Página 6 – Razón Pública

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La administración de Abelardo de la Espriella ya se estrenó con su primer paro armado. Luego de que las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada (ACSN) decretaran un paro armado del miércoles 23 hasta el viernes 25 de septiembre en Santa Marta, el Magdalena y la Guajira, por la muerte de José Luis Pérez Villanueva, alias «Cholo», segundo cabecilla de esta organización. Pero qué son los paros armados y cómo ha impactado esta práctica recientemente al Caribe colombiano. 

En un artículo publicado hace un par de años junto con el profesor Orlando Higuera y en una pasada columna aquí en Razón Pública, definimos los paros armados como un repertorio de violencia usado por grupos irregulares, que implica la restricción de actividades económicas, políticas o culturales en una o varias comunidades por un período de tiempo en específico, con el propósito de demostrar control territorial o mandar un mensaje al Estado o a otros actores armados. Por tal motivo, viene precedido de una convocatoria pública por parte del grupo irregular.

Existen distintos tipos de paros armados. El convocado por las ACSN entra en la categoría de paros armados confrontacionales o retaliativos. Estos son convocados en respuesta a la presencia de otro actor armado en la zona o en respuesta a las acciones armadas de otro actor, como la captura o muerte de un cabecilla a manos del Estado. Por ejemplo, en enero de 2012 en el Urabá y parte de la Región Caribe, el Ejército Gaitanista de Colombia -EGC (en ese momento conocidos como AGC) impusieron un paro armado como represalia por la muerte de su comandan­te Juan de Dios Úsuga alias “Giovanni”. Esta misma organización impondría un paro armado en mayo del 2022 nuevamente en buena parte del Caribe colombiano y Antioquia como represalia por la extradición a EE.UU de su máximo jefe, Dairo Antonio Úsuga, alias “Otoniel”.

Pese a que el reciente paro armado convocado por las ACSN tuvo un impacto directo en la vida cotidiana de muchas comunidades del Magdalena y la Guajira, la gobernadora del Magdalena, Margarita Guerra, expresó públicamente en medios de comunicación que en Santa Marta “no hay ningún paro armado” además agregó que “Y si hoy nos cierran el comercio y permitimos que nos cierren comercio porque llegan dos pelagatos en una moto, disparan y mandan a cerrar, sencillamente vamos a replegar por ese paro armado”.

Pero este tipo de declaraciones no son extrañas, pues en ocasiones las autoridades niegan la existencia de los paros armados o le restan importancia.  En el 2003 el entonces director de la Policía Nacional, general José Roberto León Riaño, con respecto a un paro armado adelantado por las FARC-EP en el Choco manifestó “es un paro de papel porque solamente a través de panfletos generan intimidación y temor en la ciudadanía” (Observatorio Pacífico y Territorio, 2013). Así mismo en el 2005 en Arauca el entonces gobernador Julio Acosta Bernal, calificaba como “un paro sicológico” lo que estaba ocurriendo en su departamento: “A través de teléfono (las FARC-EP) llaman para intimidar y dar órdenes a las empresas y a la gente. Y lo peor de todo es que les comen cuento a esas amenazas y paralizan las actividades” (Segured, 2005).

Aunque es cierto que en ocasiones los paros armados pueden demostrar un control más aparente que real de los actores ilegales en los territorios donde estos se llevan a cabo, la visión reduccionista de las autoridades civiles, policiales y militares no concuerda con la realidad. Más que demostrar debilidad, este tipo de acciones evidencian cómo los grupos armados, utilizando estrategias simbólicas y acciones armadas de pequeña escala, pueden alterar la vida cotidiana de poblaciones enteras. 

Y es que no debemos confundir “simbólico” con “imaginario”. El actor armado que convoca un paro tiene que tener recursos de poder reales en el territorio y cierta legitimidad en las comunidades, de no ser así, el paro armado no tendría ningún efecto. Esto lo podemos comprobar con lo ocurrido en la ciudad de Cartagena de Indias paralelamente. El miércoles 23 de septiembre a través de redes sociales circuló una supuesta convocatoria de un paro armado en el departamento de Bolívar y la ciudad de Cartagena por 48 horas, iniciando el jueves 24 y finalizando el viernes 25 de septiembre, convocado por un actor que se autodenominaba Estado Mayor CCTG.

En las horas de la tarde, las autoridades civiles y policiales de la ciudad salieron a desmentir la supuesta convocatoria de paro armado, afirmando que el documento presentaba baja credibilidad y que además no se tenía identificada ninguna estructura criminal con la denominación “CCTG”. Efectivamente la convocatoria no tuvo ninguna repercusión en la vida cotidiana de la ciudadanía cartagenera. Nuevamente, poder simbólico no es poder ficticio. Un simple papel que diga paro armado no convoca un paro armado, debe existir un actor armado real con recursos de poder detrás de la convocatoria.

Otro aspecto preocupante desde el punto de vista de políticas de seguridad es que algunos paros armados como los retaliativos o los conmemorativos (cuando el actor armado convoca un paro para conmemorar una fecha importante de su trayectoria bélica), deberían ser relativamente fáciles de anticipar por parte de las autoridades. Por ejemplo, es factible que, ante una fecha importante de su historia política, el ELN convoque un paro conmemorativo, o, es esperable que, ante la captura o muerte de uno de sus cabecillas, un grupo criminal convoque un paro retaliativo. Si existe la posibilidad, las autoridades deberían tener planes de contingencia preparados, pero al parecer esto no es lo que está ocurriendo. 

Los paros armados eran una práctica utilizada en el pasado por las guerrillas. En la actualidad son una práctica usada por los nuevos grupos irregulares que ejercen gobernanzas armadas en porciones importantes del territorio colombiano. Pese al considerable impacto económico y humanitario que sufren muchas comunidades cuando se convoca un paro armado, además del amplio cubrimiento mediático que reciben, todavía siguen siendo una práctica escasamente estudiada en la academia colombiana, y, por lo que parece también, muy subestimada por la autoridades locales y nacionales.     

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Armando José Mercado

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Armando José Mercado

*Politólogo, magister en Conflicto Social y Construcción de Paz, profesor de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Tecnológica de Bolívar (UTB) e investigador en el Grupo Regional de Memoria Histórica (GRMH-UTB) de la misma universidad.

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Las democracias no siempre se destruyen con tanques, golpes de Estado o el cierre del Congreso. A veces se marchitan silenciosamente, entre leyes y decretos correctamente expedidos y numerados, procedimientos impecables y declaraciones solemnes de respeto a las instituciones.

La forma más sofisticada de arbitrariedad se da cuando se cumplen las leyes mientras se frustra su finalidad; se conserva una institución mientras se le impide funcionar; se reconoce un derecho mientras se acumulan las condiciones que lo hacen imposible de ejercer.

Este fenómeno no es novedoso. La literatura ya lo había abordado mucho antes de que los juristas intentaran explicarlo. 

En El mercader de Venecia, Shakespeare muestra cómo la letra de la ley puede convertirse en un instrumento de injusticia. Shylock exige literalmente la libra de carne pactada como garantía de la deuda. No pretende violar el contrato, sino utilizar su cumplimiento para destruir al deudor. 

