Página 4 – Razón Pública

Foto: Ilustración: Cash Macanaya. Unsplash.

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El Congreso dejó hundir, sin debate ni votación, el único proyecto que buscaba ponerle reglas a la Inteligencia Artificial en Colombia. Esta tecnología, qué ya reemplaza a diseñadores y correctores de estilo, sirve a los gobiernos para vigilar y perseguir migrantes, y se ha usado para inflar de forma artificial la imagen de figuras políticas en plena campaña electoral.

La Inteligencia Artificial es una realidad presente en nuestra vida cotidiana —en el ámbito laboral, por ejemEn las líneas de atención al cliente de entidades y empresas, últimamente nos encontramos con bots más que con personas, voces melodiosas con dificultades para resolver lo que pedimos. Me pasó con la de mi EPS, donde el bot no logró solucionarme algo tan simple como la asignación de una cita, y tuve que ir personalmente a sacarla. El asunto es entre kafkiano y de novela distópica de ciencia ficción: los robots generan una barrera para conseguir lo que buscamos, y la tecnología, que quería facilitarnos las cosas, termina empeorándolas.plo— y para muchos ChatGPT es su amigo, su consejero espiritual y sentimental, y hasta su pareja sin cuerpo, con mente lúcida y complaciente. El problema es que los chatbots, que parecen tecnología amable e inofensiva, les están quitando el empleo: en eso sí son una amenaza real. A esto se suman los problemas medioambientales y el gasto energético que su uso conlleva.

Por sus implicaciones sociales, varios países ya legislaron sobre la IA. El caso más avanzado es el de la Unión Europea, cuyo Reglamento de IA, vigente desde 2024, empezó a aplicarse en agosto de 2026, y clasifica los usos por riesgo: prohíbe los más peligrosos, como la manipulación subliminal o el puntaje social de los ciudadanos; obliga a marcar como tal toda imagen, video, audio o texto generado por IA, y exige que un chatbot avise que quien contesta no es humano. Las reglas de los sistemas de alto riesgo —salud, educación, empleo— se aplazaron hasta 2027 y 2028.

En Colombia, hubo un intento por regularizar la Inteligencia Artificial pero se hundió en el Congreso sin mucho ruido. El proyecto —fusión de más de trece iniciativas radicadas por el Ministerio de Ciencia, con mensaje de urgencia del propio Petro— clasificaba los sistemas de IA por riesgo, como un semáforo, y creaba una autoridad para vigilarlos. El Congreso lo dejó morir el pasado 19 de junio, sin debate ni votación, al vencerse el plazo legal; antes, el gremio tecnológico había pedido archivarlo alegando que el 91.8 % de las empresas del país son pymes y apenas el 2.4 % de ellas usa hoy IA.

Ya hay dos iniciativas nuevas en trámite —una radicada en julio en la Cámara, otra del senador John Amaya Rodríguez en el Senado— pero ninguna nace de un diagnóstico serio sobre el empleo: giran en torno al riesgo y la discriminación algorítmica, sin tocar quién pierde el trabajo.

Más allá de este intento de regular la inteligencia artificial en el país, preocupa que no se tengan en cuenta las implicaciones reales de la nueva tecnología sobre el empleo: el de diseñadores gráficos, redactores y correctores de estilo, por ejemplo. Ya sabemos la agilidad con que los chatbots generan imágenes, escriben de manera correcta —plana, eso sí, y con escasa creatividad— y corrigen la gramática de lo que se escribe. ¿Qué pasará con los trabajadores que están perdiendo el empleo, y lo seguirán perdiendo, con el avance acelerado de la IA?

Afuera las cifras no tranquilizan: Harvard Business School, con 1.38 millones de ofertas freelance, halló que la demanda de diseño gráfico cayó 18.5 % con Dall-e y Midjourney, y la de escritura, 30.4 % con ChatGPT; Upwork encontró que quienes usan la IA ganan 34 % más por hora. En Colombia no hay todavía una cifra propia para diseñadores o correctores de estilo, pero el Observatorio Laboral de la Universidad del Rosario calculó que 5.9 millones de trabajadores —el 25.8 % de los ocupados— están en empleos de alta exposición donde la IA complementa más que reemplaza, y que otro 15%, en labores administrativas, tiene alta exposición pero baja complementariedad: un reemplazo más que una ayuda.

Preocupa también el uso que le dan los gobiernos a programas de Inteligencia Artificial para vigilar y castigar a los ciudadanos. La empresa Palantir, que ya firmó en 2020 un acuerdo con la Presidencia colombiana —sin licitación pública y a costo cero, en plena pandemia—, provee un sistema con el que el ICE, la policía de inmigración de Estados Unidos, ha rastreado inmigrantes para encarcelarlos y deportarlos, muchas veces en operativos violentos. ¿Qué pasará en Colombia al respecto, con un gobierno que comparte las políticas de Donald Trump, que es un aliado ideológico?

Harvard Business School, con 1.38 millones de ofertas freelance, halló que la demanda de diseño gráfico cayó 18.5 % con Dall-e y Midjourney, y la de escritura, 30.4 % con ChatGPT; Upwork encontró que quienes usan la IA ganan 34 % más por hora.

También la inteligencia artificial se metió en las elecciones, y de más de una forma: distintos videos con la voz clonada de Iván Cepeda le atribuyeron frases falsas antes de la definición electoral del 21 de junio, con 2,6 millones de reproducciones, rastreados a dos cuentas de Facebook afines a la candidatura de Abelardo de la Espriella, aunque sin probar una relación con su campaña. Pero ocurrió también lo contrario, la construcción de cobertura elogiosa: una investigación del periodista conocido como Hyperconectado encontró, en Facebook, una red de más de 1.100 videos protagonizados por «reporteros» y «testigos» con cara y voz que parecen personas reales, pero que en realidad fueron creados con inteligencia artificial: no existen. Esos videos registraron 384 millones de reproducciones, y de los que mencionaban al hoy presidente Abelardo de la Espriella, el 100% lo mostraban de forma elogiosa; nunca se pudo establecer quién está detrás de esa red.

Meses antes, en febrero de 2026, la FLIP —la organización que defiende la libertad de prensa en Colombia— ya había denunciado videos manipulados con inteligencia artificial que atacaban al periodista Daniel Coronell, dentro de una serie de ataques de la campaña de De la Espriella contra la prensa crítica, que incluyó, en sus propios canales oficiales, otro contenido hecho con IA disfrazado de verificación periodística, aunque no lo era.

La regulación de la IA que intentó el Gobierno Petro se hundió en el Congreso, y el tema es urgente: las nuevas iniciativas deben legislar sobre la realidad actual de la IA y sus estragos socioeconómicos. Por la ideología del gobierno actual, no hay buenas señales de que prosperen propuestas que piensen en sus consecuencias sociales.

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*Una versión de este texto se publicó en Contexto Media el 01 de octubre de 2026.

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Juan Sebastian Lozano

Escrito por:

Juan Sebastian Lozano

*Escritor y periodista cultural. Ha colaborado en El Espectador, El Malpensante, Bacánika, Cáñamo y otros medios. Su libro de cuentos, La vida sin dioses, fue publicado en 2021 por Calixta Editores.

Foto: Desorden informativo

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Tras el intento de deslegitimar el sistema electoral en 2022, Brasil endureció sus normas y sus jueces sancionaron al expresidente. La primera vuelta de 2026 revela qué frenaron esas medidas, cómo la mentira mutó hacia el anonimato y qué lecciones deja para Colombia en 2027.

“Dejen de divulgar la retractación. Dejen que el tema corra”. El mensaje pedía seguir compartiendo que Flávio Bolsonaro, candidato de la derecha e hijo del expresidente Jair Bolsonaro, había atacado a Nuestra Señora Aparecida, la patrona de Brasil. Lo republicó un coordinador de la Secretaría de Comunicación de la Presidencia cuando ya se sabía que la acusación era falsa. Después lo borró.

El rumor decía que Flávio, quien encabezó la votación en primera vuelta, apoyaba un proyecto para quitarle a la Virgen ese título. El proyecto existió, pero lo presentó otro diputado en 2007 y quedó archivado en 2008. En menos de tres días, la controversia sumó casi un millón de publicaciones.

A Lula le advirtieron que la noticia no era cierta. “No sé si fue fake news. El dato concreto es que eso está muy fuerte en las redes sociales”, respondió. Dos días después levantó una imagen de Aparecida en un mitin en Fortaleza. En 2022, la mentira religiosa iba en sentido contrario y decía que Lula cerraría las iglesias. Esta vez, el presidente dejó correr una acusación que favorecía su campaña.

Después de 2022, Brasil decidió enfrentar la desinformación desde los tribunales, las normas electorales y la escuela. La sanción judicial tuvo un destinatario claro. Gran parte de las falsedades, en cambio, salió de cuentas anónimas y redes cerradas, sin nexo visible con los partidos. El caso de Aparecida añadió otro dilema, qué hacer frente a una mentira que beneficia al candidato propio.

