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Navidad y año nuevo en pueblos confinados

Escrito por Víctor Negrete
Victor Negrete

Victor-NegreteEn Colombia hasta las fiestas populares están marcadas por los ires y venires de la guerra. Una crónica viva y conmovedora sobre la triste alegría de dos pueblos donde primero mangonearon unos y ahora se disputan entre varios.

Víctor Negrete Barrera*

Fiestas bajo las armas

Muchas personas todavía no saben ni creen que existen pueblos confinados en Colombia, así la Defensoría del Pueblo, la Corte Constitucional, numerosas organizaciones sociales y organismos internacionales traten de hacer claridad sobre el concepto y lo empleen en documentos y comunicados.

Es sabido que los actores armados, legales e ilegales, ejercen control sobre territorios y poblaciones, respetando o restringiendo los derechos personales y colectivos. Cuando un actor armado ilegal tiene el control absoluto, la población se acomoda a la situación por su propia seguridad, acatando sus órdenes y caprichos, sinceramente o aparentando una sumisión que le ayuda a sobrevivir. En estos casos el actor armado, confiado de su poder, les permite ciertas libertades y regocijos populares, lo que a la larga afianza su dominio.

Pero cuando el control es disputado entre varios actores armados, legales e ilegales, las restricciones son severas y su incumplimiento puede ocasionar la muerte, el desplazamiento o la cárcel. La delación, el soplo, la calumnia, las acusaciones y los rumores, muchas veces sin verificación suficiente, son empleados para congraciarse con los actores sin importar el daño que causen a otros, creando en la población miedo, desconfianza y zozobra, incluso, hasta autoinculpaciones por complicidad u omisión.

La alegría de las AUC

Para ilustrar mejor estas realidades cotidianas, tomemos el ejemplo de las celebraciones de Navidad y Año Nuevo en Santafé Ralito y Bonito Viento, corregimientos del municipio de Tierralta, dentro de la llamada Zona de Ubicación, donde el gobierno negoció con las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC, entre 2003-2006.

Aquí hacen presencia y cohabitan tres “gobiernos”, como dicen sus habitantes: Aguilas Negras, Paisas y un puesto de Policía, con patrullas esporádicas del Ejército Nacional.

Antes y durante el proceso de negociación hubo un solo “gobierno” en la Zona: el de las AUC. Con su visto bueno y su participación, estas festividades eran multitudinarias: casetas con bandas prestigiosas y conjuntos vallenatos amenizaban toda la noche “hasta cuando el doctor Solano (el astro sol) abría su consultorio a las ocho o nueve de la mañana”, fandangos, carreras a caballo, peleas de gallo y reinados populares.

En las casas no faltaban los reencuentros, la integración familiar y con los vecinos, los bailes y por lo regular en las mañanas eran obligatorias las visitas a las quebradas y pozas a disfrutar los tradicionales cocinados donde preparaban “las comidas más sabrosas del mundo” en medio del jolgorio y las chanzas en general.

Las visitas de un pueblo al otro eran frecuentes: los viejos para rememorar hechos, los adultos para enterarse de fallecimientos o enfermedades y festejar cumpleaños olvidados, y los adolescentes y jóvenes en busca de amores nuevos o reconciliaciones pendientes. Comidas con pavo, cerdo, gallina y pato con arroz recién pilado, coloreado con achiote, abundaban. Familiares, amigos y turistas llegaban en buses, carros, motos y caballos en medio de una algarabía total.

Todas las casas pintadas, los patios limpios, las cercas arregladas, los tallos de los árboles blanqueados con cal. Las AUC obsequiaban ropa, balones, muñecas, carritos a niños y niñas menores de ocho años.

Cada pueblo hacía su pesebre y las novenas con asistencia de numerosos menores, las celebraban en las casas más amplias o en las plazas con presencia de religiosas; después de las lecturas dramatizaban las escenas y organizaban juegos, dinámicas y concursos.

Un territorio en disputa

Cuando finalizó el proceso de negociación la mayoría de la gente quedó con un sabor agridulce en la boca y un escozor en el corazón. Sabían que detrás de los acuerdos firmados y las ceremonias de desmovilización, entre bambalinas, estaban preparando a los sucesores que le darían continuidad al proceso de ilegalidad.

En 2007, los pobladores estuvieron pendientes de la reaparición de la guerrilla o la llegada formal del nuevo grupo. Con tan mala suerte que llegaron dos, disputándose territorios. De inmediato organizaron reuniones de presentación, dijeron quiénes eran, los propósitos que los animaban y dejaron en claro las reglas del juego y las advertencias. A continuación procedieron a buscar seguidores, identificar opositores, reclutar voluntarios y convencer indecisos.