En, «Ante la ley», Kafka imaginó una perversión diferente.  Cuando el campesino intentó entrar por la puerta de la ley, destinada exclusivamente para él, el guardia jamás le informó que estaba cerrada para siempre. Simplemente le informa, reiteradamente, que no puede entrar “por ahora”. El hombre espera toda la vida. Su derecho nunca es negado y, precisamente por eso, tampoco existe una decisión definitiva contra la cual pueda rebelarse.

Las dos historias muestran que la ley puede vaciarse desde dentro. Un derecho puede interpretarse para perseguir un fin distinto del que fue creado o aplazarse indefinidamente, una garantía no necesita desaparecer si se reduce a un trámite sin efecto. Incluso una orden judicial puede desobedecerse en la práctica, cumpliéndose solo en apariencia.

En estos casos, se trata de una interpretación puramente estratégica de la ley. En vez de preguntar por la finalidad de la norma, busca la palabra que no incluyó, la excepción que dejó abierta o el procedimiento que permite neutralizarla. No adapta la conducta al derecho, sino que busca el camino legal para quedar fuera de él.

Así, una persona puede conservar todos sus derechos en el papel y, sin embargo, depender del permiso, la tolerancia o la conveniencia de quien gobierna. Lo mismo ocurre con las instituciones. Pueden conservar su nombre, sus edificios y sus competencias, pero dejar de ser independientes si su capacidad de actuar depende de no molestar al poder. No es necesario clausurarlas, basta con debilitarlas, desacreditarlas o privarlas gradualmente de los medios de los que necesitan.

Pero, el daño no termina allí. Cuando los ciudadanos perciben que la ley se utiliza como herramienta para justificar decisiones ya adoptadas o para fines distintos, la confianza pública se erosiona. ¿Por qué respetar el espíritu de las normas si quienes gobiernan se sienten obligados únicamente por su formulación más estricta? La elusión desde arriba termina fomentando el oportunismo en todos los niveles.

La democracia necesita normas, pero también buena fe constitucional.  Someterse a la ley no significa aplicar sus palabras ciegamente, ignorando la finalidad que les da sentido. Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, llama epieíkeia, o equidad, a la corrección de la ley cuando su formulación general resulta injusta en un caso que el legislador no pudo prever. Como ninguna regla abarca con exactitud toda la variedad de las acciones humanas, el juez debe decidir como lo habría hecho el legislador de haber conocido esas circunstancias. La equidad no contradice la ley, sino que preserva su finalidad, adaptándola al caso concreto, como la regla de plomo de Lesbos se ajusta a una piedra irregular.

Esta tensión también aparece en «Antígona», de Sófocles. Aunque formalmente válido, el decreto de Creonte que prohíbe sepultar a Polinices desconoce los deberes que limitan al poder. Al desobedecerlo, Antígona revela que la legalidad, separada de la justicia y de la finalidad de la ley, puede convertirse en un instrumento de arbitrariedad.

Esta es la diferencia entre «gobernar mediante leyes» y «gobernar bajo la ley». Cualquier régimen puede expedir normas, organizar instituciones y presentar informes. Pero estas no solo deben ser justas, sino también interpretadas atendiendo a su finalidad. Para ello, sin embargo, es necesario contar con un equilibrio y un control adecuados de los poderes.

Esto implica aceptar que no todo lo jurídicamente posible es democráticamente legítimo; que una mayoría no adquiere el derecho a neutralizar los controles; y que cumplir una obligación significa permitir que esta produzca el efecto para el cual fue creada.

Cuando la arbitrariedad se apropia del lenguaje de la ley y utiliza sus procedimientos para vaciarla de contenido, los jueces, los parlamentos y las instituciones pueden seguir funcionando, pero solo en apariencia. En ese momento, la ley y el sistema constitucional dejan de contener al poder y se convierten en instrumentos con los que este simula aceptar límites. La democracia conserva el cuerpo, pero pierde el alma.

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Marcela Anzola

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Marcela Anzola

* Abogada de la Universidad Externado de Colombia, LL. M. de la Universidad de Heidelberg y de la Universidad de Miami, Lic. OEC. INT. de la Universidad de Konstanz, Ph. D en Estudios Políticos de la Universidad Externado de Colombia, consultora independiente.

Foto: Reunión empresarios y Abelardo de la Espriella

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¿Qué podemos esperar de la agenda “petrificada” del gobierno?

El nuevo gobierno enfrenta un enorme déficit fiscal, una economía con poco margen de maniobra y una seguridad deteriorada. De la Espriella promete hacer lo contrario de Petro, pero buena parte de su agenda ya está dictada por los problemas que heredó. Expone Carlo Nasi.

Relaciones del gobierno Abelardo con la descentralización y la autonomía de los alcaldes.

Hay una intención clara de acercar la gestión presidencial a las regiones, lo cual contrasta con la sensación de abandono que se tiene respecto al gobierno anterior. Esta situación implica plantear una reflexión acerca de la manera como se están configurando las relaciones nación-territorio en el marco de la descentralización.Presenta Andrés Felipe Ortega.

Autonomía universitaria: ¿derecho o “patente de impunidad”?

La discusión se vuelve difícil cuando hay que decidir dónde termina la autonomía y comienza lo que un gobierno considera un problema de orden público; sobre todo porque alguien tendrá que determinar esa frontera y no da exactamente lo mismo quién lo haga ni cómo. Señala Javier Sánchez.

El presidente y la autonomía universitaria.

De ahora en adelante, y en cualquier momento, sin autorización de las directivas universitarias, la Policía Nacional, como primera autoridad operativa, entrará armada a los campus universitarios a combatir, reducir y detener a los criminales que se sospecha se esconden allí. Expone Boris Salazar.

La expulsión de China y Rusia en el Hemisferio

El acuerdo que entrega a Estados Unidos el control de una quinta parte de las reservas venezolanas no sólo busca asegurar barriles en un mercado tensionado, sino también desalojar a Pekín y a Moscú del subsuelo latinoamericano. Explica Henry Cancelado

El milagro es que departamentos y municipios se reconstruyan por sus propios medios

Los mandatarios de los municipios y departamentos afectados han hecho lo que está a su alcance para gestionar soluciones al desastre. Sin embargo, empieza a sentirse un clima de decepción y desesperanza ante la estrategia adoptada por el Gobierno, que realiza visitas, lidera reuniones y hace promesas, pero el nivel de cumplimiento es insignificante. Responde Humberto Tobón.

La reconstrucción, una oportunidad para servir

Tras el sismo, reconstruir no significa solo levantar edificios: exige devolver la autonomía a los damnificados, coordinar capacidades públicas y privadas y convertir la crisis en una oportunidad real de servicio. Explica Martha Álzate.

¿América Latina depende menos de la Reserva Federal?

 Los mercados de deuda soberana de varios países latinoamericanos parecen haberse vuelto menos sensibles a los movimientos financieros de Estados Unidos. Es una buena noticia, pero el promedio regional esconde diferencias importantes y la próxima crisis será la verdadera prueba. Es un artículo del convenio con la U. Externado y analizan Jacobo Campos y Jose Gómez.

Arca de Noé y Patria Milagro: ¿Dios al servicio de la política?

Del Arca de Noé del Antiguo Testamento al Reino de Dios anunciado por Jesús en el Nuevo, la Biblia ofrece maneras muy diferentes de entender la relación entre Dios, la sociedad y el poder. ¿Cuál de ellas inspira el lenguaje religioso de la “Patria Milagro” y qué significa poner a Dios en el centro de la política? Expone Henry Ramírez Soler cmf.