La factura de 2022

En julio de 2022, Jair Bolsonaro, entonces presidente y candidato, reunió a embajadores extranjeros para decirles, sin pruebas, que las urnas electrónicas eran poco confiables. En 2023, el Tribunal Superior Electoral (TSE), la máxima autoridad electoral del país, lo inhabilitó por ocho años por abuso de poder político y uso indebido de los medios. Aparte, en 2025, el Supremo Tribunal Federal lo condenó a 27 años y tres meses de prisión por el intento de golpe de Estado que siguió a su derrota.

Para la elección de 2026, el TSE endureció las reglas de campaña. Las piezas producidas con IA deben advertirlo, y quedan prohibidas en la propaganda las deepfakes, que atribuyen declaraciones ficticias a terceros. Asistentes como ChatGPT y Gemini tienen prohibido recomendar el voto por un candidato, y cada plataforma tuvo que entregar al tribunal un plan para cumplir esas reglas.

Desde las aulas, el gobierno de Lula impulsó en 2023 la Estrategia Brasileña de Educación Mediática, actualizada en 2025, que llevó el tema a los libros de texto de los colegios públicos. Sanciones y reglas apuntan a quienes fabrican la desinformación, y la educación, a quienes la reciben. Como la formación toma años, la contienda permite evaluar las sanciones mejor que las aulas.

Quien firma se cuida

Inhabilitar al expresidente demostró que atacar el sistema electoral desde el poder tenía un costo político tangible. Las campañas parecieron tomar nota. Lupa, un medio brasileño de verificación, siguió la contienda entre el 16 de agosto y el 28 de septiembre con su monitoreo VigIA. De 554 deepfakes, solo 29 salieron de perfiles oficiales de partidos o candidatos. La cifra es compatible con una mayor cautela, aunque por sí sola no demuestra el efecto de las sanciones.

Al establecer qué publicaciones debían retirarse, el TSE diferenció entre la falsedad deliberada y el debate público. En el caso de la patrona, mandó borrar las publicaciones que presentaban como un hecho que Flávio quería quitarle el título a la Virgen, y dejó en línea los chistes, las críticas y los mensajes religiosos. Ante la duda, dispuso preservar la publicación.

Ese criterio tiene un límite. Funciona ante un hecho que puede probarse falso y un responsable identificable. Tras la inhabilitación de Bolsonaro, quienes atacan las urnas aprendieron a esquivarlo. Cambiaron la denuncia de fraude por ironías sobre “cajas mágicas” y reclamos de “auditabilidad”. Ninguna orden puede declarar falsa una insinuación, ni sancionar a una cuenta anónima.

La mentira sin remitente

Lejos de los perfiles oficiales quedaron las otras 525 deepfakes, publicadas por militantes, cuentas anónimas y ciudadanos comunes. VigIA contó en total 920 piezas electorales hechas con IA, casi una por hora, y seis de cada diez circularon sin la advertencia obligatoria. Rastrear a esos autores y probar su relación con una campaña cuesta mucho más que revisar el perfil oficial de un candidato.

Esa producción anónima tuvo amplio alcance. Un solo video puso a Renata Vasconcellos, presentadora del principal noticiero de TV Globo, a anunciar la detención de Alexandre de Moraes, el magistrado del Supremo que condujo los procesos contra Bolsonaro, y sumó 420.000 vistas antes de su retirada. Aos Fatos, otro portal de verificación, rastreó una red de 255 perfiles con 58 millones de visualizaciones, cuentas de reserva para reaparecer tras cada suspensión y un curso de unos US$30 para aprender el oficio.

También los partidos encontraron vacíos en la regulación. En la convención del Partido Liberal, un Jair fabricado con IA pidió apoyo para su hijo. Para el TSE, una deepfake prohibida debe parecer real, suplantar a una persona y dirigirse a los electores para pedir el voto. El tribunal consideró que el video fallaba en la tercera condición, porque correspondía a un acto interno del partido, aunque se transmitió por internet.

Lo más difícil de seguir circula por redes cerradas como WhatsApp, donde el cifrado impide el acceso externo y los mensajes llegan de familiares y conocidos. El mensaje que impulsó el funcionario de Comunicación buscaba públicos parecidos. Pedía llevar el rumor sobre la patrona al interior del nordeste y del norte, regiones donde la baja conectividad permite que el desorden informativo eche raíces sin contrapesos.

Siempre un paso atrás

Casi toda la respuesta ocurre después de la difusión. El caso de la patrona llegó a un magistrado del TSE el 25 de septiembre y al pleno el 30, cuando la controversia ya acumulaba casi un millón de publicaciones y los candidatos posaban con imágenes de la Virgen. Las decisiones judiciales abrieron, además, una disputa sobre censura y desacuerdos entre magistrados que mantuvo el caso en las pantallas.

Del lado de las plataformas, las cifras de retiro dicen poco por sí solas. TikTok reportó la eliminación de casi 350.000 videos, un dato que registra volumen sin medir cuántas personas vieron cada pieza antes de que desapareciera.

Sus filtros previos, los únicos capaces de actuar antes de la difusión, también dejan pasar falsedades. De quince anuncios con desinformación electoral que Amnistía Internacional presentó a Facebook, la plataforma aceptó ocho y frenó siete por tratar temas políticos, sin identificar que eran falsos.

Algunos daños, por último, escapan a cualquier desmentido. Una de cada cuatro imágenes ofensivas contra candidatas en X tenía señales de IA. Un montaje burdo humilla aunque nadie lo tome por auténtico, y la respuesta necesita distinguir entre la falsedad que engaña y el contenido que convierte a alguien en blanco de ataques.

Avisos para alcaldías y gobernaciones

Para las elecciones locales de octubre de 2027, Colombia puede empezar por donde Brasil encontró pistas, el dinero. Su rastro permite unir la propaganda anónima con la campaña que se beneficia.

La biblioteca de anuncios de Meta informa quién pagó una pieza política, cuánto gastó y a qué público apuntó, y la BBC la usó en Brasil para encontrar anuncios contra la urna electrónica. En Colombia, esos registros pueden contrastarse con los gastos que las campañas reportan en Cuentas Claras.

Un anuncio favorable a un candidato y ausente de sus cuentas ofrece una pista para investigar, no una prueba automática de coordinación. También hace falta conservar los datos de contratación y difusión antes de retirar una publicación.

Ese trabajo debe llegar a las regiones. Una cuarta parte del contenido con IA registrado por VigIA trató disputas regionales. Los grupos de barrio, familia o parroquia requieren formas de seguimiento que respeten su privacidad. Periodistas locales, universidades y organizaciones ciudadanas pueden abrir canales para recibir los mensajes que los usuarios quieran verificar y preparar respuestas a rumores recurrentes.

La educación mediática tiene su propia tarea, enseñar a reconocer por qué un dato parece creíble. Lula dio por bueno el rumor por su volumen en redes, y al menos diez candidatos difundieron cotizaciones de Polymarket y Kalshi, plataformas de apuestas, como si fueran encuestas. Esas cotizaciones reflejan lo que apuestan unos pocos, y una encuesta intenta medir la intención de todo el electorado.

Con los asistentes de IA ocurrió algo parecido. Entregaron datos desactualizados o respuestas ajustadas a quien preguntaba, y frente a ellos sirve revisar fuente y fecha. Ante un anuncio, también importa quién pagó y por qué apareció en nuestra pantalla. Brasil ya llevó la educación mediática a los libros de texto, y queda por evaluar cómo se usan esas lecciones fuera del colegio.

Dejen que el tema corra

Brasil cerró la primera vuelta sin un vencedor definitivo. Flávio Bolsonaro obtuvo algo más de 56 millones de votos y Lula, casi 54 millones, y los dos volverán a enfrentarse el 25 de octubre. En estas tres semanas, las cuentas que promovieron a un candidato pueden dedicarse a desacreditar al rival o a instalar sospechas sobre el resultado. La segunda vuelta pondrá a prueba lo que el tribunal electoral, las plataformas y los verificadores aprendieron en la primera.

Para Colombia, ese espejo deja dos retos de cara a 2027. Uno es perseguir el anonimato con las reglas vigentes. El Consejo Nacional Electoral puede cruzar en plena campaña la contabilidad de los partidos con la pauta que circula en redes, sin esperar al cierre de los comicios. Si un aspirante no desautoriza de inmediato los anuncios sin firma que lo benefician, ese gasto debería cargarse a su tope legal. Callar dejaría de ser rentable.

El segundo reto es ético y empieza donde la ley se queda corta. El episodio de Aparecida mostró que ninguna norma obliga a un dirigente a rechazar un rumor que le favorece, y un funcionario del Gobierno prefirió frenar la retractación para prolongar la ventaja. Las campañas pueden comprometerse en público a desmentir las falsedades que las benefician. Su honestidad se medirá por lo que hagan la primera vez que una mentira juegue a su favor.

Brasil demostró que las instituciones pueden sancionar al infractor visible. En 2027 Colombia no deberá darle tregua a la mentira en sus nuevos escondites: las cuentas que mueven dinero en la sombra y la complicidad de quienes callan cuando la falsedad les ayuda a ganar votos.

