En Santafe Ralito la vida sigue en la mitad del caos - Razón Pública
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En Santafe Ralito la vida sigue en la mitad del caos

Escrito por Víctor Negrete
Victor Negrete

Victor NegreteUna reconstrucción viva de la historia de las familias campesinas en un pueblo minúsculo de Córdoba antes, durante y después de la llegada y la salida de las guerrillas y de las autodefensas, para quedarse hasta hoy en la violencia de siempre, en la pobreza de siempre y el abandono de siempre.

Víctor Negrete Barrera*

Un pueblo célebre

Las familias que habitan el área conocida ahora con el nombre de Zona de Ubicación, pero que se hizo célebre por su verdadero nombre, Santafe Ralito[1] -el lugar donde se efectuó el proceso de negociación del gobierno de Uribe con las Autodefensas Unidas de Colombia AUC en Tierralta, Córdoba- han atravesado en los últimos cincuenta años por diferentes etapas que han transformado profundamente sus vidas.

Estas etapas han sido:

  1. El aislamiento y abandono por parte del Estado (1960–2010).
  2. La presencia de la guerrilla de izquierda, el Ejército Popular de Liberación EPL (1975-1991).
  3. La conformación y fortalecimiento de las Autodefensas (1985-2006), incluido el proceso de negociación (2003-2006), y
  4. La recomposición de las AUC (2006-2011).Al momento de iniciar el proceso, la Zona tenía un área de 368 kilómetros cuadrados, la conformaban seis corregimientos y 46 veredas con 1.714 viviendas y 8.643 habitantes. En la actualidad nadie sabe con exactitud cuál es su población.

Aislamiento y abandono del Estado

La presencia del Estado y los gobiernos departamentales y municipales por lo general ha sido mínima  y  esporádica. Al principio la autoridad local, los corregidores, limitaban su labor a evitar que las riñas entre vecinos pasaran a mayores, controlar los excesos de borrachos, las ocurrencias o travesuras de uno u otro loco o bobo que nunca faltan y de vez en cuando convocar a la comunidad a arreglar la vía o el puente; desmalezar el cementerio o la escuela; hacer colectas para sacar enfermos en hamacas o willys, mandar hacer ataúdes, mudar casas, organizar las fiestas patronales y servir de padrinos a cuantos amigos y conocidos lo solicitaran. Las creencias, costumbres, comidas, crianzas de niños, atención de enfermedades, fugas de enamorados o casamientos eran cosas típicas de pueblos campesinos costeños. Nadie tenía armas de fuego.

Las familias campesinas

Los padres por lo general eran hombres mayores de 25 años dedicados al hogar y a las faenas del campo en grandes fincas y pequeñas parcelas. En las primeras servían de vaqueros, caseros o corraleros; era la mayoría. Las parcelas por lo regular eran propias, aunque también había arrendadas o cedidas por temporadas. En ellas sembraban productos de pancoger, hortalizas, frutas y mantenían animales para el servicio y el consumo.

La jornada de trabajo empezaba a las cinco de la mañana cuando salían de casa y terminaba a las tres o cuatro de la tarde con el regreso. Casi siempre llegaban con algo entre manos: barbasco y varitas de cogollo de palma de coroza para hacer escobas; palos de maderas finas para encabar hachas, cavadores, martillos; bejucos para hacer chocóes y balayes; frutas, leña o cualquier animal para comer o tener como mascota.

No conocían el hambre. Tanta sencillez, tranquilidad y respeto por la vida los hizo alegres, enamorados, fiesteros y fanáticos de las peleas de gallos finos y de las corralejas. No sabían cómo, pero deseaban que sus hijos no siguieran el trabajo de jornalear, querían algo mejor para ellos, tanto varones como hembras.

Las madres pasaban de los 18 años y por lo regular llegaban a tener más de cuatro hijos. Dedicadas por entero al cuidado de la familia, a los oficios del hogar, a criar aves de corral y cerdos y a cultivar el jardín y las plantas aromáticas. Por lo regular las madres solteras eran cocineras o lavadoras de ropa en casa de familia con mejores condiciones económicas. Eran fieles, sumisas y recatadas.

Los hijos, obedientes, respetuosos y admiradores de sus padres. Aficionados al béisbol y al fútbol; en tiempos de verano organizaban campeonatos con participación de los pueblos cercanos. Oyentes de programas musicales y deportivos en la radio. Ante la imposibilidad de seguir estudiando después de la primaria, la gran mayoría terminaba de jornalero de medianos y grandes propietarios.

Llega la guerrilla

A pesar de las deficiencias y desigualdades de la zona, la mayoría de la población no concebía otra forma de vida y mucho menos creía posible cambiarla. Por esta razón, cuando llegó la guerrilla del EPL hablando de las injusticias de los ricos contra los pobres, la corrupción de políticos y administradores del gobierno y el aprovechamiento de los gamonales, muchos se sorprendieron y atemorizaron por semejante osadía. Otro grupo, menos numeroso,  expresó su apoyo por considerarlo justo.