PISA 2025: resultados previsibles en un país sin una política educativa de calidad

Los resultados de PISA 2025 confirman el rezago educativo de Colombia: el país continúa por debajo del promedio de la OCDE y acumula retrocesos en lectura y matemáticas. El informe reabre el debate sobre la falta de una política de Estado sostenida que convierta la calidad educativa en una prioridad nacional. Presenta Ángel Pérez.

Armas y escapularios, una vieja historia de Colombia

No deja de resultar paradójico que una acción militar que produjo muertes de personas sea bautizada con un nombre tomado de la tradición bíblica, mientras que sobre los que la ordenaron pesa también el quinto mandamiento de la ley de Dios: “No matarás”. Comprende Enrique Uribe.

Impuesto al alumbrado público

Bogotá era una anomalía nacional al no cobrar este impuesto. La propuesta se alinea con la práctica generalizada en Colombia y en Latinoamérica, aunque por una vía menos común. Valdría la pena revisarla y mantener el concepto de cobro de la sobretasa bajo el principio de universalidad, de manera de incluir a estratos 3 ,2 y 1, así sea con tarifas simbólicas. Por Clara Rojas.

ARTE Y CULTURA

Luz roja al arte y al conocimiento

La suspensión de los premios del Programa Nacional de Estímulos del Ministerio de Cultura, sumada al bloqueo de parte del presupuesto del SENA, reabre una pregunta de fondo: qué pierde una sociedad cuando la cultura y el conocimiento dejan de ocupar un lugar central entre las prioridades del Estado. En convenio con Contexto Media analiza Paul Brito

POETAS COLOMBIANAS

Poetas colombianas. Maruja Vieira.

Esta semana Razón Pública y Diego Arboleda (@elrinconruso) presentan el segundo poema de este especial: “El nombre de antes”.

Mheo

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Caricatura de @B&B

Ecopetrol corrupción

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Equipo Razón Pública

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Equipo Razón Pública

La Fundación Razón Pública impulsa análisis independientes y soluciones innovadoras para los desafíos del país. Con rigor, transparencia y enfoque ciudadano, transformamos la información en conocimiento que inspira decisiones informadas y un mejor futuro para Colombia.

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Llegar a espacios ya ocupados tiene esa sensación que describo como cambiar de colegio en décimo grado cuando todo el salón se conoce desde transición. Es entrar a un lugar donde todos ya comparten códigos desde la infancia, chistes y referentes sin necesidad de explicar, y solo quien entró tarde se siente desubicado.  Preguntando, indagando y escuchando se empieza a entender lo que para la mayoría son procesos que se dan por hecho. Para mí, en esos espacios, el proceso rutinario ya memorizado por la mayoría me resulta insuficiente para comprender el lugar nuevo donde estoy. Ver la máquina andando es divertido, pero corro el riesgo de ser tragada intentando apretar las tuercas del proceso sin entender la razón de hacerlo, como Chaplin en Tiempos modernos.  

De ahí que me cuestione los procesos. Son necesarios. Sí.  Yo misma los hago a diario sin pensarlo mucho. Pero cuando el proceso define el quehacer o la motivación profesional, me produce aburrimiento.  Entiendo el aburrimiento como una repetición sin pregunta, como la falta de curiosidad, como la conversación repetitiva o la misma imagen para cualquier respuesta.  Por eso, entiendo los procesos, pero me motivan más las preguntas.  Si todos se conocen, también hay lugar para preguntas, aunque suele ocurrir con más frecuencia cuando el escenario cotidiano cambia.  Ahí surgen con más fuerza los interrogantes. Preguntar es una forma de abrir puertitas, levantar tapetes, mover muebles y reorganizar la casa mayor, que es la mente haciendo espacio para la tremenda imaginación que podemos incentivar. 

¿Por qué escribo de esto? Siento que hay un gran riesgo de quedarse en los procesos en la vida, incluyendo la académica, esa que por definición hace preguntas, pero que también puede quedarse en los procesos sin interrogantes cuando la comodidad de lo conocido desvanece la curiosidad. Aun en la academia se puede preferir la facilidad de estar entre conocidos o parecidos frente a la incomodidad del extraño. 

La comodidad de la vida familiar también tiene sus riesgos: lleva a creer que entre parecidos hay más posibilidades y reduce las oportunidades que la diversidad ofrece para resolver preguntas. Ese refugio en lo propio puede convertirse también en sospecha frente al otro, frente a quien llega con códigos, preguntas o maneras distintas de mirar. Dicho de otro modo, es la incomodidad que produce quien pregunta y no se limita a acatar el proceso. Tal vez por eso necesitamos exponernos de vez en cuando al desconocido: otra persona, otra disciplina, otro lugar, incluso una pregunta que nos obligue a explicar nuevamente aquello que ya no explicábamos.

Pero ¿para qué incomodarse?  Incomodarse ha sido el motor que nos ha movido como sociedad y como humanidad.  Incomodarse para pensar las cosas de otra manera y no dar las cosas por hecho.  Hoy, PISA 2025 muestra una caída en comprensión lectora y advierte además sobre el aumento de una lectura apresurada sin quizá entender lo que se lee. Al mismo tiempo abundan las afirmaciones sobre la capacidad de la inteligencia artificial generativa para controlar nuestras vidas. Incomodarse adquiere un valor mayor.  

De un lado, leer exige tiempo. Comprender exige todavía más: hilar palabra tras palabra y construir en la mente una idea, que compite con la inmediatez de redes o de información instantánea. Pero el control no lo hemos cedido aún. La autonomía sigue en quienes queramos hacer preguntas, indagar, incomodar y no aceptar como dado el entorno que tenemos al frente.  

Del lado del temor por lo que pueda hacer la IA, necesitamos pensar la máquina, la tecnología y comprender que la autonomía sobre las preguntas todavía es nuestra.  No sé si esta tecnología sea curiosa, se incomode e indague. Lo que sí sé es que, al menos hasta ahora, esa capacidad ha sido nuestro motor de cambio como humanos.  Imagínense ceder ante la respuesta de la IA hasta perder la curiosidad por seguir preguntando. Sería aceptar que la máquina nos tragara sin darnos cuenta. 

Ir disminuyendo la capacidad lectora y quizá ceder ante la capacidad abrumadora de una tecnología es, en últimas, aceptar ser receptores de los procesos de la “máquina”.  Es casi aceptar entrar al salón en décimo grado y dar por hecho que todo es así.  Frente a los temores que despierta el alcance de la IA, incomodar también es una forma de no rendirnos.  

Quizá incomodarse sea precisamente conservar esa autonomía: frente al proceso, frente a lo conocido, frente a un texto y frente a una máquina. Entrar de vez en cuando al salón como quien llega en décimo y no como quien está allí desde transición. Mirar alrededor, no entender del todo y preguntar por qué. A veces, el refugio en lo propio es precisamente el lugar del que conviene salir.

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Marta Juanita Villaveces Nino

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Marta Juanita Villaveces Nino

Economista, MSc en Política Comparada y PhD en Estudios Políticos. Profesora Asociada, Facultad de Ciencias Económicas, Universidad Nacional de Colombia. Ex Decana de la FCE, Ex viceministra técnica de Hacienda.

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B&B

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Foto: Reunión empresarios y Abelardo de la Espriella

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El nuevo gobierno enfrenta un enorme déficit fiscal, una economía con poco margen de maniobra y una seguridad deteriorada. De la Espriella promete hacer lo contrario de Petro, pero buena parte de su agenda ya está dictada por los problemas que heredó.