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Álvaro Duque Soto

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Álvaro Duque Soto

*Ph.D. en Ciencia Política de la Universidad de Turín (Italia). Ha sido docente e investigador de temas de comunicación política, periodismo y educación mediática e informacional. | @alduque

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Los grupos armados ilegales están demostrando que no solo tiene capacidad para atacar la Fuerza Pública con drones con explosivos, sino que pueden atentar contra instalaciones estratégicas, como sucedió contra el radar 3D de la Aeronáutica Civil ubicado en El Corregimiento el Carmelo, municipio de Candelaria en el Valle del Cauca; radar estratégico para la vigilancia del espacio aéreo, la navegación comercial que opera hacia el Aeropuerto Internacional Alfonso Bonilla Aragón (Cali/Palmira) y el control de trazas ilícitas de narcotráfico en el Valle, Cauca y Nariño.

Esta nueva acción terrorista pone una gran alerta sobre los bienes estratégicos nacionales que permiten el normal funcionamiento de todas las actividades de desarrollo y bienestar. Ya en el pasado las Farc y el ELN ejecutaron acciones contra algunas instalaciones estratégicas, como fue la voladura de torres de energía, contra instalaciones petroleras, los atentados a la Represa de Chingaza, a las subestaciones eléctricas, antenas de telecomunicaciones y radio ayudas del Cerro el Cable, entre otras acciones. Esto podría volver a ocurrir en manos de los grupos armados ilegales actuales, que tiene recursos y equipos para hacerlo, si sienten amenazados sus negocios criminales y sus vidas.  

Mientras los grupos criminales ganaron el espacio aéreo y tienen a la Fuerza Pública a la defensiva con crecientes ataques con drones con explosivos, el Estado no ha logrado dotarse de equipos antiaéreos para controlar esta arremetida criminal y terrorista, y menos se ha considerado la posibilidad de pasar a la ofensiva con estos equipos. En esta materia, hasta ahora nos hemos quedado reportando lamentables cifras negativas, sin que el Estado haya hecho lo suficiente para garantizar la seguridad de las tropas y de los ciudadanos. Se habla y se demandan sistemas de defensa ante la ofensiva creciente de los grupos criminales con estos aparatos, pero hasta ahora no hay nada efectivo.

Como lo muestran las cifras, la amenaza criminal cambió y es creciente. En 2023 dos ataques a la Fuerza Pública con drones, en 2024 119, en 2025 277 y de enero a septiembre ya van 292. En total 690 ataques, de los cuales 382 han sido ejecutados por la organización criminal de alias Iván Mordisco, 155 por parte del ELN, 30 ejecutados por las disidencias asociadas a Calarcá y Comandos de la Frontera 4. Estos ataques se han concentrado en ocho departamentos: Guaviare, Caquetá, Nariño, Cauca, Huila, Tolima, Caldas y Norte de Santander, siendo el Cauca donde se reporta la mayor cantidad de acciones violentas con esta tecnología. 

Estos 690 atentados terroristas han dejado 487 personas afectadas entre integrantes de la Fuerza Pública y población civil. De estos, seis civiles asesinados (esta cifra tiene un subregistro, otras fuentes contabilizan más de 10), tres policías y 22 militares asesinados durante los ataques. Entre 2024 y 2026 se contabilizan 342 uniformados lesionados: 31 en 2024, 166 en 2025 y 145 durante 2026. A ellos se suman 59 policías heridos, con 36 casos en 2024, siete en 2025 y 16 este año. La población civil también aparece dentro de ese balance. 55 civiles han resultado heridos: 28 durante 2024, 15 en 2025 y 12 en 2026.

Cifras que se pueden incrementar si se tiene en cuenta el nuevo riesgo que existe, con el reclutamiento por parte de grupos armados ilegales de combatientes colombianos, que están regresando de la guerra entre Ucrania y Rusia, que tienen amplia experiencia en el manejo de drones. De acuerdo con un reporte de The Washington Post, “el Departamento de Estado tiene conocimiento de combatientes internacionales colombianos, que han peleado en ambos bandos de la guerra y han regresado a América Latina, con conocimientos avanzados sobre tecnología y tácticas de drones. El atractivo de los colombianos para estas organizaciones tiene una explicación. Ucrania se ha convertido en un gigantesco laboratorio de guerra con drones, donde las tácticas, los sistemas de navegación, las formas de evadir interferencias y la capacidad de adaptar aeronaves comerciales para transportar explosivos, evolucionan constantemente”.¹

Cifras y reporte que muestran la gravedad de la situación y la creciente utilización de drones por parte de los grupos armados ilegales. Hoy cuando estos grupos tienen la iniciativa y el control armado del espacio aéreo, se hace imprescindible considerar la adquisición de tecnología que permita contrarrestar estos ataques, y también valorar la incorporación de drones, como herramienta para que la Fuerza Pública recupere la iniciativa y la capacidad aérea de combate.

Según el experto Hugo Fernando Ardila Miranda, “durante décadas las Fuerzas Armadas de Colombia ostentaron un monopolio casi absoluto del espacio aéreo. Nuestros helicópteros y aviones eran símbolos de poder estatal, capaces de proyectar fuerza, desembarcar tropas y evacuar heridos con relativa facilidad. Esta era ha terminado; los grupos armados ilegales, mediante la adaptación de tecnología comercial de bajo costo, han despojado a la Fuerza Pública de su santuario en la baja altura”. La superioridad aérea ya no se mide por el número de cazas o helicópteros Black Hawk, sino por quién controla el espacio aéreo inmediatamente encima de la línea de combate.

Frente a esta situación, la pregunta es: ¿Es conveniente que nuestra Fuerza Pública utilice drones equipados con armamento? El Derecho Internacional Humanitario (DIH) no solo responde con un rotundo sí, sino que revela una paradoja crucial: en el contexto de la guerra asimétrica colombiana, el uso de drones de ataque sería, en muchos casos, la opción militar más ética y precisa disponible. 

Lejos de ser ‘robots asesinos’ indiscriminados, los drones, operados bajo una doctrina estricta, refuerzan los pilares del DIH de distinción, proporcionalidad y precaución, de una manera que las armas convencionales a menudo no pueden.  En términos de distinción, un dron ofrece una vigilancia persistente, permite a un operador observar un objetivo durante horas, asegurando la identificación positiva, confirma que es un combatiente legítimo y no un civil. Esa es la diferencia entre disparar a coordenadas en un mapa con un mortero y apuntar con certeza a un blanco verificado.

En relación con la proporcionalidad, el dron utiliza un bisturí quirúrgico, mientras que otros usan un mazo. Permite el uso de municiones pequeñas y precisas para neutralizar una amenaza específica, sin causar el devastador daño colateral de una bomba aérea o del fuego de artillería.

Frente a la precaución, la capacidad de un dron para abortar un ataque en el último segundo si un civil entra en escena, es una salvaguarda que casi ningún otro sistema de armas ofrece. Reduce el riesgo para los no combatientes y para las propias tropas, y así evita asaltos frontales de alto riesgo.

El enemigo ya está usando esta tecnología sin restricción alguna ética ni legal. La vacilación no sería una muestra de superioridad moral; podría interpretarse como una renuncia a la responsabilidad estatal de proteger a soldados, policías y ciudadanos.

El verdadero obstáculo no es la ley ni la tecnología, sino la falta de visión y la parálisis en la toma de decisiones en el liderazgo político y militar actual. La pregunta ya no es si se debe adoptar esta capacidad, sino cuántas vidas más costará esta indecisión. 

Para recuperar los territorios y garantizar la seguridad de los ciudadanos, hoy afectada por los grupos armados ilegales, hay que empezar a luchar con las herramientas y la mentalidad de hoy. 

¹El Tiempo. Colombianos que vuelven de combatir en Ucrania son reclutados por carteles: experticia en el manejo de drones los hace más apetecidos. 22 de septiembre de 2026. https://www.eltiempo.com/mundo/europa/colombianos-que-vuelven-de-combatir-en-ucrania-son-reclutados-por-carteles-experticia-de-manejo-con-drones-los-hace-mas-apetecidos-3587897 

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Hugo Acero

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Hugo Acero

*Sociólogo de la Universidad Nacional, asesor presidencial de las Consejerías de Paz y de Seguridad Nacional 1993-1995, Exsubsecretario de seguridad de Bogotá 1995, 2003 y Secretario de Seguridad de Bogotá 2021-2022, experto en temas de seguridad, justicia y manejo de crisis.

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Si la Corte Constitucional ya ha aclarado qué debe hacer el Estado cuando ocurre un hecho que amenaza el orden público dentro de una universidad, ¿por qué el presidente anuncia un nuevo protocolo para perseguir criminales dentro de los campus?

La intención de De La Espriella no se dirige a los criminales, se dirige a fortalecer la narrativa del enemigo interno: estudiantes, el derecho a la protesta social, quien piense distinto, líderes gremiales independientes, los medios que preguntan… En suma, quien se atreva a cuestionar.

