de pertenecer exclusivamente al lugar donde nació. Como otras músicas que han viajado por el mundo, se transformó al entrar en contacto con diferentes culturas y tradiciones. En Colombia, esa conversación ha dado lugar a la expresión “Jazz Colombiano”.
Septiembre podría considerarse el mes del jazz en Colombia. Durante estas semanas se concentra buena parte de los festivales y encuentros dedicados a este género: Jazz al Parque, Mompox Jazz Festival, PastoJazz, Ajazzgo, entre muchos otros. Son algunas de las apuestas del país para celebrar una música que nació a comienzos del siglo XX y que, más de cien años después, continúa viajando, transformándose y encontrando nuevos lugares donde sonar.
Pero el jazz no ocurre únicamente en los escenarios de estos festivales. También está en los bares, las jam sessions, los teatros, las grabaciones, las universidades y otros espacios que conforman una escena musical activa. En Colombia, particularmente, durante los últimos años se ha hablado cada vez más de “Jazz Colombiano”. A primera vista, la expresión parece sencilla: jazz hecho por colombianos. Sin embargo, detrás de esta etiqueta aparecen algunas preguntas sobre la identidad, las influencias y las transformaciones de una música que nunca ha dejado de mezclarse.
Este año ofrece, además, una ocasión especial para mirar hacia la historia del género. En 2026 se conmemora el centenario del nacimiento de dos figuras fundamentales del jazz: John Coltrane, saxofonista estadounidense nacido en Hamlet, Carolina del Norte, y Miles Davis, uno de los grandes renovadores del género. Ambos nacieron en 1926 y, un siglo después, sus grabaciones continúan siendo escuchadas, estudiadas e interpretadas por nuevas generaciones.
Mitad del siglo XX
La relación de Colombia con el jazz tiene varias décadas. Desde mediados del siglo XX existen registros de grabaciones y composiciones vinculadas a este género. Real Book Colombia (2022), publicación de la Pontificia Universidad Javeriana, recoge parte de esta historia y permite observar distintas etapas de su desarrollo en el país.
En los últimos años, además, la tecnología ha facilitado tanto la producción como la conservación y la circulación de estas músicas. El acceso a herramientas de grabación y distribución digital ha permitido que un mayor número de artistas produzca, registre y comparta su trabajo.
El periodista musical Luis Daniel Vega ha contribuido a reconstruir este mapa sonoro mediante el repositorio Discografía de Jazz Colombiano, creado para visibilizar y recopilar grabaciones relacionadas con esta historia. Allí aparecen numerosos compositores e intérpretes, desde Al Escobar and His Afro-Cuban Orchestra / Rhythmagic (1958) hasta producciones más recientes como Araña (2026).
La investigación también ha intentado reconstruir esta memoria. Jazz en Bogotá (Bogotá: Instituto Distrital de Patrimonio Cultural, 2010) y el proyecto transmedia Jazz Mutante (2020), del Instituto Distrital de las Artes (Idartes), son algunos de los esfuerzos por documentar una escena que durante mucho tiempo permaneció dispersa.
A este proceso se suma Real Book Colombia (2022), de Jorge Sepúlveda y Kike Mendoza, un catálogo de partituras que recoge algunas de las transformaciones estilísticas del jazz hecho en el país. Su título hace referencia a los conocidos libros de partituras utilizados históricamente por músicos de jazz en Estados Unidos.
Son distintas maneras de construir memoria. Porque una escena musical no solo se mantiene viva cuando se toca: también cuando se registra, se investiga y se conserva.
¿Qué es el Jazz Colombiano?
Hace mucho tiempo el jazz dejó de pertenecer exclusivamente al lugar donde nació. Como otras músicas que han viajado por el mundo, se transformó al entrar en contacto con diferentes culturas y tradiciones. De allí surgieron categorías como jazz europeo, africano, asiático y latinoamericano. En Colombia, esa conversación ha dado lugar a la expresión “Jazz Colombiano”.
Según el periodista Luis Daniel Vega, esta categoría no describe un sonido particular ni una estética uniforme, sino una clasificación elemental relacionada principalmente con la nacionalidad de sus intérpretes.
Sin embargo, una etiqueta puede resultar insuficiente cuando aparecen texturas cada vez más complejas. En Colombia, el jazz se ha encontrado con músicas que ya tenían sus propias historias, estructuras y formas de entender el ritmo: cumbia, currulaos, bambucos, entre otros.
En algunos casos, estos encuentros incorporan improvisación, nuevas armonías o variaciones rítmicas que modifican las estructuras originales. El resultado puede seguir siendo reconocible como música tradicional, acercarse al jazz o situarse en un territorio difícil de clasificar.
Para algunos músicos y oyentes sería más apropiado hablar de “nuevas músicas colombianas”. Para otros, la expresión Jazz Colombiano resulta útil para describir este conjunto de prácticas. Más que encontrar una definición definitiva, lo interesante es observar el proceso: una música que cambia cuando entra en contacto con otras tradiciones.
Esto no es exclusivo de Colombia. El jazz ha construido buena parte de su historia a partir del diálogo y la transformación. Su expansión mundial demuestra que ningún género permanece completamente inmóvil cuando atraviesa fronteras culturales.
A esta transformación se suma ahora una condición propia del mundo digital. Las plataformas de distribución musical necesitan clasificar las obras mediante etiquetas que permitan organizar los catálogos y alimentar sus sistemas de recomendación. Incluso una pieza difícil de encasillar termina necesitando algunas palabras que indiquen al algoritmo dónde ubicarla.
La paradoja es evidente: mientras las músicas se vuelven más híbridas, los sistemas que las distribuyen necesitan clasificarlas.