Una agenda petrificada

El panorama para el gobierno de la “patria milagro” es bastante complejo: su agenda está “petrificada” en dos sentidos:

-Por un lado, en lo que respecta a su orientación, De la Espriella quiere presentarse como todo lo opuesto a Petro. Como si siguiera en campaña política, el actual gobierno está empecinado en hacer todo lo contrario del anterior, incluso si eso resulta poco razonable en ciertos casos.

-Por otro lado, más allá de lo que De la Espriella quiera hacer, las prioridades de su agenda económica las impuso, en gran medida, la irresponsabilidad de Petro. Dado que Petro se saltó la regla fiscal, gastó a seis manos y aumentó la deuda pública como proporción del PIB a niveles casi sin precedentes, dejó un enorme hueco fiscal, lo que constriñe significativamente el margen de maniobra del actual gobierno.

¿Qué nos espera de toda esa “petrificación”? Empiezo por lo último.

La estrechez fiscal

El gobierno no tiene más remedio que ajustarse el cinturón. De la Espriella debe poner la casa en orden para evitar que el déficit fiscal siga aumentando hasta llevar al país a un punto de no retorno. A esto se suman gastos por una calamidad natural inesperada (el terremoto) y por otra que, aunque esperada, prende alarmas por su magnitud (el fenómeno del Niño).

El ministro de Hacienda, Miguel Gómez Martínez, ya anunció fuertes recortes en el gasto del Estado (cerca de 45 billones de pesos en dos años) y aludió a una próxima reforma tributaria. Aunque todavía no se sabe qué incluirá dicha reforma, el funcionario mencionó la dificultad de cobrar más impuestos, así como su preferencia de eliminar el impuesto al patrimonio, reducir el impuesto de renta a las empresas y el cuatro por mil con el fin de atraer inversión extranjera. Qué tan conveniente y viable sea disminuir la recaudación de impuestos con semejante déficit fiscal es una pregunta abierta.

Se respira, en todo caso, un aire nuevo en las relaciones del nuevo gobierno con el sector privado. Mientras que Petro mantuvo una relación tensa y distante con el empresariado, caracterizada por frecuentes choques y desencuentros, De la Espriella ha buscado un acercamiento con ese sector. El nuevo gobierno se ha propuesto recomponer las relaciones con el sector privado y para ello ha tomado distintas medidas.

Además de anunciar la (posible) reducción de impuestos a las empresas, De la Espriella retomó la exploración y producción de petróleo y gas que Petro, con su agenda ecologista, había abandonado. Con el argumento de que no podemos renunciar prematuramente a esa fuente de ingresos, y que las acciones de Petro pusieron en riesgo la soberanía energética del país, el gobierno reactivará el sector extractivo.

Con la escasez de plata para gasto e inversión por parte del gobierno, todo parece indicar que las inversiones del sector privado serán claves para generar un crecimiento de la economía. El gobierno quiere ampliar el modelo de “obras por impuestos” (donde la realización de obras públicas queda en manos del sector privado a cambio de una reducción de impuestos), con lo cual el empresariado contribuiría más en la construcción de infraestructura.

Por supuesto, el modelo público-privado existe desde hace tiempo y ha tenido varios resultados positivos. No obstante, preocupa que, debido a la crisis fiscal, el gobierno esté en una posición debilitada frente al sector privado y con muy poco margen de maniobra en la economía. Eso no le conviene al país. El sector privado tiene, en general, pocos incentivos para proveer bienes públicos, y a la creencia de que “siempre” actúa en forma rápida y eficiente, hay que contraponer todas aquellas instancias de rentismo y corrupción que han involucrado a empresarios. ¿Cómo podría un Estado débil y con una baja tributación brindar bienes públicos y defender eficazmente el interés colectivo cuando entre en contradicción con intereses privados?

Sin demonizar al sector privado y mucho menos abogar por un estatismo exacerbado, hasta donde conozco, todos los milagros económicos que han ocurrido desde la Segunda Guerra Mundial han involucrado a gobiernos relativamente fuertes, que han implementado políticas industriales eficaces y sostenidas, con incentivos y constreñimientos al sector empresarial. Dadas las circunstancias, no será nuestro caso.

Foto: Empresariado y poder

¿De dónde saldrá el crecimiento?

Con la crisis y los recortes, ¿qué podrá aportar el gobierno de la “patria milagro” al crecimiento económico? Parecería que, por cuenta de la “petrificación”, no tanto.

Nótese que, para propiciar el crecimiento económico, todo gobierno debe, como mínimo, brindar un conjunto de bienes públicos como seguridad, educación, infraestructura y salud.

  • Como se dijo antes, el gobierno poco podrá invertir en infraestructura y delegará labores al sector privado.
  • En cuanto al sector salud, deberá hacer maromas para aliviar la situación dramática que dejó Petro, además de lidiar con la bomba pensional.
  • En educación, no es tan claro de dónde sacará la plata para la formación de 2,5 millones de jóvenes que ni estudian ni trabajan, que es otra promesa del programa de gobierno. Tampoco se han conocido propuestas concretas para solucionar problemas de fondo sobre la calidad de la educación que lleven a parar el continuo deterioro en las pruebas PISA, o a lograr que la educación se conecte mejor con el sector productivo y contribuya a una mayor productividad.

La apuesta por la seguridad

Con los pocos recursos disponibles parece que la apuesta principal del gobierno se refiere a la seguridad.

El aumento de la inseguridad ha sido una de las grandes preocupaciones del empresariado, y De la Espriella se ha presentado como adalid de la mano dura. Ya cerró las mesas de diálogo con los grupos armados ilegales, y ha dado ultimátums a las varias organizaciones criminales para que desistan de sus actividades y se entreguen a la justicia.

Si el gobierno logra mejorar la seguridad, eso favorecería el crecimiento económico y a los empresarios. Contrarrestar la extorsión en los territorios donde ha aumentado la injerencia de grupos criminales llevaría a mayores inversiones del sector privado, mayor empleo, y mejoraría también la tributación del Estado.

Pero De la Espriella no es el primer presidente que promete mano dura, y no sabemos qué tanto funcionarán sus medidas. Aunque el gobierno anunció un nuevo estatuto antiterrorista, la creación de un bloque de búsqueda contra la extorsión y la construcción de diez megacárceles, no sabemos si esas herramientas serán adecuadas y suficientes para contrarrestar y disuadir a las organizaciones criminales.

A diferencia de lo que ocurrió cuando Uribe era presidente, la economía no está boyante y el actual gobierno tampoco cuenta con un Plan Colombia que respalde las acciones militares. En su reciente visita, Marco Rubio apoyó al gobierno en sus acciones contra los grupos armados ilegales y Estados Unidos reasignó 52 millones de dólares para repartir entre Colombia, Ecuador, Perú y Panamá en la lucha contra la criminalidad. Eso es una pequeña fracción de los recursos de cooperación del Plan Colombia que fueron cerca de 9.600 millones de dólares durante quince años.

Por supuesto, la amenaza que representan los grupos armados ilegales hoy es distinta de la de las FARC y el ELN durante la era de Uribe, pero ha aumentado significativamente. Según el Ministerio de Defensa, el número de integrantes de los grupos armados ilegales aumentó en un 90% durante el gobierno de Petro, al pasar de 15.120 en 2022 a 28.802 en 2026. Un estudio de PARES también notó un incremento del número de municipios con presencia de grupos armados ilegales, de 410 en 2022 a 497 en 2025.