Con tono amenazante el presidente anuncia que va a entrar a los campus a perseguir delincuentes. Es decir, apunta a llegar al eslabón y momento final de la cadena del crimen, en vez de proteger la integridad de estudiantes, docentes y trabajadores universitarios. Mucho ruido y poca efectividad.

Si se quiere perseguir al violento, la inteligencia policial es esencial. Identificar e impedir todo lo que pasa antes de que lleguen a delinquir en los campus: las cadenas de suministro de armas, explosivos y financiación, así como de la composición de las estructuras que cada tanto alteran el orden público —y que por lo general no son más de un puñado de individuos actuando de manera aislada al comportamiento e miles de estudiantes—. La Fuerza Pública cuenta con herramientas para ese tipo de operaciones.

La fórmula propuesta por el presidente no sólo es ineficiente, también es peligrosa y está desconectada de los problemas de las universidades. Entre 1962 y 2011 en el marco del conflicto armado y de la respuesta del Estado, 588 estudiantes fueron asesinados. Colombia ya conoce las consecuencias de la política militar estatal de estigmatización y señalamiento de las universidades como territorio enemigo del orden público.

Tampoco tiene sentido técnico que la prioridad del gobierno nacional en materia de educación superior quede supeditada a la lógica bélica. Esta semana se reveló que el número de aspirantes a la Universidad Nacional para el primer semestre de 2027 es el más bajo de los últimos 20 años. A su vez, enfrentamos el reto de implementar la reforma al financiamiento de las universidades públicas aprobada por el anterior Congreso, verificando que los recursos  lleguen efectivamente y que no se los roben.

El presidente no erra por desconocimiento de los problemas de la educación, aunque los desconoce. Su decisión de señalar a las universidades como territorios de crimen es premeditada en el marco de su narrativa de “patria milagro”. Su objetivo es mantener la versión de que el país está en la ruina moral y de seguridad como nunca antes, y que quien no comparta sus acciones, que a su vez son las del designio divino, se alineará con los enemigos de la patria.

De La Espriella sabe que su proceder no se ajusta a la institucionalidad democrática y por ello se anticipa al pensamiento crítico y la movilización social que surgirá en las universidades. El presidente da un paso adelante en el debate con sus contradictores creando falsas equivalencias: que la autonomía universitaria es igual a desorden funcional para delincuentes; que las universidades públicas son hogar de criminales; que la protesta se acompaña de violencia; que la violencia debe ser reprimida con toda la agresividad del Estado; que estudiante que proteste es objeto de sospecha como enemigo de la patria y del milagro.

Las consecuencias de estas narrativas serán el incremento de la conflictividad social, ojalá no con muertes, y el desvío de la atención institucional a los problemas educativos del país. Si las universidades son nidos de criminales, dirán: “mejor desfinanciarlas o entregarlas para que un privado ponga orden”; “mejor limitar la libertad de cátedra para prevenir que surja el pensamiento crítico al milagro en las aulas”, “mejor restringir la autonomía universitaria para que las instituciones no sean territorios al margen de la ley”.

La persecución a los “enemigos” ya empezó. Un funcionario del gobierno milagro fue retirado por su orientación sexual  y haber adoptado un hijo dentro de su familia homoparental, otra salió del Ministerio de Salud por haber trinado a favor del aborto, el director de DANE voló por negarse a manipular los datos oficiales, el presidente del gremio empresarial más importante es vetado y a la prensa libre la califica de “medios no amigos”. 

Dado que aún no se han cumplido los primeros dos meses del mandato me podrán acusar de alarmista y negativo. Sin embargo, los pocos días aportan indicios suficientes sobre la gravedad del escenario que enfrentamos. 

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Carlos Acero Castellanos

Escrito por:

Carlos Acero Castellanos

*Abogado y Magister en Derecho Internacional de la Universidad de los Andes. Twitter: @CarlosAceroC

Caricatura Abelardo armado

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Abelardo armado

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B&B

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B&B

Foto: Confianza en los datos

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La salida del director del DANE reabre una vieja disputa: quién puede determinar cuáles son las cifras correctas y cómo proteger la independencia de las estadísticas oficiales.

Un director que duró tres semanas

El 14 de septiembre, mediante un comunicado de prensa, el presidente Abelardo de la Espriella declaró insubsistente al director del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), Ricardo Valencia. El Gobierno dio dos razones.

La primera fue que Valencia habría hecho caso omiso de la Directiva Presidencial 001 del 3 de septiembre, según la cual la información sobre la gestión del Gobierno nacional debe divulgarse principalmente por los canales institucionales oficiales y en coordinación con la Secretaría para las Comunicaciones y Prensa de la Presidencia.

La segunda fue que el director manifestó no haber encontrado anomalías en los indicadores del DANE de julio de 2026 sin haber realizado lo que el Gobierno denomina “auditorías profundas”, un escrutinio de la información para detectar fraudes, errores o inconsistencias. 

El comunicado afirma que el Gobierno respeta y garantiza la independencia técnica del organismo, pero desautoriza al director de una entidad técnica para asumir posiciones políticas o actuar como “rueda suelta” dentro de la administración.

El problema de fondo va mucho más allá de este episodio. Es la vieja disputa sobre quién tiene autoridad para establecer cuáles son los datos correctos. La respuesta debería depender de procedimientos estadísticos sólidos, metodologías transparentes y mecanismos de verificación, sin importar quién sea el presidente de la República o el director del DANE. La independencia estadística es una condición de la confianza pública.

Una vieja disputa

Las diferencias entre el Ejecutivo y el director del DANE no son nuevas. Desde la creación del Departamento en 1953 han existido fricciones con el Gobierno, desacuerdos entre directores y sus predecesores, controversias con los gremios y cuestionamientos de los usuarios. Varias de esas disputas llegaron a la opinión pública durante este siglo, al mismo tiempo que el DANE desarrollaba su Sistema de Gestión de la Calidad.

En 2004, durante el primer gobierno de Álvaro Uribe, el director César Caballero chocó con el Ejecutivo por los resultados de las encuestas sobre victimización, violencia e inseguridad. El Gobierno consideraba que las conclusiones debían ser conocidas primero por el Consejo de Seguridad, contrastadas con otras fuentes y examinadas antes de su publicación. Caballero sostuvo que esto restringía la divulgación de la información y ponía en cuestión la capacidad técnica y la independencia del DANE. “He recibido una orden que moralmente me siento incapaz de cumplir”, escribió en su carta de renuncia del 15 de septiembre de 2004.

En 2007, durante el segundo gobierno de Uribe, el desacuerdo enfrentó al director Ernesto Rojas con el Departamento Nacional de Planeación (DNP). El DNP cuestionó cifras sobre empleo, desempleo, inflación y pobreza, además de la metodología de las encuestas de hogares. Rojas acusó al DNP de intentar socavar la autonomía técnica y la credibilidad de la entidad. El Ejecutivo, en cambio, respaldó públicamente al DANE. Rojas renunció el 7 de septiembre de 2007.

Durante el primer gobierno de Juan Manuel Santos, el conflicto entre el Ejecutivo y el director del DANE, Jorge Bustamante, giró alrededor del III Censo Nacional Agropecuario. El Gobierno quería cumplir el cronograma previsto en el Plan Nacional de Desarrollo. Bustamante consideraba inconveniente realizar el censo durante el primer semestre de 2014 por coincidir con una intensa actividad electoral, que a su juicio podía afectar la recolección. Bustamante y el subdirector Juan Carlos Guataquí renunciaron en octubre de 2013.

En el gobierno de Iván Duque, el director Juan Daniel Oviedo cuestionó cifras producidas durante el segundo gobierno de Santos y la administración de Mauricio Perfetti en el DANE. Las discrepancias incluyeron el crecimiento del PIB, los datos departamentales y los censos agropecuario y de población. Oviedo sostuvo que los censos habían sido afectados por el ciclo político y por problemas de planeación presupuestal y operativa. Perfetti negó que hubiera sesgos o manejos políticos y defendió los resultados.

Piedad Urdinola dirigió el DANE durante los cuatro años del gobierno de Gustavo Petro. Según el expresidente, el DANE mostró lo que hizo y no hizo su gobierno con “fidelidad a las técnicas estadísticas”. Las críticas vinieron entonces de la oposición y de los gremios. En diciembre de 2024, Bruce Mac Master, Luis Fernando Mejía y José Ignacio López pidieron al DANE revisar técnicamente los datos de productividad utilizados en la discusión del salario mínimo. Urdinola defendió las cifras y afirmó que cumplían criterios de independencia técnica, profesionalismo, coherencia, transparencia, exactitud, imparcialidad y pertinencia.

Foto: Ricardo Valencia

Las reglas también cambiaron

Estas polémicas ocurrieron mientras el sistema estadístico colombiano se hacía más complejo. Además del sistema de calidad adoptado en 2002, en 2012 el DANE publicó los “Lineamientos básicos para el desarrollo de una operación estadística”, primer modelo estándar para el Sistema Estadístico Nacional (SEN). En 2017 consolidó un modelo de cinco fases y 28 subprocesos. En 2020 adoptó otro, basado en el Modelo Genérico de Procesos de Negocios Estadísticos de la Comisión Económica de las Naciones Unidas para Europa, con ocho fases y 51 subprocesos.