Unos y otros quedaron convencidos de que las arengas de los guerrilleros no eran simples bravuconadas cuando mataron a varios trabajadores del desaparecido Servicio Nacional de Erradicación de la Malaria en 1978 cerca de la zona y atacaron, dos años después, el puesto de policía de Santafé Ralito. Con el paso del tiempo las muertes y ajusticiamientos fueron hechos frecuentes.

Los padres asumieron diferentes actitudes. Algunos, preocupados por la situación, previendo el reclutamiento o la incorporación voluntaria de los hijos al grupo insurgente, trasladaron sus familias a Tierralta y Montería, la capital del departamento.

Otros acogieron con entusiasmo las ideas y propuestas del grupo armado; ingresaron a sus filas  o permitieron que sus hijos lo hicieran. Se convirtieron en simpatizantes o colaboradores. Hablaban de justicia social y fomentaban o hacían parte de organizaciones por reivindicaciones económicas y sociales.

La mayoría optó por no manifestar  respaldo ni rechazo abiertamente. Debieron acomodarse a la nueva situación. En silencio escuchaban los informes y discursos. Evitaban encontrarse o hablar con los comandantes y combatientes. Mermaron las salidas, las fiestas y juegos. La relación con los propietarios se volvió difícil y un tanto hipócrita.

Los primeros guerrilleros que llegaron a la zona fueron “cachacos” blancos y negros del Urabá antioqueño. Transcurrió poco tiempo para que los mestizos o trigueños del Alto Sinú también hicieran parte de este mosaico de combatientes.

A medida que la fuerza pública y los hacendados abandonaban el área, la presencia de la guerrilla fue haciéndose más notoria y frecuente, a tal punto que muchos de sus miembros  dormían y permanecían en las veredas. Las madres debieron sortear muchas situaciones con el fin de mantener a sus hijos alejados de las influencias del grupo armado. Con afecto y atenciones intentaron retenerlos a su lado, muchas veces sin éxito.

Los hijos, con excepciones, dejaron de ser tímidos y respetuosos. Se volvieron atrevidos, independientes, los padres dejaron de ser ejemplo a seguir, los temas de las charlas cambiaron y el consumo de alcohol y cigarrillo aumentó entre los adolescentes y jóvenes. Relaciones amorosas de adolescentes y mujeres jóvenes con comandantes y combatientes se hicieron comunes.

Vivir con las autodefensas

Las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá ACCU primero y luego las AUC, llegaron a la zona a erradicar a la guerrilla y a establecer un nuevo poder. Los métodos que utilizaron fueron contundentes y bárbaros: masacres, ajusticiamiento y desplazamientos. Los simpatizantes y colaboradores fueron perseguidos y ultimados y al cabo de cierto tiempo el control sobre el área fue absoluto.

Los padres asumieron posiciones diferentes. Aquellos que habían tenido relaciones amistosas o de apoyo a la guerrilla abandonaron la zona. Las víctimas, los afectados y los que estaban en desacuerdo con la guerrilla, poco a poco expresaron su  respaldo a la nueva fuerza.

Un número no precisado prefirió mantenerse al margen, aunque debieron acomodarse a otro ritmo y estilo de vida donde primó el arrepentimiento por haber convivido con la guerrilla, el respeto a la propiedad privada, la cautela al expresar ideas, la aceptación de normas y el acatamiento a las propuestas políticas de las nuevas fuerzas. ¿Seguimiento, apoyo real o ficticio?  Difícil saberlo.

Las madres no cesaban de llamar la atención de sus hijos para que no se vincularan a los recién llegados. Algunas los convencieron para salir a otros lugares, pero casi todas debieron soportar las groserías y atrevimientos de que eran objeto cuando les hacían observaciones o daban consejos.

Al final, en los últimos años, ante la pobreza y la imposibilidad de mejorar las condiciones de vida personal y familiar, hubo madres y padres que aceptaron el ingreso de sus hijos a las filas. Los hijos con capacidad para la guerra o las actividades complementarias estaban abocados a esta disyuntiva: hacer parte o no de las AUC. La mayoría ya había entendido que ser combatientes les permitía obtener pagos más altos que los jornales de las haciendas, vestir camuflados, usar armas y radios de comunicación, tener cierta autoridad y ser admirados.

Los adolescentes y jóvenes que a diario conversaban con los combatientes rasos y mandos medios fueron los primeros en enterarse de las historias de sus vidas y la de los comandantes, los alias, el tipo de armamento, las experiencias vividas.