Una escena que se transforma
Mientras las plataformas digitales incorporan diariamente nuevas grabaciones, la música continúa ocurriendo de manera presencial. Festivales, bares, jam sessions, teatros, bibliotecas y universidades son algunos de los espacios donde esta escena se encuentra con su público.
La centralización de la actividad cultural en Bogotá sigue siendo evidente. La capital concentra una parte importante de la oferta musical del país y, con ella, una escena de jazz que se amplía progresivamente. Pero también existen encuentros y procesos en otras ciudades y regiones, donde las músicas locales dialogan con lenguajes provenientes de otros lugares.
Las jam sessions son un ejemplo de esta dinámica. Se trata de encuentros entre músicos que interpretan un repertorio conocido y utilizan sus estructuras como punto de partida para la improvisación. Esta práctica está asociada a la historia del jazz estadounidense y a los espacios informales de encuentro entre músicos durante las primeras décadas del siglo XX.
En Bogotá, esta lógica también aparece alrededor de las músicas colombianas. Existen encuentros dedicados al repertorio tradicional del jazz, pero también ruedas de bullerengue, gaita, músicas del Pacífico o tertulias de música andina colombiana. Cambian los instrumentos, las estructuras y las tradiciones, pero permanece una idea común: reunirse para tocar, escuchar y responder musicalmente al otro.
Quizá allí se encuentre una parte importante de la escena contemporánea: no solo en los discos o los grandes festivales, sino también en esos espacios donde la música se construye en tiempo real.
Coltrane, Davis y cien años de escucha
En 2026, John Coltrane y Miles Davis cumplen cien años desde su nacimiento.
Ambos transformaron profundamente el lenguaje del jazz y dejaron una obra que continúa siendo estudiada e interpretada. Sus grabaciones funcionan todavía como puntos de referencia para músicos, estudiantes y oyentes interesados en comprender la evolución del género.
Entre sus obras más conocidas están Kind of Blue, de Miles Davis, y Giant Steps, de John Coltrane. Son discos separados por apenas unos meses, pero pertenecientes a momentos distintos de una música que estaba cambiando rápidamente.
Para quienes ya conocen estos discos, el centenario puede ser una oportunidad para regresar a ellos. Para quienes todavía no los han escuchado, puede ser una invitación a salir, aunque sea por un momento, de las recomendaciones habituales de las plataformas y acercarse a otras sonoridades.
Quizá ese sea también uno de los aportes del jazz: su capacidad para viajar, explorar, mezclarse y transformarse.
La música nace de un contexto cultural, pero encuentra siempre caminos para viajar y entrar en diálogo con otras tradiciones. De estos encuentros surgen nuevos sonidos, texturas y estéticas. El Jazz Colombiano podría ser una de ellas. Pero quizá convenga no apresurarse a definirlo o estandarizarlo, sino escuchar qué está produciendo esa mezcla: una ida y vuelta constante entre culturas.
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Acerca del autor

Nicolas Torres
*Bajista, compositor y productor. Magister en Enseñanzas Musicales con especialización en Jazz y Música Moderna. Magíster en Musicoterapia y en Música con énfasis en Ingeniería de Sonido.
1 comentarios




Totalmente de acuerdo con el enfoque. Es fascinante ver cómo el jazz se adapta a nuestras músicas tradicionales sin perder su esencia.