Hablar duro y amenazar a los grupos ilegales es fácil, pero puede resultar contraproducente a falta de un poder disuasivo contundente. Los ultimátum y golpes al Clan del Golfo, a las disidencias de las FARC y el ELN ya han generado respuestas violentas de los grupos criminales contra la fuerza pública en distintos territorios. Si los grupos criminales mantienen el control territorial ganado y responden a las acciones de la fuerza pública incrementando la violencia, existe el riesgo de que en un mediano plazo el gobierno no logre cumplir la promesa de mejorar la seguridad.

¿Solo mano dura?

No hay duda de que la “paz total” fracasó, en parte por la falta de una buena estrategia, con metas concretas y plazos definidos. Al mismo tiempo, es torpe de parte del gobierno desechar por completo la vía negociada simplemente por llevarle la contraria a Petro.

Si se reformula seriamente la estrategia, una negociación quizás podría funcionar con unos cuantos grupos que tengan voluntad de desmontar sus estructuras. Poner todos los huevos en la canasta de la “mano dura” en un contexto de alto déficit fiscal, ayuda internacional precaria y fortalecimiento significativo de los grupos armados ilegales es una apuesta arriesgada.

Por cuenta de la crisis fiscal el gobierno de la “patria milagro” se encuentra en calzas prietas incluso para desempeñar funciones básicas. A falta de plata, es realmente importante actuar en forma inteligente y pragmática. Como pintan las cosas, por ahora el mayor milagro que podemos esperar es que aguantemos con el agua al cuello, y a rezar para que no suba la marea.

Le recomendamos: Abelardo: gobernanza, confesionalismo, seguridad y contrarrevolución cultural

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Carlo Nasi

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Carlo Nasi

Profesor Asociado Departamento de Ciencia Política, Universidad de los Andes. Las opiniones aquí expresadas no comprometen la posición institucional de la Universidad de los Andes.

Foto: Empalme territorial por la descentralización

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Hay una intención clara de acercar la gestión presidencial a las regiones, lo cual contrasta con la sensación de abandono que se tiene respecto al gobierno anterior. Esta situación implica plantear una reflexión acerca de la manera como se están configurando las relaciones nación-territorio en el marco de la descentralización.

El gobierno de Abelardo de la Espriella (2026-2030) afianzó, como parte de los ejes de su campaña, la idea de devolver la autonomía a las regiones y de gobernar desde ellas. Una vez electo, ha hecho manifestaciones sobre la implementación de este eje. Algunas han sido de corte simbólico, como lo fue el realizar su posesión desde Cali (en su momento se reportó que la idea original era hacerlo desde Cauca) y la idea de no despachar desde Bogotá y hacerlo desde Barranquilla, donde ha reutilizado una sede militar para construir una sede de la Presidencia de la República (con aspectos de su financiación aún poco claros). Hace un par de semanas el presidente recibió allí al secretario de Estado de los Estados Unidos, Marco Rubio. 

Otras de corte más ejecutivo como los diferentes consejos de seguridad que ha realizado semanalmente (en Cali, Cúcuta, Medellín, Riohacha, más recientemente, Cartagena) ponen de presente un mandato del presidente de construir su estrategia de seguridad de la mano de los alcaldes y gobernadores que no ha estado exenta de tensiones, como la ocurrida con el gobernador de Nariño con ocasión del cierre de las mesas de negociación que estaban cobijadas bajo la llamada “Paz Total”.     

De igual manera, se resalta la creación de gerencias para las ciudades, como se observa con el nombramiento de Clara Lucía Sandoval para la ciudad de Bogotá, en busca de un rol de articulación entre la capital y la Nación. Excluyo aquí las gestiones relativas a la reconstrucción tras el terremoto que afectó el occidente del país. 

En síntesis, existe una intención clara de acercar la gestión presidencial a las regiones, lo cual contrasta con la sensación de abandono que algunos gobernadores expresaron respecto al gobierno anterior. Esta situación implica plantear una reflexión acerca de la manera como se están configurando las relaciones nación-territorio en el marco de la descentralización. 

1 Un contexto histórico

La descentralización en Colombia es un proceso de más de cuarenta años que, de manera general, se concentra en tres grandes tipos: administrativa, fiscal y política. El diseño institucional de la descentralización en Colombia tuvo un fuerte énfasis municipalista que ha mostrado la existencia de disparidades territoriales y vacíos, como, por ejemplo, el papel que juegan los departamentos en ciertas competencias (seguridad una de ellas). 

Se sabe que el esquema del Sistema General de Participaciones (SGP) definió unas competencias y una asignación de recursos cuya eficiencia y efectividad han sido analizadas y escapan a los propósitos de esta pieza. Basta señalar que en los últimos años la ventana de oportunidad que abrieron la misión de descentralización del DNP y la discusión sobre el SGP, producto de la gestión del ministro Juan Fernando Cristo en el anterior gobierno, al parecer, se ha cerrado, pues no aparece en las prioridades legislativas del nuevo gobierno, ni tampoco parece prudente en el marco de las discusiones de sostenibilidad fiscal.     

Al mismo tiempo, académicos han alertado de los procesos de recentralización adelantados por los presidentes en el siglo XXI, que recortan la autonomía territorial de las entidades territoriales mediante reformas institucionales. 

Otra historia se cuenta desde la descentralización política. Siguiendo a Juan Federico Pino, podemos sugerir que Colombia ha vivido por trayectorias de democratización que narran momentos de apertura o cierre de la competencia política en las entidades territoriales, expresados en la emergencia de nuevos actores políticos o en la consolidación de dinastías políticas, como ha mostrado Laura Ardila en el caso de Barranquilla. 

2 Las fricciones inevitables entre la directriz central y la autonomía territorial

La pretensión del gobierno de Abelardo de la Espriella de gobernar desde las regiones y articularse con los mandatarios locales lamentablemente choca con la realidad de un Estado que mantiene una estructura de poder vertical. Aunque los consejos de seguridad itinerantes y las gerencias urbanas (como la de Bogotá) se presenten como mecanismos de concertación, en la práctica suelen funcionar como instrumentos de subordinación política.

Las tensiones vividas con las autoridades territoriales —observadas en el choque con el gobernador de Nariño a raíz de las mesas de negociación de la “Paz Total”— demuestran que la autonomía planteada tiene un límite estricto: la aceptación de las líneas rojas del Ejecutivo central. Cuando un alcalde o gobernador discrepa en asuntos cruciales de orden público o en directrices nacionales, la autonomía regional se diluye. Esto revela que si bien el gobierno nacional está dispuesto a descentralizar la presencia física y la ejecución operativa, las decisiones estratégicas se mantendrán en cabeza del Ejecutivo.

Foto: Plan de Gobierno Defensores de la Patria

3. El horizonte de 2027

Este nuevo esquema de relaciones nación-territorio adquiere una dimensión distinta de cara al ciclo electoral regional de 2027. La estrategia de “despachar desde las regiones” y hacer presencia constante en los territorios puede leerse bajo una doble óptica electoral:

La presencia directa del presidente en plazas clave (Cali, Cúcuta, Medellín, Barranquilla) le permite a la Administración posicionar su narrativa de seguridad, autoridad y “mano firme” de manera anticipada. Al liderar la agenda local y mostrarse resolutivo frente al descontento de algunos mandatarios regionales, el Gobierno capitaliza políticamente el descontento ciudadano, oxigena a sus aliados locales y construye plataformas de influencia de cara a las elecciones de alcaldes y gobernadores de 2027. Es un intento de alinear los poderes locales con el proyecto político de la Casa de Nariño.