Este proceso muestra un avance en los estándares de calidad, las capacidades técnicas, el intercambio de buenas prácticas y las reglas para producir información. Persistían, sin embargo, normas dispersas y la ausencia de un marco jurídico más sólido. La Ley 2335 de 2023, o Ley de Estadísticas Oficiales, buscó llenar parte de esos vacíos. La norma define reglas sobre organización, producción, calidad, difusión, censos, reserva estadística, metodologías, acceso a información y cooperación internacional, y busca consolidar al DANE como coordinador técnico e independiente del SEN.

El problema de la confianza

La salida de Ricardo Valencia se diferencia de los episodios anteriores por su rapidez. Habían transcurrido cinco semanas de gobierno y apenas tres desde su posesión como director del DANE. Valencia, que había sido subdirector de la entidad entre 2018 y 2022, no alcanzó a demostrar su capacidad administrativa y técnica.

Las razones expuestas por el Gobierno plantean además una pregunta sobre el grado de control que el Ejecutivo debe ejercer sobre la información producida por una entidad técnica. La exigencia de “auditorías profundas” debe examinarse frente a los procedimientos estadísticos existentes, la experiencia profesional de los funcionarios, la Ley 2335, la estructura del SEN y las auditorías de los organismos de vigilancia y control. 

También existen estándares y procesos de cooperación con organizaciones internacionales como la OCDE, la Comisión de Estadística de Naciones Unidas, el FMI, el BID, la Cepal y la OIT.

La controversia, por tanto, no se resuelve decidiendo si debemos creerle al Gobierno o al director del DANE. Las cifras oficiales deben ser creíbles porque pueden ser verificadas mediante reglas conocidas, metodologías transparentes y controles independientes. El principal activo del DANE no es que sus cifras favorezcan o contradigan a un gobierno: es que la ciudadanía pueda confiar en la manera como se producen.

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Danilo Torres

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Danilo Torres

*Profesional en comercio internacional. Economista. Máster en economía. Doctor en historia.

Foto: Distribución del presupuesto

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Los recortes y aumentos de la inversión revelan las prioridades del nuevo gobierno y anticipan lo que puede venir en el Plan Nacional de Desarrollo. Esto dicen las cifras.

El nuevo monto de inversión

El Presupuesto General de la Nación (PGN) de 2027 que se discute en el Congreso trajo varias sorpresas que se han señalado durante las últimas semanas: aumentaron el monto total del PGN, los gastos de funcionamiento y el pago de la deuda, pero se redujo el gasto de inversión.

El gobierno De la Espriella ha insistido en que realizó un proceso de sinceramiento de las cuentas, que implicó aumentar la cantidad de recursos del Presupuesto que debe financiarse con deuda pública. Sin embargo, como han señalado académicos como Jorge Iván González, más que hablar de un presupuesto de la verdad y otro de la mentira, deben entenderse como dos presupuestos planteados con supuestos y estimaciones distintas.

El presupuesto de inversión para 2027 asciende a $86,9 billones. Comparado con el presupuesto que radicó inicialmente el gobierno Petro para 2027 ($89,9 billones), la reducción equivale a 3,3 %. Pero, comparado con el presupuesto aprobado en 2026, de $88,8 billones, la reducción real de la inversión sería de 8,8 %, teniendo en cuenta la inflación estimada para finales de 2026, de 6,8 %.

Los cambios sectoriales

Que la inversión se reduzca 8,8 % en términos reales no significa que la reducción sea igual para todos los sectores.

Por el contrario, las variaciones, que van desde una caída de 56 % hasta un aumento de 79,2 %, empiezan a revelar las prioridades del gobierno De la Espriella, aun cuando todavía no existe un borrador del Plan Nacional de Desarrollo.

El gasto de inversión muestra mejor las prioridades de las políticas que el monto total del Presupuesto General de la Nación o el gasto de funcionamiento. La gran inflexibilidad del gasto público se concentra fundamentalmente en el presupuesto de funcionamiento, por lo cual este depende menos de las prioridades o los intereses del gobierno de turno.

Por el contrario, el gasto de inversión ofrece mayor discrecionalidad al Gobierno y puede ser un buen indicador de sus prioridades e incluso de sus capacidades, medidas por la ejecución de la inversión, como expuse en una entrada anterior en Razón Pública y en este artículo académico. Además, la inversión permite construir y consolidar capacidades en diferentes sectores. Puede aumentar la oferta y la calidad de los servicios, garantizar el acceso a derechos y fortalecer sectores económicos directa o indirectamente.

Entre los sectores más castigados, el más afectado es Estadística, con un presupuesto para 2027 de $265,1 mil millones y una reducción real de 56 %. Este recorte es grave para la capacidad de las estadísticas nacionales y coincide con un hecho político de las últimas semanas: la destitución del director del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), Ricardo Valencia, después de afirmar que no había encontrado anomalías en los indicadores publicados durante el gobierno anterior (Danilo Torres analiza este suceso en esta misma edición de Razón Pública). 

Los siguientes sectores con mayores reducciones reales del presupuesto de inversión son Planeación (-53,4 %); Culturas, Artes y Saberes (-51,9 %); Agricultura y Desarrollo Rural (-49,8 %); Minas y Energía (-48,5 %); Ambiente y Desarrollo Sostenible (-43,9 %), y Contraloría (-43,7 %). Nuevamente, aun sin conocer el borrador del Plan Nacional de Desarrollo, la selección de estos sectores ofrece indicios sobre las prioridades políticas que pueden venir y refleja, en cierta medida, las promesas y los discursos de campaña.

Otros sectores relevantes con reducciones en el presupuesto de inversión son Ciencia, Tecnología e Innovación (-17,7 %), que ha sufrido reducciones presupuestales constantes durante los últimos años; Salud y Protección Social (-17,7 %), pese a la crisis del sector; Educación (-13,1 %); Inclusión Social y Reconciliación (-9,6 %), y Deporte (-7,2 %).

La otra cara de la moneda son los sectores que reciben más recursos de inversión. Mientras 25 sectores tienen reducciones en términos reales, apenas diez registran aumentos. Los mayores corresponden a Defensa (79,2 %, con un presupuesto de inversión de $5,8 billones); Justicia y del Derecho (30,6 %); Procuraduría (27,4 %), y Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (26,3 %).

Foto: Gobierno radicó PGN 2027

La equidad y las regiones 

La Silla Vacía revisó el Libro de Regionalización 2027 del Presupuesto General de la Nación publicado por el Departamento Nacional de Planeación. Encontró una reducción de $8,8 billones constantes en subsidios destinados a las personas más pobres de Colombia, entre ellos los aplicados a las tarifas de energía (-$4,3 billones) y las transferencias monetarias (-$2,1 billones).

Las reducciones de la inversión tampoco se distribuyen por igual entre las regiones. En términos reales, los departamentos más castigados son San Andrés (-36 %), Vichada (-33 %) y Atlántico (-25 %).

Lo que puede venir en el Plan Nacional de Desarrollo

El Presupuesto de 2027 avanza en el Congreso. Es fundamental que, además de discutir el aumento del monto total y el nivel de endeudamiento, se examinen las prioridades de inversión. Como por el desayuno se sabe cómo será el almuerzo, el proyecto que tramita el Gobierno permite anticipar algunos de los énfasis y prioridades sectoriales que pueden aparecer en el Plan Nacional de Desarrollo.

Recortar la inversión pública no es apenas un asunto de responsabilidad fiscal. Sus implicaciones se sentirán en las capacidades del país en salud, educación, ciencia, tecnología e innovación y atención de la pobreza monetaria y extrema, entre otros campos.

A esto se suman los recursos necesarios para atender y reconstruir los departamentos afectados por el terremoto de agosto de 2026, que deberán canalizarse mediante el presupuesto de inversión del PGN de 2027 y de los años siguientes.

Hacer un seguimiento constante de la discusión presupuestal y del Plan Nacional de Desarrollo durante los próximos meses es necesario no solo para los analistas políticos y académicos, sino para todos los sectores políticos y sociales interesados en incidir sobre las prioridades sectoriales de los próximos años. Articular las exigencias sociales alrededor de la disputa por el presupuesto público será fundamental para sostener y ampliar el acceso a servicios y garantizar los derechos sociales en el país.

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Diego Cortes Valencia

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Diego Cortes Valencia

*Economista y Magíster en Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Colombia.

Foto: Asamblea General de Naciones Unidas

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En un escenario internacional marcado por conflictos, rivalidades y consensos cada vez más frágiles, la ONU enfrenta cuestionamientos sobre su eficacia y relevancia. Sin embargo, lejos de desaparecer, el multilateralismo se transforma: adopta esquemas más flexibles, incorpora nuevos actores y conserva espacios indispensables para el diálogo y la cooperación.