En 2008, la situación cambió radicalmente: en el área se instalaron de veras los tres “gobiernos” mencionados arriba. Cada casa o familia fue objeto de estudio de seguridad o inspección para caracterizar a sus miembros: edades, oficios, parientes y pueblos donde habitaban, vínculos o simpatías con la guerrilla, bloque de las AUC y fuerza pública, entre otras particularidades. Así determinaron en un primer momento con quiénes contaban y a quiénes debían enfrentar.

Los dos grupos ilegales, Aguilas y Paisas, están integrados por hombres jóvenes, entre 22 y 30 años de edad, gran número de ellos nativos de la propia Zona y otros lugares del departamento. El resto proceden de distintos sitios de Antioquia.

Visten como cualquier otro habitante, armados con pistolas, provistos de celulares y recorren el área en motos y caballos. Ellos son los que montan retenes, mantienen vigilancia permanente sobre entrada y salida de personas, verifican antecedentes, controlan el ingreso de alimentos, medicinas e insumos de uso corriente para la casa o el trabajo, restringen horarios a la población, sobre todo en horas nocturnas y la circulación de medios de transporte, están pendientes de las actividades de líderes, docentes y organizaciones, inspeccionan celulares para revisar llamadas, limitan las visitas o intercambios, aún los deportivos, entre los pueblos y camuflan su presencia como empleados de fincas o parientes de visita a familias del pueblo. En esto consiste el confinamiento en la Zona.

Las fiestas se nos aguaron

Obviamente, bajo semejantes condiciones las fiestas desaparecieron, reducidas ahora a reuniones familiares con vecinos cercanos; la gente no llegó a montones, más bien salieron a sitios menos riesgosos; la comida fue moderada: pasteles, caldo de gallina, arroz amarillo con presas de gallina y cerdo; cada vez se notan más las casas deterioradas o abandonadas y los patios enmontados; siguieron las novenas y aguinaldos por cuenta de señoras caritativas que piden regalos a hacendados y empresas, ya de menos calidad, para repartir antes que llegue la noche.

Para la despedida del año, a la hora de los deseos, muchos rogaron en silencio o en voz baja que no haya más muertos, que regresen los que han salido y los dejen trabajar tranquilos. En los dos últimos años en la Zona han matado a 12 de sus habitantes, jóvenes todos, algo nunca visto. Dicen que por soplón, por pertenecer al grupo contrario, por quedarles mal o engañarlos o porque les dio la gana. La población disminuye y la deserción escolar continúa.

La presencia de la muerte

Llega en momentos de calor agobiante o cuando soplan tenuemente los vientecillos veraniegos o con las penumbras. Los sorprende en las calles polvorientas, los caminos destapados, las viviendas inseguras o en cualquier establecimiento público. Los disparos son los avisos de su presencia. Hasta allí llegan los familiares, amigos y curiosos. Entre llantos y gritos recogen el cuerpo, lo limpian, lo soban, mientras avisan a la Policía que se encarga de trasladarlo hasta Tierralta, la cabecera municipal, a que le hagan la necropsia.

Terminado los trámites, lo devuelven a los dolientes quienes ya tienen listo el ataúd para conducirlo al pueblo donde la gente lo recibe en silencio, musitando una oración o persignándose. Pasada la sorpresa, la pregunta inevitable: ¿por qué lo mataron, qué hizo o dijo?

La intranquilidad invade a muchos, quieren conocer la razón para mitigar la ansiedad que los acosa. Cuando la descubren revisan cada uno de sus actos para estar seguros que no tienen que temer. Sólo entonces suspiran aliviados y retoman sus actividades cotidianas. En casa del difunto un cuadro de dolor y desolación. Esperan a los familiares ausentes. Los pocos presentes acompañan al rezandero en sus letanías. Nadie habla de las posibles causas ni los autores, aunque tengan sospechas de estos.

Entre Santafé Ralito y Bonito Viento, en una loma, a más de kilómetro y medio está uno de los cementerios. El otro queda en el corregimiento El Caramelo a cinco kilómetros. Ambos acogen a los muertos de la Zona. Los llevan en tractor con remolque de madera donde depositan el cajón y acomodan acompañantes, los demás van en motos y caballos.

Finalizada la ceremonia todos regresan antes que llegue la noche. Los parientes de otros lugares, retornan lo más pronto posible y los del pueblo se recogen pensativos en sus casas. Algunos de los familiares más cercanos se van del pueblo y los que quedan ni siquiera le hacen las nueve noches al finado, sumidos en una profunda tristeza, con rabia e impotencia, sin poder compartir tanta congoja.

* Centro de Estudios Sociales y Políticos. Universidad del Sinú.

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