Por otro lado, la presencia regional del presidente conlleva un riesgo elevado. Al centralizar los reflectores en la gestión territorial de la seguridad y el desarrollo, el gobierno nacional asume directamente el costo político de cualquier fracaso o deterioro local en estas materias. De nuevo, dejo de lado una variable clave en esta ecuación: el liderazgo y la gestión de la reconstrucción tras el terremoto de agosto de 2026. 

Si las promesas de seguridad en las regiones no se traducen en resultados tangibles antes de 2027, la ciudadanía y los electores le pasarán factura al Ejecutivo central por su incapacidad para solucionar problemas que él mismo prometió resolver desde las regiones. Asimismo, podría dar lugar a una oposición regional unida en defensa de la verdadera autonomía territorial. No obstante, esta opción parece menos factible en la coyuntura actual. 

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Andres Felipe Ortega

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Andres Felipe Ortega

*Politólogo, magíster en Ciencia Política, especialista en Evaluación l de Proyectos y miembro del Grupo de Investigación en Seguridad y Defensa de la Universidad Nacional (GISDE).

Foto: Asamblea de diálogo en la Universidad del Atlántico por autonomía universitaria

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La discusión se vuelve difícil cuando hay que decidir dónde termina la autonomía y comienza lo que un gobierno considera un problema de orden público; sobre todo porque alguien tendrá que determinar esa frontera y no da exactamente lo mismo quién lo haga ni cómo.

Las recientes declaraciones del presidente Abelardo De la Espriella, quien sostuvo que la autonomía universitaria no puede convertirse en una “patente de impunidad”, reabrieron el debate sobre los límites de esta garantía frente al orden público, la protesta estudiantil y la eventual intervención de la fuerza pública en los campus. 

La discusión sobre la autonomía universitaria suele centrarse en las movilizaciones estudiantiles y asociarse con imágenes de disturbios, encapuchados y choques violentos con la fuerza pública. Sus antecedentes se buscan con frecuencia en la Reforma de Córdoba (Argentina) de 1918, o incluso en la Constitución colombiana de 1991. Pero para reconstruir sus orígenes con mayor precisión, sin pretender abarcarlos por completo, es necesario retroceder varios siglos. Ese recorrido permite ampliar la mirada y evitar los reduccionismos en los que tantas veces termina atrapado el debate.

Bolonia y los primeros privilegios universitarios

En el siglo XII, Bolonia ya recibía estudiantes de distintos lugares de Europa y, aunque tenían la oportunidad de estudiar allí, ser extranjero no era precisamente un privilegio. Una de las prácticas de la época permitía, por ejemplo, cobrarle a un estudiante las deudas contraídas por otros compatriotas que habían huido; ante esto, estudiantes y maestros llevaron el problema ante Federico I Barbarroja y de allí surgió la Authentica Habita, que protegió a quienes se desplazaban para estudiar frente a ese tipo de represalias y contempló que, en determinados casos, pudieran ser juzgados por su maestro o por una autoridad de la Iglesia.

Además de contar con esta protección imperial, los estudiantes comenzaron a organizarse: primero, según sus lugares de procedencia, en las llamadas nationes, y algunas de estas agrupaciones terminaron formando universitates. A pesar del nombre, no pensemos todavía en la universidad que conocemos hoy en día; eran justamente corporaciones de estudiantes, con estatutos y asambleas, que elegían rectores y podían representar a sus miembros ante la ciudad. Pero no deja de ser significativo que, en plena Edad Media, en una sociedad altamente jerarquizada y atravesada por el poder de la Iglesia, aquellos estudiantes hubieran encontrado una forma de organizarse para decidir asuntos que les concernían directamente.

Privilegios, corporaciones y poder

A diferencia de Bolonia, en París fueron los maestros quienes se organizaron, en un contexto en el que también surgieron problemas con las autoridades de la ciudad. Por ejemplo, en el año 1200 se presentó un enfrentamiento entre estudiantes y habitantes de París, y en medio del suceso hombres al servicio del preboste, una autoridad del rey en la ciudad, intervinieron violentamente y dejaron varios estudiantes muertos. El asunto escaló hasta el rey Felipe II Augusto, quien castigó al preboste y concedió a maestros y estudiantes el llamado beneficio del foro (privilegium fori), lo que implicaba, entre otras cosas, que si un estudiante era detenido, debía ser entregado a la jurisdicción eclesiástica.

Este proceso continuó en 1215, cuando Robert de Courçon, legado del papa Inocencio III, promulgó estatutos que regulaban quién podía enseñar, qué debía estudiarse y bajo qué condiciones. Pero esto no evitó que las tensiones entre la comunidad académica y la ciudad resurgieran, y en 1229 hubo nuevos enfrentamientos en París, en los que murieron varios estudiantes; los maestros suspendieron las clases y muchos abandonaron la ciudad. Dos años después intervino el papa Gregorio IX con la bula Parens scientiarum, que reconoció a la corporación la posibilidad de dictar sus propias normas sobre distintos asuntos internos e incluso, bajo determinadas circunstancias, suspender la enseñanza.

Valga precisar que, hasta ese momento, no estamos hablando de autonomía universitaria en el sentido en que la entendemos actualmente, pues en la Edad Media muchos de esos beneficios o privilegios dependían justamente de quienes ejercían el poder. Emperadores, reyes y papas los concedían o reconocían, pero eso no minimiza lo que aquellas corporaciones habían logrado al establecer sus propias normas, elegir autoridades y tomar decisiones sobre su funcionamiento interno.

Varios siglos después, Francia tomó una dirección muy distinta. Durante la Revolución francesa, las antiguas universidades y facultades fueron suprimidas y, con Napoleón, apareció una Universidad Imperial fuertemente centralizada; en 1806 se creó el cuerpo encargado de la enseñanza pública y, dos años después, se estableció que nadie podía enseñar públicamente sin pertenecer a esa estructura o estar autorizado por ella. Además, quien estaba al frente de la Universidad Imperial era nombrado por el propio Napoleón.

Por su parte, en Prusia, Humboldt defendía otra idea y participó en la creación de la Universidad de Berlín, fundada en 1810. Consideraba que la ciencia necesitaba libertad para desarrollarse y que demasiada intervención estatal podía afectarla; pero tampoco proponía una universidad separada del Estado, al cual le atribuía responsabilidad por las condiciones del trabajo científico. Incluso defendía que el nombramiento de los profesores universitarios siguiera en manos del Estado.

El eco del Manifiesto Liminar en Colombia

En Latinoamérica, en 1918 en Córdoba, Argentina, los estudiantes se rebelaron contra una universidad que consideraban cerrada, clerical y poco dispuesta a renovarse. El Manifiesto Liminar cuestionó la autoridad profesoral sostenida únicamente por el cargo y reclamó otra relación entre quienes enseñaban y quienes aprendían, pero también una universidad más vinculada a los problemas de la sociedad. De esta manera, Córdoba terminó convirtiéndose en una referencia para movimientos estudiantiles de otros países de la región y la Reforma articuló reclamos que hoy son reconocibles, como el cogobierno, la libertad de cátedra, la extensión y la autonomía.