El debate general de la Asamblea General de las Naciones Unidas celebrado entre el 22 y el 26 de septiembre puso de manifiesto las profundas fisuras en la comunidad internacional. Estas tensiones se reflejan en el aumento de los conflictos armados, el auge de movimientos de extrema derecha, la incertidumbre ante el potencial destructivo de una inteligencia artificial sin controles humanos efectivos y los impactos cada vez más visibles del calentamiento global.

Los discursos de los líderes mundiales no pudieron ser más distintos. Donald Trump amenazó con aniquilar la civilización iraní; Luiz Inácio Lula da Silva rechazó la interferencia de potencias extranjeras en procesos electorales; Emmanuel Macron advirtió sobre el retorno de la “ley de la selva”; mientras que el vicepresidente colombiano, José Manuel Restrepo, leyendo una carta del presidente Abelardo de la Espriella, se sumó a las teorías conspirativas que presentan a la ONU como la cúspide de una supuesta ideología denominada “globalismo”, destinada a socavar la soberanía nacional mediante doctrinas de izquierda.

Ante esta cacofonía de posturas, acusaciones y protestas, así como la limitada capacidad de la organización para resolver o siquiera mitigar muchos de los grandes desafíos globales, cabe preguntarse  si la ONU y el multilateralismo están acabados. Desde mi punto de vista, hay buenas razones para pensar que no. Sin embargo, también es evidente que los papeles de ambos está cambiando.

La utilidad persistente de las Naciones Unidas

El sistema de las Naciones Unidas difícilmente desaparecerá porque, a pesar de sus evidentes defectos y limitaciones, sigue siendo funcional para los gobiernos y la comunidad internacional. Para los líderes mundiales, el debate general de la Asamblea General constituye una oportunidad única para dirigirse simultáneamente a audiencias nacionales e internacionales. Allí proyectan la imagen de sus países que desean transmitir al mundo. Venezuela se presenta nuevamente como un país estable, Irán como una nación resiliente e Israel como un Estado que no se deja intimidar por la presión internacional. Estos fueron algunos de los mensajes centrales de los discursos de Delcy Rodríguez, Masoud Pezeshkian y Benjamín Netanyahu.

Pero los líderes también aprovechan la tribuna de la ONU para presentarse ante sus propias sociedades como firmes defensores de los intereses nacionales. En ese sentido, Javier Milei criticó a la organización por su inacción ante la disputa con el Reino Unido por las Islas Malvinas; Keiko Fujimori y José Antonio Kast subrayaron la necesidad de reforzar los controles fronterizos y combatir el crimen; mientras que Emmerson Mnangagwa reivindicó la autodeterminación económica de Zimbabue. Incluso la decisión de Abelardo de la Espriella de no asistir personalmente a la Asamblea puede interpretarse bajo la misma lógica de comunicación política orientada al público doméstico.

La diplomacia más allá de los discursos

Más allá de la utilidad de este encuentro como escenario para proyectar imágenes y transmitir mensajes políticos, pocas veces al año se produce una concentración semejante de jefes de Estado, ministros, diplomáticos y altos funcionarios. Esta dimensión menos visible del evento permite que los gobiernos interactúen de manera informal, intercambien posiciones, negocien acuerdos, identifiquen aliados potenciales, fortalezcan coaliciones y, ocasionalmente, contribuyan a resolver disputas. 

En otras palabras, la Asamblea General posee un valor práctico tanto para los gobiernos participantes como para la comunidad internacional, un valor que suele pasar inadvertido cuando la atención pública se concentra en aquello que la ONU no logra resolver. En conjunto, estos factores ayudan a explicar por qué la organización se ha mantenido vigente a pesar de los reiterados llamados de distintos gobiernos a abandonarla o desfinanciarla.

Foto: Retiro de delegaciones ante discurso Israel

El surgimiento de un multilateralismo más flexible

Lo anterior no significa, por supuesto, que la ONU esté en capacidad de ofrecer soluciones contundentes a los desafíos más complejos de nuestra época. La gobernanza del ciberespacio y de la inteligencia artificial, el cambio climático, la lucha contra la criminalidad organizada transnacional y la prevención de conflictos armados involucran intereses nacionales demasiado divergentes como para que la organización pueda actuar eficazmente como laboratorio de soluciones globales.

Sin embargo, el hecho de que el multilateralismo haya perdido efectividad como mecanismo para organizar la política y la economía mundiales no implica que haya desaparecido. Lo que estamos observando es una transformación de sus formas tradicionales. En lugar de grandes consensos globales, están emergiendo esquemas de cooperación más flexibles y de menor alcance, en los que países con proximidad geográfica o intereses compartidos colaboran para enfrentar problemas específicos. La creciente coordinación europea en materia de defensa constituye un ejemplo claro de esta tendencia.

La reconfiguración del comercio internacional

Algo similar ocurre en el ámbito económico. Frente a los aranceles unilaterales impuestos por el gobierno de Donald Trump, numerosos países han buscado diversificar sus relaciones comerciales y reducir su dependencia de Estados Unidos. En su reciente libro World Trade War, el economista Richard Baldwin destaca que, a diferencia de lo ocurrido antes de la Segunda Guerra Mundial, las prácticas proteccionistas de Washington no han sido ampliamente imitadas por otras potencias.

Por el contrario, muchos de los países afectados por estas medidas están buscando nuevos socios y promoviendo acuerdos comerciales regionales o interregionales. De esta manera, los principios y reglas que durante décadas han estructurado el comercio internacional continúan operando, aunque a una escala menor. Los acuerdos recientes entre India y el Reino Unido, así como entre Mercosur y la Unión Europea, reflejan esta dinámica. Baldwin incluso anticipa la consolidación de dos grandes polos comerciales con capacidad para organizar una parte significativa de los intercambios mundiales mediante diferentes formas de asociación: la Unión Europea y el Acuerdo Amplio y Progresista de Asociación Transpacífico.

Nuevos actores y canales de cooperación

Todavía está por verse si estas nuevas formas de multilateralismo lograrán extenderse a otros ámbitos de cooperación, como la protección del medio ambiente, la regulación de las tecnologías digitales y la gobernanza de la inteligencia artificial. También resulta evidente que el multilateralismo está lejos de ser el único mecanismo de cooperación política. Hoy observamos una creciente participación de empresas, organizaciones no gubernamentales y redes de expertos en procesos de toma de decisiones, tanto formales como informales. Al mismo tiempo, las fuerzas políticas con afinidades ideológicas han desarrollado vínculos transnacionales cada vez más estrechos, a menudo al margen de los canales diplomáticos tradicionales.

La política exterior de Argentina bajo Javier Milei ilustra bien este fenómeno. Entre 2024 y 2026, el mandatario visitó España en seis ocasiones para reunirse con inversionistas y aliados políticos, sin sostener encuentros oficiales con el gobierno español pese a los profundos vínculos históricos y económicos entre ambos países. 

Esta evolución ayuda a entender por qué espacios como el debate general de la Asamblea General siguen siendo relevantes. Por un lado, ofrecen a los líderes un escenario mediático de alcance global que contribuye a su legitimación política. Por otro lado, proporcionan un espacio informal indispensable para gestionar tensiones, explorar acuerdos y mantener abiertos los canales de comunicación en un mundo cada vez más volátil, fragmentado e impredecible.

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Nicolas Alexander Beckmann

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Nicolas Alexander Beckmann

*Profesor de Estudios Globales de la Universidad de los Andes. Es analista e investigador sobre temas relacionados con el narcotráfico, políticas de drogas, y el papel de América Latina en la Política Global.

Foto: Proyección fiscal en Colombia

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Colombia necesita poner en orden sus finanzas, pero reducir el gasto en su conjunto no es el único camino; un desafío clave es gastar mejor. Un ajuste mal diseñado puede incluso agravar el problema que pretende resolver: la deuda pública.

Las cuentas de la deuda

En varias presentaciones, el ministro de Hacienda y Crédito Público, Miguel Gómez, ha señalado que el principal problema económico de Colombia es el déficit fiscal del Gobierno Nacional y la insostenibilidad de la deuda pública. 

Aunque abundan candidatos de peso para disputarse el deshonroso título de principal problema económico del país —desde la miseria hasta la baja productividad, pasando por las grandes desigualdades—, la situación de las finanzas públicas nacionales puede calificarse como grave, sin llegar a ser crítica.

Pero ¿qué tan adecuado es el ajuste fiscal que el gobierno De la Espriella ha venido delineando para la salud de las finanzas públicas y de la economía? De la necesidad del ajuste no se sigue que el camino esbozado por el Ejecutivo sea conveniente u obligado.

La Gráfica siguiente muestra la evolución de la deuda neta del Gobierno Nacional Central (GNC) entre 2019 y 2025 —los hechos cumplidos— y entre 2026 y 2027 —los hechos contingentes—, según el Comité Autónomo de la Regla Fiscal (CARF). Con el COVID-19, la deuda aumentó bruscamente de 48,4 % del PIB en 2019 a 60,7 % en 2020. Después tendió a reducirse hasta situarse en 58,6 % del PIB en 2025, lejos del nivel anterior a la pandemia.