Se hablaba también de las haciendas y negocios que poseían los jefes, de los vehículos lujosos, de costales con dinero, de fiestas deslumbrantes, de bacanales con mujeres hermosas, de las relaciones con gobernantes, políticos, empresarios, comerciantes, periodistas, militares, jerarcas de la iglesia e intelectuales.

Al vislumbrar tantas posibilidades en medio de las penurias y zozobras, los jóvenes quedaron sorprendidos. Desde ese momento ser paramilitar, para muchos, se convirtió en obsesión y metas de sus vidas.

Escenario nacional 
Ya en el proceso de negociación los pueblos de la zona pudieron constatar todo cuanto se decía del poder de los comandantes y sus grupos; algunos, incluso, ni siquiera imaginaron que fuera tanto.

“A Santafé Ralito lo convirtieron en un pueblo en feria permanente y a veces en sitio solemne y austero donde se debatía la suerte del país. Los pobladores, acostumbrados a su rutina de pueblo pobre y a una u otra fiesta o hecho ocasional, estaban abrumados, atosigados por gente extraña e importante que lo ocuparon sin pedir permiso e hicieron con él lo que les dio la gana en todos los sentidos”, manifestaron los líderes de la zona y Tierralta, la cabecera, porque no los tuvieron en cuenta durante todo el proceso.

Y la violencia sigue

Terminadas las desmovilizaciones los padres de familia pensaron que recobrarían un poco de la tranquilidad perdida, pero bien pronto cayeron en cuenta que los no desmovilizados empezaron a reorganizarse.

Después fue obra de varios meses cuando notaron que desmovilizados activos y vinculados nuevos también se habían sumado, ya en calidad de combatientes e informantes, dotados con celulares, motos, armas y algunos vehículos.

Y otra vez el viacrucis: control de territorios, vacunas a finqueros, maestros y comerciantes; desplazamientos, amenazas; ajustes de cuentas a “sapos” o soplones, parientes o relacionados con el grupo enemigo y la angustia de los padres que, impotentes, no pueden impedir que los nuevos jefes, sobre todo los que no son  de la Zona, se “encaprichen” con sus hijas adolescentes y jóvenes más bonitas. “A cualquier hora del día las mandan a buscar y las devuelven cuando quieren”, aseguran algunos padres condolidos por no tener posibilidades de salir de la zona y poder brindarles a los hijos un futuro mejor.

Y la pobreza sigue, y el abandono sigue
“El pueblo apenas sobrevive. No creo que se acabe porque la mayoría de los que vivimos aquí no tenemos para donde irnos; además, en este lugar tenemos enterrados a nuestros familiares y ni de vainas los vamos a dejar solos… ¿en manos de quién?”

  • Los negocios (tiendas, cantinas, galleras y billares), servicios como el mototaxismo y las fiestas familiares y patronales han disminuido en un 90 por ciento.
  • Los jornales son ocasionales, fluctúan entre ocho mil y nueve mil pesos diarios.
  • Se ha reducido la cría de cerdos, pavos, gallinas y patos, que representaban algunos recursos económicos y mejoraban la dieta alimentaria, porque ya no pueden tenerlos sueltos por temor a que los maten si los ven comiendo lo que encuentran en las calles o la plaza o se metan a los patios ajenos. Tenerlos encerradas sale muy costoso.
  • Hay casas abandonadas y deterioradas, casi no hay letrinas y pocas cuentan con pozos sépticos, vías en mal estado, el agua es subterránea y la energía eléctrica deficiente.
  • En educación, sólo en Los Volcanes hay hasta 11° grado, en los demás pueblos de la Zona llegan a noveno, faltan aulas, mobiliarios, ayudas educativas y la población estudiantil ha disminuido, lo mismo que la población en general.
  • De los diferentes sectores de la población, los jóvenes manifiestan los cambios más notorios: indumentaria con camisas y pantalones anchos, vocabulario de combatientes y peinados y motilados diversos.
  • Ningún puesto de salud tiene servicio permanente.
  • De los proyectos productivos que impulsó el Sena, al parecer sólo funciona el de estanques para la cría de bocachico y cachama.
  • Casi todas las jóvenes madres, con hijos de desmovilizados que siguieron viviendo en el pueblo, han salido a Montería o Tierralta en busca de oportunidades mejores.
  • Las noches son un martirio, pocos logran conciliar el sueño de manera tranquila. Ladridos de perros asustados, vehículos, motos, voces, pisadas y huellas frescas que encuentran temprano al día siguiente alrededor de las casas mantienen en vela a muchos pobladores.
  • os conocimientos y experiencias acumuladas por estas comunidades durante tantos años los hace particularmente receptivos tanto a propuestas de desarrollo y paz, como de rebeldía contra la institucionalidad del país.

* Fundación del Sinú

Notas de pie de página


[1] Ver Mapa anexo de la zona de ubicación

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