En Colombia, durante las primeras décadas del siglo XX, también hubo reclamos de reformas y, por supuesto, la experiencia de Córdoba era uno de sus referentes, aunque esta historia tiene un recorrido muy particular. A través de congresos estudiantiles y distintas movilizaciones, se defendía una reforma de la universidad que incluía, entre otras, la exigencia de autonomía. 

En 1935, durante el primer gobierno de Alfonso López Pumarejo, la Ley 68 reorganizó la Universidad Nacional, que hasta entonces funcionaba como un conjunto de facultades bastante dispersas entre sí; la convirtió en persona jurídica, estableció su patrimonio y abrió espacios de participación para profesores y estudiantes en su gobierno. Esta reforma también muestra que las aspiraciones del movimiento estudiantil trascendieron ese ámbito y se expresaron en la llamada Revolución en Marcha, un proyecto de modernización impulsado por el propio Estado y encabezado por un dirigente proveniente de la élite financiera y empresarial colombiana.

Años después, la Constitución de 1991 consagró la autonomía universitaria como garantía constitucional y estableció que las universidades pueden darse sus propias directivas y regirse por sus propios estatutos. Un año después, la Ley 30 llevó esa autonomía a cuestiones mucho más concretas y reconoció que las universidades podían designar sus autoridades académicas y administrativas, organizar sus programas, seleccionar profesores, admitir estudiantes y administrar sus recursos. Han pasado más de tres décadas y esa ley, como bien sabemos, tampoco ha dejado de ser objeto de fuertes cuestionamientos, movilizaciones e intentos de reforma.

Foto: Conmemoración colectivos estudiantiles Universidad Nacional

¿Para qué sirve la autonomía?

A estas alturas podríamos seguir buscando antecedentes y, con seguridad, encontraríamos muchos más, pero tampoco se trata de hacer una relación interminable. La pregunta que ahora podemos hacernos es: ¿Para qué necesita una universidad su autonomía? ¿Acaso la necesita para convertirse en una república independiente o para sustraerse de la Constitución y de las leyes?

Si quien gobierna pudiera decidir qué puede investigar una universidad, qué se puede enseñar en sus aulas o qué ideas pueden discutirse, poco importaría que esta pudiera elegir a su rector o redactar sus propios estatutos. De eso se trata también la autonomía: que el conocimiento y el pensamiento crítico no tengan que acomodarse a lo que un gobierno de turno, una iglesia, un partido o cualquier otro poder considere conveniente.

En nuestro país, esa discusión sobre la presencia de la fuerza pública en las universidades tiene, además, su propia historia. En junio de 1954, la Policía ingresó a la Universidad Nacional y allí murió el estudiante Uriel Gutiérrez; al día siguiente, durante las protestas por su muerte, varios estudiantes fueron asesinados por las Fuerzas Militares. Treinta años después, el 16 de mayo de 1984, la fuerza pública volvió a ingresar al campus en medio de una jornada que dejó heridos, decenas de detenidos y denuncias de graves violaciones de derechos humanos.

El peligro de las fronteras arbitrarias

Con esos antecedentes, la discusión de estos días no ocurre precisamente en el vacío, pues el recién posesionado presidente Abelardo De La Espriella afirmó que “la autonomía universitaria no está por encima del orden público” y anunció la creación de un protocolo para regular la intervención de las autoridades en las universidades. Aunque mantener el orden público y la seguridad son propósitos plenamente legítimos, nuestra historia nos muestra que el ingreso de la fuerza pública puede comprometer derechos y agravar los conflictos que pretende resolver. Por eso, la discusión exige que nos preguntemos quién decide cuándo se justifica una intervención, con qué criterios y qué garantías existen para impedir que una protesta o un conflicto universitario termine siendo tratado como una amenaza. Por ahora se ha anunciado la elaboración de ese protocolo y habrá que conocer el texto definitivo para saber exactamente cuáles serán sus alcances.

El rector de la Universidad Nacional, José Ismael Peña, ha dicho que el ingreso de la fuerza pública tradicionalmente no tiene efecto y que la solución pasa por identificar, con “inteligencia”, a quienes participan en hechos violentos. Parece una opción menos agresiva que ingresar tanquetas al campus, pero en una institución que también carga con la memoria de la actuación de organismos de inteligencia y seguridad del Estado, la palabra no resulta precisamente inocua.

Después de todo este recorrido, podemos volver al comienzo. Federico Barbarroja, Felipe II Augusto o Gregorio IX difícilmente pensaban en crear espacios de impunidad cuando reconocieron algunos de los privilegios que forman parte de esta historia. La discusión se vuelve bastante más difícil cuando hay que decidir dónde termina la autonomía y comienza aquello que un gobierno considera un problema de orden público; sobre todo porque alguien tendrá que decidir dónde queda esa frontera y, como ya lo vimos, no da exactamente lo mismo quién lo haga ni cómo.

Le recomendamos: Desde las universidades, la movilización y la aprobación legislativa: el camino de la reforma financiera a la Ley 30 de 1992

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Javier Fernando Sanchez Gomez

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Javier Fernando Sanchez Gomez

*Doctorando en Políticas Públicas, Gobierno e Innovación de la Universidad Nacional de Río Negro UNRN (Argentina). Magíster en Educación y en Análisis y Gestión de Políticas Públicas. Profesor universitario.

Foto: Movilización estudiantil

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De ahora en adelante, y en cualquier momento, sin autorización de las directivas universitarias, la Policía Nacional, como primera autoridad operativa, entrará armada a los campus universitarios a combatir, reducir y detener a los criminales que se sospecha se esconden allí.

En su alocución del domingo 13 de septiembre de 2026, el presidente De La Espriella anunció su muy particular concepción de la autonomía universitaria: “La autonomía universitaria no es una patente de impunidad. Y voy a ir por ustedes, incluso entrando a las universidades para sacarlos y hacerlos pagar”. 

La primera frase establece lo que la autonomía universitaria no es para el presidente. La segunda promete, en primera persona del singular, una acción relámpago para sacar y hacer pagar a los que se esconden en las universidades. 

¿Quién es quién?

¿Quién son esos personajes de los que habla el presidente? ¿Son muchos? ¿Son pocos? ¿Son o no son estudiantes? ¿Podrían llegar a ser multitudes? ¿Y por qué se esconden en las universidades? ¿Qué es lo que han hecho? ¿Y el presidente, de verdad, va a ir él mismo por ellos? 

A pesar de tanta ambigüedad, el mensaje del presidente es bien claro: de ahora en adelante, y en cualquier momento, sin autorización de las directivas universitarias, la Policía Nacional, como primera autoridad operativa, entrará armada a los campus universitarios a combatir, reducir y detener a los criminales que se sospecha se esconden allí.  

Pero esto es sólo lo que va a ocurrir o lo que el presidente promete que va a ocurrir. Es la acción del Estado contra el enemigo. Lo que no se sabe muy bien es qué tan cierta es la información con la que activarán el protocolo nacional para definir cuándo la Policía podrá ingresar a las universidades públicas colombianas ante hechos de violencia, vandalismo, terrorismo o alteraciones graves del orden público. 

 ¿Cómo sabrá la autoridad operativa que va a ocurrir un crimen en el campus? ¿Cómo sabrá la Policía Nacional que, en ese instante exacto, se está planeando un crimen? ¿Será una asamblea estudiantil muy entusiasta una señal creíble de actividad terrorista en ebullición? ¿Esconderá una marcha pacífica un acto terrorista? 