El CARF tiene dos estimaciones para 2026: una realizada en junio, sobre la base de la planeación financiera del gobierno Petro, y otra en septiembre, después de la transición presidencial, sobre la base de la información financiera del gobierno De la Espriella. Después de hacer correcciones contables a ambas fuentes, el CARF estima que la deuda neta puede situarse alrededor de 60 % del PIB en 2026, prácticamente el mismo nivel registrado durante la pandemia.

Para 2027, el organismo estima que, con el proyecto de Presupuesto General de la Nación (PGN) de $635 billones presentado por el gobierno De la Espriella —recién aprobado por las comisiones económicas conjuntas del Congreso—, la deuda neta ascendería a 67,3 % del PIB, el nivel más alto registrado en la historia.

¿Por qué aumentaría la deuda unos siete puntos porcentuales del PIB en 2027?

La incertidumbre impide predecir con exactitud el valor futuro de las variables fiscales, pero sí se puede examinar qué tan plausibles son las previsiones a la luz de la información disponible; de otro modo, cualquier presupuesto valdría.

Este aumento de la deuda corresponde a un escenario que no incorpora las políticas de ajuste fiscal anunciadas por el gobierno De la Espriella, como la ley de rescate económico. Sería una especie de escenario inercial, según las previsiones del nuevo Gobierno.

El Cuadro adjunto presenta el balance fiscal del GNC, una forma de clasificar las cifras financieras y presupuestales que permite obtener el déficit fiscal, lo cual a su vez ayuda a identificar el origen de las variaciones de la deuda, pues déficit y deuda por lo regular van de la mano.

En el escenario inercial, el déficit total del GNC rondaría 9,5 % del PIB en 2027, frente a 7,4 % en 2026, según el CARF. La mayor parte del déficit sería atribuible a los intereses —4,9 % del PIB en 2027— y, por tanto, a la deuda contraída en el pasado. Dada su magnitud, el aumento del pago de intereses necesita una explicación detallada del Gobierno, en especial sobre el costo y los vencimientos de la deuda.

El resto del desbalance correspondería al déficit primario —4,5 % del PIB—, es decir, a la brecha entre ingresos y gastos sin intereses. Se trata de un déficit particularmente alto en perspectiva histórica, aunque su aumento reciente más grande ocurrió en 2025.

De las estimaciones del CARF se desprende que la creencia según la cual el salto de la deuda en 2027 se debería a un aumento inercial del gasto primario frente a los últimos años del gobierno Petro carecería de fundamento. Sin considerar el ajuste fiscal, el gasto primario del GNC ascendería a 20 % del PIB en 2027, un nivel prácticamente igual al de 2025 y 2026. Frente al promedio de 2022 a 2024, sí se registraría un aumento significativo.

En 2026 y 2027, el aumento del déficit primario obedecería más a la caída del recaudo tributario, que también necesita una explicación detallada del Ejecutivo.

En suma, el presupuesto de 2027 aumenta el gasto del GNC, jalonado por el pago de intereses y no por el gasto primario, con un cambio marcado en las fuentes de financiación: más deuda y menos tributación.

El camino no es obligado

El presupuesto de 2027 sería muy transitorio. Para lidiar con la deuda, el ministro de Hacienda ha anunciado un ajuste fiscal, sobre todo mediante la reducción del gasto, que se concretaría en una ley de rescate económico y en el Plan Nacional de Desarrollo (PND).

Después de “sincerar” las cuentas fiscales, el ajuste por el lado del gasto sería “el camino obligado”, dice el ministro; de otra manera, “es el abismo”, añade con dramatismo. Así ha descrito la orientación general del ajuste. Pero, como todavía no se conocen sus detalles, el PGN se ha discutido más bien a tientas.

En la coyuntura actual, un ajuste fiscal es necesario para encauzar las finanzas públicas hacia una senda sostenible y debido a los síntomas de recalentamiento de la economía, entre ellos una capacidad productiva estrecha por la baja inversión privada. Sin embargo, esto no significa que el ajuste específico planteado por el nuevo Gobierno sea indefectiblemente “el camino obligado”. Que el ajuste sea necesario no significa que su composición y demás características deban darse por sentadas.

Para determinar qué tipo de ajuste fiscal le conviene a Colombia, ahora y más allá de la coyuntura, hay que preguntarse cuáles son los niveles permanentes de gasto primario y tributación del GNC necesarios y pagables por los contribuyentes para cumplir las funciones estatales básicas, especialmente en seguridad, educación y salud, infraestructura pública y protección social.

También hay que preguntarse por los efectos del ajuste sobre el empleo y el crecimiento económico, garantía última de la sostenibilidad de la deuda. La reducción del déficit puede conseguirse mediante diferentes combinaciones de gasto e ingreso.

Al anunciar que no buscará elevar el nivel de tributación, el gobierno De la Espriella pone todo el peso del ajuste sobre el gasto. Pero eso es una decisión, no una obligación. Decidir qué gasto realizar y cuánto financiar mediante impuestos o crédito es trascendental.

El recaudo tributario del GNC caería —sin reforma tributaria— a 14 % del PIB en 2027, el nivel más bajo desde la pandemia, según las estimaciones del CARF. Un gran problema de Colombia es que estos recursos son relativamente estrechos frente a las necesidades de gasto y, por deficiencias de las políticas públicas, no benefician adecuadamente a grandes segmentos de la población. La reducción del gasto por sí misma no corrige los objetivos de las políticas ni mejora la capacidad para elaborarlas y ejecutarlas.

Aunque existe una versión local de la conocida aspiración libertaria de achicar tanto el gobierno como para poder “ahogarlo en la bañera”, el ajuste fiscal debería apuntar a mejorar la calidad y eficacia del gasto primario.

Eso obliga a discutir prioridades concretas. ¿Debería, por ejemplo, seguirse financiando el subsidio al consumo de combustibles, o sería más beneficioso sufragar la renta básica solidaria para los jubilados en pobreza extrema prevista en la Ley 2381 de 2024?

En cuanto al gasto en intereses, la refinanciación y otras políticas de gestión del crédito ayudarían a aliviar la carga durante los próximos años. Pero la clave para hacer llevadera la deuda estaría más en el crecimiento económico y la reducción del déficit primario que en la ingeniería financiera.

Cuando el Estado tiene que responder

Según el ministro Gómez, la reconstrucción de las regiones afectadas por el terremoto del 10 de agosto estaría principalmente a cargo del sector privado, con algunos estímulos estatales, como los del mecanismo de obras por impuestos, porque en el Gobierno Nacional “no tenemos espacio fiscal para hacer eso”.

La evidencia empírica internacional muestra que durante períodos de convulsión social y desastres naturales —guerras, terremotos y otros— el gasto público ha tendido a aumentar. Hasta el momento, el Ejecutivo ha anunciado entre $4 y $5 billones —alrededor de 0,2 % del PIB— para atender los efectos inmediatos del terremoto, en su mayoría mediante reasignaciones presupuestales. También creó el llamado Fondo Milagro para agrupar fuentes de financiación, pero todavía no está claro cuántos recursos públicos se le asignarán.

Dado que la iniciativa privada será seguramente insuficiente, el éxito del equipo económico consiste en superar los obstáculos fiscales para apoyar la recuperación de las regiones afectadas por el sismo —16 de los 32 departamentos—, no en esquivar las responsabilidades del Gobierno como asegurador de última instancia.

Paradójicamente, el ajuste fiscal esbozado por el gobierno De la Espriella podría hacer más difícil lidiar con la deuda pública en el futuro si la reducción del gasto primario afecta la provisión de bienes y servicios públicos necesarios para la expansión de la actividad económica privada.

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Jorge Armando Rodríguez

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Jorge Armando Rodríguez

*Profesor de la Escuela de Economía de la Universidad Nacional de Colombia.

Foto: El Plan Patriota 2.0 de De la Espriella y el reencuentro con EE. UU.

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El Plan Patriota Siglo XXI retoma instrumentos de cooperación militar entre Colombia y Estados Unidos, pero surge en un escenario marcado por nuevas formas de violencia y por un giro estratégico de Washington. Más que un simple regreso al Plan Colombia, la propuesta plantea una disyuntiva entre fortalecer las capacidades del Estado y profundizar un alineamiento que podría reducir la autonomía del país.

Antes incluso de asumir la Presidencia, el presidente Abelardo de la Espriella ya había planteado la idea de un nuevo “Plan Patriota” para renovar la cooperación en materia de seguridad entre Colombia y Estados Unidos. El 8 de septiembre reafirmó la propuesta durante su encuentro con el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, en Barranquilla, donde además manifestó su propósito de convertir nuevamente al país en el principal socio de seguridad de Washington en Suramérica. Con esta iniciativa, el Gobierno busca modernizar las capacidades militares y tecnológicas y complementarlas con un acuerdo plurianual contra el narcotráfico y las organizaciones armadas. 

¿Cuáles son, pues, el sentido y el alcance de la propuesta? ¿Se trata de revivir una fórmula conocida, considerada por algunos exitosa y por otros un fracaso? ¿funcionaría en el contexto actual, tanto interno como externo? Tales preguntas adquieren especial importancia tras un cuarto de siglo de intentos por encontrarle una solución definitiva al conflicto armado y por el papel central que Estados Unidos ha tenido en ello. 

Del Plan Colombia al Plan Patriota Siglo XXI

El Plan Patriota original formó parte de la transformación de la seguridad colombiana desarrollada en el marco del Plan Colombia. Este último había sido concebido durante el gobierno de Andrés Pastrana como una estrategia integral que combinaba la lucha contra el narcotráfico, el fortalecimiento institucional, el desarrollo económico y la búsqueda de la paz. Sin embargo, la asistencia estadounidense terminó dando prioridad a la reducción de la oferta de drogas y la modernización de las Fuerzas Armadas.

En efecto, después del fracaso de las negociaciones con las FARC y, sobre todo, del 11 de septiembre de 2001, la separación entre la contrainsurgencia y la lucha antinarcóticos se hizo cada vez más tenue. Bajo el gobierno de Uribe, la política de Seguridad Democrática llevó esa convergencia al terreno mediante el Plan Patriota, una gran ofensiva implementada entre 2003 y 2006, dirigida a penetrar las retaguardias de las FARC y extender el control estatal. En ese sentido, se trató de la fase militar más intensa del Plan Colombia.

La propuesta de 2026 recupera parte de aquel repertorio. De la Espriella ha solicitado apoyo estadounidense para renovar la aviación, los radares y la movilidad, e incorpora también capacidades que responden a las transformaciones tecnológicas recientes, como los drones, los sistemas antiaéreos y la ciberdefensa. Al mismo tiempo, plantea retomar la fumigación aérea de los cultivos y la destrucción de laboratorios, rutas y finanzas criminales, al combinar interdicción, inteligencia y operaciones contra los grupos armados ilegales.

Hasta aquí, y en términos de una opción de carácter fundamentalmente coercitivo, la imagen de un retorno resulta convincente. No obstante, varios elementos señalan diferencias sustanciales que conciernen tanto a la dinámica de la violencia como al alcance mismo de la estrategia. En primer lugar, la naturaleza del conflicto ha mutado y el adversario ya no es exactamente el mismo. Las FARC que enfrentó el primer Plan Colombia constituían una insurgencia relativamente centralizada, con una estructura jerárquica y amplias retaguardias territoriales. Las organizaciones actuales operan de forma más fragmentada, combinan distintas economías ilícitas, se articulan en redes transnacionales y muestran una mayor capacidad para recomponerse tras las operaciones estatales. El problema, por tanto, ya no consiste únicamente en recuperar el dominio territorial frente a una organización insurgente.

En segundo lugar, si bien la estrategia militar fue el componente central del Plan Colombia durante varios años, no se limitó a ese componente. Desde su concepción inicial, se planteó como un proyecto de reconstrucción de las capacidades estatales que incluía la consolidación de las instituciones y la mejora de las condiciones socioeconómicas de las poblaciones más afectadas por la violencia. Estos aspectos cobraron relevancia una vez que la derrota de las FARC abrió el espacio para el proceso de paz bajo el gobierno de Santos. 

En esa nueva etapa, Estados Unidos mantuvo su respaldo económico y político bajo el entendimiento de que el éxito militar era solo una primera fase de un proyecto de mayor envergadura, uno que debía avanzar en la búsqueda de soluciones a los problemas estructurales que estaban en la base del conflicto armado. Esto constituyó la sustancia del proceso de negociación en La Habana y del posterior Acuerdo de paz. Vista desde una perspectiva más integral y de largo aliento, la reminiscencia que hace el actual gobierno del Plan Colombia resulta sesgada y cortoplacista.

Además de los cambios en las formas de violencia y de la lectura limitada de los vínculos históricos con Estados Unidos, es necesario considerar también la transformación actual de la política exterior estadounidene.

Foto: Incautación droga

El nuevo escudo hemisférico de Washington

Para el segundo gobierno de Trump, América Latina no es únicamente un espacio donde enfrenta problemas específicos de migración, drogas y competencia económica, es el escenario privilegiado en el que su visión del mundo y su modo de ejercicio del poder se afirman con contundencia. La actual Estrategia de Seguridad Nacional formula explícitamente un “Corolario Trump a la Doctrina Monroe” que vincula los intereses vitales de Estados Unidos con el control del hemisferio. 

Comparada con la política exterior de las tres décadas anteriores, la actual Casa Blanca ha otorgado mayor importancia a limitar la presencia de potencias extrarregionales, controlar los flujos migratorios y garantizar el acceso a posiciones y recursos estratégicos; para ello, se ha valido más del garrote que de la zanahoria, al recurrir a la imposición de aranceles, la suspensión de las ayudas y el despliegue de operativos militares. 

Atrás, muy atrás, han ido quedando la defensa de la democracia, la protección de los derechos humanos, el multilateralismo y la promoción del libre comercio, otrora ejes organizadores de la relación con América Latina.

Este cambio de rumbo se hizo más tangible en marzo de 2026, cuando los responsables de Defensa y Seguridad de 17 países de la región suscribieron una declaración para ampliar la cooperación contra el “narcoterrorismo”, reforzar la seguridad fronteriza y proteger la infraestructura crítica. La iniciativa denominada Escudo de las Américas pretende articular los gobiernos que comparten la visión estadounidense sobre las amenazas regionales y fortalecer su capacidad para actuar conjuntamente. En ella, el narcotráfico deja de presentarse exclusivamente como un problema policial y judicial; los cárteles se incorporan a un marco de seguridad nacional, terrorismo y defensa del hemisferio, al tiempo que el Comando Sur adquiere un mayor protagonismo en la coordinación regional.

El Escudo aparece, pues, como la tentativa de construir un perímetro de seguridad hemisférico que permita enfrentar las amenazas antes de que alcancen directamente el territorio estadounidense. Formalmente, la coalición se basa en la voluntad de cooperación de los Estados soberanos. Políticamente, sin embargo, la definición de las amenazas, la filiación ideológica y el papel atribuido a la región que articula esa cooperación proceden en buena medida de las prioridades de la superpotencia.

Colombia ante el dilema: asociación o alineamiento

A partir de este contexto, el denominado Plan Patriota Siglo XXI adquiere un significado adicional. El gobierno de De la Espriella no se limita a solicitar cooperación técnica, sino que también adopta la perspectiva estratégica de Washington. Desde la posición gubernamental, se considera que existe una convergencia de intereses: Estados Unidos requiere socios capaces de contener redes criminales y Colombia necesita recuperar su capacidad ofensiva para enfrentar el deterioro de su seguridad. Este alineamiento se basa en la convicción de que ponerse al servicio de los objetivos de la Casa Blanca otorga acceso y ventajas automáticas; no obstante, en el actual panorama internacional, tales expectativas son optimistas, si no ingenuas.

La cuestión también afecta el posicionamiento en los niveles regional y global. El país podría convertirse en un nodo de inteligencia, entrenamiento y operaciones dentro de una coalición hemisférica. Esa transformación aumentaría su relevancia para la superpotencia, pero podría, simultáneamente, reducir su capacidad diplomática frente a los gobiernos que no comparten ni el Corolario Trump ni la idea de organizar la seguridad regional bajo el liderazgo de Estados Unidos.

Una alianza histórica, una autonomía en juego

Ante la pregunta inicial sobre la novedad de la propuesta, el Plan Patriota Siglo XXI recupera parte de la caja de herramientas desarrollada durante el Plan Colombia: cooperación militar, inteligencia, movilidad, interdicción y control territorial. En ese sentido, existe una continuidad histórica. 

No obstante, el significado político de esos instrumentos y el propósito de su uso han cambiado. El Plan original buscaba alterar la correlación de fuerzas en el conflicto colombiano y sentar las bases para su solución, en un marco de relacionamiento bilateral. El nuevo aparece cuando Estados Unidos vuelve a concebir explícitamente el hemisferio como un espacio de interés estratégico privilegiado y pretende organizar una coalición regional frente a amenazas intra y extra hemisféricas

Además de cuestionar si conviene o no volver al Plan Colombia, bajo qué supuestos y con qué propósito, cabe también preguntarse qué grado de autonomía quiere y puede conservar el país dentro de una arquitectura regional cuya orientación política y dirección estratégica provienen de Washington.

Los principales desafíos del Plan Patriota Siglo XXI consistirán, pues, en demostrar si se trata de una cooperación que, en efecto, contribuya a fortalecer el Estado colombiano, y en establecer si los objetivos de seguridad nacional son compatibles con la política hemisférica de Estados Unidos. Más allá de los helicópteros, los drones o los radares, allí reside probablemente la diferencia crucial entre recuperar una alianza histórica manteniendo la capacidad de negociación y los márgenes de maniobra, o convertirla en el único eje alrededor del cual se organice la inserción internacional y la política de seguridad del país.

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Diana Marcela Rojas

Escrito por:

Diana Marcela Rojas

*Docente e investigadora del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales IEPRI, de la Universidad Nacional de Colombia.

ISSN 2145-0439

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