El rector de la Universidad Nacional, José Ismael Peña, se unió al presidente en la necesidad de usar inteligencia humana para detectar actos criminales y criminales en los campus universitarios. Inteligencia humana quiere decir infiltrados, espías, informantes, tanto externos como internos. Peña, que habla como un experto en la materia, en una entrevista con la FM contó que después de la pandemia, la Universidad Nacional llegó a registrar varios episodios de pedreas y actividades violentas por semana. Pero que el trabajo conjunto entre la Fiscalía y la Policía permitió posteriormente capturar a once personas que, según su versión, no pertenecían a la institución y estarían relacionadas con los desmanes.

¿Cuántos policías infiltrados o informantes serán necesarios para detectar las señales de probables acciones terroristas en conversaciones, en clases, en mesas de cafetería, en asambleas? ¿Y los agentes infiltrados se matricularán como estudiantes o más bien la SIJÍN contratará estudiantes, empleados, profesores, trabajadores como informantes del Estado, llevando las semillas de la guerra y de la desconfianza a la comunidad universitaria? 

Noten que la activación del protocolo proviene de una actividad incierta, de sospechas no confirmadas, de chismes y rumores, de viajes de la imaginación, de paranoia pura y dura, de entusiasmos excesivos en el cumplimiento del programa de gobierno. No hay ningún hecho cierto, a menos, por supuesto, que esté ocurriendo un delito en flagrancia –casos en los que con alta probabilidad la víctima hace parte de la comunidad universitaria. 

Pero en los campus universitarios hay miles de personas y los agentes de la Policía Nacional están obligados a saber quiénes, entre la multitud que enfrentarán, son los criminales que buscan. A los agentes antidisturbios les resultará imposible distinguir quién es quién en la acción que sobrevendrá, porque activarán su memoria archivada de disturbios pasados y atacarán a la toda la masa enemiga que tienen enfrente, terroristas o no terroristas. 

Y lo que harán no será su culpa personal. Han sido entrenados para destruir por la fuerza a unos jóvenes privilegiados que, en lugar de estudiar, como deben, juegan al terrorismo, les hacen la vida imposible y se esconden en las universidades. La caracterización de los estudiantes universitarios como fuerza enemiga por parte de la Policía Nacional también incluye a las y los jóvenes de los barrios populares de Bogotá, Medellín y Cali. 

Durante el levantamiento popular de abril-mayo de 2021 en Cali, el gobierno de Duque, sin proponérselo, creó un extraordinario experimento natural al traer 7.000 hombres del Ejército Nacional con la tarea de recuperar el orden en la tercera ciudad de Colombia. Y en verdad el Ejército contribuyó a poner cierto orden en la ciudad, pero no cómo lo esperaba todo el mundo. En lugar de usar las armas de la República para reprimir a unos jóvenes que protestaban, el Ejército puso en orden a la Policía, detuvo la guerra de exterminación que conducía contra las y los jóvenes de la ciudad y dejó en evidencia que el accionar de la Policía era la continuación de una guerra muy vieja. 

Es esa memoria la que ahora quiere reactivar De la Espriella al promover la incursión de la Policía Nacional en los campus universitarios de Colombia como la única forma de preservar el orden público. 

Pero ya existe una alternativa no armada a los enfrentamientos entre los que protestan y la Policía Nacional: es el diálogo entre las partes enfrentadas promovido por la mediación de especialistas en el reconocimiento de la verdad en la posición del contendiente. Como lo recuerda la profesora Carolina Jiménez en la revista Raya, Colombia tiene el Decreto 003 de 2021, que “establece la primacía del diálogo y la mediación en las protestas basado, entre otros, en los principios de la dignidad humana, garantía de derechos, no estigmatización y el uso de la fuerza como último recurso”. 

Foto: Declaración ADLE sobre orden público por encima de la autonomía universitaria

¿Qué queda de la autonomía universitaria?

El regreso de las incursiones armadas de la fuerza pública a los campus universitarios es sólo la punta del iceberg de las agresivas políticas de seguridad y de educación del actual gobierno. De la Espriella quiere pasar a la historia como el presidente que hizo realidad el regreso en el siglo XXI de la República ultraconservadora de Laureano Gómez. 

Es un regreso con matices en lo religioso y con nuevas tecnologías en materia de seguridad. En lo religioso matiza la entrega total de la nación a la Iglesia católica, haciéndoles concesiones a los cultos evangélicos y a un judaísmo proselitista de última hora, mientras hace un aporte imaginativo a la política de sangre y fuego promovida por Gómez y el Partido Conservador para eliminar a sus rivales electorales durante la Violencia. 

En lugar de promover la creación de bandas armadas, de pájaros y chulavitas, que tenían conexiones evidentes con los directorios políticos conservadores, De la Espriella legalizó el  porte de armas para todos los colombianos que tengan armas y tengan ganas de usarlas. El objetivo: que los “ciudadanos de bien” puedan defenderse de los “bandidos” y “vándalos” que andan por ahí. Es una solución barata, silenciosa, sin conexiones visibles con el Gobierno o sus organizaciones afines. Ya en las grandes ciudades y en los campos de Colombia ha comenzado a ejecución de jóvenes, indigentes y personas que no parecen ser “de bien”. 

El nombramiento de la muy decidida y ultramontana Ilva Myriam Hoyos, la colaboradora más fiel del perseguidor Alejandro Ordóñez, como ministra de Educación permite suponer que el protocolo armado del Gobierno no es lo peor que le puede pasar a la pobre autonomía universitaria.  

No porque la Corte Constitucional haya recortado la autonomía universitaria en lo fundamental, que sólo lo ha hecho cuando interfiere con derechos fundamentales, sino porque el Estado mismo, a través del Ministerio de Educación, ha intervenido en las decisiones académicas de las universidades al crear órganos de control y vigilancia como el Consejo Nacional de Acreditación, alrededor del cual ha emergido una burocracia todopoderosa que impide la innovación en las universidades, y  cuyos más destacados ejecutores se rotan en las rectorías y en los consejos superiores de las universidades públicas más importantes.  

El autogobierno en lo académico, lo administrativo, y en la elección de sus directivos que garantiza el artículo 069 de la Constitución, exige una democracia interna amplia, con respeto por la divergencia, en la que todo se pueda decir y el pensamiento crítico prevalezca sobre las presiones de gobiernos, ideologías y partidos. 

Hoy la democracia y el pensamiento crítico están viviendo sus peores horas en las  grandes universidades públicas del país. Estudiantes y profesores fueron excluidos de las decisiones fundamentales de la vida universitaria. Sin pensamiento crítico, sin vida democrática y sin comunidades activas, las universidades públicas están en la peor posición posible para resistir el asalto final a la autonomía universitaria que intentará la nueva ministra. Ideas no le faltan. Tampoco flexibilidad en sus métodos. Sabe que no es posible desprestigiarla más. Que no se debe a ninguna comunidad, sino sólo a sus creencias religiosas y a sus alianzas con hombres poderosos y decididos. Que, como el presidente, sólo le rinden cuentas a Dios. A veces. 

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Boris Salazar

Escrito por:

Boris Salazar

* Profesor del Departamento de Economía de la Universidad del Valle.

ISSN 2145-0439

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